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Botargas y enmascarados de Guadalajara

Fiel a su cita llegan las botargas. Esos personajillos multicolores, zumbones y descarados que quieren asustarnos, y que guardan bajo sus telas rasposas el viejo murmullo de la alegría que sube, por raíces y venas, desde la ancestral y asumida fuerza de la Naturaleza que brota. Una suma de fiestas que vienen a darnos color por los caminos de la provincia, especialmente por la Sierra y la Campiña.

Hoy publica el Diario Oficial de Castilla-La Mancha la Orden de declaración (a nivel regional, por el momento) de Bien de Interés Cultural para las fiestas de Botargas de la provincia de Guadalajara. Un nombramiento que alcanza nivel legislativo, lo cual sube un escalón en el nivel de aprecio de estas fiestas, a las que desde hace más de medio siglos algunos llevamos ponderando y aplaudiendo.

Por otra parte, mañana sábado a mediodía, en el Salón de Actos del Centro Cultural “San José” de Guadalajara, la Diputación Provincial hará la presentación de su campaña emprendedora de apoyo y visualización de las botargas de nuestra tierra. Un buen empujón para esta fiesta provincial, que no es una, sino la suma de muchas individuales. Sabremos así que a la “botarga” en su conjunto le dedica la Excmª Diputación Provincial un buen aporte presupuestario, con dos fórmulas de promoción. Una de ellas, a través del apoyo económico directo y una campaña explicativa concretada en “La Ruta de las Botargas” que se ha realizado por los componentes del Grupo “Las Colmenas”. Y otra en forma de apoyo a la edición de un libro, “Botargas de Guadalajara y Enmascarados de España” que con las ilustraciones de Isidre Monés i Pons ha cuajado en un sorprendente reclamo visual e informativo, que va a propiciar su conocimiento más allá de nuestras fronteras.

Esencia de las botargas

Prima en la fiesta invernal el sentido de la vista, los colores del traje. Se añaden los datos auditivos, porque suenan los cencerros que el personaje se ata al cinturón, y aún para algunos entra a jugar parte de la fiesta el sentido del tacto, si llegan a tocar la rugosa pana o el severo paño de que se componen sus atavíos. Sabor y olor apenas participan en el festín, pero en todo caso es fiesta de los sentidos, esta de la botarga.

Consiste en una máscara de origen solsticial de invierno, que aparece en una franja temporal que va de la Navidad (el solsticio concreto) hasta mediados de febrero, en ese momento del invierno en que los días crecen y la naturaleza despierta. Consiste la fiesta, fundamentalmente, en la aparición por las calles de la figura protagonista, un individuo revestido de traje multicolor, con careta de aspecto monstruoso, cencerros y cascabeles colgando de su cintura, y cachiporras y castañuelas en las manos. Ejecutando simples ejercicios de carrera, salto, trepa y búsqueda, siempre en silencio. Son las comarcas de la Campiña del Henares, fundamentalmente, y de la Sierra y Alcarria, en las que aparecen estas botargas. En la mayoría de los casos, el protagonismo corre exclusivamente a cargo de la botarga, aunque en algunos otros casos su presencia se acoge en el seno de un grupo, como en Valverde de los Arroyos, o en Majaelrayo, donde sus grupos de Danzantes destacan sobre cualquier otra consideración. En esos casos, dos tipos de celebraciones ancestrales se encuentran en la plaza del pueblo: la danza de los hombres vestidos de blanco, en un primitivo sentido de agrupación masculina guerrera y cazadora, y el correr y saltar de la botarga, genio de la naturaleza que a la fiesta se engancha.

Aunque estas fiestas botarguiles de Guadalajara vienen de muy antiguo, dos males las afectaron recientemente: las prescripciones moralistas del gobierno del general Franco, que las prohibió, y la masiva emigración desde los pueblos a las ciudades, que vaciaron de gentes, y de contenidos, tantos pueblos de esta provincia. Precisamente ha sido ahora, en los finales del siglo xx y principios del xxi, que el entusiasmo de los oriundos propició su rescate, y las ayudas de instituciones como la Diputación Provincial de Guadalajara, han posibilitado su recuperación, aportando ayudas a trajes y fiestas, y organizando rutas y divulgando su actividad. 

Aunque hoy gozan de un estatus relevante, –y más tras la declaración oficial, de hoy mismo, como elementos protegidos en el ámbito del patrimonio cultural– no dejan de tener amenazas, que en este mundo cambiante y vivo les afectan, como es la consideración de “curiosidad popular” ante un público cada vez más urbano. En la botarga debería predominar el sentido de “fiesta” por delante del de “espectáculo”. Por eso a las botargas hay que ir a verlas a las plazas y las puertas de los templos de cada pueblo en particular, y no contentarse con su aparición, a veces en abigarrados grupos alborotadores en procesiones carnavalescas o festivales de abundosa nostalgia y asombro por lo popular de reclamo.

Las más caracterizadas botargas

Sé que con este párrafo me ganaré alguna displicencia, pero me apetece destacar las botargas guadalajareñas que prefiero, que más me gustan, o en las que –cuando he sido su espectador– más me han impactado por el sentido original, ancestral, sincero, de su correr callejero.
Así, me admiré siempre de la pureza de la botarga de Retiendas, con su brincar ante las andas oscilantes de la Virgen de la Candelaria, en aquella cuestuda calle que hace años (en 1974 la visité junto a Servando Escanciano y Juan Antonio Pérez Mateos) recorrían los habitantes del pueblo, mientras la botarga daba saltos y cantaba “Viva la Virgen Santísma” siempre de cara a la imagen.
O la de Arbancón, que fiel a su cita aparecía en la plaza y rondaba sus soportales, aunque hiciera un tiempo malvado, frío y nevoso, el 2 de febrero, mientras en las casas repartían pestiños de harina y miel a los forasteros. Siempre agradeceré a quien me dejó mirar, participar y comer en esa jornada de espléndido ancestralismo.

Y por citar una tercera, siempre me emocionó vivir la solemnidad del domingo después de Reyes en Valdenuño Fernández, cuando los mozos danzantes llegan a romper los palos con que luchan y hacen ruido por la furia con que golpean, y el denuedo con que se preparan a más altos fines. Su botarga, silenciosa pero escandalosa, no deja de correr, de sonreír, de amenazar…
Esta fiesta –única y múltiple– hay que vivirla en cada pueblo. Y no hay mucho que hacer en ella, sino mirar, oir, tocar, y a veces (si a comida se presta luego el día) oler y gustar porque es de los sentidos esta fiesta, de dejar que solo un protagonista suba y baje, mientras los demás miran, y se asombran.

Los que más saben de botargas

Es conveniente, en este momento de visibilidad máxima de las botargas, recordar a quienes con anterioridad se han ocupado de este tema en Guadalajara, estudiándolas desde cero, analizando sus formas y funciones, o elucubrando sobre sus orígenes y significados. Y así, cabe mencionar en primer lugar a Sinforiano García Sanz, un etnógrafo y bibliófilo campiñero que por los años 50 del siglo xx se ocupó en contemplarlas, fotografiarlas, dibujarlas y analizar sus ritos y antigüedades, escribiendo un libro que se hace capital en el conocimiento de estas fiestas. Este autor le comunicó sus hallazgos al humanista Julio Caro Baroja, quien promovió notablemente su conocimiento, a través de algunas películas que recogieron las celebraciones de botargas en Guadalajara con pulcritud y sorpresa.

Fue ya avanzado el siglo XX cuando José Ramón López de los Mozos analizó, con mucho más detalle, poniendo en marcha un catálogo materializado en algunos libros, las formas y funciones, los simbolismos y ancestralismos contenidos en estas figuras. Destacar su obra “Fiestas Tradicionales de Guadalajara” en la que por primera vez de forma conjunta y con muchas imágenes se analiza esta fiesta. Después sería Francisco Lozano Gamo, a quien se debe la recuperación de varias de estas actuaciones botarguiles en ámbitos campiñeros, quien las pusiera de nuevo en actualidad, y finalmente ha sido el pasado año de 2020 cuando el etnógrafo y analista de la vida popular de la provincia de Guadalajara, José Antonio Alonso Ramos, ha publicado en la Revista Besana un lúcido -y hasta ahora el más riguroso- estudio sobre la fiesta/s de botargas en esta tierra.

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