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Días de Fiesta y de Historia

 

El puente árabe sobre el Henares en Guadalajara

El puente árabe sobre el Henares en Guadalajara

Fiesta a tope, pero también momento en el que puede dedicarse un reposo para memorar esencias, tomar un par de notas con las que equilibrar música de charanga con rumor de vihuela, y saber algo, o volver a recordarlo, sobre la historia de esta ciudad, de sus gentes, de sus apellidos y de sus tallados mensajes.

Es Guadalajara una de las ciudades más significativas en la historia de Castilla y de España. Uno de esos nombres que a todos suenan, pero que todavía a muy pocos ha dado por visitar, por recorrer, por desmenuzar con la viveza de la mano o la mirada. En ese nombre, de resonancias árabes, se encierra la historia densa y medida de una ciudad, de un lugar que, sin grandes variaciones, ha sido ocupada a lo largo de muchos siglos por un grupo de seres que la han constituido, la han hecho entorno para la vida, para el amor y para la muerte: la han dado dimensión humana, que es el mejor piropo que a una ciudad puede darse.

El hecho de que la evolución de Guadalajara, en estos últimos siglos, haya sido regresiva, y en algunos momentos casi anulada en el orden económico, social y cultural por la cercanía de la gran urbe de Madrid, en todo anegadora, no significa que en tiempos pasados, su situación y su importancia la hicieran erigirse en uno de los puntos claves y dominantes de la política y el devenir socio‑económico de la Meseta Sur castellana. Para quien llega hoy, viajero, a la ciudad de Guadalajara, son estas líneas, casi telegráficas, que rememoran su historia y su andadura, larga y densa, de siglos. Líneas, dibujos, esquemas y datos que persiguen, en el oficio de una guía al uso, pero en la vocación de amistad y ayuda, explicar la historia, los elementos artísticos y las posibilidades que Guadalajara brinda al visitante, o a quien simplemente, desde cualquier supuesto, desea conocerla mejor.

Una remota fundación y unos lejanísimos primeros pobladores

El momento concreto del nacimiento de Guadalajara es desconocido, y se pierde ‑como dice el tópico‑ «en la noche de los tiempos». El pueblo de los carpetanos, que en numerosos y densos poblados ocupaba los valles meridionales de la Sierra Central, dedicados a la agricultura y el pastoreo, pusieron varios asientos en las orillas del río Henares. En un lugar llano, junto a un vado del río, se instaló la primitiva Arriaca, nombre que, en similitud al vasco, significa «piedra» ó «camino de piedras». Según el cronista Layna, que esta ciudad tuvo la suerte de contar con su sabia palabra, el viejo poblado estuvo situado sobre el valle, junto a la orilla del río, donde luego asentaría San Martín del Campo, entre Marchamalo y El Cañal.

La ocupación romana de la Península Ibérica, consumada tras dilatadas guerras, puede considerarse definitiva en el año 19 antes de Cristo. Si la Celtiberia, Cantabria y Vascongadas fueron las regiones de más dura resistencia, Carpetania no opuso dificultad seria a la romanización. La primitiva Arriaca, ocupada por una población autóctona progresivamente romanizada, siguió en su lugar, y junto al puente sobre el Henares, levantado en su origen por los romanos, surgió un puesto militar, luego ascendido a categoría poblacional.

Quedó Arriaca incluida en la gran vía o calzada romana de Mérida a Zaragoza: a medio camino entre Complutum (Alcalá de Henares) y Caesada (Espinosa de Henares) estaba Arriaca, la actual Guadalajara, ya por entonces un significativo punto fuerte de tan importante vía de comunicaciones.

Largos siglos de avatars vieron llegar a los árabes, que aquí tuvieron asiento y en la orilla izquierda del río pusieron atalaya, transformada luego, por los reyes castellanos desde principios del siglo XII, en alcázar fuerte, sede regia y eje de poderíos. En su torno, creció la muralla, llegaron las Ferias, asentaron las tres razas en armonía y pasaron los ejércitos de señores y monarcas en luchas permanents: la esencia de la ciudad, sin embargo, se fraguó en torno a las actividades de un burgo sencillo y creciente. Artesanos de lo más variado, letrados y pensadores, artistas del pincel y la gubia, músicos y gente del espectáculo. Todo en torno a la fama de los cacharros, siempre predominante en los arrabales bajos.

Los Mendoza

A partir de la Baja Edad Media, la vida de la ciudad estuvo marcada en gran manera por sus vecinos más poderosos, los Mendoza. Fue don Gonzalo Yáñez de Mendoza, mediado el siglo XIV, el primero en asentarse en Guadalajara, recibiendo enseguida privilegios pero derramando también favores y fundaciones. Desde ese momento, el escudo mendocino aparecerá en esquinas y arquitrabes, en gualdrapas y veletas de la ciudad toda. Uno de los más ilustres Mendoza fue el Almirante don Diego Hurtado, quien trajo a la ciudad, para poblarla más intensamente, un crecido número de hidalgos y artesanos de la montaña santanderina y de Alava. Concentrando en esta ciudad los órganos ejecutivos de sus amplísimos estados peninsulares, el Almirante sentó de algún modo las bases del futuro engrandecimiento arriacense.

Otro ilustre personaje de la familia fue don Iñigo Lopez de Mendoza, primer marqués de Santillana, quien se impuso en su época como paradigma del humanismo renacentista hispano: hábil político, capitán intrépido, intelectual de talla y poeta universal. En su palacio de Guadalajara vivió largos años, dedicado al estudio y la dirección de su familia, en el caótico panorama político del comedio del siglo XV. Aquí murió y fue enterrado, en el panteón que su padre fundara para la familia en el convento de San Francisco. Hijo del anterior fue don Pedro González de Mendoza, cuya carrera política corrió parejas con la eclesiástica, alcanzando la máxima jerarquía en una y otra: arzobispo de Toledo, y por tres veces cardenal, a un tiempo canciller de los Reyes Católicos. Al cardenal Mendoza le llamaron tercer rey de España, siendo el introductor del arte del Renacimiento en Castilla, pero haciéndolo por el camino de las alcarrias.

Las primeras corrientes del Renacimiento en España son traídas, en efecto, por el cardenal Mendoza. Y es su sobrino, el segundo duque del Infantado, quien pone en la ciudad arriacense las galas mejores del gótico isabelino, construyendo un palacio en el que descuella la riqueza ornamental flamígera, aliándose el simbolismo medieval con la nueva línea renacentista. A lo largo de su estancia secular, los Mendoza cubren Guadalajara de presencias artísticas.

La cultura del Renacimiento

Aunque nos encontremos en plena vorágina festiva, sumidos en el ruido imparable de la rifa y la charanga, podemos recorder ahora que, a lo largo del siglo XVI, la familia Mendoza protegió de forma decidida la cultura en la ciudad, siendo ella misma un modelo de aplicación y entusiasmo. El cuarto duque, don Iñigo Lopez de Mendoza, escribió él mismo, e imprimió en su palacio, en 1564, el Memorial de Cosas Notables, producto típico de una cultura humanística desarrollada en ambiente propicio. En su torno reunió este magnate una nutrida corte de intelectuales y poetas, a los que hospedaba en su palacio y mantenía patrocinando tareas de investigación, creación artística o literaria. Las tertulias en el caserón de los Infantado eran continuas, y allí destacaban las intervenciones del historiador Francisco de Medina, del latinista Alvarez de Castro, del poeta Alvar Gómez de Ciudad Real o del novelista Gálvez de Montalvo.

Acompañando al florecimiento intelectual de la corte mendocina, y siguiendo la tónica general del país en esos momentos de la primera mitad del siglo XVI, surgirán en Guadalajara diversas corrientes y figuras destacadas de ciertos movimientos espiritualistas que van desde el erasmismo más simple a las corrientes de iluminismo, alumbrados y aun luteranos, en las que destacaron Pedro Ruiz de Alcaraz, María de Cazalla, Isabel de la Cruz, Gaspar de Bedoya y otros muchos, todos ellos relacionados de algún modo con la corte de los Mendoza. Terminaron procesados por la Inquisición, y algunos de éllos ajusticiados.

La producción artesanal en la Guadalajara del siglo XVI es abundantísima, y en ese siglo el crecimiento de la ciudad se hace a costa de los oficios y artesanos que, produciendo todo tipo imaginable de cosas, hacen del burgo un dinámico centro comercial Desde zapateros a espaderos, y de orfebres o alcalleres a sastres, un largo número de oficios hicieron que el concejo elaborara unas meticulosas ordenanzas reglamentando su formación y exámenes, a partir de 1522. Desde entonces, los diversos oficios se agruparon en gremios y elaboraron sus propias ordenanzas para defender ciertos privilegios. De esta intensa vida artesanal surgió el despegue económico y poblacional de la ciudad, mantenida a lo largo de todo el siglo XVI, y sostenida en parte por los Mendoza, en una simbiosis utilísima, poco después desaparecida.

La marcha de los Mendoza a la corte madrileña, acaecida en el siglo XVII, y la cruel incidencia que tuvo en la ciudad la Guerra de Sucesión de comienzos del siglo XVIII, propiciaron la decadencia de Guadalajara durante esta centuria, traducida en una alarmante disminución de la población, y en una desaparición total de la actividad artesana y comercial. Fueron especialmente duros los saqueos y ataques del ejército austriaco en 1706 y 1710. En esa época, Guadalajara alcanza la cota más baja de su evolución demográfica, con sólo 2.200 habitantes, y casi todos sus edificios notables en ruinas.

La Fábrica de Paños

La instalación en Guadalajara de una Real Fábrica de Paños supuso una vigorosa inyección de revitalización económica. En 1719, y a instancias del barón de Ripperdá, se instaló en el palacio de los marqueses de Montesclaros, atrayendo enseguida múltiples operarios de todas partes de España, y aun muchos holandeses y europeos. La fabricación de paños finos y sarguetas procuró a este centro arriacense fama internacional, compitiendo la calidad de sus productos con los de toda Europa.

También la guerra de la Independencia contra el ejército francés de Napoleón acarreó a Guadalajara numerosos y graves perjuicios, de los que tardó bastante en sobreponerse. La fábrica de paños paralizó su actividad; el ejército galo ocupó la ciudad en 1808, utilizando para su albergue las iglesias y conventos. La población huye al campo, y en 1813 una nueva acometida destruye gran parte de los edificios del centro de la ciudad.

Finalmente, las contiendas civiles generadas en España durante el reinado de Fernando VII, entre absolutistas y liberales, tuvieron su dolorosa repercusión en Guadalajara. El paso de las columnas carlistas de los generales Gómez y Sanz, provocaron ciertas devastaciones en la capital y provincia. La reacción absolutista de 1823 hizo que en Guadalajara se sucedieran diversos apresamientos y aun asesinatos de liberales, como los ocurridos el 10 de agosto y 31 de octubre de ese año en las personas de Julián Antonio Moreno y José Marlasca.

Después de ello, otras guerras, revoluciones y andanzas exageradas han ido añadiéndole páginas a la historia de nuestra Guadalajara. La mayoría desagradables, pero en otras ocasiones animadoras de avances, expresiones de alegría. Afortunadamente hay ya bastantes libros donde poder leer en detalle esas alegrías/tristezas de las que se ha ido tejiendo nuestra historia. Quizás el momento más feliz sea este. Y a mí me toca aquí, pienso, decir aquello de que es rotundamente falso lo de “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Sin duda este, que además es de Feria y Fiesta, en el inicio del septiembre de 2015, es el mejor momento de nuestra historia. Por eso no ha sido perder el tiempo haber recordado, en cuatro pinceladas rápidas, la visión escueta de lo que en siglos ha sido nuestro caminar sobre esta –provecta pero riente- ciudad en la que vivimos. Guadalajara en Fiestas…

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