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Otro Día de la Sierra

Después de la pandemia, se abren las puertas del campo, y se puede celebrar otra vez el Día de la Sierra, en el que desde hacía once años estábamos acostumbrados a participar. Este año será en Atienza (mañana sábado 16 de octubre) donde se alberguen las miradas limpias y los buenos propósitos, de cara a lanzar de nuevo esa idea de que nuestra Sierra de Guadalajara ha de crecer y no solo mantenerse.

La Asociación [Cultural] Serranía de Guadalajara, que abrió con clara visión el periodista Raúl Conde, le siguió Fidel Paredes con un entusiasmo digno de aplauso, y sigue ahora en vanguardia con la sabia manutención de Octavio Mínguez, celebrará mañana sábado su encuentro anual, entre bailes, premios y proclamas en torno a esta parte de nuestra provincia, que se mueve por seguir viva. Vayan aquí cuatro detalles pensados al hilo de tal celebración, que no me pienso perder por nada del mundo.

UnoLas Navas de Jadraque. Un buen ejemplo de pueblo en marcha, con ideas claras y realistas, es el de Las Navas de Jadraque, que acaba de ser estudiado y puesto en valor gracias a un libro que su actual alcalde, Eliseo Marigil de la Cal y su grupo de colaboradores, ha sacado adelante gracias al patrocinio de la Diputación Provincial, atenta siempre a la voz de los pequeños pueblos. En ese libro, de apenas el centenar de páginas, Marigil ha estudiado y condensado el devenir de la localidad, que apenas ha tenido párrafos propios en el gran libro de la Historia, pero que ha sabido mantener pura, limpia y bien presentada la esencia de su urbanismo rural, de su arquitectura popular, de sus esencias más íntimas (la vieja escuela, los hornos, las cocinas de pueblo, las cortes, los recuerdos mineros…)

Es este dedicado a Las Navas de Jadraque un libro eminentemente gráfico, con la presencia de buen número de ejemplares de esa “arquitectura dorada” que surgen en el pueblo mismo (el Museo, el horno, la fragua, el Ayuntamiento en las viejas escuelas).

Como novedad, aparece por primera vez fotografiada la pila bautismal de su iglesia, que según se afirma en el libro nunca había sido considerada en ningún catálogo del románico provincial. Primicia pues, aunque no puede decirse que sea excepcional. La gran copa semiesférica, levantada sobre pie, ve su superficie tallada por regulares gallones que surgen de una amplia cenefa de la que salen tarjetas semicirculares.
Aún lucen con su aire plenamente salvaje y valiente los puentes rústicos sobre los arroyos del barranco del Chaparral y del río Cristóbal. Siempre con el telón de fondo del Santo Alto Rey, cuya ermita fue durante siglos el referente de la piedad campestre de este pueblo.

Dos. Veinticinco hombres buenos. Y también alguna mujer. Son esos los autores del libro “Serranía de Guadalajara”. Que van a a ser homenajeados con el título de “Serranos del Año” por trabajar como autores, coautores, colaboradores y cohechores de ese otro libro que está abriendo telones y desvelando historias increíbles, el de “Serranía de Guadalajara… Despoblados, expropiados, abandonados…” calificativos que pueden dárseles, entre otros, y por ese orden, a La Vereda, Umbralejo o Matas. Pero que de un modo u otro califican a otros 17 pueblos más del entorno de esta Sierra Norte en la que los últimos cincuenta años han visto la desaparición de muchos más pueblos.
Tras un prólogo de José Antonio Ranz Yubero, y delante de un epílogo de Francisco García Marquina, un total de veinte pueblos desfilan analizados al límite: desde Alcorlo a Villacadima, y de cada uno de ellos su breve historia, la descripción de lo que fue y de lo que queda, los planos, las fotos, las romerías, los grupos, las casas y las fiestas… más un reportaje de media hora (“Los pueblos del silencio”) tallado por Agustín Esteban y José Miguel Sánchez sobre el ancho mapa de una tierra de silencio y olvidos.
Este libro, que ha sido pensado, coordinado,y puesto en pie gracias al tesón del doctor Alonso Gordo, con el apoyo de la directiva de la Asociación, se erige este año en protagonista de este Día de la Sierra, clavado su cartel y sus palabras en la plaza mayor de Atienza. En cualquiera de ellas. Bajo su castillo. Sobre la memoria de un latido que aún resuena.

Tres. Oscuras habitaciones. Coincidiendo con este XIV Día de la Sierra, a la que debemos dar cuanto podamos en orden a promoción, a vida, a comunicaciones y desarrollo, me satisface poder aportar en estos días un cartel que le abre nuevas posibilidades de entretenimiento, de atracción turística, de acicate para el viaje y la sorpresa. Tras varios años de trabajo, he conseguido ver editado un libro que reúne el catálogo de las Cuevas Eremíticas de la provincia de Guadalajara, todas ellas radicadas en torno a cuatro grandes centros de poder y espiritualidad. Uno de ellos (aunque hoy incluido en provincia vecina) es la ciudad que fue arévaca, romana y visigoda de Termancia, eje indudable de la vida en torno a la Sierra de Pela, alta y descarnada cumbre que media entre las actuales tierras de Soria y Guadalajara.

Esas cuevas, que aparecen desperdigadas por los altos valles, y las brañas espesas, me han servido de entretenimiento muchas jornadas, y de ellas he aprendido bastante. Han servido, también, para fraguar las amistades viejas en términos sencillos. Por eso recuerdo aquí una de esas cuevas (un ejemplo entre muchas) la de Peñagorda, en término de Ujados, al pie de su gran Muela prehistórica: mi amigo serrano José María Alonso Noguerales indica las entradas, que tras siglos de erosión han quedado en alto, aunque practicables. Solitarios ancestros tuvieron en ellas su habitación, su oratorio, y su sepultura.

Cuatro. Atienza al fin. Como es de razón, hay que decir aquí alguna frase sobre Atienza, que este año va a ser la anfitriona de este XIV Día de la Sierra. Al principio de un otoño que nos traerá la idea de ese ciclo eterno de las estaciones, de los meses laboriosos, de las redondas esencias de los capiteles tallados en sus viejas iglesias románicas. De allí, otro detalle recóndito que cabe rescatar ahora: el caballo empotrado en la torre de la iglesia de Santa María del Rey. En la basamenta del tercer cuerpo de esa torre, aparecen entre los lisos sillares del muro un par de piedras talladas, probablemente rescatadas de la parte inferior del templo, en su origen románico, pero restaurado y ampliado en siglos posteriores de bonanza económica. Formando parte de alguna imposta horizontal, había un par de figuras que alguien con buen criterio salvó. Representan una escena de pastoreo, propia de aquellas épocas de la plena Edad Media: un hombre de amplios faldones, que en su mano lleva una vara de arreos, y en la siniestra alza una trompa o tuba con la que lanzar el llamamiento de recogida al ganado. A su lado, y sin cabeza, un cuadrúpedo se ve correteando ¿una vaca? ¿un caballo? ¿quizás una cabra o carnero? Un flash del siglo XIII que nos ha llegado, apenas visible, intacto y parlante.

De Atienza podrían decirse muchas cosas, porque en cada rincón hay un recuerdo histórico, y en cada templo (no digamos ya en sus varios museos) docenas de expresiones artísticas, populares, paleontológicas. Siempre cunde su pasear en cuesta, rodar la vista en plenitud sobre las galerías y las arcadas de su Plaza del Trigo, y evocar el trote de sus cofrades de la Trinidad, de los reyes de Castilla atravesando el Arco de Arrebatacapas, o la sonora algarabía de los recueros al llegar a casa tras largas jornadas de marcha por los caminos de Castilla.

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