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El valle del río Gallo

Recluidos en la cuarentena que, a la antigua usanza, parece ser la única forma de librarnos de una (una más…) de las epidemias que de vez en cuando azotan a la Humanidad, saco a colación viejas andanzas por mi tierra.

Siempre es de acomodo evocar los caminos, la brisa que sopla entre las ramas altas de los chopos, el sonar levísimo de las aguas, el trote de nuestras botas sobre las viejas hojas resecas. Hoy me voy a Molina, vuelvo al Gallo.

Aunque no incluido plenamente en el Parque Natural del Alto Tajo, el recorrido del río Gallo por el señorío de Molina conforma una serie de espectaculares paisajes y entornos característicos que le hacen extensión natural de ese Parque. 

Para cuantos esta primavera se animen a viajar, a descubrir una de esas facetas que la provincia encierra y está deseando enseñar, la “Ruta del Gallo” es un destino a estudiar, porque va a proporcionar todo tipo de sorpresas: páramos silenciosos entre pueblos medievales, y abruptos cortados rocosos con ermita subterránea incluida. Preparar las botas, los mapas y los ánimos. Y poneros a andar por sus caminos.

Aunque el recorrido por el Gallo es muy amplio, pues nace en los altos montes de en torno a Motos y Alustante, en el extremo más oriental del Señorío, como un regalo de la sierra de Albarracín, y va a dar en el Tajo justamente en el espacio conocido como Puente de San Pedro, todas las miradas, y todas las pisadas se dirigen al estrecho barranco que forma el río Gallo entre las localidades molinesas de Ventosa, Corduente y Torete, aunque más abajo sigue, por Cuevas Labradas, hasta la junta con el Tajo en el sitio dicho.

Ahí están los espectaculares paisajes que cifran su belleza en la verticalidad y proximidad de los muros rocosos que dan límite al hondo cañón por el que corre el río. En su mitad se esconde (o se muestra, según se mire) la Ermita de la Virgen de la Hoz, que es patrona del Señorío molinés, y cuya leyenda, historia y realidad hoy es algo que se mete en los corazones de todos los molineses esparcidos por el mundo.

Merece la pena acercarse de nuevo hasta la Hoz del Gallo, y recorrerla desde un punto de visto más naturalista que piadoso, más ecologista que histórico. En ese sentido, quienes todavía no hayan viajado hasta ese lugar privilegiado deben hacerlo en cuanto puedan. En esta primavera que ya apunta tímida. O en el próximo verano en el que las sombras de los altos árboles y las inacabables rocas darán frescor a quien hasta allí se llegue.

Imágenes del río y del entorno

En los libros e historias que hablan de Molina, aparece siempre la imagen del Santuario de la Virgen de la Hoz, que antaño fue monasterio de monjes cistercienses (hay quien dice que quizás antes fuera acojo de templarios) y hoy es corazón del Señorío, dentro de la roca tallada, retablo barroco e imagen románica en conjunto.

Como un catedral de piedra arenisca que emerge entre las choperas, al murmullo de las aguas, rodeada de frágiles pinos, las cúpulas de piedra rodena parecen hablar de un tiempo mitológico. Está la ermita cargada de recuerdos, de glamour y versos. Sobre la roca, junto a la entrada, además de un escudo del clérigo Burgos (un águila de extendidas alas) aparece un panel de cerámica con las catorce líneas de Suárez de Puga que dan vida a uno de los más hermosos sonetos escritos en lengua castellana, aquel que se inicia con la invocación a María en la Hoz: «Con qué dulce volar la rama espesa / de tu parral ¡oh, Virgen en clausura!», y acaba en esos versos que a la hoja de parra dedica porque sabe que es sagrada y es eterna: «Promete, ¡oh tierno tallo de esperanza!, / un día darte la cosecha entera / de su primer racimo transparente / enseñándotela, pues no te alcanza, dentro de la sagrada vinajera / de algún misacantano adolescente».

Prometidas excursiones

Y no vale que andemos más en detalle contando vestidos dorados de vírgenes, o fundaciones pías de familiares de Santo Oficio y Liga Santa, porque a la Hoz del Gallo se va fundamentalmente de excursión, de coche cargado hasta los topes con sillas plegables, mesas ídem, abuelos que se valen y niños por desfogar. Y tortillas, muchas tortillas. Incluso carne empanada, y coca-cola, y (que no falte nunca) vino de la Mancha en bota. Con todo eso, el día por delante, y ganas de pasarlo bien, no hay mejor lugar en el mundo que el barranco de la Hoz.

En Molina de Aragón, primeramente, se ha podido mirar el castillo, o el ábside románico de Santa Clara, o el portalón barroco del Palacio del Virrey. Luego, en Corduente, su bien conjuntado caserío, de nobles casonas recias y francas. Y al fin la hospedería, clavada en el interior de la roca, un verdadero lujo del turismo rural que aquí en la Hoz alcanza el máximo de las posibilidades que el turismo de interior puede ofrecer.

La perspectiva de quedarse a comer en su inmenso salón, a dormir en sus pequeñas y bien acondicionadas habitaciones, y a despertarse arrullado por el sonoro discurrir del Gallo, es algo que verdaderamente carga de sugerencias cualquier plan de «Fin de Semana».

Pero además la Hoz nos ofrece muchas otras cosas. Una: subir por el escalonado vía crucis que parte de detrás de la ermita, hasta lo alto de los roquedales, disfrutando a cada tramo de las vistas suculentas del barranco, de los pinares de Molina, de los cielos transparentes de su altura. Recientemente el Ayuntamiento de Molina ha acondicionado pulcramente aquel entorno, haciendo fácil el discurrir por sus recovecos.

Dos: quedarse a disfrutar las mesas y asientos de madera que se han distribuido a lo largo de las riberas del río.

Tres: adentrarse en el bosque y buscar los restos de una antigua ciudad celtibérica que cercana a Ventosa existe.

Cuatro: cruzar el bosque a buscar ardillas, comadrejas, petirrojos, y algún ciervo.

Cinco: dormir plácidamente al arrullo fresco de la sombra de un cerezo.

Y muchas más cosas. Llegar, entre otras, finalmente a Torete, donde parte una carretera hacia Lebrancón, que junto al arroyo Calderón, también profundo y hermoso, nos da posibilidades de admirar paisajes sin cuento. O seguir carretera abajo hacia Cuevas Labradas, puestas en un alto bien oreado y fresco; seguir en dirección a Cuevas Minadas, para saber lo que es bosque salvaje y denso; o seguir ya sin pausa hasta el lugar en el que la carretera se une a la que viene desde Corduente y Molina en dirección al Puente de San Pedro. Todo son bocas abiertas, y ganas de volver, aunque se esté pasando por vez primera.

Ese es el mejor folleto de propaganda turística que puede proporcionar Guadalajara: recorrer entero el barranco de la Hoz del río Gallo en su tramo final, entre Corduente y el encuentro con el Tajo. Con el telón de fondo de ese Parque Natural del Alto Tajo, que ya cuenta con su Centro de Interpretación en Corduente, y que significa un aula vertiginosa y espléndida para saber más del mundo, de la geología, de los animales del aire y el agua, de nosotros mismos.

La ruta de Monje

Luis Monje Arenas, suficientemente conocido como biólogo director del Servicio de Fotografía Científica de la Universidad de Alcalá, y reciente autor, entre otros, de un libro titulado “El Señorío de Molina, paso a paso”, nos propone en las páginas de este una ruta en automóvil por el río Gallo. Por su trayecto más fácil y espléndido.

Y así nos sugiere que salgamos de Molina y entre campos de cultivo, barbechos y restos de matorrales acompañando al río escueto nos lleguemos a Corduente, tras haber parado un momento a visitar desde fuera la fortaleza de Santiuste, que otea el valle.

Ya junto al río, tras visitar el pueblo [Corduente] y su Centro de Interpretación, nos vamos a encontrar sobre la carretera estrecha y acompañados de unos enormes paredones rojizos, formados por conglomerados de cárdenas areniscas que parecen amenazar con bloquear el paso, y que así anuncian el comienzo del barranco de la Hoz propiamente dicho.

Nos dice Monje que “la erosión diferencial provocada por el caudaloso Gallo en épocas pasadas ha cincelado un zigzagueante y estrecho desfiladero de paredes verticales que alcanzan los 150 metros de altura en algunos puntos, y que hoy aparecen rematadas por cárdenos roquedos sobre los que mantienen un inestable equilibrio los pinos rodenos, centinelas arbóreos de las alturas del cañón”. 

El viajero ha de parar en la ermita, en el santuario: allí está la Hospedería, hoy abierta al público, y el templo siempre abierto y con la curiosidad de estar tallado íntegramente en el interior de la montaña, con una imagen románica de la Virgen María en su barroco altar. Poco más allá de los edificios, empieza a ascender una escalinata de cientos de peldaños que, en pocos minutos, y sin demasiado esfuerzo, nos permite subir hasta un mirador natural habilitado sobre una enorme losa de arenisca que sobrevuela el santuario y desde la que se aprecia una panorámica del barranco que se quedará indeleble en la memoria.

La ruta sigue río abajo, carretera abajo: es la GU-958 y va en lo profundo del desfiladero, entre el río y la muralla rojiza. Se llega pronto, tras 5 Kms., a Torete, población  donde el río Gallo nutre con sus aguas una fértil vega. Poco después el paisaje cambia de nuevo, las paredes se alzan y el camino se estrecha, pudiendo ver cómo los rojos conglomerados son sustituidos por grisáceas calizas, en cuyos estratos, fuertemente plegados, se adivinan las primigenias convulsiones orogénicas que sufrieron estas tierras, ricas en fallas, cuevas y plegamientos. 

En los altos del estrecho de Despeñaburros, situado a 3 kilómetros aguas abajo de Torete, están la sima de la Muela y la cueva del Horniciego, señaladas por sus correspondientes carteles orientativos. Poco después, 500 metros más allá, poco antes de llegar al pueblo de Cuevas Labradas, se toma la pista de tierra en buen estado que surge a nuestra derecha y que continúa acompañada del río Gallo, el cual se atraviesa poco después, gracias a una pasarela de cemento de la que surge hacia la derecha un caz que alimenta el viejo Molino del Manco. 

Si continuamos andando desde allí, hacia Poniente, a 200 metros vemos cómo aparece un impresionante anticlinal que ha sido mil veces fotografiado, y que da la esencia geológica de esta Ruta. La pista que llevamos, nos conduce 4 Kms. más adelante hasta la carretera CM-2015, que baja desde Molina/Corduente por el interior del pinar, y que desde aquí vuelve a hacerse compañera fiel del Gallo hasta que, 5 Kms. más adelante, le vemos entregar sus aguas al Tajo, en el paraje del Puente de San Pedro. Este último tramo es el que mayores perspectivas de grandiosidad nos entrega, pues los murallones calcáreos que escoltan al profundísimo río son de una esbeltez y belleza extraordinaria, destacando de todos ellos el cantil al que se conoce como “Castillo de Alpetea” cargado de leyendas y vigilante eterno de la junta de los ríos.

Añadido el bagaje viajero de algún plano que en la Oficina de Turismo de Molina tienen, y sobre todo con las ganas de ver espacios nuevos y rústicos, fuertes en color y siluetas, el viajero debe lanzarse a dar sus pasos largos junto al río Gallo. Los ríos son siempre libros que cuentan cosas, que cuentan penas y alborotan la memoria, pero que dan siempre, -eso no falla- agua a la sed del caminante, sombra fresca para su descanso, conciencia tranquila de que se está todavía en un mundo amigo y sabio.Este recuerdo se me viene ahora, en el obligado encierro de la cuarentena, porque hace ya diez años que Luis Monje Arenas y yo presentamos nuestro libro “El Señorío de Molina, paso a paso”, en la hospedería del Barranco de la Hoz. Fue una buena tarde, rodeados de amigos, de sombras, de yantares y beberes, de firmas, de abrazos…. No se me olvidará como, por sorpresa y sin haber avisado antes, se presentó en la reunión Luis Monje Ciruelo, padre del coautor del libro, conduciendo él solo su coche, desde Guadalajara, y cómo al acabar el acto, ya de noche, volvióse a casa, tan terne. Eran (estos, Fabio, ay dolor, que ves ahora….) otros tiempos mejores, mucho mejores!

El patio renacentista alcarreño

El patio renacentista alcarreño,
el gran libro de Antonio Trallero Sanz

Le doy un nuevo repaso a este libro que siempre me pareció fabuloso. Un libro modélico y esencial para entender la carga patrimonial de nuestra tierra, de Guadalajara.

Me estoy refiriendo a “El patio renacentista alcarreño”, escrito por Antonio Miguel Trallero Sanz, y editado por Ibercaja en 1998. Con 250 páginas de buen papel, cientos de ilustraciones a color, gran tamaño, encuadernación en tapa dura, elegante diseño, y claridad meridiana en textos y conceptos.

A propósito de analizar el palacio de don Antonio de Mendoza, en la capital de la Alcarria, y que está reconocido como uno de los primeros ejemplos en España de la arquitectura del Renacimiento, el arquitecto profesor Trallero, nos da resúmenes claros, concisos y aleccionadores de temas como la historia de la ciudad, el sistema constructivo en ella, los edificios singulares de antes del siglo XVI y la familia Mendoza. Todo ello en la base de conocimientos de un análisis de arquitecturas. Trallero ha sido siempre un gran estudioso, un comunicador claro, un experto en historia de la arquitectura a quien ya va siendo hora que se le valore como debe.

Este libro sobre “El patio renacentista alcarreño” de Antonio Trallero es hermoso y elocuente. Nos presenta el gran elemento que es el palacio de Antonio de Mendoza (el viejo y querido Instituto de Enseñanza Media) y nos lo dibuja en su totalidad y en sus detalles, entendiendo enseguida su novedad, su valor, su belleza… sigue luego con el análisis de otros patios renacentistas en la ciudad (el de los Condes de Coruña, el de los Dávalos, y el de los Laso de Mendoza en Yunquera). Y aun acoge la memoria de otros edificios, desaparecidos ya, que tenían elementos parecidos (elpalacio del nº 13 de la calle Doctor Creus, el palacio de los Guzmán, el palacio de los Labastida donde hoy los Juzgados, el palacio de los condes de Priego, el convento de San Bernardo, el gran patio de Santa Clara…. 

Pero además, sigue su análisis con elementos que, sin llegar a patios, muestran el tratamiento del espacio bajo techumbres y entablamentos, con columnas, zapatas y capiteles de talla, en galerías de Ayuntamientos, en soportales (los de la plaza mayor de Guadalajara, por ejemplo, o el de Fuentelencina) en atrios porticados (muy especialmente el de Santa María) y en muy variadas formas, de tal modo que retrata con perfección y totalidad un modismo constructivo tradicional, y que podría (que debería) ser utilizado hoy en día con mayor profusión.

De Antonio Miguel Trallero Sanz, autor además de su gran estudio sobre la Arquitectura Mudéjar de Guadalajara, solo cabe decir en este comentario que es un estudioso serio y productivo, un hombre que sabe de lo que habla, y una referencia clara de la cultura y el estudio en Guadalajara. Al que aplaudimos sin reservas.

Breve historia de la Crónica y Guía de la provincia de Guadalajara

En 1973 (tras el fallecimiento de F. Layna Serrano) fui nombrado Cronista Provincial de Guadalajara por parte de la Excmª Diputación Provincial. Se trata de una figura honorífica  que no confiere ningún derecho y sí muchas obligaciones. Mucho compromiso, al menos.

Con el objetivo de tener reunido, en un gran archivo, todo cuanto hasta ese momento se supiera de los más de 400 pueblos habitados en ese momento, en Guadalajara, inicié la realización de una serie de notas, una por pueblo, que fui rellenando de datos, de todo tipo: geográfico, histórico, patrimonial, personajes, fiestas, gastronomía, artesanía, curiosidades… lo hacía un poco para mí, para mi propio uso y autoorganización. Era el año 1974, y todavía no existían los ordenadores: había que hacerlo a mano, a máquina, sobre fichas. Las conservo todas.

La iniciativa se reveló muy pronto utilísima. Podía proporcionar datos sobre cada pueblo a quien me lo solicitara, de forma casi instantánea, sin fiar a la memoria fechas o datos. Es más, con el tiempo, me surgió la idea de reunir todo aquel material informativo, que fue creciendo sobremanera, en un gran libro. Sería un libro así titulado, “Crónica y Guía de la provincia de Guadalajara”, en que clasificados por orden alfabético, dentro de cada una de las cuatro comarcas en que se divide la provincia (Campiña, Alcarria, Sierra y Señorío de Molina) aparecerían todos los pueblos (los vivos y los que por entonces estaba ya despoblándose) con sus datos fidedignos.

Lo empecé en 1974 y lo acabé en 1978. Lo escribí a máquina, y lo encuaderné. Lo entregué en Diputación Provincial, al entonces Presidente de la Corporación, Sr. Antonio López Fernández, quien me dijo que lo estudiaría. Personas del entorno de su gabinete lo retuvieron durante unos años, sin darle salida, hasta que en 1983, el nuevo presidente, don Emilio Clemente Muñoz, decidió proceder a su publicación, en un grueso tomo, del que se hizo una tirada de 3.000 ejemplares, siendo presentado en el Salón de plenos de la Diputación en 1983, y obteniendo enseguida un éxito de público notable, hasta el punto de que se estableció esa obra como punto de inicio de cualquier estudio que se quisiera hacer sobre Guadalajara, siendo también muy utilizado por periodistas, para hacer crónicas de pueblos, y por políticos, que usaban sus datos para pregones, discursos, etc. Me considero feliz de haber podido ser muy útil con toda la información que entonces conseguí sumar, y publicarla en forma de libro.

Agotada la primera edición, el siguiente presidente Sr. Francisco Tomey Gómez decidió hacer una nueva edición, que yo mismo actualicé en datos y se sumaron muchas imágenes y planos. Esa segunda edición, de 1988, constó de 5.000 ejemplares, y fue sufragada íntegramente por la Central Nuclear Trillo. El libro se siguió usando, y sirviendo de base de datos para estudios, crónicas, libros, etc. Pero también se agotó, y quedó una cierta laguna de información, aunque progresivamente, la estructura social de la provincia ha ido haciendo que fuera mucho menor el público interesado en la historia y el patrimonio de sus pueblos.

En 2017, personalmente elaboré una reedición de esta “Crónica y Guía de la provincia de Guadalajara”. Añadí muchos datos nuevos, corregí algunos que estaban erróneos, complementé gráficos, y añadí una abultada galería de planos. Todo ello se elaboró en el gran formato del folio ampliado, pero en formato PDF, grabado sobre disco DVD incluido en carpeta plástica con cubierta. De esta tercera edición se han debido de vender una docena de ejemplares. 

Las sucesivas ediciones las dediqué “A mis hijos, Alfonso y Águeda”, siendo prologada la segunda de ellas por Camilo José Cela, Premio Nobel de Literatura. La tercera se la dediqué “A mi nieto, Adrián Herrera Botías, en el día de su venida al mundo, 17 de marzo de 2017”

El original de este libro, mecanografiado, lo cedí a la Biblioteca Pública Provincial de Guadalajara. La verdad es que durante un tiempo hubo muchos ejemplares en centros oficiales, periódicos, bibliotecas, y casas particulares, y mucha gente lo leyó y consultó, para recabar datos de los pueblos de la provincia, pues tal era su objetivo. Pero sucesivamente esos ejemplares han ido desapareciendo, perdiéndose, arrancándoles hojas los lectores, y hoy puede decirse que es difícil encontrar entero un ejemplar de esta obra, incluso en la Biblioteca Pública Provincial el ejemplar que existe, muy manoseado, sucesivas veces reencuadernado, tiene en sus páginas más huellas de las que debiera. 

Es verdad que aún puede uno hacerse con la obra entera, simplemente entrando en esta dirección,

http://aache.com/tienda/es/649-cronica-y-guia-de-la-provincia-de-guadalajara.html

y encargándolo, para su uso digital sin límite de texto e imágenes. Pero el problema no está en como adquirirlo, o como usarlo, o en cual sea su precio, no: el problema está en que apenas hay personas a las que les interese todo ese acopio de datos. El mundo está cambiando y va hacia una sociedad en la que la información no se necesita adquirir, ni consultar: al parecer, las nuevas generaciones es que vienen ya con la información implantada en sus cerebros.

¿Sirve de algo la heráldica?

Muchas personas me lo han preguntado, y algunas más se han quedado con ganas de hacerlo.

–Pero ¿realmente vale para algo la heráldica?

Sería una respuesta larga, y si meditada, prolija y quizás erudita. No voy por ahí.

–Voy por lo sencillo, por lo contundente: sí, vale para algo.

Alguno ya estará diciendo: –Claro, que va a decir. Si le nombraron hace tiempo Académico de la Real de Genealogía y Heráldica de Madrid ¿qué va a contestar? 

No es por eso, ni mucho menos, ni por alardear de saberes, de “muebles heráldicos” de “campos” y jefes, de esmaltes y cimeras. No: es porque la heráldica es una auténtica ciencia, –auxiliar–de la Historia. Porque (y es muy sencillo comprobarlo a nada que uno se ponga a elucubrar sobre fechas y poseedores de un edificio con tallas heráldicas…) las piedras armeras son como firmas. Declaran fechas, declaran poseedores, declaran intenciones.

Siempre he pensado que el arte, como la historia, y cualquier recuento del humano expresarse, es un lenguaje con el que los seres vivos transmiten sus ideas para que las recojan otros.

El idioma, los gestos, la música (y ahora, no cabe duda, la heráldica) son formas de decir uno, a los demás, quién es, qué piensa, de qué talante está ese día. Por eso toda manifestación humana es, en el fondo, un intento de comunicación, de transmisión, de declarar sentimientos, objetivos, o de “vendernos una moto”, hay de todo.

La heráldica ha tenido magníficos representantes y estudiosos. Hace pocos meses murió uno de los más sabios en el tema, don Faustino Menéndez-Pidal y Navascués, con quien tuve buena amistad, y gracias (entre otros) a quien llegué a estar en esa Real Academia que antes he mencionado. No se lo agradeceré nunca bastante. Tuve la suerte también de ser editor de uno de sus libros más capitales, los “Apuntes de Sigilografía Española”, en los que daba las normas básicas, para estudiantes de historia, del significado, las formas y los objetivos del arte de los sellos, de los sellos validantes de documentos y hechos jurídicos. Por tanto, Menéndez-Pidal era uno de esos sabios que tenía el concepto claro del valor del mensaje heráldico y sigilográfico, como elemento transmisor de valores, de noticias, de significados.

En Europa, tan larga en historias y tan prolija en revoluciones, es España la nació que con mayor profusión aún guarda y muestra en mil lugares los escudos de armas de las gentes nobles. El sitios como Francia, a raíz de su Revolución de finales del siglo XVIII, casi no han quedado escudos. La gente los deshizo a martillazos. Los veían como imágenes del poder, y no se daban cuenta de que estaban quitándole páginas a algo que no se le puede quitar, y que son los libros de historia. Por más vueltas que le dés a un hecho antiguo (general, nacional, incluso personal) nunca podrá borrar ni una sola línea de esa historia. Lo escrito, ahí está, oculto quizás, pero permanente. Es tontería machacar a martillazos los escudos, como lo es borrar contando memeces las equivocaciones que uno ha tenido. Ahí está todo, en el presente continuo, o en el pasado sellado, vigilante.

Y me temo que estoy divagando, porque yo iba, simplemente, a defender la heráldica, y a deciros que es muy entretenido ponerse a estudiarla, a buscar escudos de gentes tallados en muros, en portadas, en columnas o en altares. A interpretar de quien es cada escudo, cuales son sus motivos, emblemas, colores y formas. Cuándo se tallaron, por qué, para qué… cada uno de esos escudos (grande como el de la fachada del palacio del Infantado, o mínimo como un apunte a vuelapaluma en un perdido cuaderno de memorias) y así podrá saberse más de sus propietarios, de sus objetivos, de sus intenciones, de sus avatares.

Como estoy recopilando memoria de lo hecho, tengo ahora que recordar, finalmente, que hace unos treinta años comencé a elaborar una obra que ni está conclusa, ni lo podrá estar nunca. Pero que la hice con mucho gusto, disfrutando, y obteniendo resultados creo que muy abultados y útiles, aunque a casi nadie, hoy por hoy, interese. Empecé  en 1989 publicando, casi a golpe de máquina de escribir, la Heráldica Municipal de los Pueblos de Guadalajara, a la que siguió la heráldica de los Mendoza en la ciudad de Guadalajara, la Heráldica del Señorío de Molina, la heráldica de la Alcarria, la de Mondéjar, la de Hita… qué sé yo, casi he perdido la cuenta. Todo ello publicado en pequeños libros, manuales, que se agotaron y hoy son casi imposible de encontrar. De algunos (como la Heráldica Municipal de Guadalajara) concluí un gran libro muy ilustrado con la colaboración del historiador Antonio Ortiz, y de la “Heráldica molinesa” he llegado a ver circulando tres o cuatro –(quizás más) ediciones progresivas. De otro de esos estudios, muy abultado, titulado “Heráldica Seguntina” publiqué un primer tomo de Heráldica de la Catedral, reuniendo en descripción y dibujos más de cuatrocientos escudos que se esconden entre sus muros.

Bueno, el caso es que ese trabajo está hecho. Podría seguir con él (y espero tener fuerzas, y más aún cuando un día acabe este confinamiento por el coronavirus en el que nos encontramos) para seguir buscando, investigando, fotografiando y dibujando… 

Yo lo que quería deciros es que la Heráldica sirve, tiene un gran utilidad y, como todo lo científico, y lo humanista, es esencial para que el espíritu humano siga avanzando, se siga conociendo, y valorando para mejorar. A veces tememos que la Humanidad se pare en seco, que se empiecen a matar unos a otros sus habitantes, y que esto acabe sin nadie para echar ni el responso. La heráldica, como la sigilografía, como la emblemática, y todas las manifestaciones que expresan mensajes comunicativos a través de signos y formas, son esenciales para transmitir cultura.

Por eso me llama la atención que tenga tan poco predicamento hoy en día esta que es rama auxiliar de la historia, y que ni en las Universidades se enseñe, ni haya cursos para darla a conocer, ni apenas nadie a quien interese, salvo cuatro vejetes en declive (entre los que a la fuerza me incluyo…) Ejem.

Reflexiones

Estamos en plena cuarentena, impuesta por el Estado, para evitar que aumenten los contagios del coronavirus, un ente a medias entre lo vivo maligno y lo natural peligroso: la Humanidad convivió siempre con elementos vivos (desde osos de las cavernas hasta mosquitos anofeles) que le podían fastidiar su curso vital en un instante, de un manotazo rasgante, de un leve picotazo en el cuello. Hemos aprendido a convivir con esos peligros, a combatirlos, a triunfar de ellos, pero… de un día para otro, y sin que los científicos sepan muy bien de qué manera, el planeta se ve invadido por una proteína microscópica que al entrar en contacto con el ser humano, le daña, y hasta le mata. 

Uno de los primeros problemas que se han destacado de este cursus horroris, ha sido su expansión, fácil y rapidísima: surge en una aldea de la remota China (donde tantas cosas han ocurrido a lo largo de la Humanidad pero que no han tenido influencia en ella) y a los tres meses está el planeta entero infectado, doliente y en peligro de muerte. Eso ha ocurrido gracias a la movilidad de la gente, sobre todo en aviones, que les permiten estar hoy aquí y mañana en los antípodas. Llevando el  virus encima, tosiéndolo, dejándolo pegado en manivelas y chaquetones. A España ha llegado gracias a compatriotas nuestros que estaban en China, y se han venido enseguida, pasando antes por Italia, y dejándolo todo perdido. Si se hubieran estado quietecitos, en sus casas….!!!! Llegó a Madrid (que por algo le llaman el rompeolas de las Españas) y desde allí, desde la capital, nos lo han traido a las pequeñas ciudades, a los pueblos, a las remotas aldeas…. Gracias. Ya pertenecemos todos al globalizado planeta Tierra.

Esta puede ser la reflexión primera. La otra, de más honda envergadura, es cómo vamos a desprendernos de este virus, no ya a nivel médico, para que el que todavía la Ciencia del siglo XXI no conoce la forma de curarlo, sino a nivel mental, a poder pensar que puedo apañarme por mi mismo. No: porque esto ha calado, y ya todos tenemos la selección mental hecha, y la conclusión adquirida, de que somos más bien propensos, somos frágiles, como unos simples seres vivos sobre un plantea despiadado, y caeremos “como chinches”. De nada vale tener un “Ferrari”, ni un “master” en merchandising, ni una “buena posición tanto social como económica”. No: la proteína automutante se te puede posar en la punta de la nariz, y de ahí directamente al último alveolo de tus pulmones, a hincharlos, a reventarlos. Y tú, sin apenas tener tiempo para asimilarlo, a dejar de latir, de pensar, y de tener.

En estos tiempos tan duros con los que hemos sido premiados, y que muchos tratamos (sin conseguirlo) de justificarlos en la Fe, en la confianza de un Sumo Hacedor Benéfico y Amable, y en los Sacramentos administrados por los ministros de la Religión que cada uno profese, solo cabe plantearse, con crudeza y realismo, la esencialiad de uno, la de su latir, su mirar, y su quehacer: aferrarse a la trayectoria de su vida, sin importar si pueda llegar a ser más o menos larga, pero sí a su propia consistencia, al calado de su obra, a la proyección más o menos amplia de su mensaje. Echarle un vistazo a los seres que nos rodean, a los que queremos y nos han querido, y calcular el recuerdo que de nosotros pueda quedar en ellos. Y, sobre todo, la longitud temporal, y el calado en distintos niveles, del hacer y el decir que de nuestra vida emanó: de los libros firmados, de las charlas dadas, de las fotografías hechas, de los pensamientos paridos, de las amistades fraguadas, de las facetas vitales -personales y sociales- puestas al descubierto. Serán muchas o pocas, será alguna o no será nada… lo que más rabia da es que esto se concluya con un simple soplo de aire: el que ha permitido que te entre el virus en el árbol respiratorio. Y que, por muchos esfuerzos que hagann sobre ti tus paisanos, la vida se acabe.