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Rebuscando en la historia de Guadalajara

El marqués de Santillana, en su escriptorio de Guadalajara

Se abren hoy, un año más, las Fiestas (y el recuerdo de las Ferias) de Guadalajara. Pregón, jolgorio, discursos amables y muestras del espléndido bronceado que los alcarreños y alcarreñas han cosechado a lo largo del pasado mes en las playas del Mediterráneo. Una mezcla ya habitual, en la que lo cultural y lo lúdico, lo institucional y lo populachero, se arraciman en la misma habitación, de la que todos salen contentos, y algunos –muy pocos, esa es la verdad– confundidos y preocupados. No tiene la menor importancia. De lo que se trata es de pasar la vida, y que cada día sea diferente (y a ser posible mejor) que el anterior. 

Historia e historias de Guadalajara

A lo largo de los siglos ha habido numerosas gentes que, aquí nacidas o venidas de fuera, han dedicado largas horas y aun años en investigar y escribir la historia de la ciudad de Guadalajara.

Sería largo de contar cuales han sido los mejores relatos de nuestra vicisitud: desde los Anales de la Ciudad de Medina y Mendoza, hasta el libro que bajo el título de “Guadalajara ciudad”, a lo moderno, hace un par de años fue el producto de un compacto equipo de profesionales que han sabido captar lo que necesita el hombre de hoy para saber, en visión rápida, de su ayer, de sus ayeres.

Hasta ahora, como digo, ha habido muchos intentos de escribir la His­toria de Guadalaja­ra. De ellos han resultado algunos manuscritos, difíci­les de consultar y ya medio borrosos, y otros libros que también se han hecho, con el pasar de los años, raros ejemplares de bibliófilo. Categoría que han adquirido ya las más recientes, pues una que puse en pública consideración hace no más de veinte años, hoy ya es un libro difícil de encontrar.

La más antigua de las Historias de Guadalajara conocidas es la que escribiera don Francisco de Medi­na y Mendoza a mediados del siglo XVI. La tituló Anales de Guadalajara y hoy se consi­dera perdida. La consultó y utilizó muchas de sus noti­cias el siguiente historiador que acometió el intento: el jesuita Hernando Pecha, en 1632, quien redactó su Historia de Guadalaxara, y como la Religión de Sn. Gerónimo en España fue fundada y res­taurada por sus Ciudada­nos, quedando manuscrita y casi olvidada en los ana­queles de la Biblioteca Nacio­nal hasta que en 1977 se publicó por vez primera, a cargo de la Institución Pro­vincial de Cultura «Marqués de Santillana» con un estu­dio previo realizado por mí. Le siguió inmediatamente des­pués la Historia de la nobilí­sima ciudad de Guadalaxara, escrita en 1647 por el regidor Francisco de Torres, que se quedó manuscrita por los siglos, y que no hace mucho también vio la luz gloriosa de la imprenta. Poco después apareció, en elegante edición clásica, de 1653, la Historia eclesiástica y seglar de la muy noble y muy leal ciudad de Gua­dalaxara escrita por el licen­ciado Alonso Núñez de Cas­tro.

Nada más se hizo en este sentido hasta el siglo XX, en que los sucesivos cronistas locales se afanaron en con­seguir llevar a buen puerto esta vieja aspiración de los buenos arriacenses. Y así don Juan Catalina García pro­porcionó muchos materiales para poder escribir esa Historia en su obra La Alcarria en los dos primeros siglos de la Reconquista, y don Manuel Pérez Villamil hizo lo propio en los amplios Aumentos que le puso a la publicación de las Relaciones Topográfi­cas mandadas escribir a finales del siglo XVI por el rey Felipe II. Sería, sin embargo, don Francisco Layna Serrano quien diera cima a su monu­mental obra titulada Historia de Guadalajara y sus Mendo­zas en los siglos XV y XV/, publicada por primera vez en 1942, en cuatro gruesos volúmenes, y que hoy de nuevo está en las librerías gracias a una edición mejorada que, en buena parte, ha sido posible gracias al patrocinio del Ayuntamiento guadalajareño.

Una historia movida y con mensaje 

A la historia de Guadalajara nadie puede achacarle que sea aburrida o monótona. Aquí han pasado una inmensidad de cosas. La mayoría buenas, aunque también ha habido momentos de gran dolor y amargura. Posiblemente se hayan concentrado en el pasado siglo XX las más fuertes de las emociones todas: aquella centuria tuvo los momentos de mayor esplendor (hoy mismo, Guadalajara es una ciudad abierta, luminosa y llena de vida, riqueza y alegría) y días de terrible angustia y tristeza (léase el 6 de diciembre de 1936, para quien tenga algo de memoria). Pero en general, como en botica, ha habido de todo.

En la historia que no hace mucho escribió y publicó el profesor Antonio Ortiz y sus colaboradores, las cosas de Guadalajara están tratadas con eficiencia, con claridad y perspectiva. Aparecen los primeros balbuceos de lo que pudiera ser un grupo de mínimos asentamientos prehistóricos en los taludes del río Henares. El recuerdo del paso de los romanos. La sonoridad del nombre árabe que quedó para siempre definiéndonos. Y ese sucederse de reyes, de señores, de Mendozas, de fiestas y edificaciones, que forman la historia más conocida.

Sin embargo, el libro que los profesores del Liceo Caracense nos ofreció hace unos años, va más allá. No es una historia al uso, con notas a pie de página, documentos, opiniones. Es una historia lineal, sencilla, pero completa. Una historia de Guadalajara que está, sobre todo, engarzada plenamente con la historia de España. Yo aún diría que es esta la que se cuenta, y a cada paso que da la Patria, en Guadalajara resuena de un modo peculiar. Y se nos dice.

Así son los momentos del Medievo, con la explosión de soberanía y autogobierno populares (concejo de Guadalajara). El Renacimiento de los sistemas centralizados, con los Reyes Católicos y los primeros monarcas de la Casa de Austria (el auge mendocino). La decadencia (Fábrica de Paños de quita y pon). La guerra contra los franceses (El Empecinado). Las revoluciones y movimientos revolucionarios/reaccionarios (la monja de las llagas, Moreno y Marlasca, el Ateneo…) Y al fin la Guerra Civil, con su rastro de tragedia (los fusilamientos, Ortiz de Zárate, Marcelino Martín, italianos y republicanos…)

Todo ese bamboleo de cosas que suceden en España, tiene en Guadalajara su imagen especular. Por eso la historia/historias de Guadalajara que unos leen, otros encuentran, y todos al final repiten y saborean, son los elementos sustanciales de mantener a la ciudad con vida. Aparte de los cohetes, de los gigantes y cabezudos, de las peñas/charangas y de las quedadas culturales, es el recuento de la historia, de sus personajes, de sus hechos memorables, lo que nos infunde personalidad. Porque lo que aquí ha ocurrido, lo que aquí se ha construido, lo que aquí se ha vivido, es irrepetible y no tiene réplica en otra parte. Si estamos en Guadalajara estamos, sin más remedio, en el río de su historia, formamos parte de ella. Este es un buen momento para recordarla.

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