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octubre, 2021:

Atienza, plaza del Trigo sonora y alegre

atienza escudo fuente del tío victoriano calle real

El pasado sábado se celebró en Atienza el XIV Día de la Sierra. Mucha gente (serranos y serranas, que todavía tienen conciencia plena del lugar en que viven y al que quieren) y clamorosas ausencias. Hubo música, bollos, premios, visitas guiadas y el comentario de qué autoridades fueron (poquísimas) y cuales faltaron.

Del XIV Día de la Sierra nos quedará siempre la imagen de esa Plaza del Trigo de Atienza, ancha y luminosa, que destila por los muros de sus edificios el honrado sentir de los recueros, y ahora el clamor de quienes piden atención, y prespuestos, para evitar que aquellas tierra norteñas, altas y frías, pero con el carisma de la historia y las tradiciones, no se mueran.

A la plaza entró, muy de mañana, José Antonio Alonso, tocado de una gorra de jugador de béisbol, y de ella salió tras el mediodía con una boina ancha y negra, en la que marcado quedaba su título y en el corazón de todos sus palabras: un recuerdo a los Comuneros que hace 500 años sufrieron una derrota militar, pero de la que aún quedan los rescoldos de su razón no contrariada. Y muchas razones que le hacen, en el sentir de todos cuantos le conocemos, el gran sabedor de nuestras esencias, el medido decidor de nuestras preocupaciones: el Pregón de la Sierra estuvo este año a cargo de Alonso Ramos, un personaje al que todos quisiéramos ver con el encargo de las responsabilidades comunes, porque más que muchos otros tiene conocimientos y capacidad de gestiones. Lo demostró hace algún tiempo, montando ese maravilloso Museo de Tradiciones de Guadalajara, que hace años se inauguró en la Posada del Cordón de Atienza, y él sigue pastoreando.

Una imagen de Atienza

Atienza es la villa “muy fuert” del Cantar de Mío Cid, la que se encarama sobre un empinado cerro, cerca de la unión entre ambas mesetas de Castilla, sirviendo de sincopada unión entre los paisajes de ambas. Y de unión económica y social en tiempos pretéritos: en la plena Edad Media, Atienza llegó a tener una ancha población de gentes, muchos templos (todos románicos) y sobre todo una basamenta económica fundamental, pues era sede de importantes y adinerados recueros que vivían del negocio del transporte de mercaderías.

De aquel pasado potente y rico, han quedado muchas huellas. Hoy Atienza es una villa venida a menos, con una población de en torno a los 500 habitantes, pero con una personalidad muy a tener en cuenta. Realmente, a quien llega hasta ella por primera vez, le engancha para siempre. A mí personalmente me encantaría no haber conocido todavía Atienza, sólo para tener ahora el inmenso gozo  de poder descubrirla, avistarla por vez primera. Porque esa imagen que tiene la castellana villa, derramada por esa violenta ladera sur del fuerte cerro, y coronada por la valiente torre del homenaje de su castillo, es algo que nunca se olvida. Tiene la fuerza de lo auténtico, y al mismo tiempo la atracción de lo apasionante.

Atienza fue sede de población, desde muy remotos siglos. En sus picudos cerros existieron castros celtibéricos, y en donde hoy asienta hubo ya ciudad prehistórica, la Thytia de los arévacos. Luego los romanos y aun los visigodos asentaron en su espacio, y los árabes la fortificaron, para el control de ese paso, cada vez más frecuentado, entre la Castilla norte y la Sur. La reconquista de la cuenca alta del Tajo por Alfonso VI, hacia 1085, la puso en manos del reino de Castilla, del que ya prácticamente no salió. Así pues, desde comienzos del siglo XII es Atienza una villa preferida de los monarcas castellanos, que la dieron fuero, privilegios y prerrogativas para conseguir que fuera grande, rica y decisoria.

De esos saludables inicios, derivó en villa de nota, y en ella se alzaron, como es lógico, palacios, templos, pósitos y castillos. De esos edificios es de los que la retina del viajero puede nutrirse hoy, paso a paso por sus cuestudas calles.

La Plaza del Trigo

Llegar a Atienza es ponerse, tras pasar la plaza del Ayuntamiento y el Arco de Arrebatacapas, en la Plaza del Trigo. Allí desembarcará el viajero, y admirará los cuatro costados de una de las plazas más hermosas de Castilla. En el lado norte se alza la mole pétrea de la iglesia parroquial dedicada a San Juan. En su interior, no debe dejar de admirarse sus retablos barrocos y las pinturas de Alonso del Arco. En el costado de oriente, las casas bajas soportaladas, sede de pudientes agricultores y ganaderos. En la lado occidental el gran edificios barroco popular del Cabildo de Curas, que aún ofrece talladas en las maderas de sus cimacios, las armas corrientes y molientes del curazgo villano: un águila de dos cabezas, y unas llaves cruzadas.  Le sigue en esa línea otra casa barroca con aires populares, que fue sede de habitación de hidalgos atencinos hasta nuestros días.

Y en el costado sur, se abre la embocadura de la calle de la Zapatería (llamada de Cervantes desde hace solamente un siglo), que dando requiebros suaves nos llevará hasta la iglesia de la Trinidad. En ese inicio de calle se encuentra el edificio que personalmente más me gusta de toda la plaza: es la casona de sillar y maderas que tiene en su primer piso un balcón esquinero, cubierto de difícil arco de nobles sillares. Para muchos de los viajeros por Atienza, esa es la casa que se queda metida en la buhardilla de la memoria, la que siempre recuerdan como especial y única.

La casa-palacio de los Manrique en Atienza

En la calle de Cervantes, ya cerca de la cuesta que lleva al templo románico de la Trinidad, se encuentra a la izquierda el palacio de los Manrique. Se ve en la imagen que acompaña a estas líneas, y es una casa-palacio que no ha recibido hasta ahora mayor tratamiento y descripción que el que Arranz Yust le dedicó en su estupendo estudio heráldico de hace años. En la fachada de revoco se abren algunos vanos de sillares bien labrados. El más hermoso, sin duda, la puerta principal, escoltada de sendos ventanales bajos, y otros altos. Sobre el portón, luce el escudo del linaje. Este escudo es realmente curioso, y merece una parada y una admiración: tallado en piedra de tono rojizo, es obra del siglo XVIII, cuando esta casa fue levantada a instancias de don Juan Andrés Manrique Lozano, hidalgo natural de Condemios de Arriba, que siempre vivió en Atienza, y que pudo probar lo linajudo de sus apellidos y la hidalguía de su linaje obteniendo ejecutoria de la misma en la Real Chancillería de Valladolid, sellada y firmada en 1735.

Con perfección tallado, vemos en el escudo las armas de los Manrique y Lozano: en el campo único, aparece castillo donjonado almenado y mazonado con homenaje, acompañado de dos leones asidos a sus muros y a su vez acompañado de tres flores de lis bien ordenadas, dos en jefe y una en punta. Como ornamentos exteriores lleva el yelmo de hidalgo con morrión y acolado de lambrequines o plumajes, y en la bordura puede leerse esta leyenda: Vera claritas non nascendo quaeritur sed, vivendo, vulgaris aparentibus est relicta (la verdadera nobleza no la da el nacimiento, sino la vida; la vulgar es la que se funda en los honores de los padres). 

En la ejecutoria de hidalguía que este individuo consiguió en 1735, figura la referencia genealógica de su familia, que se remonta (no podía ser de otra manera) hasta el siglo XV, y en la que aparece, en la línea directa, sus ancestros de El Pobo de Dueñas, entre ellos el que fuera obispo de Barcelona, Capitán General de Cataluña, y Presidente de la Generalitat catalana durante unos meses,  don García Gil Manrique, que vivió con la intensidad que pudo la primera mitad del siglo XVII (ver mi trabajo anterior en estas páginas, Nueva Alcarria de 20 septiembre 2002).

Hay otras muchas casonas de interés en Atienza: el palazote de gran escudo de los Bravo de Lagunas, en la plaza de abajo; o el caserón de los Herrera, detrás del de Manrique. La casa del abad de la Caballada, en la cuesta que sube a la Trinidad, o la Posada del Cordón, a la que aludía al principio de estas líneas, como sede actual del Museo de las Tradiciones Populares de la provincia de Guadalajara. En todo caso, Atienza tiene el gran valor de dejar nuestras retinas impregnadas de sabor auténtico, de serenidad y peripecia en sus escorzos urbanos. Un lugar al que viajar, admirar y saborear. Como tantos otros por nuestra tierra.

En el pasado sábado, y en el transcurso del XIV Día de la Provincia, pude saludar, entre otros muchos, a quien es ahora mi compañero en estas páginas de NUEVA ALCARRIA, el escritor e historiador de su tierra don Tomás Gismera Velasco, verdadero Cronista de Atienza, para quien desde la Asociación Provincial de Cronistas hemos pedido repetidas veces al Ayuntamiento de la castellana villa que le otorgue este título (que carece de partida presupuestaria y es garantía de que alguien se ocupará, con compromiso cordial, de hacer valer su memoria en todas partes). Con su amable presencia nos recordó que de esta Atienza que acabo de resumir en dos cuartillas, hay ríos, torrentes y enormes lagos de saber y presencias a las que él llega cada día.

Otro Día de la Sierra

Serrania de Guadalajara despoblados, expropiados, abandonados

Después de la pandemia, se abren las puertas del campo, y se puede celebrar otra vez el Día de la Sierra, en el que desde hacía once años estábamos acostumbrados a participar. Este año será en Atienza (mañana sábado 16 de octubre) donde se alberguen las miradas limpias y los buenos propósitos, de cara a lanzar de nuevo esa idea de que nuestra Sierra de Guadalajara ha de crecer y no solo mantenerse.

La Asociación [Cultural] Serranía de Guadalajara, que abrió con clara visión el periodista Raúl Conde, le siguió Fidel Paredes con un entusiasmo digno de aplauso, y sigue ahora en vanguardia con la sabia manutención de Octavio Mínguez, celebrará mañana sábado su encuentro anual, entre bailes, premios y proclamas en torno a esta parte de nuestra provincia, que se mueve por seguir viva. Vayan aquí cuatro detalles pensados al hilo de tal celebración, que no me pienso perder por nada del mundo.

UnoLas Navas de Jadraque. Un buen ejemplo de pueblo en marcha, con ideas claras y realistas, es el de Las Navas de Jadraque, que acaba de ser estudiado y puesto en valor gracias a un libro que su actual alcalde, Eliseo Marigil de la Cal y su grupo de colaboradores, ha sacado adelante gracias al patrocinio de la Diputación Provincial, atenta siempre a la voz de los pequeños pueblos. En ese libro, de apenas el centenar de páginas, Marigil ha estudiado y condensado el devenir de la localidad, que apenas ha tenido párrafos propios en el gran libro de la Historia, pero que ha sabido mantener pura, limpia y bien presentada la esencia de su urbanismo rural, de su arquitectura popular, de sus esencias más íntimas (la vieja escuela, los hornos, las cocinas de pueblo, las cortes, los recuerdos mineros…)

Es este dedicado a Las Navas de Jadraque un libro eminentemente gráfico, con la presencia de buen número de ejemplares de esa “arquitectura dorada” que surgen en el pueblo mismo (el Museo, el horno, la fragua, el Ayuntamiento en las viejas escuelas).

Como novedad, aparece por primera vez fotografiada la pila bautismal de su iglesia, que según se afirma en el libro nunca había sido considerada en ningún catálogo del románico provincial. Primicia pues, aunque no puede decirse que sea excepcional. La gran copa semiesférica, levantada sobre pie, ve su superficie tallada por regulares gallones que surgen de una amplia cenefa de la que salen tarjetas semicirculares.
Aún lucen con su aire plenamente salvaje y valiente los puentes rústicos sobre los arroyos del barranco del Chaparral y del río Cristóbal. Siempre con el telón de fondo del Santo Alto Rey, cuya ermita fue durante siglos el referente de la piedad campestre de este pueblo.

Dos. Veinticinco hombres buenos. Y también alguna mujer. Son esos los autores del libro “Serranía de Guadalajara”. Que van a a ser homenajeados con el título de “Serranos del Año” por trabajar como autores, coautores, colaboradores y cohechores de ese otro libro que está abriendo telones y desvelando historias increíbles, el de “Serranía de Guadalajara… Despoblados, expropiados, abandonados…” calificativos que pueden dárseles, entre otros, y por ese orden, a La Vereda, Umbralejo o Matas. Pero que de un modo u otro califican a otros 17 pueblos más del entorno de esta Sierra Norte en la que los últimos cincuenta años han visto la desaparición de muchos más pueblos.
Tras un prólogo de José Antonio Ranz Yubero, y delante de un epílogo de Francisco García Marquina, un total de veinte pueblos desfilan analizados al límite: desde Alcorlo a Villacadima, y de cada uno de ellos su breve historia, la descripción de lo que fue y de lo que queda, los planos, las fotos, las romerías, los grupos, las casas y las fiestas… más un reportaje de media hora (“Los pueblos del silencio”) tallado por Agustín Esteban y José Miguel Sánchez sobre el ancho mapa de una tierra de silencio y olvidos.
Este libro, que ha sido pensado, coordinado,y puesto en pie gracias al tesón del doctor Alonso Gordo, con el apoyo de la directiva de la Asociación, se erige este año en protagonista de este Día de la Sierra, clavado su cartel y sus palabras en la plaza mayor de Atienza. En cualquiera de ellas. Bajo su castillo. Sobre la memoria de un latido que aún resuena.

Tres. Oscuras habitaciones. Coincidiendo con este XIV Día de la Sierra, a la que debemos dar cuanto podamos en orden a promoción, a vida, a comunicaciones y desarrollo, me satisface poder aportar en estos días un cartel que le abre nuevas posibilidades de entretenimiento, de atracción turística, de acicate para el viaje y la sorpresa. Tras varios años de trabajo, he conseguido ver editado un libro que reúne el catálogo de las Cuevas Eremíticas de la provincia de Guadalajara, todas ellas radicadas en torno a cuatro grandes centros de poder y espiritualidad. Uno de ellos (aunque hoy incluido en provincia vecina) es la ciudad que fue arévaca, romana y visigoda de Termancia, eje indudable de la vida en torno a la Sierra de Pela, alta y descarnada cumbre que media entre las actuales tierras de Soria y Guadalajara.

Esas cuevas, que aparecen desperdigadas por los altos valles, y las brañas espesas, me han servido de entretenimiento muchas jornadas, y de ellas he aprendido bastante. Han servido, también, para fraguar las amistades viejas en términos sencillos. Por eso recuerdo aquí una de esas cuevas (un ejemplo entre muchas) la de Peñagorda, en término de Ujados, al pie de su gran Muela prehistórica: mi amigo serrano José María Alonso Noguerales indica las entradas, que tras siglos de erosión han quedado en alto, aunque practicables. Solitarios ancestros tuvieron en ellas su habitación, su oratorio, y su sepultura.

Cuatro. Atienza al fin. Como es de razón, hay que decir aquí alguna frase sobre Atienza, que este año va a ser la anfitriona de este XIV Día de la Sierra. Al principio de un otoño que nos traerá la idea de ese ciclo eterno de las estaciones, de los meses laboriosos, de las redondas esencias de los capiteles tallados en sus viejas iglesias románicas. De allí, otro detalle recóndito que cabe rescatar ahora: el caballo empotrado en la torre de la iglesia de Santa María del Rey. En la basamenta del tercer cuerpo de esa torre, aparecen entre los lisos sillares del muro un par de piedras talladas, probablemente rescatadas de la parte inferior del templo, en su origen románico, pero restaurado y ampliado en siglos posteriores de bonanza económica. Formando parte de alguna imposta horizontal, había un par de figuras que alguien con buen criterio salvó. Representan una escena de pastoreo, propia de aquellas épocas de la plena Edad Media: un hombre de amplios faldones, que en su mano lleva una vara de arreos, y en la siniestra alza una trompa o tuba con la que lanzar el llamamiento de recogida al ganado. A su lado, y sin cabeza, un cuadrúpedo se ve correteando ¿una vaca? ¿un caballo? ¿quizás una cabra o carnero? Un flash del siglo XIII que nos ha llegado, apenas visible, intacto y parlante.

De Atienza podrían decirse muchas cosas, porque en cada rincón hay un recuerdo histórico, y en cada templo (no digamos ya en sus varios museos) docenas de expresiones artísticas, populares, paleontológicas. Siempre cunde su pasear en cuesta, rodar la vista en plenitud sobre las galerías y las arcadas de su Plaza del Trigo, y evocar el trote de sus cofrades de la Trinidad, de los reyes de Castilla atravesando el Arco de Arrebatacapas, o la sonora algarabía de los recueros al llegar a casa tras largas jornadas de marcha por los caminos de Castilla.

Guadalajara en el cine

Guadalajara en el cine

La semana pasada, y en los locales de Multicines de Guadalajara, se presentó un libro que considero esencial para saber de nuestro pasado cultural, y de cómo el arte del siglo XX por excelencia ha dado visibilidad a nuestra tierra, y la ha puesto en dimensión de futuro. Nombres como el de Javier Solano, a la pluma, y Fernando Benito, a la acuarela, han sido artífices de esta obra.

En el título se revela la intención última de la obra: “Rodando en Guadalajara”. Así, en gerundio. Lo que supone una acción en desarrollo. Una dinámica histórica, un acontecer cotidiano y permanente. No es que Guadalajara sea un plató permanente, pero sí que ha visto recalar numerosos e importantes nombres del arte cinematográfico, como guionistas, actores y directores, siendo protagonistas nuestros paisajes de grandes superproducciones o de íntimas escenas.

Muy bien editado por Nueva Alcarria, con la maquetación profesional de Laura Domínguez, y el patrocinio de Ayuntamiento y Diputación, el pasar las hojas, mirar las estampas y leer las anécdotas que este libro ofrece tiene un marchamo de excelencia y la seguridad de hacernos pasar un buen rato.

Por resumir un tanto la cantidad enorme de datos que aporta, conviene recordar en un principio que fue en 1897, y en el Teatro Principal de la ciudad, cuando se hizo la primera proyección cinematográfica pública en Guadalajara. A partir de ahí, el incesante arribo de presencias cinéfilas no ha cesado. Por ejemplo, el Cine Club de la Generación del 27, obra del polifacético Ernesto Giménez Caballero, recaló en Pastrana, y más concretamente en la plaza de la Fuente de los Cuatro Caños, un día de ese año, para filmar la fuente e incluirla en un documental sobre Castilla, con el que se pretendía fomentar el interés por el nuevo arte que surgía.

La Guerra Civil de 1936-39 fue también una fuente de filmaciones, especialmente desde el bando republicano, que tuvo una delegación de cine militante a través del Estado Mayor Central. Ellos se encargaron de producir, entre otros cortos, y a través de Film Popular, el de “La No Intervención” para denunciar la presencia de tropas fascistas italianas en la batalla de Guadalajara de marzo de 1937. Aunque luego fueron los servicios de propaganda de la Rusia soviética los que se encargaron de hacer películas también por esta zona de la Alcarria, montando otro largometraje, “Ispania”, de Boris Makaseyev a través de Mosfilm, en el que se acusaba de la intervención del fascismo europeo en esta guerra, cuando ya había terminado con la victoria de Franco.

Las grandes superproducciones aterrizan junto a la capital, en Iriépal y Taracena más concretamente, en 1959. El “Espartaco” de Stanley Kubrick es pormenorizadamente descrito y estudiado por Solano, añadiendo una curiosísima anécdota en la que los protagonistas son algunos vecinos y vecinas de Taracena, que fueron fotografiados por el propio Kubrick mientas contemplaban el rodaje.

El cine en Guadalajara está protagonizado por una persona y un título, sin discusión. Es “La Tía Tula” dirigida por Miguel Picazo, en 1963. Con la presencia de Aurora Bautista, y docenas de escenas por la ciudad, por sus pueblos del entorno, por el cementerio, por casas particulares del paseo de las Cruces… recuerdo aún, personalmente, haber sido testigo del rodaje de una escena en la casa de las hermanas Yagüe, en el número 7 del paseo de las Cruces, en aquel edificio para funcionarios municipales que estaba frente al Gobierno Civil. Todo era familiar e íntimo, pero el resultado fue espectacular, y Picazo obtuvo el reconocimiento internacional que a tanto esfuerzo correspondía.

Después, muchas otras películas han crecido en estas tierras. El libro de Javier Solano las desmenuza, en sus datos esenciales, y en los entresijos de su filmación. Por recordar algunas, de las más sonadas, y con presencia de directores y actores de primera fila, vayan aquí algunos nombres. 

“Con el viento solano” de Mario Camus se rodó en Cogolludo. “Una historia inmortal” de Orson Wells, se rodó en Brihuega. “Mi hija Hildegart” de Fernando Fernán-Gómez, se rodó en la vieja Cárcel de Mujeres de Guadalajara. Su otra obra “El viaje a ninguna parte” lo hizo en Palazuelos. Y la gran superproducción de “Las Troyanas” de Cacoyannis y la intervención estelar de Katerine Hepburn, se rodó –hace ahora justamente 50 años– en Atienza.

Todo han visto, y disfrutado con las escena de la calle mayor y las plazuelas adyacentes, más la solemne ambientación en casa de los Simón, en el palacio de los condes de Coruña del Jardinillo, “Hay que deshacer la casa” de José Luis García Sánchez, con la interpretación magistral de Amparo Rivelles y Amparo Soler Leal. Por Zaorejas y al Alto Tajo, Antonio del Real acompañado del autor de la novela “El río que nos lleva” se filmó esta obra que ligó tanto a José Luis Sampedro con Guadalajara. Las “Flores de Otro Mundo” de Icíar Bollaín se desarrolló en paisajes urbanos de Cantalojas, Villacadima, Condemios y Jadraque. Y el “Hable con ella” de Almodóvar hizo rodar las cámaras por las calles de Brihuega. También el inigualable Santiago Segura ha tenido predilección por nuestra tierra al rodar algunas de sus taquilleras producciones. Por ejemplo, la segunda de la saga de Torrente, “Misión en Marbella” tiene larga escena en la discoteca “Quattro” de Yunquera de Henares. Y aún en su desternillante “Padre no hay más que uno” no dejamos ver los escenarios de las Cruces, el Polideportivo San José, el Conservatorio de Música, y la iglesia de Cabanillas.

Todo han visto, y disfrutado con las escena de la calle mayor y las plazuelas adyacentes, más la solemne ambientación en casa de los Simón, en el palacio de los condes de Coruña del Jardinillo, “Hay que deshacer la casa” de José Luis García Sánchez, con la interpretación magistral de Amparo Rivelles y Amparo Soler Leal. Por Zaorejas y al Alto Tajo, Antonio del Real acompañado del autor de la novela “El río que nos lleva” se filmó esta obra que ligó tanto a José Luis Sampedro con Guadalajara. Las “Flores de Otro Mundo” de Icíar Bollaín se desarrolló en paisajes urbanos de Cantalojas, Villacadima, Condemios y Jadraque. Y el “Hable con ella” de Almodóvar hizo rodar las cámaras por las calles de Brihuega. También el inigualable Santiago Segura ha tenido predilección por nuestra tierra al rodar algunas de sus taquilleras producciones. Por ejemplo, la segunda de la saga de Torrente, “Misión en Marbella” tiene larga escena en la discoteca “Quattro” de Yunquera de Henares. Y aún en su desternillante “Padre no hay más que uno” no dejamos ver los escenarios de las Cruces, el Polideportivo San José, el Conservatorio de Música, y la iglesia de Cabanillas.

A todos estos instantes de luz y color en movimiento, pone fijeza y perspectiva Fernando Benito con sus acuarelas magistrales. Texto e ilustraciones conforman este libro como un goce auténtico, de información y de sorpresas visuales. 

En su última parte, ya con notas sueltas y comentarios esenciales, van apareciendo muchas escenas de películas menos conocidas, pero todas sorprendentes por sus localizaciones. Así por ejemplo, nos recuerda el autor la anécdota ocurrida en 1992, cuando para rodar John Glen su enorme reportaje sobre “Cristóbal Colón: el descubrimiento” se utilizó el salón del trono del parador de Sigüenza, y a Marlon Brando, ya muy mayor, participando en una sola escena, en la que ni siquiera tuvo que hablar, haciendo de terrible inquisidor a lo Torquemada. También el uso que Vicente Aranda hizo de Casa de Uceda en su “Amantes”, y el paseo de las cámaras por el Cubillo de Uceda para filmar “El espinazo del diablo” que estaba previsto haberse rodado frente al convento de San Francisco. Lugar donde, ya más recientemente, se ha establecido una especie de plató permanente para el rodaje de series televisivas, y que a muchos ha dado la idea de transformar aquel lugar, todavía hoy a medias ocupado, en un espacio dedicado a la filmación de películas, en una especia de alcarreña “CineCittá” que podría darle mucha vida a nuestra ciudad.

La vida, indudablemente, se la da ahora este “Rodando en Guadalajara” con las investigaciones de Javier Solano sobre esta temática inédita, y las ilustraciones de Fernando Benito, que por fin se manifiesta como lo que es, un gigantesco artista que llega ahora, como a muchos pasa, al cénit de su actividad cuando de su trabajo habitual ha sido jubilado.

Cuevas eremíticas en el arroyo Pajares

cueva del arroyo pajares en hiles

El estudio de las cuevas eremíticas de origen visigodo, que existen en número muy notable a lo largo y ancho de España, y también en la provincia de Guadalajara, está todavía por hacer. A la semana que viene sacaré a la pública consideración un libro en el que reúno y catalogo todas las que he encontrado en nuestra tierra, elaborando con ellas una teoría de las cuevas, una clasificación de las mismas, una distribución bajo la gobernanza de centros espirituales de envergadura.

Pero hoy quiero acentuar el interés en una de las más notables cuevas del norte provincial, absolutamente desconocida para el gran público. Entre otras razones, por lo difícil de su acceso. Se trata de la gran cueva eremítica del Arroyo Pajares, en término de Hijes. Y ya de paso, comento y conecto con las otras cuevas que en aquel recóndito paraje del arroyo Pajares se pueden ver.

En el término de Hijes

A Hijes, que se acurruca bajo la gran mole de la Muela de Ujados, antiquísimo castro celtibérico, se llega fácilmente por la carretera CM-110 que parte de Atienza hacia Ayllón, y luego tomando a la derecha la lateral GU-145. Es un pueblo atractivo, aunque ya muy modificado en sus construcciones populares, si bien destaca su iglesia románica con profusa decoración y clásicas formas. Desde la villa puede bajarse por el arroyo Pajares que junto a ella pasa, lamiendo casi los muros del ábside parroquial. Y llegar a esta cueva que considero fundamental y paradigmática en el conjunto de la edilicia rupestre serrana.

La Cueva del Arroyo Pajares de Hijes

Se abre (aunque ahora en verano tapada por las masas arbóreas que escoltan al arroyo) en la margen izquierda del Pajares, tallada sobre la roca arenisca tan común en el entorno. La cueva tiene un fácil acceso desde el suelo de la margen izquierda del arroyo, y en su frente se observan, a más del gran orificio de entrada, numerosas marcas talladas que, a modo de mechinales, debieron servir para instalar el techo y paredes –de madera y ramas–  que servirían como vivienda habitual del eremita/s ocupantes. El interior, de cómodo acceso, amplio, aunque bajo de techo (1,60 m. solamente) ofrece una tumba excavada en la roca de su pared oriental, así como un par de nichos en alacena, y un pequeño altar. Añade en sus muros una serie de excavaciones, pequeñas hornacinas, o columbarios, que serían alojamiento de reliquias. Tras su análisis, Daza Pardo (2007) interpreta que esta cueva debió servir de laura de algún eremita, que sería enterrado a su muerte en esta cueva funeraria. Se constituye así, esta del arroyo Pajares, en un modelo muy evidente del uso vital y ritual de estas cavidades.

Destaco, porque lo vi en esta andanza, que a escasos metros a poniente de la cueva y en la orilla derecha del valle, hay un espacio muy antropomorfizado, con una superficie de roca arenisca en la que se ven tallados regueros, líneas anchas, rodales diversos, a cuyo entorno se le conoce como “el Villarejo”. No cabe duda de que ahí hubo población, más o menos amplia, seguramente un grupo escaso de habitáculos, en época altomedieval. 

Cuevas de los Arroyos

Estas en la orilla izquierda del arroyo de La Huelga, que baja desde Ujados, y un poco a occidente de la anterior, se ven talladas dos amplias aberturas, a metro y medio del suelo, con muy difícil acceso, sin que haya podido visitar su interior, aunque con los medios técnicos suficientes he podido fotografiar ese espacio interno, que es apenas de 4 metros cuadrados, con muros finamente tallados uniformemente. Va una foto de este espacio junto a estas líneas.

Estas cuevas de los Arroyos estarían, en su origen, a nivel de suelo, pero con el paso de los siglos han quedado elevadas ese metro y medio sobre la actual pradera. Lo que ha ocurrido, según me hacía ver con su sabiduría campestre tan arraigada, mi amigo José María Alonso Noguerales, que fue quien me guió hasta ellas, es que el pavimento del valle ha ido descendiendo. Según ocurre habitualmente en estas zonas (él lo ha podido comprobar a lo largo de su vida) el terreno pierde aproximadamente un milímetro cada año, por la erosión de las aguas. Lo que supone que en quince siglos, ha perdido esos 1,5 metros a los que ahora vemos elevadas sus bocas.

En el término de Ujados

Hace unas semanas referí lo visto y hallado en Ujados, a propósito de sus cuevas, que son varias, superinteresantes, y todas ellas en el costado norte (por tanto, con las bocas abiertas al luminoso sur) del arroyo de La Huelga. Se complementan en origen y funciones con las de Hijes, de que antes he hablado, y las de Miedes, que ahora expongo.

En el término de Miedes

Si seguimos bajando por el arroyo Pajares, en su costado norte, y con las bocas abiertas al sur, aparecen algunas otras pequeñas cuevas. No obstante, hay dos espectaculares que deben ser aquí mencionadas. Una es la Cueva y Santuario de Santa María de la Puente (Coordenadas: N 41º 13´49”  /  O 2º 57´39”), y otra la Cueva del Espinarejo (Coordenadas: N 41º 13´56”  /  O 2º 57´26”) esta ya sobre el arroyo de la Respenda.

Cueva y Santuario de Santa María de la Puente

Junto a la ermita (perfectamente conservada, edificio del siglo XVIII) de Santa María de la Puente, en el extremo meridional del término municipal, con vistas sobre el arroyo Pajares, se ven los restos de un antiguo poblado, que surgió, posiblemente, en época neolítica, y que ha ido teniendo uso en épocas sucesivas, primero como breve castro, luego como centro religioso, y al fin como poblado medieval, siempre utilizado por su carácter estratégico y próximo al agua y los caminos.
En el costado de levante de la ermita, en la falda que escurre desde su altura, aparece un gran macizo de roca arenisca que ha sido tratado por el hombre de múltiples maneras. Por ejemplo, en su superficie, irregular, se aprecian tallas de la roca como para dar límites a espacios que estarían construidos. Y de la roca que sobresale, tallada de diversos modos, se vislumbran mechinales en lo alto, como si de ella hubieran dependido en su día construcciones de madera adheridas.

La cueva en sí tiene un gran acceso tallado por el costado sur, que da paso a un espacio que podríamos decir “redondo”, y en cuyo término se talla una especie de altar o escalón que permite ascender a una especie de patio que es a su vez atrio de otra roca tallada con bancos en la base, hornacinas a media altura, y, en todos los lugares, cruces talladas, como “de calvario” con bases triangulares sustentándolas.

El espacio es claramente ritual. Si hubo en su torno, en aquel cerro de la ermita, como todos los indicios hacen creer, un poblado medieval, con seguridad que se hizo sobre un asentamiento previo celtibérico, y también romano porque se han encontrado restos arqueológicos en el valle. 

Bajo el acceso a la ermita, existe otra cueva de boca muy estrecha, aunque se debe a su colmatación, y según dicen en el pueblo cruza toda la roca y comunica con una cripta de la ermita…

Es muy difícil datar con exactitud el lugar, puesto que solo quedan peñascos tallados, pero no cuesta trabajo creer que tuvieran su auge poblacional entre los siglos VI al IX de nuestra Era, pues en esos siglos de dominio visigodo, fueron muy abundantes los espacios poblados, con cuevas rituales y eremíticas en su entorno, por los altos valles de la Serranía de Atienza. El lugar es merecedor de atención, de señalización y de cuidados para que no se vandalice.

Cueva del Espinarejo

Se encuentra en un altozano, que vigila la confluencia de los arroyos Pajares (que viene desde Hijes) y Cañamares, que procede desde Miedes. Se accede desde la Casa Rural “El Molino del Serio”, que pertenece al municipio de Cañamares. Es un espacio grande, de 4 x 6 metros, con boca practicable de un metro de ancho, orientada al Sur. La puerta se cerraba con maderas, y en su interior puede verse a la izquierda de la entrada una tumba excavada, de aspecto antropomorfo, rematada en un arco semicircular. El tallado de la cueva intentó emular cubiertas abovedadas, y destaca el retallado muy fino de sus paredes, al objeto de ser encalado el interior, aunque de esa cal ya no queda nada. Se trata, sin duda, de un típico habitáculo de eremita de época visigoda.De esta forma queda referida y descrita la gran Cueva del Arroyo Pajares de Hijes, y animo a mis lectores a visitarla. Sus coordenadas exactas serían N 40º 26’ 46”  /  O 3º 42’ 36”. Aquí dejo el dato, por si alguien se anima a visitarla.