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Brihuega y su conjunto de templos medievales

templo de san simon en brihuega

A Brihuega hay que llegarse ahora, en la tranquilidad del invierno, cuando el trajín de los fastos lavanderos se escucha lejano, y lo que destaca (en el silencio de sus callejas cuestudas) es la densa conversación de piedras medievales, puestas en racimo para construir uno de los conjuntos arquitectónicos más interesantes de Castilla. Concretamente sus iglesias de origen románico y cisterciense concitan la atención sucesiva de nuestras miradas.

Cuatro son esos templos que cabe admirar. Los cuatro construidos casi al mismo tiempo, en los del obispo toledano (y señor de la villa, como sus antecesores y continuadores, durante siglos) Rodrigo Jiménez de Rada, colaborador íntimo y canciller del rey Fernando III, e introductor de un estilo que prosperó en muchos otros lugares del nuevo Reino de Toledo, desde su capital, hasta pueblos menores (como Uceda, por ejemplo, entre nosotros, y muchos otros que recibieron la sobria decoración del Císter sobre las plantas y alzados del más puro románico).

Brihuega sería, como Teresa Valdehíta, concejala de cultura briocense, ha calificado recientemente, “un crisol de cultura en la Edad Media”. Gracias a ese caballero, obispo e intelectual que fue Jiménez de Rada, el políglota autor de la “Historia gótica de España” e impulsor del Fuero de Brihuega, que recientemente ha recuperado la villa en su documento más espléndido.

El primero de los templos a admirar es el que hoy sirve de parroquia a la villa, la iglesia de Santa María de la Peña. Situada en el llamado Prado de Santa María, al extremo sur de la población, cuenta con una puerta principal orientada al norte y cobijada por atrio porticado.

Dicha puerta consta de un gran portón abocinado, con varios arcos apuntados en degradación, exornados por puntas de diamante y esbozos vegetales, apoyados en columnillas adosadas, que rematan en capiteles ornados con hojas de acanto y alguna escena mariana, como es una ruda Anunciación. El tímpano se forma con dos arcos también apuntados que cargan sobre un parteluz imaginario y entre ellos un rosetón en el que se inscriben cuatro círculos. 

La cabecera del templo está formada por un ábside de planta semicircular, que al exterior se adorna con unos contrafuertes adosados, y esbeltas ventanas cuyos arcos se cargan con decoración de puntas de diamante.

El interior es de gran belleza y puro sabor medieval. El tramo central es más alto que los laterales, estando separados unos de otros por robustas pilastras que se coronan con varios conjuntos de capiteles en los que sorprenden sus motivos iconográficos, plenos de escenas medievales, religiosas y mitológicas. La capilla mayor, compuesta de tramo presbiterial y ábside poligonal, es por demás hermosa. Se accede a ella desde la nave central a través de un arco triunfal apuntado formado por archivoltas y adornos de puntas de diamante. Esbeltas columnas adosadas en su interior culminan en nervaturas que se entrecruzan en la bóveda. Su muro del fondo se abre con cinco ventanales de arcos semicirculares, adornados a su vez con las mismas puntas de diamante. 

El alzado del templo nos muestra una nave central más alta que las laterales, enlazando así con el carácter de la arquitectura propiamente gótica, en la que los avances técnicos se plasman en una nueva estética. Las grandes arcadas que separan las naves, todas ellas de medio punto, hacen perder al conjunto el neto carácter románico de muro que pesa posibilitando un nuevo tratamiento estético. 

Las techumbres de las naves se forman con nervaturas góticas. Sobre la entrada a la primera capilla lateral de la nave del Evangelio se muestra una gran ventana gótica, elemento cumbre del resto de vanos apuntados que ofrecen también el valor, nuevo en el gótico, de la luz como elemento ornamental e incluso simbólico.

En la iglesia de Santa María de la Peña de Brihuega destaca como en pocos sitios el carácter netamente cisterciense de la arquitectura de transición del románico al gótico que promovió en sus territorios toledanos el arzobispo Ximénez de Rada. La escasez de ornamentación, su rigidez y parquedad, es propia de este momento, y del concepto de pureza y renovación que se quiere difundir.

En las molduras y arquivoltas de sus puertas y ventanales, así como en buena cantidad de capiteles se encuentran con exclusividad decoraciones a base de puntas de diamante, hojillas, y pequeños triló­bulos que se ven también en muchos otros lugares de la baja Alcarria y territorio de Cuenca, como Santa María de Alcocer, monasterio cisterciense de Monsalud, etc.

Respecto a los capiteles de este templo, se encuentran algunos elementos iconográficos que brillan por su ausencia en el resto de las iglesias de Brihuega. Dentro de la gran variedad existente en su temática vegetal, pueden encontrarse tres grupos que ofrecerían, respectivamente, una traza fina y muy cuidada, que recuerda a los capiteles de las gran­des catedrales francesas; una flora más jugosa que la acerca a un estilo más rural; y finalmente un grupo de capiteles rústicos que de mano popular y tomando por motivo los anteriores modelos, se repiten en infinitas fajas.

Muchos elementos zoomorfos se ven en este templo tallados: unos proceden de la rica fauna románica, como toros alados, cerdos de gran tamaño que ocu­pan la casi totalidad de la superficie del capitel, de los que, en menor tamaño, y de una forma más naturalista, surgen entre las hojas: pájaros, monos, linces o perros acompañados a veces de hombres. La interpretación de estos anima­les, más de que símbolos abstractos, es simplemente de signos maléficos y benéficos.

También se ven múltiples elementos antropomorfos: gentes aisladas y escenas complejas nos sorprenden talladas con tosquedad en la múltiple riqueza de los capiteles de Santa María. Unas escenas están rígidamente enmarcadas, como la de la Anunciación, mientras que otras como el banquete se muestran en total libertad compositiva. A pesar de la riqueza de imágenes que en este templo se advierte, no encontramos un claro programa iconográfico que las unifique. Parece como si los autores hubieran querido simplemente recordar los hitos principales del Antiguo y Nuevo Testamento, sin más hilación entre ellos. Hay un predominio de los temas marianos, dada la advocación del templo, y destaca el conjunto que representa a Sansón y el león, tema iconográfico que fue desvelado hace unos años por Pablo Aparicio Resco.

Es digno de ser destacado el hecho de que este templo, aun con ser iglesia parroquial de una villa, sobrepasa por sus dimensiones y disposición lo que era tradicional en el siglo XIII en la Alcarria, donde aún se construía habitualmente en estilo románico, con galería porticada al sur, y una sola nave. Las edificaciones litúrgicas promovidas por el arzobispo Jiménez de Rada (Brihuega, Uceda, etc.) tienen tres naves y una funcionalidad que supera lo meramente parroquial, intentando alcanzar un grado más alto, como pequeñas catedrales, respecto al entorno en que asientan.

El segundo de los templos medievales briocenses es el de San Felipe, en la parte alta de la población, junto al muro oriental de su muralla, de tal modo que la torre se construyó sobre un primitivo cubo defensivo.

Yo lo tengo por el templo más bello de Brihuega. Construido en la misma época que los otros, en la primera mitad del siglo XIII, presenta la portada principal orientada al oeste, cobijada en cuerpo saliente que se cubre de tejaroz pétreo sustentado por canecillos zoomórficos, alzándose las apuntadas arcadas que nacen de los capiteles vegetales y culminado el muro con tres rosetones, el central calado con semicírculos formando una estrella. Al sur existe otra puerta, más sencilla, pero también de estilo tradicional. El interior ofrece un aspecto de autenticidad y galanura medieval como es muy difícil encontrar en otros sitios. Se estructura en tres naves esbeltas, la central más alta que las laterales, que se separan por pilares con decoración vegetal y se recubren con artesonado de madera. Al fondo, el presbiterio, con su tramo recto inicial, y la capilla absidial, semicircular, de muros lisos, cinco ventanales aspillerados y cúpula de cuarto de esfera, completa el conjunto que sorprende por su aspecto románico de transición, netamente medieval. 

El tercero es el de San Miguel, que de nuevo va a recibir un tratamiento reconstructivo para poder ser visitado. Maña mismo estará abierto al público, en ocasión de un acto cultural anunciado para el mediodía.

Está situada esta iglesia en la parte baja de la villa, camino ya de Cifuentes. Aunque generalmente se encuentra cerrada, puede verse su grandiosa portada abierta al muro de poniente, en limpio estilo románico de transición, con sencillos capiteles y múltiples arquivoltas apuntadas, y otra puerta sobre el muro meridional, del mismo estilo pero más sencilla. A levante se alza el ábside poligonal de traza mudéjar, construido de ladrillo descubierto, con múltiples contrafuertes adosados y sin ventanas. El interior, en el que prácticamente han quedado tan sólo los muros y los pilares que separaban las tres naves, muestra completa la cabecera, a la que se accede a través de un arco triunfal apuntado que apoya en columnas y pilastras con capiteles de decoración vegetal, y se cubre en su parte absidal mediante una hermosa bóveda nervada de ladrillo, en forma de estrella de seis puntas, lo mismo que el tramo recto del presbiterio. El estilo que inspiró este templo estaba netamente en conexión con el más puro mudéjar toledano, al que recuerdan las escasas estructuras que aquí quedan. La torre de las campanas está adosada al lado norte del templo.

El cuarto y último es San Simón, del que solo puede hablarse en futuro, porque todavía anda en tareas de restauración completa. Durante muchos años oculto entre construcciones particulares, y sabiendo todos que allí estaba el cuerpo tapado de una posible antigua sinagoga, o mezquita, pero que con toda seguridad fue también, al menos desde el siglo XIII, iglesia.

templo de san simon en brihuega

Hoy ya hemos podido ver su estructura, de corta nave cubierta de bóveda de crucería, y amplio y espléndido presbiterio, cubierto su interior de una cúpula de seis nervios de sección cuadrada, y cuajado al exterior en forma de ábside con la viveza del ladrillo visto en sus muros, recordando la arquitectura románica de transición del ámbito toledano que don Rodrigo Jiménez estimuló. Los ventanales, en que se luce bien el estilo mudéjar, complementan la arquitectura gótica primitiva, y le dan un carácter nuevo, aun dentro de la misma corriente que las otras iglesias medievales briocenses.

Un viaje a Caraca, en la Hispania romana

pintura de romanos en driebes

Un viaje al pasado es el que he realizado hace pocos días llegándome hasta la orilla del gran Tajo, en la parte más meridional de la provincia de Guadalajara, donde sobre un cerro amesetado al que llaman “de la Muela” permanecen ocultas desde hace siglos las ruinas de una ciudad romana, la que llamaron Caraca en los escritos de Plutarco y los Itinerarios latinos. Un viaje que recomiendo para palpar el rumor de la historia más pretérita de nuestra tierra.

A la ciudad romana de Caraca se llega sin mayor dificultad desde Driebes, bajando por un camino de tierra en buenas condiciones hasta la misma orilla del Tajo, alcanzando el breve llano que se extiende ante la nueva ermita de la patrona del pueblo, la Virgen de la Muela. Allí se encuentran, además, dos espacios que dejan entrever los últimos hallazgos del proceso de investigación arqueológica al que están sometiendo el entorno: se trata de un par de tumbas pertenecientes a la necrópolis del lugar, y que han sido datadas como de época visigoda, y unos grandes sillares que formaban parte de una calzada romana, concretamente la que de Complutum llevaba a Segóbriga y luego a Cartago Nova, y que daban consistencia al enclave de Caraca.

Los arqueólogos directores del plan de excavaciones, que comenzó en 2016, y que continúan durante los veranos gracias al apoyo de la Diputación Provincial de Guadalajara, son Javier Fernández Ortea y Emilio Gamo Pazos. Rodeados de un consistente equipo de apoyo, y con elementos modernos de prospección como los drones y un georrádar 3D con antena multicanal, han conseguido algo esencial, que sabemos es preludio de muchos otros hallazgos: la identificación y planimetría de esta ciudad que extendió su vida entre varios siglos antes de Cristo, y la tercera centuria de nuestra Era. Creada y mantenida por los iberos, concretamente el pueblo carpetano, puesta sobre una eminencia del terreno dando vistas al amplio valle del Tajo, fue conquistada por el Imperio Romano, y transformada en municipio con todos los derechos del ius latii para sus habitantes, que se manifestaron colaboradores de la civilización latina.

Hasta ahora se ha conseguido lo fundamental: tener el plano completo de la ciudad, de sus estructuras y espacios relevantes. Sabemos así que Caraca tenía un amplio foro, que centraba las dos vías esenciales de un burgo latino, el cardo y el decumanus, en torno a los que se desarrollaba el tejido urbano en formato ortogonal. Además estaba provista de baños públicos, de un gran espacio de mercado, y de muchas viviendas, así como una posible basílica sobre la que se levantó la única huella construida que ha llegado hasta nuestros días, la arruinada ermita de Nuestra Señora de la Muela. La ciudad recibía agua potable de un manantial que nace junto a Driebes, y que llegaba a la ciudad gracias a un acueducto de 3 kms. de longitud, del que se han encontrado restos.

Calculan los arqueólogos que Caraca alcanzaría a tener una población de en torno a 1.800 habitantes. Por algunas huellas encontradas, se presupone que participaría en las “Guerras Civiles” romanas apoyando a Sertorio, aunque esto es un poco aventurado narrar, antes de que en las excavaciones futuras puedan ir apareciendo huellas materiales, objetos, inscripciones y emblemas que decanten la actividad de sus habitantes. En todo caso, piezas de arte ya se encontraron, en unas primeras catas que desde perspectivas particulares se realizaron en 1945, y que con la denominación conjunta de “el Tesorillo de Driebes” se llevó al Museo Arqueológico Nacional, y allí en Madrid de exponen ahora, como testimonio de esa presencia carpetana y romana en nuestra tierra. El río Tajo vuelve a ser testimonio palpitante de la vida y las comunicaciones de la península, y aunque los romanos, como antes los fenicios, griegos y púnicos, y más tarde los bizantinos y aún árabes, fijaron su mayor interés en las costas, la forma de adentrarse en el interior elevado de la península hubo de ser siguiendo las orillas de los grandes ríos y sus cómodos valles anejos.

Un pueblo con pálpito romano

Desde el hallazgo de las primeras ruinas de Caraca, la población alcarreña de Driebes ha cambiado un tanto su fisonomía. Ha mejorado en todo: limpieza, detalles urbanos, apertura de plazas y fáciles accesos de circulación rodada. Su estructura es la misma que desde la Repoblación en que se levantó. La iglesia es moderna, y sin arte alguno, pero las pequeñas plazas, centradas de olivos, las rectas cuestas, algunas nuevas construcciones como la Casa de la Cultura dedicada a Aurelio Pérez, y la blancura de sus edificios y tapias ha venido ahora a sumar el interés de un verdadero “Museo al Aire Libre” que a fecha de hoy se compone de unos 80 grandes murales, hechos con la técnica del graffiti urbano, pero con un tema común y monográfico: la memoria de Roma entremezclada con los elementos de nuestro día a día. Hay así verdaderos cuadros que rememoran a legionarios, a vestales, a emperadores y ciudades como Pompeya, con letreros en latín, y sorprendentes interpretaciones de “lo clásico” sobre las vallas de los corrales de Driebes. Un concurso anual que patrocina el Ayuntamiento, concede en cada convocatoria premios a los memores murales, que ya quedan permanentes para su admiración. 

Solo por darse una vuelta a través de estas salas descubiertas que son las calles de este pueblo alcarreño, ya merece la pena llegarse hasta aquí, cosa que es fácil de hacer, bien desde Mondéjar, por carretera que sale desde la espalda del Instituto y Centro de Salud, atravesando viñedos y olivares, dejando a un lado la finca de Manuel Vidrié, o bien desde Albares/Almoguera, por carretera que antes pasa junto a Mazuecos.

Desde hace pocos años Driebes se ha convertido en un pueblo con buena “movida” cultural y festiva. No solo en las celebraciones de su patrona, la Virgen de la Muela, sino con sus encierros, sus concursos de murales y muchos otros atractivos urbanos que sorprenden a quien va allí por vez primera. Entre ellos, el cerro de la Yesería, donde hay una vieja cueva de posibles eremitas, y ahora un gran mural que da viveza y relieve a la montaña. Pero también la vieja Fuente de las Mulas, rehabilitada con un sentido moderno, y muchos otros detalles. 

Por eso recomiendo planificar ya un viaje a Driebes, aunque sea para echarle un primer vistazo. Además, hay sitios donde poder comer. O sea, que sin dudarlo, y desde ya, todos a Driebes.

Lecturas de patrimonio: el arca de Santa Librada en la catedral de Sigüenza

arca de santa librada en sigüenza

Por fin la hemos visto, la hemos podido admirar próxima, y brillante, en la exposición Atémpora 2 que todavía se puede visitar en la catedral seguntina, en principio hasta el próximo mes de diciembre. Era difícil encontrarla, y aún más estudiarla o admirar su conjunto, y sus partes y detalles, pero en esta exposición se manifiesta, dando el paso que tantas otras piezas patrimoniales deberían dar: la restauración meticulosa, y la presentación sobria e ilustrativa, permitiendo que el objeto se muestre en todas sus facetas, y pueda ser analizado, admirado, entendido. Y así llegar a ser defendido en el futuro.

Guiado por la sabia palabra y el enciclopédico saber de don Víctor López-Menchero he podido contemplar la pasada semana la Exposición “Atémpora 2” que se muestra en el interior de la catedral de Sigüenza. Por no alargar más el comentario, simplemente decir que es una exposición de gran calidad, muy bien montada y con piezas extraordinarias, que nadie debería perderse, al menos de los que vivimos en esta provincia.

De la gran cantidad de piezas, muchas de ellas restauradas, y todas bien explicadas e iluminadas, de que consta la muestra, este Arca de Santa Librada me parece la pieza fundamental, hermosa y significativa.

Además es uno de los elementos patrimoniales más antiguos que dan testimonio de la existencia de la santa y de su culto. Se hizo para ser depositaria de sus restos corporales. Pero no se sabe donde se construyó: unos dicen que podría ser italiana, pero es muy posible que se realizara en Sigüenza, o al menos en esta ciudad se ha mostrado siempre, sin que conste su llegada desde otro lugar.

La fecha de su construcción, tal como hoy existe, es de los comienzos del siglo XIV. Aunque debió de reformarse sobre una pieza bastante anterior, tal como muestra el estilo de las figuras que la adornan. La época se concreta en el episcopado de don Simón Girón de Cisneros, porque la tapa del arca va cuajada de su emblema heráldico.

Construida en madera, presenta un revestimiento de plata repujada, y siempre ha estado tan bien guardada que hasta ahora muy pocas personas habían logrado verla. Esta exposición, entre otras cosas, ha servido para desvelar este arca preciosa.

El mejor análisis que hasta ahora se ha hecho de este arca es el que en 2017 nos ofreció Marcos Nieto en su libro “Santa Librada, lo que se esconde detrás”, consiguiendo sus valiosos datos tras el análisis de la reproducción que en yeso se hizo en 1946 del arca original. En ella se muestran las cuatro paredes, dos de ellas largas, en su frente y espalda, y dos cortas en los extremos, más la tapa, que es a dos aguas, y por tanto muestra amplia iconografía, como el resto de los paneles.

El arca de plata que guardaba las reliquias de Santa Librada, en la catedral de Sigüenza

El arca fue regalada por el obispo Girón a principios del siglo XIV, y tiene en sus extremos unos anillos que permitían su muestra en procesión sobre andas, cosa que se haría en diferentes ocasiones, especialmente el día 20 de julio de cada año, saliendo en procesión por las calles de la ciudad, que aclamaba y admiraba los restos de su patrona.

A inicios del siglo XVI, el obispo don Fadrique de Portugal decidió levantar un altar dedicado a Santa Librada, en el ala norte del crucero catedralicio.Y en su parte más elevada mandó poner un arca de piedra y ponerla dentro de una enrejada hornacina, para en ella colocar este arca de plata medieval. Allí permaneció varios siglos, aguantando incluso los avatares de la Guerra Civil, que en la catedral hicieron dura mella. Por fin, en 1946, tras la restauración catedralicia, se decidió hacer un vaciado de sus estructuras originales, plasmándolo sobre yeso en relieve, reproduciendo en este material la totalidad del arca. Esa reproducción en yeso es la que se ha podido ver, durante años, en el museo de la catedral, pero el original, en plata, es ahora que por primera vez, desde hace mucho mucho tiempo, hemos podido contemplar.

El análisis que Nieto Jiménez hace de la iconografía de esta pieza es realmente interesante, porque cuenta, describe, identifica y trata de emparejar unas figuras con otras. De tal modo que entre ellas señala a los apóstoles (las únicas figuras ciertas) Pedro y Pablo, rodeados de mujeres, jóvenes, santas, con o sin nombre, aunque él piensa que alguna de ellas sería Polixena, una figura de la Antigüedad en la que estaría el origen de Santa Librada. Además hay repetidas figuras episcopales, que lógicamente podrían identificarse con don Simón Girón, y sus escudos, más unas anillas en los extremos bajos del arca que aclaran su función, la de ser transportada sobre los hombros de los devotos, en procesiones de reliquias, antaño muy frecuentes.

Está todavía por hacer el estudio completo de la iconografía de este arca. Lo más curioso es la presencia del obispo donante, acompañado de su escudo de armas, que en una cara aparece junto a su figura, y en otra (la que acompaña a estas líneas) cubriendo totalmente la casulla que el eclesiástico muestra, al tiempo que con su mano derecha levanta el gran báculo episcopal.
Las figuras de los paneles anchos y de la tapa, muy esquemáticas, representan sin duda santas mártires, quizás las hermanas de Santa Librada, que fueron ocho, así como otros varones que ilustraron su vida en memorias y escritos. Suena ese conjunto a muestrario bizantino de personajes en rito procesional, en aparición celeste, o en exposición para ser adorados. Son, sin duda, seres benéficos, santos e imitables, que acompañan los restos de Santa Librada. Su estética es muy primitiva, lo que hace pensar en que los autores del arca no fuerno muy peritos, y se inspiraran en dibujos y muestras gráficas de varios siglos anteriores.

Lateral del arca de Santa Librada, con la representación del obispo donante, don Simón Girón de Cisneros.

Si el exterior de la arqueta de Santa Librada luce hoy espléndido, no le ocurre lo mismo al interior, que hoy permanece absolutamente vacío. Tenía dentro esta arqueta un ajuar textil muy antiguo y valioso, de hechura hispánica, obra de los siglos VIII al XIII. Su pieza estrella era un tiraz realizado en los reales telares cordobeses y entregado según el historiador ibn-Hayyan por el califa Abderramán III en el año 948 en Atienza como reconocimiento a sus partidarios, cuando presidió las obras de reconversión de Medinaceli en el bastión de la Marca Media. Al abrirla en 1946 se encontraron restos óseos, que pertenecían a diferentes cuerpos, y estaban envueltos en un fabuloso conjunto de telas medievales. De ellas se tomaron dos fragmentos muy representativos, que hoy se muestran también en la Exposición Atémpora 2, y que acompañan a estas líneas. El resto se vendió, con objeto de allegar caudales para reconstruir la catedral que había sido vapuleada a modo durante la Guerra Civil. Las telas las compraron comerciantes y anticuarios españoles, que las llevaron a colecciones particulares, museos textiles y algunas de ellas acabaron en colecciones y museos norteamericanos. Por eso me atrevo a decir, como colofón de esta noticia tan positiva, como es la muestra del arca de Santa Librada ante los visitantes de la catedral seguntina, que su exterior que es todo luz contrasta con el negro puro y el silencio solemne de su interior.

Lecturas de Patrimonio: el monasterio de Buenafuente

monasterio de buenafuente,marca guadalajara

Hoy en Europa es un tópico medir la antigüedad y prosapia de los lugares en función de la existencia en ellos de monasterios viejos, de aquellas instituciones fundadas por los benedictinos, los cistercienses, incluso los templarios, en la remota Edad Media. Y muy pocos lugares pueden alzarse, en verdad, con orígenes tan antiguos y relevantes.

En la provincia de Guadalajara hubo bastantes cenobios benitos y bernardos, pero de la mayoría solo queda el recuerdo o los datos documentales. De otros quedan aún las venerables ruinas, aisladas en medio de los campos. Y hay uno sólo que pueda con orgullo decir que mantiene, vivo, su monasterio cisterciense desde su fundación en la Edad Media. Este es el de Buenafuente del Sistal, en Villar de Cobeta.

Es este el único monasterio cisterciense que queda vivo en la provincia de Guadalajara. De origen remotísimo, está como perdido en casi inaccesibles alturas boscosas del Alto Tajo. Fue en su origen de canónigos regulares de San Agustín. Muy poco después de ser reconquistada la región a los árabes, concretamente en la cuarta decena del siglo XII, ya se pusieron las miras del monarca castellano Alfonso VII en la raya del Tajo, para afirmarla por suya no sólo con castillos, sino también con monasterios. Mitad canónigos, mitad guerreros, recibieron terrenos en diversos lugares de la orilla derecha del río Tajo, y allí pusieron pequeños puestos (vigilancia y oración), de los que sólo este de Buenafuente llegaría a cuajar en auténtico monasterio. Los otros, Alcallech, Grudes y el Campillo, nunca pasaron de pequeñas casas con huerta. La primera fundación es de 1176, con su primer documento conservado. Y años después, en 1234, el arzobispo de Toledo don Rodrigo Ximénez de Rada se lo compró; y de ahí se sucedieron rápidos los cambios que lo pusieron en manos del Císter. En 1242, el mismo arzobispo lo cedió a doña Berenguela, hija de Alfonso VIII y madre de Fernando III, con la condición de que pusiera allí un monasterio de monjas de la advocación de la Santísima Virgen. Doña Berenguela se lo cedió a su hijo don Alonso, a la sazón señor de Molina por haber casado (tras la concordia de Zafra) con doña Mafalda, hija del Conde don Gonzalo Pérez de Lara, y es este infante don Alonso, el de Molina, quien al año siguiente, en 1243, se lo vende por 4.000 maravedís alfonsíes a su suegra doña Sancha Gómez, con la expresa condición de poner en él un monasterio de duennas de la Orden de Cistel

Vista general del poblado y monasterio de la Buenafuente del Sistal

Desde un primer momento, y por donación de doña Sancha Gómez, la fundadora, y de sus sucesores, Buenafuente se enriquece con donaciones de territorios, privilegios, casas y dineros. Mediado el siglo XV, y como reflejo de un cisma en el monasterio de Santa María de Huerta entre los monjes que lo formaban, hubieron de salir las dueñas de Buenafuente de su casa. En 1427, el abad de Huerta les mandó que fueran a la humilde y estrecha casa de Alcallech, junto a Aragoncillo, mientras Buenafuente era ocupado por algunos de los frailes de Huerta. En 1455, normalizado el conflicto en el cenobio soriano, la nueva abadesa doña Endrequina Gómez de Mendoza inició el traslado de sus monjas a Buenafuente.

A comienzos del XIX, en la guerra de la Independencia, las monjas huyeron y se refugiaron en unas cuevas cercanas, en la bajada hacia el Tajo. Mientras tanto, en cuatro meses solamente, los franceses allanaron templo y monasterio, destrozando bastantes de sus cosas. En 1835, la Desamortización de Mendizábal supuso la pérdida completa de sus bienes: tierras, casas, juros y derechos. Solo les quedó el edificio y sus pertenencias personales. El último de los milagros -que así podríamos llamarlo- ocurrido en Buenafuente tuvo lugar en 1971, en ocasión de la grave crisis que supuso la casi despoblación del monasterio (pocas y muy mayores, las monjas solo vieron por salida vender todo aquello y marchar a integrarse en otro monasterio). La llegada de un capellán con ideas y decisión (Angel Moreno) y los favores recibidos desde fuera, relanzaron a Buenafuente, que adquirió y hoy mantiene una llama de espiritualidad que justifica su permanencia, tras tantos siglos, en aquella remota y silenciosa altura de los sabinares molineses.

El conjunto de edificios, especialmente la iglesia, es de gran interés. Forma un pequeño poblado, y se centra por el templo monasterial. En su origen, fue solamente una pequeña ermita que recogía en su seno a la fuente milagrosa (la Buenafuente) de uso muy anterior, y de culto quizás precristiano. Pero el templo de Buenafuente se alzó definitivo y grandioso a partir de mediados del siglo XIII, cuando a él llegaron las monjas del Císter. Su planta es rectangular, alargada de levante hacia poniente, de una sola nave, como corresponde a un templo monasterial femenino, en el que nunca había más de un oficiante, y por lo tanto no necesitaba más de un altar. Por eso su ábside es único, y además ofrece la curiosidad de ser de planta cuadrada, decorado en su muro exterior por un ventanal estrecho escoltado de columnas, capiteles y arcos semicirculares, y un óculo circular en lo alto. La nave consta de cuatro tramos y el presbiterio. El nivel del templo varía según los tramos, siendo más elevado en los pies (correspondiente a la primitiva ermita) y en la cabecera, donde el presbiterio se alza levemente. La bóveda es de cañón, ligeramente apuntada, y se ve reforzada por arcos fajones en el presbiterio, que apoyan sobre amplias ménsulas decoradas a base de molduras y elementos vegetales incisos. 

En esta iglesia de Buenafuente, destacan algunos elementos de interés. Por ejemplo, el hecho de que la fuente que da nombre al monasterio sigue manando, y lo hace en el interior del templo, en un hueco al que da cobijo el muro de poniente. Existen tres grandes retablos, todos ellos de época barroca: el mayor, presidido por la Virgen titular, iluminado por el óculo o ventanal del ábside, y dos laterales, dedicados a San Bernardo y otros santos cistercienses, con un magnífico escudo heráldico de la monarquía castellano-leonesa.

Interior de la iglesia
del monasterio de Buenafuente

Al exterior, la iglesia tiene un aspecto fortificado. El ingreso se hace por su cara norte, pues la del sur está adosada al monasterio y clausura. La puerta principal actual es moderna, quizás del siglo XVI, y es muy sencilla, con arco semicircular moldurado apoyado en pilastras. La primitiva puerta de ingreso se abre en el primer tramo de la nave, a los pies de la misma. Es una soberbia pieza de estilo románico que se incluye en el grueso muro, y forma un bloque en el que aparece, en el remate, una serie de arcos sobre canecillos, al estilo lombardo, tema que se repite por toda la cornisa del templo, incluso en su costado meridional. La portada se remata por cornisa apoyada en canecillos de decoración sencilla geométrica, y se escolta de sendos pares de columnas con capiteles de decoración incisa. Es de arco semicircular, adovelado, que descansa en jambas rematadas en capiteles de base rectangular ornados por elementos vegetales incisos.

Otra portada, de similares características, aunque mejor conservada por haber estado siempre a cubierto de la intemperie, aparece sobre el muro sur, permitiendo el paso desde el claustro monasterial (que se adosa al costado sur del templo). Consta así mismo de arco de medio punto, adovelado, y tiene tres arquivoltas, otras tantas columnas a cada lado con sus correspondientes capiteles, y remata con un recercado de bolas, y cornisa apoyada en canecillos. 

El conjunto de iglesia y monasterio, del que sobresale la espadaña de las campanas, y la mole de dependencias de la clausura, la hospedería, etc., es de una apariencia subyugante, muy evocadora, inserta además en un paisaje serrano, alborotado por todos sus costados de montañas y bosques de sabinas.

Lecturas de patrimonio: una lápida de cristianos nuevos en Hita

lapida en hita

Por Antonio Herrera Casado

Visitando los bodegos de Hita, de los que aún existen varios, aunque solo dos de ellos se pueden recorrer con seguridad, encuentro en uno de ellos algo inesperado, y es una gran lápida mortuoria, semejante a las muchas existentes en la iglesia de San Juan de la villa, y que fueron acumulándose en ella (primero en los muros y ahora en los suelos de la misma) procedentes de las ruinas de las otras iglesias que fueron destruidas en la Guerra Civil.

La aljama judía de Hita

Desde la más remota Antigüedad, de siempre hubo judíos viviendo en Hita. Cuando esta fue aldea romana y caminera, o cuando siguió el puesto islámico con mozárabes dentro. En los siglos cristianos, Hita se pobló aún más de judíos, hasta el punto de que su aljama llegó a ser una de las más pobladas de toda Sefarad, la Península Ibérica.

Fue un caso especial de presencia hebrea en Castilla, puesto que no existía en el lugar una aljama física, un guetto, un barrio específico. Los judíos vivían por doquier, tanto en la plaza, como junto a los templos cristianos. Se sabe que hubo dos sinagogas, estando la Mayor situada en las inme­diaciones de la Plaza, y una escuela judía o Midras. Hoy queda en Hita, en su barrio alto, un gran edificio medio arruinado, en cuya pared norte se abran dos enormes arcos, y en cuyo interior quedan algunas yeserías que pueden ser del siglo XV o XVI y que llevan inscritas frases en un alfabeto que pudiera ser hebraico, aunque lo he visto muy de lejos y en difícil postura. 

El siglo XIII, y bajo el reinado de Alfonso X el Sabio, fue la época de su mayor auge. “Las tres culturas” que el monarca toledano amparó, hicieron de Castilla una nación grande y poderosa, sabia y autosuficiente.

En el año del Edicto de Expulsión (1492) eran más de 150 los judíos que habitaban en Hita formando 60 familias de cuyos bienes y títulos existe una fidelísima descripción. Tomo de la “Historia de la Villa de Hita” de don Manuel Criado de Val estos datos, que, aun someros, dan idea de la gran importancia de la comunidad sefardita en este lugar.

En la Plaza Mayor, centro del poder y el comercio, vivía el Rabí Simuel Castellano, pegado al adarve, e Isaque Cides, junto a su pariente y tendero Mosé. De otra tienda en la gran plaza era propietario Lezar Najari y la llamada «botica del rincón» era de otro judío, Lezar Valenciano. Tenían los judíos todo el comercio acaparado: la pescadería era propiedad de Çague de Pastrana, y el comercio en general (el supermercado de la época) era regentado por Jonto Vellido, judío, y los herederos del Alcaide Ferrando de Mendoza, que también tenía ancestros judíos, mientras que el Mesón grande y el Horno concejil los administraban los hermanos Alazar (Samuel, Yoçe, Çague y Jaco). En la parte alta tenían sus casas Mosé de Cuéllar y Jaco Adaroque, administradores de parte de los bienes de los señores de Hita, los duques del Infantado.

Sigue la meticulosa relación de Criado de Val mencionando sujetos, familias, oficios y negocios de los judíos de Hita. Pasada la plaza, en la subida hacia San Pedro, estaban las viviendas de los Anacaba, junto a Don Samuel Najari y a Don Osman Capa­chen, y los Baquex y Hada, que eran médicos y cirujanos. En el llamado “barrio del Rey de la Majestad” vivían también muchos judíos. Por ejemplo, se menciona en la relación a los Alazares, la gran familia rabínica de Yuçaf el Viejo, máximo propieta­rio de viñedos de Hita. Su mujer, Palanciana, tenía, como era frecuente en las familias judías, propiedades independientes. Y no lejos de la que llamaban Torre de San Jorge (otro de los señalados cubos de la muralla) habitaba otro rico propietario judío, Huda de los Puntos.

La relación entre los judíos, numerosos y potentados económicamente, y los señores de Hita fue siempre proverbial, abierta, mutuamente beneficiosa. No hay datos sobre ello, pero suponemos que buen número de estos judíos aceptó, en 1492, el bautismo, para seguir viviendo en su villa, en sus casas, entre los suyos, “en su tierra y en su país”. Adoptando muchos de ellos como apellidos los apelativos de pueblos y santos del entorno.

En todo caso, recomiendo leer atentamente las páginas que don Manuel Criado de Val dedicó a este tema de los judíos de Hita en su libro “Historia de Hita y su Arcipreste”, porque con minucioso detalle se habla allí de los más señalados, de sus ocupaciones y poderío, y de cómo fueron transmutándose, una vez bautizados (aunque nunca convertidos) en señores poderosos, en ricos comerciantes, en apoyos financieros de la familia Mendoza. Muchas de las lápidas que hoy en San Juan quedan, son también de judíos reconvertidos, y es este tema que no descarto tocar en un futuro.

Una lápida de Cristianos Nuevos en un Bodego de Hita

Después de estas generalidades y curiosidades sobre la Hita judía, explico el hallazgo que hace pocas semanas tuve la suerte de disfrutar, al visitar junto a Angel Luis Trillo, cronista oficial de la villa, uno de sus bodegos, concretamente el que llaman “Bodego del Barrio Alto” y que fue propiedad de don Manuel Criado de Val, aunque no lo llegó nunca a utilizar. En ese bodego, o vivienda excavada en la montaña, puede verse la distribución interior del cerro tallado, con habitaciones muy pequeñas: la cocina y despensa, a la izquierda según se entra, y dos habitaciones o alcobas a la derecha. El pasillo central lleva a una plataforma desde la que se accede al establo y almacenes, donde los antiguos metían sus animales y guardaban sus aperos y granos. En esa plataforma, alguien y en algún momento, colocó una lápida mortuoria que es el objeto de este trabajo. La lápida es del estilo de las que se pusieron en las otras iglesias de Hita y ahora están reunidas en la de San Juan: plana, de piedra caliza finamente tallada, con 2,15 mts. de longitud y 80 cms. de anchura. Adjunto la foto y transcribo lo que a lo largo de sus cuatro bordes corre tallado en elegante letra palatina, teniendo en cuenta que la parte corta del inicio o cabecera falta por completo: “[AQUÍ YAZEN SEPVLT] ADOS LOS MVI MAGNIFICOS SEÑORES LOPE DE MOLINA Y MARIA ANDEA SV MVGER CVIAS ANIMAS DIOS TENGA EN SU GLORIA ÉL MVRIO A 9 DE ABRIL DE 1578 AÑOS [   ] El centro de la lapida está ocupado por un escudo que dicho matrimonio adoptó y que consiste en un campo español apuntado, conteniendo un sol figurado y en sus extremos cuatro estrellas. La bordura lleva unas simples aspas y en el jefe se lee “ut lvceant” que puede traducirse del latín como “para que brillen” y que es frase que aparece en diversos lugares de la Biblia.

Desconocido en los documentos este personaje y su esposa, por el apellido simple “de Molina” podemos deducir que es de origen judío. El apellido de ella “Andea” tampoco es castellano puro ni de linaje conocido. El escudo no se corresponde con ningún linaje, propio o adquirido, castellano viejo, y sin duda es construcción personal del individuo, que utiliza símbolos luminosos y añade la frase latina que insiste en su capacidad de lucir. Todo ello nos lleva a pensar que este matrimonio era cristiano nuevo. Sus abuelos, judíos de Hita, acogiéndose a la cláusula del edicto de expulsión que les permitía convertirse y quedar donde vivían, cambiaron sus apellidos por estos que aparecen en la lápida. Esta debió tallarse en vida de los sujetos, añadiendo luego la fecha de muerte de él, que ocurrió en las postrimerías del reinado de Felipe II, justo unos días después del asesinato de Juan de Escobedo en Madrid.

Más curioso es lo que vemos tallado en la lápida, encima del escudo. Si esa parcela quedó vacía en su día, alguien luego talló en ella un amplio rebaje en forma de círculo, dándole salida por la parte superior, como un desaguadero, habiendo quitado también la inscripción de esa parte. Era esto un rudimentario molino manual de aceitunas, que machacadas convenientemente soltaban su jugo aceitoso, recogido en la hendidura, y rebosante por el extremo superior para ser recogido en cántaros. Posiblemente este molino casero lo tallaron quienes en algún momento cogieron la lápida de alguna ruina y se la llevaron a empedrar y utilizar como noble adorno y útil maquinaria el suelo del bodego dicho. Que hoy se puede visitar y cualquiera puede admirar y conocer con las explicaciones que vaya dando el guía.