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Muchas propuestas, y todas esenciales

Acaba de celebrarse la Feria del Libro de Guadalajara. Y de cuantas novedades se han ofrecido, según me dicen uno de los libros que más se han vendido, ha sido el titulado “100 Propuestas Esenciales para conocer Guadalajara” que tuve el placer de escribir, acompañado en la firma por otros cincuenta amigos y amigas que conocen muy bien nuestra tierra. Con ese libro en la mano, ha habido ya unos cuantos viajeros, y grupos de aventureros, que han iniciado el metódico paseo por la provincia, a descubrir nuevos entornos, edificios olvidados, y paisajes espléndidos. Fuentes … En la tierra de Guadalajara encontramos fuentes que entusiasman, tanto por su construcción como, sobre todo, por su localización, por el entorno que crean. El silencio de la mañana roto por el sonido del agua que brota, la crudeza de las piedras calizas, y el rumor de las hojas de los álamos al chocar entre sí, transforman a veces un lugar tan simple como el valle del río Arlés en Fuentelencina en un espacio de epopeya: allí está la Fuente de la Vega, con cuatrocientos años, por lo menos, a sus espaldas, dejando fluir el agua de sus caños protegidos por rostros de leones. Y en Albalate de Zorita están los severos caretos de unos personajes que también conceden el beneficio del agua a quien pasea cerca, en una fuente a la que llaman “de los trece caños” pero que al frente tiene solamente ocho bocas de húmedo empeño, la mitad hombres, la mitad leones. Su mecanismo interior, su elaborada reconducción y aprovechamiento de aguas, para la bebida y el regadío, es algo que solo puede proceder de una mente romana, como al parecer fueron quienes primeramente la construyeron hace muchos siglos. Pero aún hay otras fuentes mágicas. Es una de ellas la de los Cuatro Caños, en Pastrana, de piedra bien tallada, con firma de autor (el arquitecto Tuy) en el siglo XVI, y con una pose de estrella de cine, en la que muchos se preguntan que significarán los mascarones que en su copa esférica escupen el agua sin parar. Esos cuatro mascarones han dado mucho que hablar, porque se les supone un significado que va más allá del oficio de conducir el agua. Uno de ellos presenta el rostro de un varón con bigote y barba (la ancianidad), otro el de una mujer de larga cabellera (el espíritu femenino), otro el […]

Rollos y picotas de nuestra tierra

Al llegar a muchos de los pueblos y villas de nuestra provincia y región, sorprende al viajero primerizo la existencia en sus plazas, o en sus alrededores, de unos curiosos monumentos que se alzan, enhiestos y provocativos, tallados en piedra, levantados sobre gradas, rodeados de arboledas o de coches aparcados si presiden una plaza, con un capitel en lo alto que ofrece talladas cabezas de leones, de monstruos o de humanos seres gritando. Son los elementos que prueban la capacidad que tuvo aquel lugar, aquel pueblo o villa, de administrarse justicia a sí mismos, entre sus propios vecinos. Unos aún le llaman rollo a ese monumento erigido. Otros le llaman picota. Significados y símbolos Aunque todos tenían la misma función, que era la conmemorativa, la señalizadora, la de decir el título de villa que le correspondía al pueblo que lo tenía, aún queda un sentido ambivalente para este tipo de monumentos. Y es el de su significado último. No se pondrán nunca de acuerdo los tratadistas, los historiadores, aquellos que solo saben lo que leen. La gente dejó vagar su imaginación más lejos: y pensaron que eran lugares donde los poderosos castigaban a los pobres, y una vez muertos, los colgaban por el cuello, dejándoles sacar la lengua hasta la barbilla, y que con el aire del atardecer se dedicaran, en frase clásica y estremecedora, a bendecir con los pies a la multitud. «Los rollos eran, en definitiva, símbolos de jurisdicción propia, un orgullo para los habitantes de la villa» Una cosa está clara: los rollos de piedra se colocaban, tras encargar su boceto y talla a algún escultor de más o menos prosapia, el mismo día que el delegado regio traía el documento de concesión de villazgo. O, sin no había dado tiempo a acabarlo, unos meses después. Pero al cumplir lo que la cancillería real ordenaba, y que era dar la vuelta al término, todos los vecinos juntos, leyendo las lindes, sus nombres antiguos, y poniendo las manos sobre los lugares donde se vendería el pan, la carne y los jabones; y diciendo quien sería a partir de ese día el alguacil, y los regidores, y el juez de paz, y el escribano, en ese día se decía donde se ponía el rollo, y lo que significaba: que este pueblo, que ahora es villa, tiene calidad de autogobierno en lo judicial, y que cualquier rencilla o acusación mutua […]