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Memoria de Alfonso X en Alcocer

Para mañana sábado tengo programado, en Alcocer, dar una charla sobre Alfonso X el Sabio, de quien ahora se cumplen los 800 años de su nacimiento, y que por este motivo se ha querido, impulsado el conjunto de actos por su Ayuntamiento y vecinos, rememorar de diversas maneras la presencia de este monarca castellano en tierras de la Alcarria, y la huella que de su paso ha quedado en ellas, que es denso, y curioso.

Aunque fue en Toledo, donde a la sazón paraba la corte, y en sus reales alcázares, donde nació el rey Alfonso, a quien la posteridad le puso el calificativo de Sabio, se ha querido que la Alcarria conmemore esta efemérides porque de diversas maneras aquel monarca tuvo mucho que ver con esta tierra, y en ella han quedado señaladas huellas de su paso, de su vida, de sus decisiones.

Desde 1252 a 1284 gobernó como señor máximo a Castilla don Alfonso. Y aunque la mitad de su reinado, que fue denso y fructífero, la pasó urdiendo alianzas para ser nombrado Emperador del Sacro Imperio, la otra mitad, y algo más, le tuvo ocupado en mil cosas diversas que hicieron a su reino, a Castilla, más sabio y dilatado, bien gobernado y mejorando.
Por Guadalajara pasó numerosas veces. En la ciudad, a la que había concedido feria anual y fueros, estuvo las Navidades de 1271 junto a su hija Berenguela, a la que concedió de por vida el señorío de esta villa. También en 1273, siempre en su alcázar real. Y en Atienza incontables veces, tanto en su castillo, como en los caserones eclesiásticos de la plaza del Trigo. Moró en muchas ocasiones por la Alcarria de Gualda, donde cazaba, y donde firmó un privilegio de creación del Honrado Concejo de la Mesta, en 1267. Por Brihuega estuvo, en 1973, en el castillo de los arzobispos, dando privilegios a sus ciudadanos. Y en Pareja paró, en sus caminares por el reino, para llegarse a Huete un día y allí confirmar el señorío creado en aquellas tierras a favor de su amante doña Mayor Guillén de Guzmán, que comprendía Alcocer, con otros muchos lugares.

La cita va a ser aquí, junto al Guadiela, para conmemorar este octavo centenario y hablar de esa mujer que no llegó a ser su esposa, pero sí la madre de su hija más querida, Beatriz de Castilla, quien junto a Alfonso III llegó a ser reina de Portugal. De las diversas concubinas que tuvo, en su primera juventud, hasta casar con la princesa Violante de Aragón, la más querida fue sin duda Mayor Guillén, de la casa de los Guzmanes. A ella le concedió el gran señorío del infantado de Huete, en el que se incluían, entre otros, los lugares de Alcocer, de Cifuentes, de Palazuelos y de Viana, previamente segregados de sus anteriores comunes o señoríos. En 1255 se crea ese señorío del que Mayor resplandece como gran señora, y en 1260 ella funda el convento de Santa Clara, que tiene desde el principio el apelativo de real, porque es confirmado al mismo tiempo por Alfonso. En ese convento quedó ella a residir, con su hija, señoras del entorno, y apoyos principales. Las primeras monjas fueron compañeras de la Santa de Asís, y crece pronto en riquezas y edificios.

Tras la muerte de doña Mayor, su hija se ocupa de que Juan González, prestigioso escultor burgalés, le labre un sepulcro digno de memorias, y así pone, en el centro de la nave del templo clariso, una gran urna decorada de plañideras y caballeros, y encima de ella la estatua de madera de nogal, luego policromada, en la que Mayor descansa sobre almohadones acompañada de ángeles turiferarios. Triste es la historia de ese sepulcro, que se cobijaba en gran baldaquino, del que algo sabemos por documento de la época en que se describe su estructura. Se trasladó a la villa de Alcocer, donde quedó en la sacristía del templo del nuevo convento, que aún perdura aunque convertido en casas de vecindad, y almacén de trigos. En 1936, la guerra propició que alguien se lo llevara sin dejar dirección de adonde iba. Por eso el Ayuntamiento actual, que rige el periodista Borja Castro, ha tenido el gran acierto de hacer una reproducción con su forma y tamaño similar al original, y dárnoslo a ver, porque así será mejor recordar todo aquello: sepulcro, señora y rey.

En mi charla daré cuenta de esta secuencia cronológica vital de Alfonso X, y muy especialmente de la importancia que las mujeres tuvieron en su vida. Llegó a tener en varias de ellas un total de 18 hijos. Porque en esa época en que las fuerzas antagónicas sobre la Península estaban basadas en dos religiones diferentes, marcando ambas los caminos que seguían las políticas de los diversos reinos peninsulares. Mientras que el Islam permite haber a un varón varias consortes, y al mismo tiempo mantenerlas, en la parte cristiana solo podía, como hoy, tener una. Pero los monarcas, y quienes se lo podían permitir, tenían varias, aunque –eso sí– sucesivas. Al menos oficialmente. Tal le ocurrió al Rey Sabio, y una de ellas (ni la primera fue, ni la última) doña Mayor Guillén de Guzmán, vio al final que esa relación no estaba bien conducida por los estrechos cauces de la sinceridad, y a pesar de lo que digan los documentos oficiales, guardó al rey un resquemor, transformado en odio al final de sus días, que la llevó a mandar tallar, en la iglesia de su villa señoreada de Cifuentes, una alusión que venía a ser el revulsivo crucial de la monarquía en la Edad Media, retratando al rey como “hijo del demonio” y no como “reinante por la gracia de Dios” como era lo habitual decir.

En todo caso, cabrá recordar la fundación, progreso y avances en el mérito y poder del convento de Santa Clara de Alcocer, herencia clarísima de doña Mayor, de don Alfonso, de doña Beatriz y de tantas otras glorias del castellanismo. Del que hoy quedan vulgares paredones ocupados por almacenes y viviendas, que incluyen algunos breves detalles artísticos del tiempo de la opulencia.

En 1260, según se lee en un hermoso pergamino que todavía se conserva en el Archivo Histórico Nacional, mandó escribir doña Mayor: conoscida cosa sea a todos los omes que esta carta vieren como yo donna mayor guyllem a onra de dios de santa maría de sant francisco e a salud de mi alma e en remisión de mis pecados, con mandado e con plaçer de mi Señor don Alfonso por la graçia de dios Rey de castiella e de leon fago monesterio de menoretas de la orden de sant françisco en un lugar cabo de alcoçer que fue aldea e fue nombrada sant Miguel. Y en ese mismo año Alfonso X el Sabioconfirmaba la fundación y los bienes entregados.

La señora concedió a la comunidad muchos bienes de su pecunio: un amplio monte de encinas, una heredad de 20 yugadas cerca del cenobio, 50 aranzadas de viñas en Alcocer, 300 cahíces chicos de pan, los molinos del riachuelo de San Miguel, un olivar en el Espinar, y el pecho del pan de Palazuelos. Todo lo suficiente, en fin, para que desde el primer momento el monasterio de clarisas de San Miguel del Monte pudiera marchar en pie y derecho por el mundo. Una de sus primeras abadesas fue doña Urraca Alfonso (¿hija quizás del Rey Sabio?), y otra doña Mencía Pérez Carrillo.

Un siglo después de su fundación, en 1373, las monjas solicitaron trasladar su casa a lugar más poblado, y en ese mismo año, y con la aprobación del rey Enrique II, se procedió al traslado, asentándose la comunidad en la villa de Alcocer. La construcción en este lugar de una nueva casa, monasterio e iglesia, comenzó enseguida, y la comunidad de clarisas se hizo numerosa, hasta el punto de que a comienzos del siglo XVI había más de cuarenta religiosas en él. Las memorias escritas han dejado constancia de algunos nombres que alcanzaron fama de santidad completa: por ejemplo los de sor María de la Torre, natural de Huete, que era humildísima en extremo, y de sor Catalina de Toledo, natural de Cuenca y que al tiempo de expirar, despidió de su boca una hermosísima y refulgente luz, la qual, rodeando la cama, ilustró toda la estancia con admiración y espiritual consuelo de todas las asistentes. La comunidad de clarisas aguantó en su casa alcarreña desde la remota Edad Media hasta el año 1936, en que los crueles avatares de la Guerra Civil las hicieron huir al monasterio palentino de Calabazanos, de donde ya no regresaron a Alcocer.

Del enterramiento románico de doña Mayor no quedó nada. Pero hoy por iniciativa del Ayuntamiento alcocereño se ha repuesto la estatua de la señora, en generosa idea fraguada en modernas resinas, cosa que mañana veremos, según está previsto.

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