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Hierro de Setiles

Hace casi cincuenta años, cuando hice a pie el Viaje a los Rayanos, me encontré en Setiles con el señor Domingo, el cual subía a la sierra a lamentarse de que hubieran cerrado las minas. Le daba patadas a las piedras, soltando la rabia que no podía contener. “Todo es hierro, fíjese. ¡Qué riqueza! Por todas partes, y por todas las profundidades. Todo es mineral…” decía… ya nada queda de todo aquello, ni de las minas, ni del señor Domingo, ni casi del cronista que subió a la Sierra Menera, a ver qué pasaba.

Lo que pasaba en 1973, en Setiles, y en la Sierra Menera, es que se cerraba todo, que se le echaba la llave, para siempre, a otra de esas industrias extractivas (mineral de hierro, nada menos) que durante siglos había dado cierta alegría, cierto dinamismo, a la gente de aquellas remotas comarcas.

Por eso me encontré poca gente, todos mayores, todos apenados –serios, dignos, con señorío– sabiendo que la vida les había echado el cierre a todos. Y ahora, casi cincuenta años después, Setiles y Tordesilos, Alustante y Tordellego, siguen mustios y desparejados. Una pena. Que solo sirve para contarla.

Después de aquello, he vuelto varias veces por Setiles. Y he subido su calle principal, admirando sus casas grandes, su castellote de los Malo, su caserón del Tío Pedro y de la Tía Braulia, su fuente enorme, hecha para abrevar muchas mulas al mismo tiempo, su templo cubierto de azulejos… pero todo, progresivamente, más vacío, más silencioso, como esperando que se eche el cierre definitivo. ¡Una tierra tan grande, tan hermosa, tan limpia….! Y ya sin gentes, aunque haya muchas (los hijos, los nietos de los que apagaron el candil) que la recuerda desde lejos.

Tras haber vuelto a pasar por Setiles, me echo a las manos el libro (estupendo, y generoso) que escribió hace 40 años Juan José López Beltrán, titulado “Síntesis histórica de mi tierra. Señorío de Molina. Sus sexmas y pueblo de El Pedregal”, impreso en Valencia en 1960 e ilustrado con sabia modernidad por Clemente García Gil. Y de sus páginas me echo a los adentros la información que proporciona sobre Setiles, escrita más o menos cuando aparecí por primera vez en aquella altura.

Aparte de algunas breves consideraciones sobre la historia del pueblo, que apenas la tiene, se adentra en la consideración de su fuente de riqueza secular, ya casi legendaria: las minas de hierro, que tanto dieron a España (desde que la controlaban los celtíberos) y hasta el nombre a las montañas en que asienta le dieron: la Sierra Menera, límite de Castilla y Aragón, entre Molina (Guadalajara) y Teruel.

Nos dice López Beltrán que todo era un manantial de cosas: de fuentes, de minas, de generosas huertas… que en las cercanías del pueblo estaba la “Fuente de Pedro Cabello”, de aguas ferruginosas, y que en los Villares, en el Charco Hondo y en la Dehesilla se cultivaban hortalizas famosas. Pero que, sobre todo, a Setiles le daba vida la Sierra Menera, cuajada en su vientre de mineral de hierro.

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Ese mineral fue utilizado ya, en la Edad del Hierro, por los celtíberos de la orilla derecha del río Iber, el que dio nombre a España. Desde Zaragoza hasta allí arriba subían y tomaban el mineral que servía (eran años de experimentación y descubrimientos) para hacer armas, arados y defensas. Luego siguió en explotación, llegando a ser muy densa en los siglos XVII al XIX, y dando pie a que en muchos otros pueblos del Señorío, pero especialmente en los de la Sesma del Pedregal, nacieran ferrerías, fraguas y geniales artesanos del hierro.

Durante el siglo XX (son noticias que nos desmenuza López Beltrán) y concretamente el 3 de septiembre de 1900, se constituyó la Compañía Minera de Sierra Menera, firmando su explotación y el arrendamiento conjunto de las de Ojos Negros y Setiles. El principal accionista era el empresario vizcaíno Ramón de la Sota y Aznar.

El criadero de mineral establecido en ambas laderas de la Sierra (entre oriente y poniente alcanzaba una extensión de 1.800 hectáreas, y el sistema de explotación era fácil, porque el mineral afloraba casi en su totalidad en la superficie, por lo que no hubo que hacer galerías en el subsuelo. Se recuerdan varias canteras establecidas: la “Teresa”, la “Pilarica”, la “San José” y la “Castilla”. Todo lo extraído debía llevarse a Sagunto, donde estaban los Altos Hornos que procedían a la fundición del mineral, y donde embarcaba (en su puerto) el mineral a distribuir por todo el mundo. De ahí que ese ferrocarril era fundamental, y en principio se aprovechó el llamado “ferrocarril Central de Aragón” que bajaba por el valle del Jiloca para luego enlazar con el del Palancia, pero enseguida se construyó otro ferrocarril que partía directamente desde Ojos Negros, para el que hubo que construirse un enorme viaducto a la altura de Albentosa (hoy superado por otro de casi 600 metros de longitud en la autovía A23). Ese ferrocarril minero, de 205kilómetros  de longitud, era servido por una cuadra de 27 locomotoras y 600  tolvas de acero.  Los trenes cargados de hierro se componían a base  de 24, 26 ó 33 vagones de 26 toneladas, remolcados por  máquinas tipo  Compound y Garrat, debiendo utilizar el sistema de doble tracción al subir el puerto del Escandón desde Teruel.

Finalmente, tras la guerra, se construyó el túnel que permitía el paso directamente del mineral extraido en el lado de Setiles hacia Ojos Negros. Aunque de forma tradicional, la forma de sacar y sobre todo transportar el mineral era empleando “planos inclinados” de doble vía, sobre los que discurrían las tolvas a modo de lanzadera, con ayuda de la fuerza de la gravedad.

En 1932 quedaron paralizados los trabajos de extracción: las huelgas primero y la Guerra Civil después, dejaron detenidos los motores de aquella legendaria mina. Que, durante los primeros 50 años de su explotación moderna, había conseguido extraer trece millones y medio de toneladas de mineral de hierro. Desde 1973 quedó cerrado el tráfico de ese tren (Ojos Negros-Sagunto), llevando el material por camiones hasta Santa Eulalia y por Renfe hasta el puerto. El cierre total y definitivo de las minas se produjo en 1987, y desde entonces todo ha quedado abandonado, salvo una pequeña instalación turístico/evocadora instalada en Ojos Negros (Teruel).

Esta ha sido una breve evocación, con algunos datos concretos, de aquella máquina de producir riqueza que eran las minas de hierro de Setiles. En común con otras (prácticamente el 90% de la superficie provincial) comarcas ya casi vacías, y desde luego improductivas, esta de la Sesma del Pedregal molinés no tiene fuerzas casi ni para quejarse. 

Aunque uno se pregunta –al ver la pujanza de aquel sistema extractivo, y la belleza de sus producciones locales en forma de hierros forjados, rejas, llamadores…– si no sería posible hoy recuperar aquella industria, dar trabajo a nuevas gentes, y un poco de esperanza a los pueblos que se ven fenecer sin más remedio…

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