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Cumbres y horizontes de Guadalajara

las 100 cumbres mas prominentes de guadalajara

En estos días me ha llegado a las manos una de esas obras que me abre un poco más el horizonte de mi visión guadalajareña. Un libro que me ofrece buscar, subir, admirar, las cien más señaladas prominencias de Guadalajara, como si me permitiera otear desde lo alto, y desde muchos ángulos, esta tierra a la que quiero.

Recuerdos de mis alturas

No puedo decir que tenga yo muchos sietemiles en mi haber (ni tampoco seismiles, ni cincomiles…) A lo más alto que he llegado ha sido a estar en la cumbre del Mulhacén, en Sierra Nevada, o a escalar el Almanzor, en Gredos, porque de las alturas del Teide en Tenerife, de la Matterhorn en Suiza, del volcán Villarrica en Chile, o del Peak Demirkazik en los Montes Taurus de Turquía, lo único que he alcanzado han sido sus bases. Y ahora ya me pilla un poco mayor esto de subir montañas.

Pero hubo épocas en las que al Ocejón subía cada domingo anterior a la Navidad (cuando el Club de Montaña, que acaba de cumplir 50 años, institucionalizó aquella marcha), o al Santo Alto Rey a pie desde Bustares (aunque luego he vuelto ya en coche y por camino asfaltado). De las vistas que se disfrutan desde el Castillo de Alpetea en el Alto Tajo, oteando el Puente de San Pedro allá en lo hondo, tampoco me quedan pocos recuerdos. La verdad es que los días que más he disfrutado en esta vida han sido aquellos en los que me he sentido en plena comunión con la Naturaleza, andando reposadamente sus caminos, o urgiendo prisas por vericuetos pinos ante la llegada de una tormenta segura.

La historia más alta

La verdad es que la cumbre de las montañas no es el lugar más adecuado para sellar hechos históricos, porque desde ellas –a las que cuesta subir y trepar– lo mejor que puede hacerse es otear horizontes. Pero también es verdad que dándole algunas vueltas al asunto, aún se encuentran hechos que nos marcan, como comunidad, y que ocurren en lo más puntiagudo de los montes. Para muestra basta un botón, dice el refrán. Yo voy a completar la camisa, y pongo tres botones.

Es el primero el cerro de Hita (982 metros), una dureza calcárea a la que durante miles, millones de años, la lluvia y el viento le han ido raspando sus perfiles hasta dejarlo convertido en un valiente espectáculo montañoso. En el que no hace mucho, hará unos mil años más o menos, los árabes primero y luego los castellanos le sumaron un castillo, del que aún hoy se reconocen sus basamentos, parte de sus muros, la traza completa. En ese castillo puso sus trincheras financieras don Samuel Levi, el gerente de los impuestos del reino, a propuesta del rey don Pedro de Castilla. Transformándole en una especie (medieval y rudimentaria, claro está) de “Banco de España” de la época. Y mucho más tarde, apenas hace 90 años de ello, los contendientes en la Guerra Civil Española pusieron también nidos de ametralladoras y defensas para uso de las estrategias militares de la contienda. 

El cerro de Hita en enero de 2021

El caso es que Hita, vibrante puntal de la memoria histórica de nuestra tierra, sede de los esforzados y galantes intentos de construir uno de los más hermosos libros de la literatura española, el “Libro de Buen Amor”, a cargo de don Juan Ruiz, arcipreste de Hita, es referencia de viajeros, de escaladores y de simples amantes de la belleza paisajística de nuestra tierra. 

Es el segundo el Santo Alto Rey (1.858 metros), a la que muchos llaman “la montaña sagrada” de Guadalajara. Justo la pasada semana mi amigo y colega de estas páginas, Pedro Vacas Moreno, hacía un completísimo recorrido por la naturaleza y la historia de este monte, de esta prominencia. Y ponderaba lo mucho que ha supuesto en el tradicional sentido de las romerías sacras por la Sierra Norte de Guadalajara. Porque al Santo Alto Rey, a la ermita que sobre la roca más alta se alza allí desde la remota Edad Media, no solamente se sube el primer domingo de septiembre, doradas cruces procesionales y grandes banderas comunales en la vanguardia de la procesión, sino que en todas ocasiones, y desde hace siglos, la peregrinación a lo alto del monte era muy aceptada. De ahí la frase que en las Relaciones Topográficas manda al Escorial el correspondiente escribano en 1580: “y a dos leguas de este lugar hay una Sierra alta, una ermita en la Casa del Santo Alto Rey de la Majestad, en la cual hay milagros y grandísima devoción”. Junto a Angel Luis Toledano, escribí un libro que ha recibido ya un par de ediciones sobre esta montaña, sobre los orígenes, con seguridad prehistóricos, del respeto que las gentes le tienen, tanto por el aspecto físico, de soberbia altura, como por la sensación que a uno se le queda en el cuerpo después de haber subido, de haber penetrado en la ermita, de haber comprobado que el altar se alza sobre un puntiagudo picacho, y de haber contemplado la lontananza de tierras castellanas en todas direcciones. El Santo Alto Rey es, tras su ocupación por la Orden Militar del Temple, y con el aplauso y satisfacción de cuantos a lo largo de los siglos han subido hasta su cumbre, una de las más asombrosas prominencias que José Martínez Hernández trata en su reciente libro.

Y aún el tercero (y lo saco como prominencia según la definición que de ellas da en su libro José Martínez) sería la Cabeza del Cid, en Hinojosa (1.352 metros). En este la historia del Imperio Romano ha dejado claramente delimitada su huella, y especialmente por ser un lugar alto, además de estratégico. De este lugar tan vistoso, remoto y pálido hablaba yo no hace mucho tiempo (ver mi colaboración de “Nueva Alcarria” de 30-Abril-2020) explicando que, según las investigaciones arqueológicas realizadas recientemente, la meseta considerada tradicionalmente como “morada del Cid” había servido primeramente de castro o poblado del pueblo celtíbero, durante la Edad del Hierro, en los cinco siglos anteriores al inicio de nuestra Era. Y después, en la etapa de invasión de la Península Ibérica por el Imperio Romano, había servido de campamento permanente de las tropas que asediaban al núcleo de la Celtiberia en Segontia, Termancia y Numancia, habiendo quedando tantos rastros que el propio historiador del Señorío de Molina, don Diego Sánchez de Portocarrero, habitante de Hinojosa en muchas temporadas, había trepado a su altura y encontrado en ella multitud de testimonios de pasadas épocas (cascos, broches, espadas y herraduras) achacándoselos a don Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, héroe mítico de cuantos se sabían en hondura españoles.

Un libro por todo lo alto

Alguien que lleva años andando los caminos de la provincia, subiendo a todos sus cerros, sus grandes picos, y sus orgullosas serranías, ha sido capaz de rematar una tarea que le ha llevado años, esfuerzos y tesón sin límites. José Martínez Hernández, el protagonista, ha conseguido subir a las cien cumbres más prominentes de nuestra provincia. En su libro nos explica qué es esto de la “prominencia”, un término que tarde o temprano acabará imponiéndose en el colectivo montañero porque es la mejor herramienta para mostrar los picos más significativos de una zona concreta, sin darle tanta importancia a la altitud. El hecho de que una montaña sea muy descollante sobre el entorno en que aparece es un indicador claro de prominencia y es por tanto una meta a escalar. José ha reunido las 100 que merecen figurar en ese listado en un libro que entusiasma ojear. Porque nos promete mucho, nos promete descubrir la tierra en que vivimos de una forma diferente. Escalando siempre, subiendo de continuo. Alcanzando cimas (enormes o modestas) desde las que siempre, eso es seguro, se admira el entorno a vista de pájaro, con la sensación de estar en lo más alto. Sea el cerro de Hita o sea el Pico del Lobo.


José Martínez Hernández es un buen conocedor y descriptor de las montañas españolas. Su libro más conocido posiblemente sea “Los techos de España”, una forma de descubrir las mayores alturas de nuestra tierra, pero su afición le llevó después a subir a las “100 Cumbres más prominentes de la Península Ibérica” (que no las más altas, porque en ese caso, solo hubiera hablado de Sierra Nevada y de los Pirineos). Al ser las más prominentes (sobre el entorno en que se alzan) la variedad se multiplica y aparecen “cumbres” en casi todas las regiones españolas. Luego escribió el libro de las “100 Cumbres más prominentes de la Comunidad de Madrid”, y ahora, por fin, tres años después de aquellas, le ha tocado el turno a Guadalajara, que gracias a este libro pasa a ser considerado un espacio de montañas singulares, de relieve alborotado, y de escalada continua. Un paraíso para montañeros, pero también para ruteros, senderistas y viajeros de cualquier pelaje.
Con este libro, útil y denso, en la mochila, vamos a poder desarrollar nuestro innato deseo de conocer el mundo en que habitamos. Y en la provincia de Guadalajara, que ahora nos pilla más cerca, y que (lo sabemos a ciencia cierta) tiene espectaculares paisajes, valles, barrancos y alturas, vamos a poder descubrir todas sus posibilidades. En cada capítulo aparece una concisa ficha práctica, mapas detallados que se pueden descargar con códigos QR para verlos con mayor resolución, descripción de cómo llegar a las cumbres elegidas, multitud de fotografías… un mundo sin barreras el que pone en nuestras manos José Martínez, a quien no puedo por menos que aplaudir y agradecer su esfuerzo, hecho por su cuenta, sin más ayudas que la propia voluntad.

Ver con detalle lo que ofrece «Las 100 cumbres más prominentes de Guadalajara»

Heras de Ayuso, en el camino de Aragón y Navarra

A la memoria de José Luis Gómez Recio

Cayó en mis manos, hace algún tiempo, un libro que ofrece todos los escudos heráldicos de los pueblos de la provincia que los tienen. Porque todavía hay algunos, bastantes, que carecen de ellos. En este libro, escrito por quien sabe algo de heráldica y sabe dibujarla y tratarla, aparecían los clásicos emblemas de Sigüenza, Guadalajara, Molina, con historias de siglos a sus espaldas, y otros de reciente creación, como el de Azuqueca, con la chimenea de su fábrica echando humo al viento.

De entre los escudos heráldicos municipales que ahora existen (ojalá pronto sean muchos más, porque poco a poco se va concienciando la gente de que un emblema es algo que nos representa), me llamó muy especialmente la atención el de la localidad de Heras de Ayuso. Se trata de un escudo en el que aparece una barca sobre una superficie de agua, y en ella de pie un personaje con pintas de palestino antiguo… En principio era sorprendente esta imagen, puesto que en principio, en Heras de Ayuso, en plena Alcarria, ni hay mar ni hay palestinos…  

La cosa, sin embargo, se aclara al leer la explicación que los autores dan al escudo de Heras: trátase de San Juan, patrono de la localidad, que anda de viaje por el río Henares, sobre la gran barcaza que llamaron en sus tiempos “de Maluque” y que servía para cruzar el río Henares, que allí es de cómodo paso, aunque, por si las moscas, era atada con maromas a sus dos orillas, para que la corriente no se la llevase, en un golpe de mala suerte o timonel despistado.

Heras de Ayuso está en un camino que fue transitado desde hace muchos siglos por todos los viajeros que desde Madrid se dirigían a Zaragoza, (y a Navarra, y al Pirineo…) No podía ser lugar apartado y sin importancia, cuando los Mendoza todopoderosos la pusieron como lugar preferido entre sus posesiones y señoríos. Aunque fue siempre lugar del ducado del Infantado y mantenido bajo el Fuero de Hita, llegó a tener una importancia estratégica que hoy no es evidente por las nuevas formas de comunicaciones existentes.

Pero bastará dar una pincelada del recorrido que los viajeros llevaban desde el valle del Henares (Alcalá y Guadalajara) al del Jalón, para comprender que el camino de Aragón, el eje principal entre la meseta castellana inferior y el valle del Ebro, fue otro muy distinto al de hoy, y quizás algo diferente del que hasta ahora se había pensado.

Hace unos años que apareció (y ha dado tiempo para que también se haya agotado) el gran Atlas de la Caminería Hispánica, en dos gruesos tomos, en el que cientos de autores hablan de los caminos por los que, a lo largo de los siglos, se ha oído hablar en español. Y en uno de sus capítulos, habla sobre las circunstancias del camino de Aragón a su paso por Guadalajara, el gran investigador de nuestra historia que fue don Manuel Criado de Val, quien ya en su día dio la importancia que merece al eje formado por Heras, Sopetrán e Hita, como espacio en el que se han fundido civilizaciones, y se han encontrado elementos claves de la evolución de Castilla. 

Hace algún tiempo, Jesús Carrasco Vázquez publicó en “Wad-al-hayara” un interesante artículo sobre Heras de Ayuso, en el que insiste en la importancia de este lugar, hoy mínimo y sin apenas interés monumental, como eje en el camino de Navarra. Y muy recientemente, en estas páginas de “Nueva Alcarria”, Pedro Vizuete Mendoza nos ha informado sobre la evolución epilogal de la gran finca mendocina “El Bosque” y de sus casa-palacio.

Los viajeros que salían de Toledo y alcanzaban Alcalá, seguían junto al Henares, dejando siempre a la derecha, y en el alto, a la Guadalajara de origen árabe. El camino iba hasta Fontanar, y pasaba junto a la Ermita de la Virgen de la Granja (término de Yunquera), siguiendo aún una legua junto al río hasta llegar a “la barca de Maluque”. Allí estaba la almadía o barcaza que se encargaba de pasar a la gente, caballerías, carros y mercancías de un lugar a otro. Esta barca era propiedad de los Mendoza, el derecho de tenerla y explotarla. Pero ellos la daban en arriendo anual a quien mejor pagaba por ella. Así, sabemos que todavía en 1750 la tenía arrendada don Diego Calderón, rico vecino de Guadalajara, quien pagaba a los Mendoza 8.500 reales anuales por su explotación, y luego él cobraba 8 reales por cada coche pasado, 4 reales por calesa, y 2 cuartos por persona y/o caballería. En épocas de lluvias, y en invierno, el precio era más alto. Antonio Ponz, en su “Viaje por España” comenta esta barca, y lo abusivo de sus precios. Pero…. era la única posibilidad de atravesar el Henares y poder seguir el viaje de Madrid a Zaragoza con rapidez. Años después, a principios del siglo XX, se construyó un puente muy recio, que aún hoy existe, en el camino de Humanes a Torre del Burgo, atravesando el río en lugar profundo y estrecho, bajo la presencia monumental de la Muela de Alarilla. Eso supuso que la “barca de Maluque” quedara sin utilidad, y desapareciera.

El término de Maluque, donde los Salesianos tienen un internado, existe todavía, pero hoy es término de Mohernando. En tiempos pretéritos perteneció a Heras. El camino, –a lo que íbamos– subía desde el río a Heras, atravesando el suntuoso espacio de “El Bosque”, una de las propiedades más exquisitas y codiciadas de los Mendoza, desde la Edad Media. Había allí densa arboleda de fresnos, chopos y álamos negros, en soto hermoso, paradisiaco. Y en medio de todo una “Casa de Campo” o palacio que fue derribado por completo, a pesar del interés histórico y arquitectónico que presentaba, a finales del siglo XX. 

Justo allí se instalaron a descansar y dormir, en algunas ocasiones de viaje transibérico, los reyes de Castilla: los Católicos Isabel y Fernando, el Emperador Carlos, etc. Allí cazaban los Mendoza, y allí controlaban con sus informadores y mensajeros todo lo que cruzaba la península: el camino subía levemente y llegaba a Sopetrán, el monasterio de los benedictinos, que también existe desde hace siglos y siglos…. luego seguía la ruta hacia Taragudo, bajo Hita, ascendía por Padilla a Casas de San Galindo y Miralrío, bajaba a Jadraque, y continuaba por Bujalaro y Mandayona hasta Sigüenza, donde conectaba de nuevo con el Henares y ascendía la fría pero fácil Sierra Ministra hasta dar en Medinaceli con el Jalón. 

Heras de Ayuso, que se encuentra estratégicamente situado entre el río Badiel, que pasa junto a su caserío, y el río Henares, que lo tiene a media legua a poniente, ha tenido, por tanto, un importante peso en la historia de nuestra tierra. Ese sentido “caminero” del pueblo le ha supuesto que durante siglos muchos caminantes, trashumantes, monarcas, peregrinos, y ejércitos completos, hayan pasado por su calle principal. Como lugar que dependía totalmente, en lo religioso, del monasterio de Sopetrán, nunca tuvo un edificio parroquial de nota: su sencilla iglesia, arreglada sucesivamente, apenas ofrece detalle artístico. Su caserío, también simple y sin carácter, estuvo mediatizado por la gran potencialidad mendocina, que en su “Palacio de Heras”, centrando el bosque donde pasaban sus jornadas cinegéticas, daban cobijo a los viajeros de importancia. Hasta finales del siglo pasado estuvieron en pie amplios restos del edificio medieval y renacentista, con algunos escudos y adornos que han desaparecido totalmente. Su propietario lo derribó, sin consultarlo con nadie. En ese lugar, en ese camino que sube desde Maluque en el Henares hasta Sopetrán y sigue a Hita, han ocurrido hechos singulares de nuestra historia. Uno de ellos, muy arropado en el contexto “mozárabe” de la zona y del reino de Toledo, fue la aparición de la Virgen María sobre una higuera al capitán de los árabes toledanos Ali-Maimon, hijo del rey taifa de Toledo. Él traía por ese “camino real” una cadena de cristianos presos, custodiada por un contingente de tropas islámicas. Y allá mismo se apareció la Virgen, sobre el camino, y el moro se convirtió (dice la leyenda) y tomó el nombre de Petrán. 

En ese lugar se puso luego el monasterio de los monjes agustinos, más tarde benedictinos, de Sopetrán, y en el interior de la roca existen las cuevas más amplias e impenetrables que uno puede imaginar, las que están realmente “bajo la piedra”, bajo una inmensa roca aplanada y horizontal que cobija un espacio en el que puede cobijarse todo un ejército…. hoy es parte de una Casa Rural que en Torre del Burgo se ofrece. 

En cualquier caso, y partiendo de la sorpresa que nos supuso ver un escudo municipal con agua, barca y palestino, hemos llegado a la conclusión de que la Alcarria ha sido durante siglos un lugar de paso y de caminos. Ese es su nombre, el significado auténtico de su nombre: el camino pedregoso, el vial por donde pasan las vidas de las gentes, de acá para allá, soñando y calculando,  como pasamos nosotros, viajeros siempre por esta Alcarria que no para de darnos sorpresas.

Dos poetas de la tierra: Juan Ruiz y José Antonio Ochaita

jose antonio ochaita

En estos días que han sido dedicados a la eterna poesía, y andando en lecturas, de patrimonio y de historia, de literatura y evocaciones, me han saltado a las manos los nombres -y las obras- de dos poetas alcarreños; de dos escritores grandes, con proyección y mito. Qué fácil es recordarlos, leer sus obras, disfrutar de sus decires, tan simpáticos, tan optimistas, tan estupendamente españoles.

El Arcipreste de Hita

Me refiero a Juan Ruiz, un clérigo que vivió en el siglo XIV, por el valle del Henares y el Tajo, entre Guadalajara y Alcalá, Hita y Mohernando, Toledo y Talavera. Uno de los nuestros. Se movió mucho, siempre a pie, o en borrico. No creo que fuera en mula, porque solo la usaban los altos dignatarios. Subió a los puertos de la sierra, pasó frío, cantó y bailó siempre que pudo, comió bien siempre, y de vez en cuando se sentaba a escribir poemas, que trataban de loar a la Virgen, cantar a la buena vida y advertir de los peligros (y las oportunidades) que daba la vida disipada.

Nacido en Alcalá de Henares, hacia 1283, murió en este entorno, en 1351. Su título, de Arcipreste de Hita, se refiere a que tenía un puesto en el cabildo catedralicio de Toledo, titulado así, con el de arcipreste de uno de los lugares señeros del reino toledano. Entresacando datos (que son mínimos) de su biografía, nos enteramos de que estudió en Toledo, en Alcalá, y en algún momento (y quizás por su expresión libertina y poco considerada) fue encarcelado por orden del señor territorial, el arzobispo don Gil de Albornoz, a quien él ridiculizaba en sus escritos. Debió ser muy entendido en música, lo que entonces se llamaba trovador: porque en su obra da razones muy detalladas de los instrumentos, las melodías y el proceso armónico de entonces.

La única obra conocida de Juan Ruiz es el “Libro de Buen Amor”. Del que nos han llegado hoy tres códices completos, especialmente notable el de la Universidad de Salamanca, en el que se basan las ediciones modernas. Ya el marqués de Santillana le conoció, y le llamaba “el Libro del Arcipreste”, pero fue en 1898 que Ramón Menéndez Pidal le diço el nombre con que hoy se le conoce. Está redactado entre 1330 y 1343, y se imprimió por primera vez en 1790, por Tomás Antonio Sánchez, con el título de “Poesías”.

El personaje ha quedado desdibujado por la leyenda, y lo único concreto que de él sabemos es que fue un clérigo del arzobispado toledano, que aparece en algún documento nombrado como “Johanne Roderici archipresbitero de Fita” haciendo de testigo en algún juicio. Quizás fue sobrino y por tanto protegido del obispo seguntino don Simón de Cisneros, pasando luego al cortejo del obispo toledano don Gil de Albornoz, con quien anduvo caminos, y quizás hasta le acompañó a Concilios (Aviñón, Roma…) aunque siempre se movió en el ámbito de los valles de Tajo, Manzanares, Jarama y Henares.

El Libro de Buen Amor de este arcipreste castellano está escrito a lo largo de una vida, en diferentes épocas, lugares y momentos inspirativos. No encaja con claridad en una corriente literaria medieval, creando por sí mismo una nueva fórmula: el compendio de temas, de géneros, y síntesis de todo lo hecho hasta entonces, Con fuerza argumental y descriptiva, el autor se pone, en primera persona, como sujeto activo, y pasivo, de amores varios. El protagonista, es un clérigo, un arcipreste, y se muestra como un persistente y tenaz amante, que una y otra vez trata de alcanzar la plenitud del amor, aunque, consciente de sus peligros y contradicciones, no logra sino cosechar un fracaso tras otro. 

Ese amor es ambiguo, se mueve entre el “buen amor” acordado con la ley de Dios, y el “loco amor”, que es pecaminoso, rechazable, aunque siempre tiende (el autor y el sujeto humano) a caer en el segundo, aún pretendiendo mantenerse en el primero. En la famosa copla 71 viene a resumir ese trabajo y ambivalencia: «Como dize Aristótiles, cosa es verdadera, / el mundo por dos cosas trabaja: la primera, / por aver mantenencia; la otra cosa era / por aver juntamiento con fembra plazentera». Muy diversas figuras femeninas entran a formar parte del repertorio. Así aparecen la dueña rica y noble, la panadera Cruz, la viuda doña Endrina, la dueña de pocos años, las serranas, la viuda lozana y rica, la monja doña Garoza, la mora… todas sus aventuras terminan en fracaso. No es cuestión aquí de analizar obra tan compleja, a la par que grandiosa. Solamente animar a los lectores a discurrir por sus páginas, a reir con sus trances, y, sobre todo, a admirar el lenguaje castellano, espléndido, rico y sugerente. Es, además, un libro culto, repleto de citas bíblicas, con alusiones a los autores clásicos, a la Biblia, a San Pablo, a Santo Tomás, a Aristóteles, al Ovidio medieval, a Esopo, a los trovadores, a las Decretales.

Composiciones líricas se derraman por el texto, como una lluvia mansa de sorpresas. Unas son de carácter religioso, otras profano. Algunas son de inspiración devota, como los Gozos y Cánticas de loores de Santa María, al comienzo y el final del libro, o las coplas a la Pasión de Cristo, ofrecidas a la Virgen en Santa María del Vado, expresando un real sentimiento religioso: “A ti, noble Señora, Madre de piedat, / luz luziente del mundo, del çielo claridat…” Las profanas podrían ser representadas por la «troba cazurra» a la panadera Cruz, las cánticas de serrana y los cantares de escolares y de ciegos. La parodia campa por todo el libro, lo mismo que el deseo de provocar, de suscitar controversia. Nos ha quedado la constancia de “El Libro de Buen Amor”, pero carecemos de las opiniones de la gente de entonces sobre él ¿Qué opinarían de Juan Ruiz, de su libro, los coetáneos? ¿Qué los reyes, los obispos, los profesores, los caballeros? No lo sabemos, pero la polémica surgió, eso es seguro. Aunque, como sabemos, era muy poca gente la que leía: el pueblo en general estaba a expensas de que juglares y ciegos por las plazas de los pueblos les cantaran/contaran lo que Juan Ruiz había escrito.

Lo que permanece claro es la fuerza del Arcipreste, su vinculación con esta tierra de la Alcarria, donde tuvo “su lugar y refugio secreto” en Valdevacas, donde siempre que podía se retiraba a descansar, y su asombro por los lugares de junto al Henares, de la Sierra del Guadarrama, de Alcalá y Segovia, de Sotosalbos y El Vado. En muchos sitios vemos alusiones a su presencia, a su escritura, a su pasar -tan lejano- por ellos. En Hita, concretamente, parece palpitar su presencia en el aire de la plaza, o al cruzar bajo el arco de Santa María que salva la muralla. Pero aún no ha recibido, en nuestra tierra, ese homenaje que merece, ni se le ha asignado relieve a la Ruta que Juan Ruiz vitaliza con sus andares y descripciones. Quizás esa sería la última y pendiente tarea que a los nuestros queda por honrar su memoria literaria y vital.

José Antonio Ochaita

De los alcarreños que han ejercido, con lustre y sabiduría, el oficio de escribir, de transmitir en palabras su sentimiento, su conocimiento y su opinión, quizás uno de los más señalados sea José Antonio Ochaita, un hombre nacido en Jadraque, en 1903, que desde muy pequeño quedó aficionado a la literatura y el arte.

Nacido en una familia de buen pasar, le llevaron a Madrid a estudiar, donde se licenció en Filosofía y Letras, dedicándose enseguida a la enseñanza por diversas ciudades españolas, dirigiendo también varios periódicos. En Cádiz tuvo una Academia y en Vigo fue redactor y director de un conocido diario. Su afición a la poesía le llevó a componer multitud de letras para canciones de corte español, que luego famosas tonadilleras repitieron por el ancho mundo: algunas de las más conocidas canciones de Concha Piquer, Juanita Reina y Lola Flores fueron escritas por José Antonio Ochaita, y su composición de «El Porompompero» fue universalmente repetida. Junto a los maestros Quiroga y Rafael de León, puede decirse que el arsenal de la más genuina «canción española» salió de la mano de este escritor alcarreño.

Pero no paró ahí su inspiración y maestría. Dedicado también a la creación literaria, produjo estimables obras de teatro, como la tragedia en verso «Canela», que escribió con Rafael de León y estrenó María Fernanda Ladrón de Guevara, y su famosa «Doña Polisón», drama de tintes hispánicos. Fue nombrado miembro de la Real Academia de Buenas Letras de Sevilla, y alcanzó muchas otras distinciones, entre las que debe destacarse muy merecidamente la de Cronista Oficial de la Ciudad de Guadalajara.

Sin embargo, toda la inspiración, la sabiduría y la gran cultura de José Antonio Ochaita se volcó en su quehacer poético, dedicando muchas de sus composiciones a las tierras y personajes de la Alcarria, donde se desbordó en forma de recitales, pregones y actuaciones múltiples. Es un tanto lamentable que apenas nos haya quedado obra impresa de este magnífico escritor. Un «Desorden» fue su primer libro de versos, dedicado a la madre que marcó su vida. Siguieron «Turris fortíssima» y «Ansí pintaba don Diego«, rarísimos hoy de encontrar. La «Poetización de Jaén» vio la luz gracias al apoyo de su amigo Juan Manuel Pardo Gayoso, jiennense que fue gobernador civil de Guadalajara en los años sesenta, y un pequeño opúsculo sobre «Jadraque, balcón de la Alcarria» se repartió en minúsculo formato por la Diputación Provincial. La Caja de Ahorro y Monte de Piedad de Zaragoza, Aragón y Rioja, le publicó su encendido canto al río Henares, «…conjunción de huertos y castillos«, y aún el Ayuntamiento de Guadalajara hizo una corta tirada del texto del pregón que, bajo el título de «Guadalajara de todas las estrellas» pronunció en 1969 para anunciar las Ferias y Fiestas de la ciudad desde el balcón del Ayuntamiento. Algunos poemas y romances vieron la luz en la gran «Antología de la Poesía Española» dirigida por Federico Carlos Sáinz de Robles, y en el libro «Guadalajara en la poesía» que seleccionó José María Alonso Gamo aparecen las increíbles composiciones con que Ochaita ganó los premios provinciales de poesía en 1966 (Molina de Aragón) y 1973 (Guadalajara) cantando al Señorío molinés y en una «septena» a los castillos provinciales, respectivamente. Su última aparición impresa, siempre en «exposición colectiva» fue en la obra «Cien Poetas en Castilla-La Mancha» que editada por Enjambre dirigió Alfredo Villaverde. Y nada más.

La noche del 17 de julio de 1973, en el transcurso de una más de aquellas clásicas veladas literarias que bajo el título de «Versos a medianoche» y con un marcado carácter provincianista y carmelitano organizaba el Núcleo «Pedro González de Mendoza», José Antonio Ochaita dijo adiós a la vida mientras recitaba, como si fuera una llama leve, su poema «Manos nuevas, para mi tierra vieja«. En un momento de su intervención, cuando alzaba su pequeña figura que parecía querer ascender tras las nerviosas manos gesticulantes, se le paró el corazón, quedando un instante en silencio, y cayendo al suelo, ya sin vida.

Le vi caer, se me quedó grabada en la memoria, como a fuego, su última frase, la que tanto se ha repetido, en que decía “tengo la Alcarria entre mis manos”, y aquella noche de verano muchos quedamos sin respiración casi al ver cómo se pasa de la plena vida a la muerte eterna en un instante tan fino, tan medido a compás, tan ¿preparado? Porque nunca olvidaré la frase que el propio José Antonio Ochaita, con quien cené dos horas antes en la fonda “La Favorita” de Pastrana, me confesó en directo: –“A mí, como me gustaría morir, es recitando versos …”

Por entonces le había pedido a Dios «¡Que me pongan encima de los huesos, / cuando me entierren, el candente broche / de una piedra cualquiera del desmoche / de tu castillería…!» Se refería a los castillos de Guadalajara, de los que sabía historias y leyendas, y las sabía decir como ninguno. Y acababa, en ese continuo hablar con las altas instancias: «¡Padre y Maestro, / te traigo de la Alcarria este disloque / para forjar tu eternidad completa…!«. Y así a miles. Pero, inexplicablemente, la gran Antología Poética de José Antonio Ochaita, uno de los más grandes escritores que nuestra tierra de Guadalajara ha dado a la literatura española, todavía no se ha hecho. 

Hace años, en 1998, la todavía funcionante Institución «Marqués de Santillana» decidió poner en un libro lo más granado de los escritos ochaitescos. Muy pocas personas tenían acceso a sus manuscritos, unos leídos y otros, muchos, inéditos. Aquel volumen, que se agotó enseguida, e iba prologado por Carlos Murciano, llevaba por título “Antología poética de José Antonio Ochaita”, y me consta que la mayor parte de sus ejemplares se fueron a México, donde tenía, y aún tiene, legión de admiradores.

¿Será posible hoy, ‑antes de que la incuria cultural de nuestra tierra le sepulte definitivamente en el olvido‑ que alguien, alguna institución, algún organismo con responsabilidades culturales de corte alcarreñista, se decida a poner en un libro lo mejor de la poesía y la prosa de José Antonio Ochaita? Ojalá se resuelva esta duda, porque hay quien puede y debe hacerlo. Para mí (y quiero pensar que para muchos de quienes ahora me leen) será un placer supremo poder leer de nuevo los poemas únicos y extraordinarios de este jadraqueño inolvidable, de Ochaita. 

El barrio de los plateros de Guadalajara

orfebrería de guadalajara

Terminando de escribir un libro sobre “La Orfebrería antigua de Guadalajara”, me encuentro con que la hasta ahora desconocida platería arriacense tenía en el siglo XVI un lugar donde se ejercía este arte y vivían sus artistas, donde tenían sus talleres y mostraban en los escaparates lo que hacían. Van aquí algunas notas acerca de los plateros de nuestra ciudad y los lugares donde vivían.

Nada se sabía hasta ahora acerca de la platería o talleres de artesanías del oro y la plata en la ciudad de Guadalajara. Los estudiosos del tema en España nunca habían ni siquiera sospechado esta posibilidad. La verdad es que no puede extrañarnos esta existencia, teniendo en cuenta que la ciudad del Henares, protegida por los poderosos Mendozas desde la Baja Edad Media, había alcanzado un grado de prosperidad durante el siglo XVI, un cultivo tan intenso de las artes y la cultura, que no es en modo alguno sorprendente el hecho, documentalmente probado, de que existiera en esa centuria una floreciente «platería» que surtía de magníficas obras a la comarca en torno. 

Hace algún tiempo me pasé una temporada leyendo protocolos de contratos de plateros en el Archivo Histórico Provincial de Guadalajara. Y encontré varios datos curiosos que ahora expongo en brevedad. Según se lee en un documento de 1570, es posible localizar con precisión el enclave de “la platería”: «en esta ciudad, a la parrochia de San Gil della, donde dizen la platería” y en otro documento de los mismos años se menciona “la calle pública de la platería«.

Poco después, en 1581, vemos que tres plateros arriacenses poseen sus casas y tiendas mutuamente colindantes, en esta calle: eran Alonso Hurtado, Francisco Gutiérrez y Diego de Molina. También de 1570 es el dato que nos informa que Bartolomé Sánchez, platero, tenía unas casas en la calle mayor de Guadalajara, y de otro, Francisco Gutiérrez, a quien acabamos de comprobar que su taller estaba en la calle común de los plateros, nos llega la noticia de que también poseía unas casas junto a la «Puerta Mercado» en la colación de San Nicolás. El hecho cierto de que esta «platería» arriacense fuese nutrida y estuviese en lugar céntrico, cerca de San Gil y en calle propia, en el centro de la ciudad, supone la gran importancia que el gremio en esa época había adquirido. De sus figuras tengo algunos datos que a continuación consigno.

Un apóstol en el pie del cáliz de Viñuelas

A comienzos del siglo XVI, ejercía el artesanado en oro y plata Fernando de Cuéllar, quien vió cómo la Inquisición condenó a su mujer por hereje o cristiana nueva. Él mismo fue inhabilitado en 1532, pero hasta entonces dejó una apreciable obra; Lope de Cuéllar, quizás pariente del anterior, fue también declarado hereje por la Inquisición, y huído. Fueron esos años en los que la Inquisición toledana arremetió contra la cada vez más extendida afición de los alcarreños por la nueva espiritualidad, que se ha calificado como “Alumbrados” y en la que llegaron a estar inscritos (y señalados por el Santo Oficio) el propio duque del Infantado, don Diego Hurtado de Mendoza, y su tía, doña Brianda de Mendoza.

Otros plateros que aparecen en los documentos son Alonso Rodríguez, de finales del XV y comienzos del XVI, del que no se conserva memoria de sus obras; Juan de Segovia, artesano y comerciante, que también huyó de la severa vigilancia religiosa; Juan de Ciudad, cuyo nombre y título de platero aparece en algunos documentos notariales de mediado el siglo; Diego de Salamanca, que ejercía en 1573 y adelante como platero y contraste oficial del oro y la plata que se trabajaba en la ciudad; de él consta que tenía taller y «oficina abierta» en la calle pública de la platería; otro era Francisco Álvarez, activo en 1569; y Bartolomé Sánchez, platero que en 1576 hi­zo una gran custodia de plata, de más de diez marcos de metal, para la iglesia de San Ginés de Guadalajara; Gaspar Muñoyerro era repostero de plata de los duques del Infantado, desde 1567, cargo que conllevaba la responsabilidad de cuidar y limpiar el tesoro de plata y oro de los magnates mendocinos, y al mismo tiempo un sustancioso sueldo. En 1588 le vemos aceptando como aprendiz por dos años a Pedro Ramírez, quien quería aprender el oficio; Francisco Gutiérrez, a quien hemos visto con tienda abierta en la calle de los plateros, se ocupó en 1573 de limpiar la cruz grande de plata de la iglesia de Marchamalo; también fue repostero de los duques del Infantado el platero Juan de Losada, activo en 1573; un tal Guinea hizo diversos trabajos finos para la casa de los condes de Coruña, en 1574.

Y, en fin, los hermanos Sotomayor, que además de su arte de orfebres hicieron una gran fortuna comerciando, en plan fuerte, con los metales y piedras preciosas, en la segunda mitad del siglo XVI: Marceliano de Sotomayor hace en 1573 un contrato para realizar un gran número de botones de oro y ámbar; en 1587 entrega diversas obras de plata a las parroquias de Fuentelahiguera, Quer y La Puebla de Guadalajara; en 1575 acepta como aprendiz a un joven alcarreño, llamado, como otros muchos, al señuelo del prestigio de una profesión que este hombre elevó, en Guadalajara, a gran categoría. Y así leo en el protocolo 170 del escribano Diego López de León, conservado en el Archivo Histórico Provincial de Guadalajara, que en fecha 2 de septiembre de 1575 “paresció Sancho de Soto, alcaller, vezino della e dixo que assentava e asentó a servizio a Diego de la Vega su hijo de edad al presente de diez e seis años poco más o menos, con Marceliano de Sotomayor platero de oro vezino de la dcha. ciudad que presente estaba, esto por tiempo e plazo de cinco años… durante el qual tiempo de los dichos cinco años, el dcho Diego de la Vega le a de servir en las cosas que el mandare con estar licitas de se hacer y el dcho marceliano de Sotomayor le a de enseñar el oficio de platero de oro y plata en lo que alcanzare la avilidad del dcho diego de la vega sin le ocultar y encubrir cosa alguna y por azón dello el dcho marceliano de Sotomayor le a de dar de comer e bever en todo el dcho tiempo, e casa e cama en que duerma e çapatos los que pudiere rromper e unas calzas e jubón e un sombrero de la manera que se lo quisiere dar…” Su hermano, Francisco López de Sotomayor, hizo numerosas obras en 1573 para el duque del Infantado. 

Entre la nómina de comerciantes al por menor de oro y plata en Guadalajara, debemos reseñar a Álvaro de Antequera. Ya en el siglo XVII co­mienza la decadencia de este gremio, y sólo encontramos relación de Lázaro de Rueda como platero que produce algunas cosas no de envergadura para los pueblos más cercanos. 

Todavía en el área de influencia de la ciudad de Guadalajara, algunos plateros residían en sus pueblos, y en ellos ejercían su arte con gran aplauso. Así sabemos que en 1581 tenían taller de platería en Valdeaveruelo Roque Moreno y Gabriel de Esteban. En Mondéjar aparece, en el siglo XVII, Juan Arribas González, autor en 1698 de una gran custodia de plata sobredorada, con pedrería, para la parroquia de dicha villa alcarreño. En 1628, había en Pareja un platero, Antonio de Madrid, que se ocupaba en aderezar, limpiar y construir pequeñas cosas para las aldeas de su común. 

Son pequeños detalles, noticias antiguas, que vienen a dejarnos la consideración de un mundo en el que se tenía al alcance, en pequeños lugares, cosas que después solo han podido verse y conseguirse en las grandes ciudades. Ese proceso, que empezó hace muchos años, que se arrastra desde siglos, y que hoy ya clama: el abandono del pueblo y la plétora de la ciudad. El movimiento es planetario, y las consecuencias están aquí: una Humanidad cada vez más deshumanizada.

Lecturas de patrimonio: el retablo de Pelegrina

Retablo de Pelegrina

No puede quedar tan en el olvido como ahora está el retablo de la iglesia parroquial de Pelegrina, porque es testimonio del arte de una época, que fue movida, dinámica y alegre en el contexto de la serranía seguntina, y porque es una nota más en la sinfonía del arte de nuestra provincia, que pide todavía hoy, y a gritos, su consideración, su estudio, y su cuidado.

Llegar a Pelegrina, aparcar en las afueras, y subir andando hacia el pueblo, es la rutina de todo visitante que llega a este encantador rincón de la serranía seguntina. Sus pasos le llevan derechos a la iglesia parroquial, al minúsculo templo que ha visto también el sosegado discurrir  de los siglos, y ha pintado sus muros del dorado tono de los otoños magníficos de esta tierra. Una espadaña triangular y un ábside minúsculo denotan su antiquísimo origen románico. Su puerta incluso, que se adjudica a la décimotercera centuria, es elemento simple pero hermoso del estilo más rudo y expresivo del Medievo. Aunque en el tímpano lleva el escudo de quien fuera, a principios del siglo XVI, obispo de Sigüenza y luego Virrey de Cataluña: don Federico [Fadrique] de Portugal. Los obispos seguntinos tenían en Pelegrina un seguro lugar de refugio, encastillados en la roca sobre el hondo pasar del río Dulce. Y este prelado se encariñó tanto con el pueblo que arregló y mejoró su iglesia, y hasta encargó un retablo acorde con su categoría de “sede auxiliar” y los nuevos tiempos.

Aquí me detengo y observo con atención. Es una pena que la mala iluminación, y el paso del tiempo sin ayudas ni limpiezas haya dejado este retablo de Pelegrina en tan precarias condiciones. Así y todo, me dispongo a leer, una vez más, la huella del patrimonio. Aunque el color se le haya ido, los estofados se muestren agrietados y la policromía haga aguas entre el gris y el pardo. Pero el retablo de Pelegrina es una de esas joyas, cercanas e íntimas, que conviene admirar, estudiar y, sobre todo, proteger.

Retablo de Pelegrina

Poco se ha escrito hasta ahora de esta obra. Un par de artículos míos, aquí en “Nueva Alcarria” en 1976/77, y lo que de él dijo luego el profesor Ramos Gómez en su libro de 2003 sobre Soreda y la pintura del Renacimiento en Sigüenza. Pocos datos documentales se conocen sobre este retablo, algunas suposiciones estilísticas, y la admiración de sus formas y pinturas, que cada vez se hace más difícil por su progresiva suciedad.

Descripción de pinturas y esculturas

Aunque realmente sorprende al visitante su grandiosidad, su riqueza de ornamentación escultórica, la perfección grande y curiosidad de formas en sus pinturas. El retablo, que cubre el muro del fondo del presbiterio, deposita su valor en la escultura y la pintura. Se estructura en cuatro niveles, siendo el inferior de tallas de evangelistas, y los tres superiores de tablas pintadas. 

El repertorio de pinturas es amplio, y sorprendente. En el nivel inferior, hay cuatro tablas que muestran escenas de la vida de la Virgen: la Natividad de María, la Anunciación, El Nacimiento de Cristo y la Epifanía, y en el inmediatamente superior se muestran otras tantas de la Pasión de Jesús: la Oración en el Huerto, el juicio de Pilatos, la Flagelación y el Camino del Cal­vario, con la escena de la Verónica. Rematando el retablo, aparecen otras tres composiciones pictóricas, más pequeñas, representando a los cuatro Padres de la Iglesia, de tal manera que al centro aparecen San Agustín y San Ambrosio, mientras que San Jerónimo vestido de cardenal y San Gregorio papa los escoltan. 

En cuanto a la parte escultórica, puede decirse que es variadísima y muy curiosa. Como cuerpo bajo del retablo aparecen cuatro hondos nichos avenerados para albergar a los cuatro evangelistas, acompañados de sus correspondientes símbolos. Actualmente solo están San Marcos, San Juan y San Lucas, faltando el San Mateo que desapareció en alguna guerra ó rapiña. 

Y luego destacan, en los fustes de las columnas y en los frisos, rellenando cada centímetro cuadrado de espacio, una profusa decoración tallada en bajorrelieve, y policromada, en la que la imaginación y el rico venero iconográfico del autor se dieron cita sobre la madera. De esta generosa profusión de temas paganos, simbólicos o meramente ornamentales, doy junto a estas líneas un ejemplo gráfico, en el que atlantes niños cargan con un friso cubierto de cabezas; dos hombres cabalgan en sendos caballos marinos, y abajo entre rigurosa decoración arquitectónica un rey grutesco se advierte. Muchas otras tallas exentas se distribuyen por repisas y hornacinas.

¿De donde surge la inspiración de este retablo? El entronque con el que preside la iglesia parroquial de Caltójar (provincia de Soria) es total. Pero aún se refuerza, y se aumenta esta paridad, al considerar los paños de separación de las calles, los de los extremos del retablo, los frisos y los fustes de las columnas, en ellos se ve ese denso mundo del grutesco que Martín de Vandoma, un genio seguntino, llega a dominar al fin de su vida, poniendo incluso retazos del espíritu manierista que en Italia ya ha triunfado. Junto a los angelillos, los triunfos militares, los faunos y los atlantes, vemos aparecer alguna figura mitológica bien diferenciada: Cupido con su arco y su carcaj de flechas es un claro ejemplo. Es lástima que las dos composiciones escultóricas de las hornacinas centrales del retablo, nos hayan llegado tan deterioradas. Sobre el sagrario aparece la titularidad de la parroquia, la Santísima Trinidad, de la que sólo queda la figura del Padre, representado como un venerable anciano, sentado, al que le falta la compañía del Hijo, y que mira como la paloma del Espíritu Santo anda ya caída en el suelo de la repisa. En la hornacina superior quedan los restos de lo que fue grupo tallado de Santa Ana y la Virgen niña. De muchas otras imágenes de santos y santas que, en tamaño reducido, y exentas flotaban por diversos lugares del retablo, sólo quedan cuatro ejemplos, de calidad, habiéndose perdido el resto. Aún los angelillos músicos ríen en las enjutas del arco central.

Del autor y sus documentos

No disponemos de documentos que acrediten la autoría de este retablo. Aunque el seguimiento de escultor y de pintor no se hace difícil, teniendo en cuenta el ámbito geográfico en que surge, y la cercana escuela de pintores y escultores que a mediados del siglo XVI palpita en la Ciudad Mitrada. Debido a sus características estilísticas, no es difícil adscribir este retablo a la colaboración entre dos de los más distinguidos obradores del Renacimiento seguntino: el pintor Diego de Madrid y el escultor Martín de Vandoma. Ello por varias razones: una porque la época de construcción del retablo (segunda mitad del siglo xvi) y el estilo de una y otra faceta, hacen pensar inmediatamente en la mano directora de ambos artistas. Y otra, aún quizás más definitoria, porque conocemos el retablo parroquial de la soriana localidad de Caltójar, idéntico en todo al de Pelegrina, y para el que tenemos documentalmente acreditados tanto el año de su terminación (1576) como los nombres de sus autores: Diego de Madrid, pintor, y Martín de Vandoma, tallista.

Sin embargo, aunque se reconoce la dirección de la obra por parte de ese genio artístico que fue Martín de Vandoma, del que solo sabemos nombre y vemos obras, pero apenas nada de su vida se conoce, la escultura puede adscribirse a su mano, (esa mano que talla, entre mil otras cosas, las puertas de acceso a la gran sacristía catedralicia, y las 300 cabezas de su bóveda animada) mientras que la pintura está más en duda. Si yo proponía, hace casi cincuenta años, la autoría del pintor seguntino Diego Martínez (hijo del gran Diego de Madrid), el profesor Ramos insiste en que el autor (del que tampoco consigue averiguar el nombre) sea el mismo del retablo de Riba de Saelices, que no es un “primera línea” de la escuela seguntina, ni mucho menos, pero que se maneja muy bien con las formas ya manieristas de las escenas sacras que con soltura trata. A ese misterioso “Maestro de La Riba” debería adscribirse el retablo de Pelegrina. Aunque yo sigo poniéndole nombre al pintor, y ese nombre es Diego (sea Martínez, o sea de Madrid). Y nada más, sino recomendar vivamente a quien guste del arte de esta nuestra provincia de Guadalajara, y tenga por divertimento viajar por sus tierras y sus pueblos, no deje de llegarse a Pelegrina, donde, además de un paisaje inusitado y vibrante, de un caserío dulcemente derramado sobre el cerro que corona el medieval castillo, encontrará en el interior de su parroquia una obra de arte de gran calidad, casi desconocida, y sugeridora de lo que la ciudad de Sigüenza tuvo, en el siglo XVI, de irradiante y peculiar fuerza en materia de arte.