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Brihuega, roca del Tajuña

Brihuega: un ejemplo de recuperación del patrimonio

Desde el año 2019, se vienen sucediendo en Brihuega la presentación y apertura al público de algunos espacios patrimoniales que se habían mantenido cerrados, cuando no en estado de semirruina y abandono. Todo ello se enmarca en la acción planificada por el actual ayuntamiento para recuperar esta villa alcarreña en una vertiente de turismo activo y moderno, en el que se compagina el deseo del viaje y la gastronomía, con la admiración de las huellas del pasado. Así hemos visto cómo, en el plazo de pocos meses, se han abierto las salas principales del Castillo de la Peña Bermeja, su capilla gótica, recientemente la “Sala de Caballerizas” del castillo, ubicada en el subsuelo del gran torreón, y el Museo de Historia de la Villa. Ello sin contar las acciones continuas, jalonadas de sus respectivas presentaciones e inauguraciones, de la Fábrica de Paños, que ya propiedad del Municipio, se está recuperando paulatinamente, con vistas a integrarse en una futura red de Paradores Regionales. Todos estos monumentos, y la historia que los fue generando, reciben un tratamiento meticuloso y adecuado en el libro “Brihuega, la roca del Tajuña” escrito por Antonio Herrera Casado. Este libro, fruto de muy minuciosas investigaciones, escrito con la limpieza y objetividad del Cronista Provincial, ofrece secuencialmente informaciones sobre la geografía, la historia, el patrimonio, el costumbrismo, los personajes, y la actualidad social y cultural de la villa. Ilustrado generosamente, a color y blanco/negro, con imágenes actuales, y estampas o dibujos antiguos. Se constituye, por tanto, en la referencia obligada para saber de este lugar: que tiene una gran potencialidad en el aspecto turístico (estos días lo está demostrando con su presencia individualizada en FITUR ’20) y para recibir el aplauso de quienes creemos que la pervivencia del patrimonio bien usado, y de las costumbres bien administradas, son capaces de mantener vivas las raíces de una población, lo que sin duda redunda en la mejora de la calidad de vida de sus habitantes. Para saber algo más de Brihuega, conviene por tanto leer este libro, (y no solo leerlo, sino utilizarlo como guía de mano) además de saber de otras cuestiones de actualidad y permanente vigencia. Por ejemplo, de su “Sala de Caballerizas”, de su Conjunto Histórico, de sus Jornadas de Estudios Briocenses, de su Arco de Cozagón, y de sus fiestas, incluido el Festival de la Lavanda.

Bernardo de Brihuega, cronista real

Hace muchos siglos, en el remoto XIII de nuestra era, existió un clérigo al que llamaban (sencillo apelativo, señal de que era muy conocido) Bernardo de Brihuega. Este hombre llegó (desde no se sabe dónde, pero muy probablemente desde el burgo alcarreño del que tomó nombre) a la Corte de los monarcas castellanos, que como todo el mundo sabe era itinerante: hoy acá en Ciudad Rodrigo, mañana en Salamanca, después en Arévalo, y así. De lo que hizo, de cómo fue, de lo que escribió y de lo que pensaba este señor, ha quedado poca huella. Pero aún puede darse por contento de que ha quedado algo más de lo que dejó la media de los castellanos en aquel siglo. Que es como decir nada de nada. De Bernardo de Brihuega ha quedado memoria de que escribió una Crónica del Reino. Algo importante, sin duda. Algo que supone su relevancia, cuando vivió, y su proyección en los siglos futuros. Aunque, como ha solido ocurrir en nuestro país, de su obra solo haya quedado el recuerdo (nebuloso, encima) pero ni una letra coherente. Aparte del título. El hallazgo En 1887, un austriaco que andaba indagando bibliotecas por España (Rodolfo Beer), encontró un manuscrito firmado por nuestro paisano, Bernardo de Brihuega, al cual por no encontrar el título dijo tratarse de un compendio titulado “Los cinco libros que compiló Bernardo de Brihuega por orden del Rey don Alfonso el Sabio”, pero que en realidad contenía un acopio de revueltas memorias dedicadas a glosar vidas de santos y mártires. Resultó que ese manuscrito ya estaba recogido por un bibliófilo español, don Nicolás Antonio, quien en su “Bibliotheca vetus” nos dice que en la Biblioteca del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial andaba depositado el “Flores (id est Vitae) Sanctorum Christi Martyrum & Confessorum Hispanice, in Bibliotheca Escuarelensi Lit. F. Plut. I n. 1 atque ítem in Regia Matritensi”, y también en la Biblioteca Real de Madrid. Esta obra, que no era sino una aportación a la gran Crónica de España en la que estaban trabajando varios miembros del gabinete real, aportaba relación de los personajes que en el mundo de la religión, el martirio y la santidad habían existido en España en siglos pasados. Beer hace relación breve del contenido de la obra de Bernardo de Brihuega, y encuentra que la esencia de su Tratado está en la referencia de múltiples […]

Plazas Mayores y Ayuntamientos de nuestra provincia

Siempre pateando nuestra tierra, a la busca de sorpresas patrimoniales. Esta semana me he dedicado a recorrer plazas mayores y admirar viejos edificios de Ayuntamientos. Por supuesto que han vuelto a la memoria esos entornos magníficos de Atienza (la plaza de España, y la plaza del Trigo), Sigüenza (su medida y perfecta Plaza Mayor) y Cogolludo, con su presencia sublime del palacio ducal. Pero me he querido centrar, en punto a evocaciones, sobre las pequeñas plazas, los minúsculos lugares: esos entornos cargados de tradición y significado para cuantos cerca de ellos nacierno o vivieron su infancia, que es la esencia y la razón de la vida. Son muchos los pueblos, pequeños o grandes, que en la provincia de Guadalajara ofrecen sus plazas mayores abiertas, en la mayoría de ellas la iglesia presidiendo su costado norte, y en otras muchas su edificio concejil ejerciendo su voz o contrapunto popular frente al sonido hondo de las campanas y los sermones. En Marchamalo, muy cerca de la capital, en pleno valle del Henares, la plaza mayor está marcada por la silueta del templo, de estilo campiñero en el sentido de tener una arquitectura a base de mampuesto de caliza y ladrillo, con atrio de anchos arcos en su fachada sur, y torre de las campanas (y de las cigüeñas) en su extremo occidental. Al templo le sirve de contrapunto, en su aledaño de levante, el Ayuntamiento, sin mayor interés arquitectónico, y enfrente el palacio de los Ramírez de Arellano, obra del siglo XVII con gran portalada de sillares en relieve y escudo de armas sobre el paramento homogéneo de ladrillo. En Horche vemos uno de los más bonitos ejemplos de plazas mayores de la Alcarria. En cuesta, porque lo está todo el pueblo, el Ayuntamiento surge en el costado norte, compuesto de planta baja soportalada, y alta con galería cerrada, todo ello con arquitectura de piedra caliza y maderas, Se remata en torrecilla ara el reloj y las campanas. El resto de los costados de la plaza ofrecen arquitecturas populares, y hasta un caserón con labra heráldica. En el centro, la fuente tradicional. La de Budia es otra de las bonitas plazas alcarreñas. Aunque de planta cuadrangular, casi parece triangular porque su costado meridional es muy estrecho, y solo sirve para embocar la calle mayor que sube hacia el convento. En el costado norte, se levanta el Ayuntamiento, con planta de L, con soportal en […]

La mirada de Cela sobre el patrimonio alcarreño

Ahora que rememoramos el “Viaje a la Alcarria” que a pie y con mochila hizo Camilo José Cela en el mes de junio de 1946, vuelvo a leer sus andanzas y siempre me maravillo de los diversos valores del libro clave del Premio Nobel. Uno de esos valores es, sin duda, el descriptivo: de sus gentes, de sus paisajes, pero no de su patrimonio. Porque como ahora veremos, no lo trató demasiado, ni en profundidad ni en cariños. En las pocas jornadas que duró el Viaje por la Alcarria de Camilo José Cela, y que él plasma, en los dos años siguientes, en un libro contundente y definitivo, pasó por un país pobre y lejano, pero cargado de glorias antiguas, y de patrimonio denso, conocido, estudiado, ya famoso. En esos años, Layna Serrano se ocupaba de historiar Cifuentes, los castillos alcarreños, los monasterios y las cabalgadas de reyes, santos y magnates. Cela salió al campo con su mochila y su cuaderno de notas. Sin apenas más referencias que las que le habían dado sus amigos del café Gijón: Alonso Gamo, Emeterio Arbeteta, Domínguez. Y volvió a casa con el asombro que las gentes que pululaban los caminos y los soportales de los pueblos le habían causado, y mucho material informativo para abultar su final capítulo sobre Pastrana, gracias a la conversación que sostuvo con el médico de la villa, en ese momento don Francisco Cortijo Ayuso. Por hacer un repaso a ese tratamiento que del patrimonio hace Cela en su “Viaje a la Alcarria”, doy aquí los datos testigos del desapego que la silueta monumental le supuso. Cuando subiendo desde la estación del tren hacia el centro de Guadalajara, pasa por la plaza de los Caídos, dice Cela que ve a un lado el palacio “del duque del Infantado”. Y que está en el suelo, que es una pena. “Debía ser un edificio hermoso. Es grande como un convento o como un cuartel”. Ahí acaba su análisis del palacio que ahora pugna por ser declarado Patrimonio de la Humanidad. También es verdad que entonces llevaba diez años con las huellas del bombardeo, sin tocar. En Taracena, dice simplemente que “es un pueblo de adobes, un pueblo de color gris claro, ceniciento, un pueblo que parece cubierto de un polvo finísimo”. Y en Torija pasa como de puntillas junto al castillo, diciendo que el pueblo, que está subido en una loma […]