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Otro Día de la Sierra

Serrania de Guadalajara despoblados, expropiados, abandonados

Después de la pandemia, se abren las puertas del campo, y se puede celebrar otra vez el Día de la Sierra, en el que desde hacía once años estábamos acostumbrados a participar. Este año será en Atienza (mañana sábado 16 de octubre) donde se alberguen las miradas limpias y los buenos propósitos, de cara a lanzar de nuevo esa idea de que nuestra Sierra de Guadalajara ha de crecer y no solo mantenerse.

La Asociación [Cultural] Serranía de Guadalajara, que abrió con clara visión el periodista Raúl Conde, le siguió Fidel Paredes con un entusiasmo digno de aplauso, y sigue ahora en vanguardia con la sabia manutención de Octavio Mínguez, celebrará mañana sábado su encuentro anual, entre bailes, premios y proclamas en torno a esta parte de nuestra provincia, que se mueve por seguir viva. Vayan aquí cuatro detalles pensados al hilo de tal celebración, que no me pienso perder por nada del mundo.

UnoLas Navas de Jadraque. Un buen ejemplo de pueblo en marcha, con ideas claras y realistas, es el de Las Navas de Jadraque, que acaba de ser estudiado y puesto en valor gracias a un libro que su actual alcalde, Eliseo Marigil de la Cal y su grupo de colaboradores, ha sacado adelante gracias al patrocinio de la Diputación Provincial, atenta siempre a la voz de los pequeños pueblos. En ese libro, de apenas el centenar de páginas, Marigil ha estudiado y condensado el devenir de la localidad, que apenas ha tenido párrafos propios en el gran libro de la Historia, pero que ha sabido mantener pura, limpia y bien presentada la esencia de su urbanismo rural, de su arquitectura popular, de sus esencias más íntimas (la vieja escuela, los hornos, las cocinas de pueblo, las cortes, los recuerdos mineros…)

Es este dedicado a Las Navas de Jadraque un libro eminentemente gráfico, con la presencia de buen número de ejemplares de esa “arquitectura dorada” que surgen en el pueblo mismo (el Museo, el horno, la fragua, el Ayuntamiento en las viejas escuelas).

Como novedad, aparece por primera vez fotografiada la pila bautismal de su iglesia, que según se afirma en el libro nunca había sido considerada en ningún catálogo del románico provincial. Primicia pues, aunque no puede decirse que sea excepcional. La gran copa semiesférica, levantada sobre pie, ve su superficie tallada por regulares gallones que surgen de una amplia cenefa de la que salen tarjetas semicirculares.
Aún lucen con su aire plenamente salvaje y valiente los puentes rústicos sobre los arroyos del barranco del Chaparral y del río Cristóbal. Siempre con el telón de fondo del Santo Alto Rey, cuya ermita fue durante siglos el referente de la piedad campestre de este pueblo.

Dos. Veinticinco hombres buenos. Y también alguna mujer. Son esos los autores del libro “Serranía de Guadalajara”. Que van a a ser homenajeados con el título de “Serranos del Año” por trabajar como autores, coautores, colaboradores y cohechores de ese otro libro que está abriendo telones y desvelando historias increíbles, el de “Serranía de Guadalajara… Despoblados, expropiados, abandonados…” calificativos que pueden dárseles, entre otros, y por ese orden, a La Vereda, Umbralejo o Matas. Pero que de un modo u otro califican a otros 17 pueblos más del entorno de esta Sierra Norte en la que los últimos cincuenta años han visto la desaparición de muchos más pueblos.
Tras un prólogo de José Antonio Ranz Yubero, y delante de un epílogo de Francisco García Marquina, un total de veinte pueblos desfilan analizados al límite: desde Alcorlo a Villacadima, y de cada uno de ellos su breve historia, la descripción de lo que fue y de lo que queda, los planos, las fotos, las romerías, los grupos, las casas y las fiestas… más un reportaje de media hora (“Los pueblos del silencio”) tallado por Agustín Esteban y José Miguel Sánchez sobre el ancho mapa de una tierra de silencio y olvidos.
Este libro, que ha sido pensado, coordinado,y puesto en pie gracias al tesón del doctor Alonso Gordo, con el apoyo de la directiva de la Asociación, se erige este año en protagonista de este Día de la Sierra, clavado su cartel y sus palabras en la plaza mayor de Atienza. En cualquiera de ellas. Bajo su castillo. Sobre la memoria de un latido que aún resuena.

Tres. Oscuras habitaciones. Coincidiendo con este XIV Día de la Sierra, a la que debemos dar cuanto podamos en orden a promoción, a vida, a comunicaciones y desarrollo, me satisface poder aportar en estos días un cartel que le abre nuevas posibilidades de entretenimiento, de atracción turística, de acicate para el viaje y la sorpresa. Tras varios años de trabajo, he conseguido ver editado un libro que reúne el catálogo de las Cuevas Eremíticas de la provincia de Guadalajara, todas ellas radicadas en torno a cuatro grandes centros de poder y espiritualidad. Uno de ellos (aunque hoy incluido en provincia vecina) es la ciudad que fue arévaca, romana y visigoda de Termancia, eje indudable de la vida en torno a la Sierra de Pela, alta y descarnada cumbre que media entre las actuales tierras de Soria y Guadalajara.

Esas cuevas, que aparecen desperdigadas por los altos valles, y las brañas espesas, me han servido de entretenimiento muchas jornadas, y de ellas he aprendido bastante. Han servido, también, para fraguar las amistades viejas en términos sencillos. Por eso recuerdo aquí una de esas cuevas (un ejemplo entre muchas) la de Peñagorda, en término de Ujados, al pie de su gran Muela prehistórica: mi amigo serrano José María Alonso Noguerales indica las entradas, que tras siglos de erosión han quedado en alto, aunque practicables. Solitarios ancestros tuvieron en ellas su habitación, su oratorio, y su sepultura.

Cuatro. Atienza al fin. Como es de razón, hay que decir aquí alguna frase sobre Atienza, que este año va a ser la anfitriona de este XIV Día de la Sierra. Al principio de un otoño que nos traerá la idea de ese ciclo eterno de las estaciones, de los meses laboriosos, de las redondas esencias de los capiteles tallados en sus viejas iglesias románicas. De allí, otro detalle recóndito que cabe rescatar ahora: el caballo empotrado en la torre de la iglesia de Santa María del Rey. En la basamenta del tercer cuerpo de esa torre, aparecen entre los lisos sillares del muro un par de piedras talladas, probablemente rescatadas de la parte inferior del templo, en su origen románico, pero restaurado y ampliado en siglos posteriores de bonanza económica. Formando parte de alguna imposta horizontal, había un par de figuras que alguien con buen criterio salvó. Representan una escena de pastoreo, propia de aquellas épocas de la plena Edad Media: un hombre de amplios faldones, que en su mano lleva una vara de arreos, y en la siniestra alza una trompa o tuba con la que lanzar el llamamiento de recogida al ganado. A su lado, y sin cabeza, un cuadrúpedo se ve correteando ¿una vaca? ¿un caballo? ¿quizás una cabra o carnero? Un flash del siglo XIII que nos ha llegado, apenas visible, intacto y parlante.

De Atienza podrían decirse muchas cosas, porque en cada rincón hay un recuerdo histórico, y en cada templo (no digamos ya en sus varios museos) docenas de expresiones artísticas, populares, paleontológicas. Siempre cunde su pasear en cuesta, rodar la vista en plenitud sobre las galerías y las arcadas de su Plaza del Trigo, y evocar el trote de sus cofrades de la Trinidad, de los reyes de Castilla atravesando el Arco de Arrebatacapas, o la sonora algarabía de los recueros al llegar a casa tras largas jornadas de marcha por los caminos de Castilla.

Guadalajara en el cine

Guadalajara en el cine

La semana pasada, y en los locales de Multicines de Guadalajara, se presentó un libro que considero esencial para saber de nuestro pasado cultural, y de cómo el arte del siglo XX por excelencia ha dado visibilidad a nuestra tierra, y la ha puesto en dimensión de futuro. Nombres como el de Javier Solano, a la pluma, y Fernando Benito, a la acuarela, han sido artífices de esta obra.

En el título se revela la intención última de la obra: “Rodando en Guadalajara”. Así, en gerundio. Lo que supone una acción en desarrollo. Una dinámica histórica, un acontecer cotidiano y permanente. No es que Guadalajara sea un plató permanente, pero sí que ha visto recalar numerosos e importantes nombres del arte cinematográfico, como guionistas, actores y directores, siendo protagonistas nuestros paisajes de grandes superproducciones o de íntimas escenas.

Muy bien editado por Nueva Alcarria, con la maquetación profesional de Laura Domínguez, y el patrocinio de Ayuntamiento y Diputación, el pasar las hojas, mirar las estampas y leer las anécdotas que este libro ofrece tiene un marchamo de excelencia y la seguridad de hacernos pasar un buen rato.

Por resumir un tanto la cantidad enorme de datos que aporta, conviene recordar en un principio que fue en 1897, y en el Teatro Principal de la ciudad, cuando se hizo la primera proyección cinematográfica pública en Guadalajara. A partir de ahí, el incesante arribo de presencias cinéfilas no ha cesado. Por ejemplo, el Cine Club de la Generación del 27, obra del polifacético Ernesto Giménez Caballero, recaló en Pastrana, y más concretamente en la plaza de la Fuente de los Cuatro Caños, un día de ese año, para filmar la fuente e incluirla en un documental sobre Castilla, con el que se pretendía fomentar el interés por el nuevo arte que surgía.

La Guerra Civil de 1936-39 fue también una fuente de filmaciones, especialmente desde el bando republicano, que tuvo una delegación de cine militante a través del Estado Mayor Central. Ellos se encargaron de producir, entre otros cortos, y a través de Film Popular, el de “La No Intervención” para denunciar la presencia de tropas fascistas italianas en la batalla de Guadalajara de marzo de 1937. Aunque luego fueron los servicios de propaganda de la Rusia soviética los que se encargaron de hacer películas también por esta zona de la Alcarria, montando otro largometraje, “Ispania”, de Boris Makaseyev a través de Mosfilm, en el que se acusaba de la intervención del fascismo europeo en esta guerra, cuando ya había terminado con la victoria de Franco.

Las grandes superproducciones aterrizan junto a la capital, en Iriépal y Taracena más concretamente, en 1959. El “Espartaco” de Stanley Kubrick es pormenorizadamente descrito y estudiado por Solano, añadiendo una curiosísima anécdota en la que los protagonistas son algunos vecinos y vecinas de Taracena, que fueron fotografiados por el propio Kubrick mientas contemplaban el rodaje.

El cine en Guadalajara está protagonizado por una persona y un título, sin discusión. Es “La Tía Tula” dirigida por Miguel Picazo, en 1963. Con la presencia de Aurora Bautista, y docenas de escenas por la ciudad, por sus pueblos del entorno, por el cementerio, por casas particulares del paseo de las Cruces… recuerdo aún, personalmente, haber sido testigo del rodaje de una escena en la casa de las hermanas Yagüe, en el número 7 del paseo de las Cruces, en aquel edificio para funcionarios municipales que estaba frente al Gobierno Civil. Todo era familiar e íntimo, pero el resultado fue espectacular, y Picazo obtuvo el reconocimiento internacional que a tanto esfuerzo correspondía.

Después, muchas otras películas han crecido en estas tierras. El libro de Javier Solano las desmenuza, en sus datos esenciales, y en los entresijos de su filmación. Por recordar algunas, de las más sonadas, y con presencia de directores y actores de primera fila, vayan aquí algunos nombres. 

“Con el viento solano” de Mario Camus se rodó en Cogolludo. “Una historia inmortal” de Orson Wells, se rodó en Brihuega. “Mi hija Hildegart” de Fernando Fernán-Gómez, se rodó en la vieja Cárcel de Mujeres de Guadalajara. Su otra obra “El viaje a ninguna parte” lo hizo en Palazuelos. Y la gran superproducción de “Las Troyanas” de Cacoyannis y la intervención estelar de Katerine Hepburn, se rodó –hace ahora justamente 50 años– en Atienza.

Todo han visto, y disfrutado con las escena de la calle mayor y las plazuelas adyacentes, más la solemne ambientación en casa de los Simón, en el palacio de los condes de Coruña del Jardinillo, “Hay que deshacer la casa” de José Luis García Sánchez, con la interpretación magistral de Amparo Rivelles y Amparo Soler Leal. Por Zaorejas y al Alto Tajo, Antonio del Real acompañado del autor de la novela “El río que nos lleva” se filmó esta obra que ligó tanto a José Luis Sampedro con Guadalajara. Las “Flores de Otro Mundo” de Icíar Bollaín se desarrolló en paisajes urbanos de Cantalojas, Villacadima, Condemios y Jadraque. Y el “Hable con ella” de Almodóvar hizo rodar las cámaras por las calles de Brihuega. También el inigualable Santiago Segura ha tenido predilección por nuestra tierra al rodar algunas de sus taquilleras producciones. Por ejemplo, la segunda de la saga de Torrente, “Misión en Marbella” tiene larga escena en la discoteca “Quattro” de Yunquera de Henares. Y aún en su desternillante “Padre no hay más que uno” no dejamos ver los escenarios de las Cruces, el Polideportivo San José, el Conservatorio de Música, y la iglesia de Cabanillas.

Todo han visto, y disfrutado con las escena de la calle mayor y las plazuelas adyacentes, más la solemne ambientación en casa de los Simón, en el palacio de los condes de Coruña del Jardinillo, “Hay que deshacer la casa” de José Luis García Sánchez, con la interpretación magistral de Amparo Rivelles y Amparo Soler Leal. Por Zaorejas y al Alto Tajo, Antonio del Real acompañado del autor de la novela “El río que nos lleva” se filmó esta obra que ligó tanto a José Luis Sampedro con Guadalajara. Las “Flores de Otro Mundo” de Icíar Bollaín se desarrolló en paisajes urbanos de Cantalojas, Villacadima, Condemios y Jadraque. Y el “Hable con ella” de Almodóvar hizo rodar las cámaras por las calles de Brihuega. También el inigualable Santiago Segura ha tenido predilección por nuestra tierra al rodar algunas de sus taquilleras producciones. Por ejemplo, la segunda de la saga de Torrente, “Misión en Marbella” tiene larga escena en la discoteca “Quattro” de Yunquera de Henares. Y aún en su desternillante “Padre no hay más que uno” no dejamos ver los escenarios de las Cruces, el Polideportivo San José, el Conservatorio de Música, y la iglesia de Cabanillas.

A todos estos instantes de luz y color en movimiento, pone fijeza y perspectiva Fernando Benito con sus acuarelas magistrales. Texto e ilustraciones conforman este libro como un goce auténtico, de información y de sorpresas visuales. 

En su última parte, ya con notas sueltas y comentarios esenciales, van apareciendo muchas escenas de películas menos conocidas, pero todas sorprendentes por sus localizaciones. Así por ejemplo, nos recuerda el autor la anécdota ocurrida en 1992, cuando para rodar John Glen su enorme reportaje sobre “Cristóbal Colón: el descubrimiento” se utilizó el salón del trono del parador de Sigüenza, y a Marlon Brando, ya muy mayor, participando en una sola escena, en la que ni siquiera tuvo que hablar, haciendo de terrible inquisidor a lo Torquemada. También el uso que Vicente Aranda hizo de Casa de Uceda en su “Amantes”, y el paseo de las cámaras por el Cubillo de Uceda para filmar “El espinazo del diablo” que estaba previsto haberse rodado frente al convento de San Francisco. Lugar donde, ya más recientemente, se ha establecido una especie de plató permanente para el rodaje de series televisivas, y que a muchos ha dado la idea de transformar aquel lugar, todavía hoy a medias ocupado, en un espacio dedicado a la filmación de películas, en una especia de alcarreña “CineCittá” que podría darle mucha vida a nuestra ciudad.

La vida, indudablemente, se la da ahora este “Rodando en Guadalajara” con las investigaciones de Javier Solano sobre esta temática inédita, y las ilustraciones de Fernando Benito, que por fin se manifiesta como lo que es, un gigantesco artista que llega ahora, como a muchos pasa, al cénit de su actividad cuando de su trabajo habitual ha sido jubilado.

Cuevas eremíticas en el arroyo Pajares

cueva del arroyo pajares en hiles

El estudio de las cuevas eremíticas de origen visigodo, que existen en número muy notable a lo largo y ancho de España, y también en la provincia de Guadalajara, está todavía por hacer. A la semana que viene sacaré a la pública consideración un libro en el que reúno y catalogo todas las que he encontrado en nuestra tierra, elaborando con ellas una teoría de las cuevas, una clasificación de las mismas, una distribución bajo la gobernanza de centros espirituales de envergadura.

Pero hoy quiero acentuar el interés en una de las más notables cuevas del norte provincial, absolutamente desconocida para el gran público. Entre otras razones, por lo difícil de su acceso. Se trata de la gran cueva eremítica del Arroyo Pajares, en término de Hijes. Y ya de paso, comento y conecto con las otras cuevas que en aquel recóndito paraje del arroyo Pajares se pueden ver.

En el término de Hijes

A Hijes, que se acurruca bajo la gran mole de la Muela de Ujados, antiquísimo castro celtibérico, se llega fácilmente por la carretera CM-110 que parte de Atienza hacia Ayllón, y luego tomando a la derecha la lateral GU-145. Es un pueblo atractivo, aunque ya muy modificado en sus construcciones populares, si bien destaca su iglesia románica con profusa decoración y clásicas formas. Desde la villa puede bajarse por el arroyo Pajares que junto a ella pasa, lamiendo casi los muros del ábside parroquial. Y llegar a esta cueva que considero fundamental y paradigmática en el conjunto de la edilicia rupestre serrana.

La Cueva del Arroyo Pajares de Hijes

Se abre (aunque ahora en verano tapada por las masas arbóreas que escoltan al arroyo) en la margen izquierda del Pajares, tallada sobre la roca arenisca tan común en el entorno. La cueva tiene un fácil acceso desde el suelo de la margen izquierda del arroyo, y en su frente se observan, a más del gran orificio de entrada, numerosas marcas talladas que, a modo de mechinales, debieron servir para instalar el techo y paredes –de madera y ramas–  que servirían como vivienda habitual del eremita/s ocupantes. El interior, de cómodo acceso, amplio, aunque bajo de techo (1,60 m. solamente) ofrece una tumba excavada en la roca de su pared oriental, así como un par de nichos en alacena, y un pequeño altar. Añade en sus muros una serie de excavaciones, pequeñas hornacinas, o columbarios, que serían alojamiento de reliquias. Tras su análisis, Daza Pardo (2007) interpreta que esta cueva debió servir de laura de algún eremita, que sería enterrado a su muerte en esta cueva funeraria. Se constituye así, esta del arroyo Pajares, en un modelo muy evidente del uso vital y ritual de estas cavidades.

Destaco, porque lo vi en esta andanza, que a escasos metros a poniente de la cueva y en la orilla derecha del valle, hay un espacio muy antropomorfizado, con una superficie de roca arenisca en la que se ven tallados regueros, líneas anchas, rodales diversos, a cuyo entorno se le conoce como “el Villarejo”. No cabe duda de que ahí hubo población, más o menos amplia, seguramente un grupo escaso de habitáculos, en época altomedieval. 

Cuevas de los Arroyos

Estas en la orilla izquierda del arroyo de La Huelga, que baja desde Ujados, y un poco a occidente de la anterior, se ven talladas dos amplias aberturas, a metro y medio del suelo, con muy difícil acceso, sin que haya podido visitar su interior, aunque con los medios técnicos suficientes he podido fotografiar ese espacio interno, que es apenas de 4 metros cuadrados, con muros finamente tallados uniformemente. Va una foto de este espacio junto a estas líneas.

Estas cuevas de los Arroyos estarían, en su origen, a nivel de suelo, pero con el paso de los siglos han quedado elevadas ese metro y medio sobre la actual pradera. Lo que ha ocurrido, según me hacía ver con su sabiduría campestre tan arraigada, mi amigo José María Alonso Noguerales, que fue quien me guió hasta ellas, es que el pavimento del valle ha ido descendiendo. Según ocurre habitualmente en estas zonas (él lo ha podido comprobar a lo largo de su vida) el terreno pierde aproximadamente un milímetro cada año, por la erosión de las aguas. Lo que supone que en quince siglos, ha perdido esos 1,5 metros a los que ahora vemos elevadas sus bocas.

En el término de Ujados

Hace unas semanas referí lo visto y hallado en Ujados, a propósito de sus cuevas, que son varias, superinteresantes, y todas ellas en el costado norte (por tanto, con las bocas abiertas al luminoso sur) del arroyo de La Huelga. Se complementan en origen y funciones con las de Hijes, de que antes he hablado, y las de Miedes, que ahora expongo.

En el término de Miedes

Si seguimos bajando por el arroyo Pajares, en su costado norte, y con las bocas abiertas al sur, aparecen algunas otras pequeñas cuevas. No obstante, hay dos espectaculares que deben ser aquí mencionadas. Una es la Cueva y Santuario de Santa María de la Puente (Coordenadas: N 41º 13´49”  /  O 2º 57´39”), y otra la Cueva del Espinarejo (Coordenadas: N 41º 13´56”  /  O 2º 57´26”) esta ya sobre el arroyo de la Respenda.

Cueva y Santuario de Santa María de la Puente

Junto a la ermita (perfectamente conservada, edificio del siglo XVIII) de Santa María de la Puente, en el extremo meridional del término municipal, con vistas sobre el arroyo Pajares, se ven los restos de un antiguo poblado, que surgió, posiblemente, en época neolítica, y que ha ido teniendo uso en épocas sucesivas, primero como breve castro, luego como centro religioso, y al fin como poblado medieval, siempre utilizado por su carácter estratégico y próximo al agua y los caminos.
En el costado de levante de la ermita, en la falda que escurre desde su altura, aparece un gran macizo de roca arenisca que ha sido tratado por el hombre de múltiples maneras. Por ejemplo, en su superficie, irregular, se aprecian tallas de la roca como para dar límites a espacios que estarían construidos. Y de la roca que sobresale, tallada de diversos modos, se vislumbran mechinales en lo alto, como si de ella hubieran dependido en su día construcciones de madera adheridas.

La cueva en sí tiene un gran acceso tallado por el costado sur, que da paso a un espacio que podríamos decir “redondo”, y en cuyo término se talla una especie de altar o escalón que permite ascender a una especie de patio que es a su vez atrio de otra roca tallada con bancos en la base, hornacinas a media altura, y, en todos los lugares, cruces talladas, como “de calvario” con bases triangulares sustentándolas.

El espacio es claramente ritual. Si hubo en su torno, en aquel cerro de la ermita, como todos los indicios hacen creer, un poblado medieval, con seguridad que se hizo sobre un asentamiento previo celtibérico, y también romano porque se han encontrado restos arqueológicos en el valle. 

Bajo el acceso a la ermita, existe otra cueva de boca muy estrecha, aunque se debe a su colmatación, y según dicen en el pueblo cruza toda la roca y comunica con una cripta de la ermita…

Es muy difícil datar con exactitud el lugar, puesto que solo quedan peñascos tallados, pero no cuesta trabajo creer que tuvieran su auge poblacional entre los siglos VI al IX de nuestra Era, pues en esos siglos de dominio visigodo, fueron muy abundantes los espacios poblados, con cuevas rituales y eremíticas en su entorno, por los altos valles de la Serranía de Atienza. El lugar es merecedor de atención, de señalización y de cuidados para que no se vandalice.

Cueva del Espinarejo

Se encuentra en un altozano, que vigila la confluencia de los arroyos Pajares (que viene desde Hijes) y Cañamares, que procede desde Miedes. Se accede desde la Casa Rural “El Molino del Serio”, que pertenece al municipio de Cañamares. Es un espacio grande, de 4 x 6 metros, con boca practicable de un metro de ancho, orientada al Sur. La puerta se cerraba con maderas, y en su interior puede verse a la izquierda de la entrada una tumba excavada, de aspecto antropomorfo, rematada en un arco semicircular. El tallado de la cueva intentó emular cubiertas abovedadas, y destaca el retallado muy fino de sus paredes, al objeto de ser encalado el interior, aunque de esa cal ya no queda nada. Se trata, sin duda, de un típico habitáculo de eremita de época visigoda.De esta forma queda referida y descrita la gran Cueva del Arroyo Pajares de Hijes, y animo a mis lectores a visitarla. Sus coordenadas exactas serían N 40º 26’ 46”  /  O 3º 42’ 36”. Aquí dejo el dato, por si alguien se anima a visitarla.

Una vuelta por Yebes

Bosque de Valdenazar

Cuando se van a cumplir los 40 años del descubrimiento del Asteroide Yebes, un cuerpo celeste que fue descubierto desde los telescopios del Observatorio Astronómico Nacional, en nuestro alcarreño entorno, en la altura limpia y transparente de Yebes, aprovecho a recordar la existencia y méritos de este pueblo tan singular.

En Yebes se conjugan varias circunstancias para hacer de esa villa un enclave sorpresa: de una parte, su situación en plena Alcarria, en ese territorio medio llanura medio barranco, que le confiere las características inconfundibles de esta comarca. De otra, la historia mínima en la que aparecen como brillantes sorpresas datos relativos a su señorío por banqueros genoveses, la jurisdicción sobre un terreno (el coto de Alcohete) en el que hubo antiguamente dos pueblos; de otra aún, la presencia junto al caserío del Observatorio Astronómico Nacional, que allí se instaló precisamente por la limpieza de su aire en las noches claras. Y aún finalmente la circunstancia de haber sido uno de los municipios que más han crecido, en construcciones y en habitantes, durante estos últimos años, por la presencia en su término de una de las poquísimas estaciones de A.V.E. que existen en España (la única en nuestra provincia) y que le sitúa en la punta de las comunicaciones modernas.

Historia antigua

Yebes existe desde la remota prehistoria. Se han  encontrado huellas de pueblos primitivos en un cerro que otea los valles de los arroyos que caminan desde el altiplano alcarreño hacia el valle del Tajuña. En el yacimiento “El Castillo”, un alto castro de más de 3.000 años de antigüedad, el arqueólogo Fernández-Galiano encontró en 1978 importantes restos ibéricos y monedas romanas, y por el término se han hallado luego otros dos espacios, el “Cerro de la Cabeza” y el “Cerro de las Tumbas” con restos de tipo altomedieval.

La existencia del pueblo, se concreta en la Edad Media plena, cuando se produce la repoblación del reino castellano hacia territorios medievales ocupados por los árabes durante los siglos anteriores.

A propósito de esos tiempos, tenemos la oportunidad de elucubrar sobre el nombre del pueblo: este Yebes (hay por la Alcarria otros parecidos, como Yebra, Yela y Yélamos) es expresión procedente del árabe que significa fuente, manantial, lugar con manantiales. Así lo decían las antiguas Relaciones del Cardenal Lorenzana: “A la orilla de este pueblo nacen varias fuentes, cuias aguas son en bastante abundancia y en buena calidad”, teniendo el nivel freático a suficiente altura para que por todas partes, y más en otoños de muchas lluvias, salga el agua por cualquier agujero.

El nombre tal como hoy le usamos aparece ya en el siglo XII, y menciona a Yebes como una aldea del común de Guadalajara, en su sesmo de la Alcarria.

El señorío de Yebes

Tras pertenecer administrativamente muchos siglos al común de Guadalajara, y ser señorío real exclusivamente, llegaron los siglos (en los que de algún continuamos, especialmente desde el punto de vista financiero) en que los enormes endeudamientos de la Hacienda Real por gastar más de lo que se ingresaba, tuvo que ingeniárselas para sacar dinero de donde fuera: una de las mejores formas fue la de desposeer de pueblos a anteriores propietarios (Órdenes Militares, órdenes religiosas y clero) y ponerle un valor al señorío de las villas y aldeas reales para poder vendérselas a los acreedores.

Desde la época del rey Carlos I hasta finales del siglo XVII, todos los monarcas de la casa de Habsburgo se implicaron en guerras que les supusieron acudir de continuo a los banqueros genoveses. De los muchos que hubo (eran lo que ahora se llaman “los mercados” pero que en realidad eran personas de carne y hueso que primero prestaban dinero y luego te retorcían la muñeca por la espalda hasta hacerte gritar) especialmente los genoveses se alzaron como principales acreedores del Estado español.

De ahí que tanto Felipe III como Felipe IV fueran vendiéndoles lugares de Castilla a diversas familias para pagar sus deudas: aquí aparecieron los Spínola, los Grimaldi, los Strata, los Bocanegra y los Imbrea. Muchos otros, que cayeron como buitres sobre la península ibérica. Y una de estas familias, los Imbrea, originarios de la Liguria (donde hay un pueblo así llamado) pero con palacio en Génova, se hicieron con el señorío de Yebes, alcanzando pronto la nominación aristocrática con la creación del título de “Conde de Yebes” que lo fueron usando por generaciones y aún hoy se mantiene en las “naturales” herederos de aquella grandeza financiera, los Figueroa y Torres.

Esa unión, de memorias solamente, entre Yebes y Génova, entre la Alcarria y la Liguria, debería ser destacada de algún modo, como ya lo hace el libro que hace unos escribió Aurelio García López sobre Yebes merecidamente y con todo detalle.

Alcohete

La obra que escribe el historiador Aurelio García López ofrece la visión evolutiva de otro de los espacios que hoy conforman Yebes: lo que fue durante siglos el coto de Alcohete, en el “Monte de la Alcarria” y que ha pasado a ser ocupado prácticamente al completo por la nueva Ciudad Valdeluz junto a la estación del Tren de Alta Velocidad.

Ese término que primero fue del común de Guadalajara, y en el que asentaron dos pueblecitos (Alcohete y Valverde), de los que se sabe que tuvieron su templo parroquial, y una mediana conjunción de casas, fue añadido al término de Yebes cuando este se formó tras la Constitución de Cádiz. Allí existió, desde muchos siglos antes, gran caserío que fue primero de los Pecha, luego por estos cedido a los monjes jerónimos de San Bartolomé de Lupiana, que allí pusieron granja y lugar de retiro, y más tarde aún a los Desmiassières (la gran señora, doña Diega, que levantó el Panteón para sus progenitores, y para ella, en lo alto de nuestra ciudad) y de la que por morir soltera y sin testamento pasó finalmente a los Figueroa y Torres, condes de Romanones, de una parte, y a los Valdés, marqueses de Casa Valdés, de otra.

Pero el territorio de las viejas casas del poblado se utilizaron desde principios del siglo XX para otros menesteres, tras su construcción y reconstrucción en diversas épocas: como Sanatorio antituberculoso, y como Centro de internamiento psiquiátrico, en lo que hoy continúa. La granja de los jerónimos ha terminando siendo restaurante y lugar social del nuevo Campo de Golf de Valdeluz, y el resto del chaparral, una vez roturado, se ha transformado en una ciudad luminosa, amplia y moderna en la que cada vez más gentes se están animando a vivir, porque es realmente un buen sitio para hacerlo: vivir y convivir, esencia de lo humano.

Yebes, de los orígenes a la modernidad

El libro que antes he mencionado, se titula “Yebes, de los orígenes a la modernidad” y fue escrito por Aurelio García López, quien dedicó largas jornadas de consultas en archivos y bibliografías para componer la historia total y meticulosa de este enclave. Se presentó en el Centro de la Asociación de la Prensa de Guadalajara, y forma como nº 85 en la Colección “Tierra de Guadalajara” de la editorial AACHE, tiene más de 300 páginas y muchas imágenes en color por su interior distribuidas. 

Pero lo esencial es la información que contiene, en la que surgen datos de relevancia como la aportación de datos para hacer de Yebes la patria del descubridor de las fuentes del río Nilo, el jesuita Pedro Páez Jaramillo; o la revelación muy detallada de cómo en el lugar de Alcohete se montó el búnker principal de la IV División del Ejército de la República, que albergó sesiones de generales como Mera, Casado y el presidente del gobierno, Negrín, allí retirados en los últimos días de la contienda. Conservado intacto, hoy está sellado para evitar deterioros; o incluso los sucesivos dueños de Alcohete, desde los Pecha hasta los Desmaissières y los Romanones, y el paso de la galiana principal de la Mesta, desde Soria a Andalucía, por allí en medio.

Yebes, en su secular aislamiento, es hoy para quien lo mire a través de las páginas de este libro un verdadero cofre de sorpresas. Quizás lustrado por la buena presencia de Valdeluz, avalorado por la firmeza científica de su Observatorio Astronómico, y mantenido por quienes han sabido preservar tradiciones y espacios en el pueblo, que hoy está cuidado y limpio como la patena.

Guadalajara, a día de ayer

guadalajara a dia de ayer plaza mayor

Un visitante equis llega a Guadalajara. A pie. Y escribe de lo que ve. Yo hago, en este artículo, de visitante equis que llega en tren y recorre a pie la ciudad. Hace años. Pero como en esta ciudad nada cambia, apenas, la descripción vale para el día de hoy.

Guadalajara está en cuesta toda ella, es una ciudad de altos rumbos, y sobre todo si se llega en tren, que es como hay que llegar a las ciudades, desde el siglo XIX, o se llega andando, que es como se llegó siempre, el acceso a la ciudad es todo en cuesta, siempre subiendo.

Primero se cruza sobre el río Henares, que es un río escaso y medio escondido entre cañas, arbustos, matorrales y arboledas que parecen encubrirle a la mirada del viajero que llega. El paso se hace sobre un puente antiguo, poderoso, con aires romanos o moros. Me dicen que se construyó, tal como hoy lo vemos, en la época del califato cordobés de los Omeya, cuando reinaba allá (y acá, que era tierra también suya) Abderrahmán III.

Sigo subiendo por una larga acera entre rampas de piedra, y al final accedo a un plazal irregular, extrañamente dispuesto con fuentes secas, arboledas en línea, y algunos bancos, que tiene por dominante silueta la del palacio de los duques del Infantado (los antiguos, no los de ahora, que esos viven fuera de la ciudad). Ese palacio, con su fachada solemne de piedra dorada y clavos prendidos entre balcones y miradores, fue una de las joyas del arte isabelino: lo construyó en 1490 don Iñigo López de Mendoza, el segundo duque del Infantado, y dirigió las obras un arquitecto bretón al que llamaban Juan Guas. La verdad es que les quedó precioso: sobre la puerta luce un escudo redondo, solemne, prolijo de emblemas, sostenido por dos salvajes peludos, como hércules dominantes y amenazadores.

Un señor ya mayor al que he parado en la plaza que costea el palacio, me cuenta que aquí vivieron los Mendoza, no juntos, sino uno detrás de otro, y que durante siglos fueron poderosos, solemnes y llenaron la ciudad de palacios, de fiestas, de música y procesiones. El fraile o cardenal togado que exhibe un báculo cruciforme frente a la fachada, se llamó don Pedro González de Mendoza, y al parecer llegó a ser “tercer rey de España” cuando fue gobernada por dos reyes de verdad al mismo tiempo, cosa nunca vista: uno era varón, don Fernando de Aragón, y otro era hembra, doña Isabel de Castilla. El fraile poderoso, que había nacido en Guadalajara, mandaba tanto como ellos, y llegó a ser cardenal de tres títulos, y si se descuida le nombran Papa.

Aquí aparece una placa en un muro que dice que esta es la Plaza de España. Al parecer, llevó muchos otros nombres antes (de la Fábrica, del Conde, de los Caídos en la Guerra Civil) y seguro que este de ahora no será el último nombre que lleve. En España son muy aficionados a cambiarle el nombre a las calles, y a las plazas, lo cual sin duda es más entretenido que lo que hacen los americanos, que las dan un número, y así para siempre.

Esta ciudad, a lo que veo, está en cuesta permanente. Desde el río que vengo subiendo, no se para de ascender. Ahora me enfrento a la Calle Mayor, estrecha y con comercios a los lados. Me dicen que a la izquierda hay un interesante templo, de monjas clarisas, al que hoy llaman Santiago, de arte gótico mudéjar, y que cien metros más adelante está el palacio de don Antonio de Mendoza, un solterón valiente que entretuvo sus años jóvenes en guerras (cuando lo de Granada) y los viejos en rezos y beatitudes: llegó a levantar un estupendo palacio, cuajado de capiteles, portadas talladas, y grandes escudos, aunque dentro se pasaba mucho frío, porque esta tierra es castellana y tiene un aire famoso del que dicen que no apaga un candil pero mata a un hombre.

Llego a la plaza mayor, y en ella me sorprende un edificio (el más visible, al que la mirada va como en imán irresistible) cubierto de andamios, revestido de telajes rotos, junto a otro solar en el que han crecido arbolotes tras unas tapias cubiertas de grafitis. Tiene, eso sí, un más que cumplido edificio de Ayuntamiento, blanco y rosa, con aires de tarta nupcial, en el que se reúnen los munícipes (alcalde y concejales) casi a diario, para decidir en qué se gastan el dinero que les cobran a los habitantes a modo de impuestos.

Me dice una señora de buen ver y acicalado visaje que siga por derecho la calle, que no se me ocurra desviarme por los callejones laterales, porque solo voy a encontrar ruinas, solares vacíos, muros cuajados de pintadas obscenas y ni un solo bar… “aquí no hay nada, mire Ud., aquí hay que hacer las maletas cuanto antes, irse a Alcalá, o a Madrid, o a Azuqueca aunque sea… qué lástima, con lo que fue Guadalajara en sus buenos tiempos…!”

No termino de creerme lo que dice Aurora no sé qué. Porque subo y veo la plaza a la que dicen el Jardinillo, con una fachada barroca (la de los jesuitas antes y que ahora llaman San Nicolás) y entro al templo y me maravillo de su buen estado, de su gran retablo churrigueresco, y sobre todo de ese enterramiento prodigioso de don Rodrigo de Campuzano, guerrero y severo, armado de su cota de malla, con un espadón sobre el pecho y un doncel micro a sus pies, llorando. Que por algo sería.

En la calle mayor alta aún se ve animación: hay un Casino, muy transitado, y hay loterías, joyerías, pañerías, bombonerías, librerías y una tienda donde venden (qué extraño mercado este) números de teléfono y tarjetitas que los llevan. Al final termino en el plazal más ancho de los hasta ahora vistos: le dicen el campo de santo Domingo, y fue antiguamente sede del mercado medieval, delante mismo de sus viejas murallas. En el extremo sur se alza un templo grande, de piedra blanca, con dos campaniles rústicos en lo alto: es San Ginés parroquia, pero fue antaño Santo Domingo convento, donde miraban libros y memoriales los inquisidores vestidos de blanco y negro.

Desde allí la ciudad se abre. Es la moderna, donde al parecer vive la gente, donde se pasea, donde se canta, donde se abre la mirada. A la derecha, el bulevar de las Cruces, que es un bulevar antiguo, de casi dos siglos, y de los pocos que en España quedan así de cumplido. Algo que (espero) no pierda nunca esta ciudad, porque entonces sería ya, seguro, su muerte.

A la izquierda, una calle ancha a la que llaman “la carrera de San Francisco” y en la que cabalgaban los que tenían caballo y lucían arma y cincho para no pagar impuestos. Esto en tiempos antiguos, porque hoy solo se ven coches, camionetas y autobuses pintados de azul. Al frente, la Concordia. Un parque al que se le dio ese nombre hace 150 años porque se trataba de poner paz entre facciones enfrentadas. No se consiguió, es evidente. Pero al menos el parque mantuvo el nombre, como en esperanza perpetua de que algún día se consiga. A los sueños hay que alimentarlos con estas cosas, y perseguirlos siempre.

Siguiendo el paseo central, aunque atravesado, de este parque, se continúa por un paseo densamente arbolado. Subimos hasta la ermita de San Roque, el santo peregrino al que se aplaudía cuando salía en procesión mínima, el 16 de agosto, y los cofrades repartían panecillos y regalos a los niños. Ahora se ha transformado, el interior, en un templo de la ortodoxia cristiana, reservado para los rezos de rusos y rumanos, porque en Guadalajara hay muchos. Sin embargo, a la derecha de la ermitilla, como un galeón que surge del hondo océano, orgulloso y brillante, vemos el Panteón, de la duquesa de la Vega del Pozo, de la duquesa de Sevillano, de la marquesa de los Llanos de Alguazas, doña María Diega Desmaissières, la mujer más rica de España, que a finales del siglo XIX encargó a Ricardo Velázquez Bosco, el arquitecto a sueldo de los más afortunados del país, este edificio y su conjunto anejo, una gloria del arte, de la profusión, del simbolismo. La señora, que por muy rica que fuera no pudo evitar morir soltera, sola y sin compromiso, en la habitación de un hotel de Burdeos, y sin testar, mandó hacer este conjunto que es lo último que debe admirar el visitante en Guadalajara: la fundación San Diego de Alcalá, con un complejo de edificios centrados por un espectacular claustro neorrománico, una iglesia de estética neomudéjar, y un panteón neolombardo, con templo de cruz griega rematado en bóveda de mosaicos, y una cripta en la que, llevada por ángeles de mármol, el féretro de la señora se quedó a medio camino entre su riqueza y la muerte eterna.

A Guadalajara se la puede ver luego, aún más arriba, desde el borde del cerro de San Cristóbal. Para llegar allí hay que conocerse bien el Monte Alcarria, y saberse sus caminos, pero la excursión merece la pena, porque desde la altura de sus mil metros bien oreados y luminosos siempre, se ve no solo la ciudad de Guadalajara como un alfombra, sino el valle entero del Henares, cuajado ahora de pueblecillos, de urbanizaciones, de fábricas y silos, con un fondo teatral de sierras nevadas (allí la Peñalara, el Ocejón, la Somosierra, el Santo Alto Rey, la Bodera, el Lobo…) que cumplen su cometido de poner límite, por el norte, a este gran espectáculo que es el valle del río Henares, al que cantó, entre otros muchos, Cervantes cuando dijo “En las riberas del famoso Henares, que al vuestro dorado Tajo, hermosísimas pastoras, da siempre fresco y agradable tributo,  fui yo nascida y criada”, poniendo el ditirambo en boca de la Galatea.

Bibliografía: Sobre la ciudad de Guadalajara, su historia, su patrimonio, sus costumbres y su significado hondo y permanente en la historia de España, hay que consultar algunos libros, aunque hay muchos más que de ella tratan. Los mejores son: Ortiz García, A.: “Historia de Guadalajara”, Aache Ediciones. Guadalajara, 2006. Layna Serrano, F,: “Historia de Guadalajara y sus Mendozas durante los siglos XV y XVI”. Cuatro grandes tomos. Guadalajara, 1994-1997. Equipo Paraninfo: “Guadalajara, ciudad abierta”, Aache Ediciones, 2005. Con ellos, y lo que se ve y se va viendo, tiene el viajero más que suficiente para saber de qué va esta ciudad, tan antigua y siempre tan acogedora.