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Muchas propuestas, y todas esenciales

La fuente de los trece caños de Albalate

La fuente de los trece caños de Albalate

Acaba de celebrarse la Feria del Libro de Guadalajara. Y de cuantas novedades se han ofrecido, según me dicen uno de los libros que más se han vendido, ha sido el titulado “100 Propuestas Esenciales para conocer Guadalajara” que tuve el placer de escribir, acompañado en la firma por otros cincuenta amigos y amigas que conocen muy bien nuestra tierra. Con ese libro en la mano, ha habido ya unos cuantos viajeros, y grupos de aventureros, que han iniciado el metódico paseo por la provincia, a descubrir nuevos entornos, edificios olvidados, y paisajes espléndidos.

Fuentes …

En la tierra de Guadalajara encontramos fuentes que entusiasman, tanto por su construcción como, sobre todo, por su localización, por el entorno que crean. El silencio de la mañana roto por el sonido del agua que brota, la crudeza de las piedras calizas, y el rumor de las hojas de los álamos al chocar entre sí, transforman a veces un lugar tan simple como el valle del río Arlés en Fuentelencina en un espacio de epopeya: allí está la Fuente de la Vega, con cuatrocientos años, por lo menos, a sus espaldas, dejando fluir el agua de sus caños protegidos por rostros de leones.

Y en Albalate de Zorita están los severos caretos de unos personajes que también conceden el beneficio del agua a quien pasea cerca, en una fuente a la que llaman “de los trece caños” pero que al frente tiene solamente ocho bocas de húmedo empeño, la mitad hombres, la mitad leones. Su mecanismo interior, su elaborada reconducción y aprovechamiento de aguas, para la bebida y el regadío, es algo que solo puede proceder de una mente romana, como al parecer fueron quienes primeramente la construyeron hace muchos siglos.

Pero aún hay otras fuentes mágicas. Es una de ellas la de los Cuatro Caños, en Pastrana, de piedra bien tallada, con firma de autor (el arquitecto Tuy) en el siglo XVI, y con una pose de estrella de cine, en la que muchos se preguntan que significarán los mascarones que en su copa esférica escupen el agua sin parar. Esos cuatro mascarones han dado mucho que hablar, porque se les supone un significado que va más allá del oficio de conducir el agua. Uno de ellos presenta el rostro de un varón con bigote y barba (la ancianidad), otro el de una mujer de larga cabellera (el espíritu femenino), otro el de un joven con el pelo encrespado (la juventud) y otro de severa solemnidad (la edad adulta). Pudieran tener el sentido de marcar las cuatro etapas dela vida, o bien el de señalar los cuatro puntos cardinales. En cualquier caso, la forma semiesférica de la copa, y la esfera armilar con que se remata el conjunto, no parece dejar duda de que nos está diciendo la función añadida que la fuente tiene de recordar la esencia de la vida y la estructura regulada del mundo, como un mensaje explícito del poder de Dios sobre los hombres.

Y si nos adentramos por la Alcarria, y nos dirigimos a Solanillos del Extremo (muy cerquita de Cifuentes), vamos a encontrarnos con otra fuente de antología. La que llaman “la fuente del Pozo” a la que se llega desde la plaza mayor de la localidad. Bajando unas cuantas calles, en recodos, desde la plaza mayor, en dirección al barranco o camino de Cifuentes, se encuentra enseguida la “calle del Pozo” que lleva hasta ella. Vemos que se puede llegar en coche, aunque es conveniente y hasta relajante bajar andando desde la plaza: escolta el camino ancho y como ahora tiene fugas lo pone todo perdido de agua y verdines. La fuente es un enorme muro de piedra caliza muy bien tallada, con sillares perfectos, que el tiempo ha puesto grises. Un muro central nos muestra una especie de capilla por donde sale el agua, sumándose en lo alto de un ventanal, que le da airosidad. El agua se vierte a un pequeño pilón, del que corre a los dos lados, por medio de ancha conducción de piedra. Pero también deja escapar parte de su caudal al centro, quedándose en un enorme y cuadrado pilón donde beberían antaño las caballerías y las mujeres bajarían a lavar. Luego recibe, en su parte izquierda, el caudal más breve de otro manantial dulce, y finalmente las aguas por conductos subterráneos salen del entorno, atraviesan el camino, y se van hacia los huertos, a regarlos generosamente.

Más fuentes que nos llaman: la grande de la plaza de Pozancos, que parece haber sido tallada por un clérigo o arquitecto barroco salido de algún severo colegio diocesano. La fuente del Lavadero, que así la llaman, es muy curiosa y de estructura poco vista. En la calle principal de la villa, ante un enorme caserón y junto al lavadero, podremos echar un trago en esta curiosa fuente, que consta de un largo pilón rectangular del que emergen tres monolitos de piedra y de cada uno de ellos los caños. Toda entera tallada en la piedra arenisca intensamente rojiza de la zona.

Y si nos animamos a acudir hasta Budia, uno se entretendrá en hacer fotos, y admirar la gran fuente de l aplaza, que surgen de un muro que hace causa común con el Ayuntamiento. Esa fuente, de más de cuatro siglos de antigüedad, separa al edificio concejil (de arcos y arquitrabes, de capiteles renacentistas y rejas severa) de la Cárcel vieja donde (dicen) estuvo Camilo José Cela introducido a su conveniencia una noche de junio de 1946, cuando hizo a pie su “Viaje a la Alcarria”.

… Y Puentes

Si hubiera que elegir uno, como el más bello, de todos los puentes que tiene la provincial de Guadalajara, yo quizás me inclinaría por el de la Tagüenza, en término de Huertapelayo, en el Alto Tajo. Es ese un lugar que puede calificarse, sin duda, como uno de los más espectaculares de la provincia. No pasa carretera sobre él, solo camino, y la mejor forma de acceder a él es a pie, bien desde Huertahernando, lo cual es relativamente fácil y cómodo, aunque más largo, bien desde Huertapelayo, más corto pero más difícil. Era este un puente muy utilizado porque ponía en comunicación a las gentes del Señorío de Molina con las de la serranía del Ducado. Se encuentra asentado sobre unas altas y verticales rocas, y sus cimientos son a ambos lados la misma piedra, que el agua en el trascurso de los siglos ha ido afilando para poder salir y seguir su curso. Construido desde hace siglos, primero en madera, y luego en piedra, fue volado en la Guerra Civil de 1936-39, siendo restaurado de nuevo al acabar la contienda, con el resultado que puede verse junto a estas líneas.

Otro de esos puentes mágicos, hermosos sin tacha, y misteriosos porque no llevan a ninguna parte, es el puente de Cerezo, sobre el río Henares. Es el puente que los pescadores del coto de truchas usan para para ponerse las botas y pescar con caña desde el pretil. Se llega por un camino cómodo y llano que atraviesa la vía del tren y baja hasta el río, donde se acaba. El puente se hizo a principios del siglo XX para dar comunicación a la Campiña con las tierras montuosas de la Alcarria. Pero luego no se continuó la carretera, y se quedó ahí, hermoso y grandioso, sin más uso que el de dejar paso a algún tractor y componer un paisaje idílico, porque cincuenta metros aguas arriba del puente se construyó un amplio azud para recoger las aguas del Henares y con ellas crear un canal estrecho que sirviera para dar fuerza a una Central Hidroeléctrica que se levantó aguas abajo. Hoy el azud está seco, y el caudal del río pasa entero por una estrecha compuerta creando ancha poza delante del puente. Este tiene siete ojos, de siete metros cada uno de ancho, con tajamares puntiagudos contra la corriente. Todo él de ladrillo sobre los pies de piedra caliza, con pretil de lo mismo, un tanto deteriorado, pero, sin duda, uno de los más bonitos puentes de todo el Henares. Para este cronista, el puente de Cerezo tiene además otra emoción aneja, la de haberlo visitado un día de primavera en muy buena compañía.

Otra de esas propuestas esenciales que a nadie debe escapar es el gran puente árabe de Guadalajara, el que cruza sobre las aguas del Henares en la capital provincial. El “puente árabe”, tiene ya sus holgados doce siglos de existencia, con ese pavimento cuidado y pétreo que vemos al asomarnos desde el pretil, y que nos evoca las riadas antiguas, aunque hoy son mejores sus risueños acordes de agua y pájaros que suben desde el centro y las orillas.

También debe ser admirado el gran puente de Trillo, sobre el Tajo, de un solo ojo, aparatoso y valiente, que fue esencia de la población desde la Edad Media (el “torrillo” que le dio nombre, era castillete que vigilaba el paso del puente) y que en la Guerra de la Independencia fue echado abajo por circunstancias estratégicas, a costa de los franceses, dejando paso a que en 1826 lo reparara el Estado por orden de su jefe, el rey Fernando VII, de quien dicen que es la frase que a su entrada se talló, y que aun hoy leemos: “Monumento eterno de heroismo de los españoles. De los paternales desvelos de S.M. y de la gloria de su trono”.

Y aún hago a mis lectores otra propuesta final, otra esencia de las que conforman el paisaje monumental de la provincia, aunque esté escondido, y muy pocos sepan de él. Se trata del “puente de Catrueña” en término de Fuentenovilla, sobre el cauce del río Tajuña. En las Relaciones Topográficas ya se alardeaba de él, y de los molinos en su proximidad, porque siempre fue espacio clave del cruce del cauce en este valle estrecho y transitado. En medio del principal de sus arcos, se alza entera una lápida de piedra caliza, grisácea y solemne, en la que aparecen talladas limpiamente en romanas letras esta larga frase, que le fecha y concreta: “Reinando Carlos III a los 28 años de su coronacion se fabrico este puente i casa venta con caudales del fondo publico de caminos i de los propios y arvitrios de la villa de Fuente-Novilla Año de 1786”. Hay que localizarlo en un mapa, parar adecuadamente el vehículo, y acercarse a verlo.

Y entre fuentes y puentes, hemos andado hoy el camino. Son propuestas que me atrevo a hacer a mis lectores. Propuestas de viajes y admiraciones. Hay muchas más, pero estas (y algunas otras, en torno al centenar) son las esenciales…

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