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A veces Pastrana

Ahora en estos días que preceden a San Andrés, cuando se preparan las gentes para que las nieves les lleguen a los pies, cuando las noches se vuelven heladoras, y son largas, y hondas, e impenetrables; ahora cuando parecen estrecharse los cielos y abrirse a la mañana el hondo valle que sin fin se abriga en la niebla, dan ganas de pensar en estos pueblos de la Alcarria que nunca dicen nada. Como Pastrana, como Valdeconcha, como Tendilla, como Hueva…

En los pueblos que tuvo la Alcarria un día con vida y sonrisas, hoy parece no escucharse apenas otro clamor que la bocina del panadero cuando llega, de mañana, a traer lo imprescindible. En muchos sitios ya no hay ni tiendas. Ya no hay médicos en ellos; los secretarios llegan, en algunos casos, una vez cada quince días; la gasolina anda en gasolineras lejanas, y cualquier cosa que se necesite (un cuaderno, una bufanda, una boina, o un lapicero… por decir las cosas que ocupan un puesto seguro en nuestra vida) hay que ir a buscarlas a la ciudad, a un centro comercial, más allá de todo. O yo no entiendo lo que pasa, o esto es ir a peor, al menos en la tierra de Alcarria, donde es lógico que nadie ponga su esperanza de vida.

He viajado estos años pasados por los caminos amables de esta tierra. He llegado a pueblos donde siempre había alguien conocido. Uno era popular –que no famoso- y por escribir en los papeles, o por estar siempre pendiente en el Hospital de lo que les pasaba a estas gentes, alguien identificaba al autor de estas líneas. Nos estrechábamos la mano, nos animábamos mutuamente. Pero esto va decayendo, no sé muy bien por parte de quien, pero se está apagando. Porque cuando voy a los pueblos están más vacíos (hago excepción de los puentes, del cogollo del verano, y de esas fechas en que se recuerda a los muertos y se va, haga el tiempo que haga, a poner unas flores encima de la sepultura de los padres) están más silenciosos, aunque se llega mejor a ellos. Por eso siempre pensé que las carreteras arregladas servían más bien para que la gente se fuera. Qué cruel, qué injusto soy al pensar esto. Debería callarme.

Pueblos con apellidos

Pero los pueblos de la Alcarria tienen un valor que no perderán nunca. Es el de su tradición, el de su sencilla historia, el del recuerdo de las gentes famosas que los incluyeron en sus biografías. De Valdeconcha, que está en lo hondo del valle del Arlés, era Antonio Pérez, el secretario del rey Felipe. O su familia. Bueno, que allí que ahora solo se escucha, y poco, el agua de la fuente que nos recibe al llegar, o el viento que le rasca las esquinas al templo en lo alto, se tiene siempre el recuerdo de que allí tenía Antonio Pérez casa, tierra, presencias de ir y venir siempre con prisas.

De Hueva era un músico solemne, que dos siglos después de su nacimiento dio motivos para hacer fiestas, conciertos, libros y jornadas culturales. De allí era natural don Melchor López Ximénez, que alcanzó a ser maestro mayor de la capilla musical de la catedral de Santiago de Compostela. Por él se recuerda ahora a Hueva, más que por su picota, su ayuntamiento clásico, sus calles empinadas.

En Tendilla surgen recuerdos siempre de don Pío Baroja, aquel escritor, oscuro y con boina, triste siempre porque se conocía al dedillo la historia de su tiempo, del que Ernest Hemingway dijo, en su entierro, que con gusto daría su título de Premio Nóbel por llegar a escribir como lo hacía don Pío. No se le perdonó al vasco que ejerció de médico en Cestona que se quedara en la España de Franco. Y eso que no creía en Dios, que no iba a misa y parodiaba a los curas. Don Pío y su hermano compraron unos olivares en las cuestas de Tendilla, y se hicieron una casa en el pueblo alcarreño. Iban muy de cuando en cuando por allí. A don Pío le gustaba saberse en tierras del Empecinado, en tierras donde las piedras parían guerrilleros.

Pastrana encantada

Pero en Pastrana se mezclan, en algarabía, muchos otros personajes. Por eso es un pueblo más importante que los que le rodean. La importancia de una ciudad, en definitiva, se la dan los hombres y las mujeres que la habitan. Yaquí vivieron… la tira de gentes famosas. La primera de todas una mujer, doña Ana de Mendoza y de la Cerda, princesa de Éboli porque lo fue su marido, primer duque de Pastrana como ella, ministro del rey Felipe II y portugués de nacimiento, don Ruy Gómez de Silva. Nada que añadir al lujo en la vestimenta, a la gentil sonrisa, al ojo tuerto y tapado de inventos de fieltro morado y verde. Y vivieron sus hijos, entre ellos don Gonzalo, Gonzalico de pequeño, y de mayor fray Pedro González de Mendoza, guardián en la Salceda, por franciscano, y luego obispo de Sigüenza, arzobispo de Granada, escritor de fama, amigo de arquitectos, legista y sabedor de latines, qué sé yo cuantas cosas…. Fray Pedro. Y el dominico que allí naciera, aunque sus padres acabaran de llegar del Milanesado, fray Juan Bautista Maino, pintor de los excelsos, pintor de vírgenes bellas y mártires sicalípticos, pintor de retablos, pintor de ojos grandes y largos pelos: un asombro que por aquí nació y corrió sonando. Y los versos también sonoros de Manuel de León Merchante, autor famoso en los años del cuarto Felipe, en los que aquel que fuera capellán real y comisario del Santo Oficio de la Inquisición, tenía a gala usar malas palabras que en todo caso divirtieran al personal, que, como siempre pasa, le ensalzaba y juzgaba por cumbre de la literatura en su tiempo: El abad del CampilloEl alcalde de MairenaEl astrólogo y los sacristanes, y así el acabóse de sainetes, entremeses y piececillas que rellenaban de público las corralas de Madrid en tiempos de los primeros Borbones.

En Pastrana hay, sin embargo, cosas que se sobreponen a la memoria de los personajes, al brillo de los tapices, a la mística oscuridad de sus callejones. Son los jardines. Muy poco queda de ellos, las reformas los fueron arrinconando, tapiando, llenando de garajes, olvidándolos. Pero hace unos años Tomás Nieto y Esther Alegree scribieron un libro, fruto de sus investigaciones y avisos, que titularon “Los Jardines de Pastrana”, en el que ponían en claro esa luz fugaz, ese tierno cuidado hacia la tierra entre las tapias. Me pidieron que se lo prologase y les escribí estas líneas. Las pongo por terminar este trabajo en términos literarios, tal cual lo empecé. Servirá, supongo, para entretener a los ociosos, y para animar a los viajeros a que visiten, por primera vez, o por enésima, Pastrana.

El Prólogo que puse al libro “Los Jardines de Pastrana”

La Princesa escucha la voz de quien subió un día, majestuoso aunque pequeño y rubiato, las escaleras de su palacio. La escucha en su corazón, y la evoca en días de primavera y pájaros. Magdalena de Buencuchillo, mientras borda rosas sobre la seda  pajiza, se acuerda de un canto que aquel que hoy en Indias le dijo abajo de la parra, junto al pozo. Daniela Burgos atesora en su memoria aquellas tardes, ya en caída, cuando con sus hermanos corrían tras los gatos, subiendo y bajando caminos húmedos, resbaladizos…

Los recuerdos de quien ya no los tiene, porque son a su vez pasto de la perdida memoria y de la melancolía, tienen una dosis subida de enredaderas, parterres, cogollos de cipreses y magnolios. Tienen sonoridad del agua que se despeña, breve, por las acequias. Tienen la luz que absorben, como en puños, los hierbadales que surgen rebeldes junto a los estanques, tras los pozos. Las  horas quietas de muchos pastraneros y pastraneras se fueron, lentas y dulces, por los empinados jardines de sus opulentas mansiones. Con un adormilado entrever resucitan gritos, sudores, esperanzas inquietas. Todas vividas, latidas en esos jardines que Pastrana tiene escondidos entre vallas, entre higueras, más allá de los paredones yesosos de sus corralizas. En esos jardines está la esencia del querer, del sentir. La vida nada menos.

Este es un libro que habla de esos jardines de Pastrana. De esos espacios desconocidos, míticos casi aún para quienes viven enla villa. Porquede los muchos que hubo, apenas quedan cuatro o cinco. Lugares donde cuajó la esencia de una historia, la no escrita razón de unos duques, de unos moriscos, de algunos flamencos y del hablar de guerras y renovaciones místicas. Espacios que cabalgan entre lo arquitectónico y lo natural, entre lo planificado por el hombre y lo espontáneamente nacido del sol y las lluvias. Lugares que complementan los palacios, las casonas, tantos hogares que eran, y son todavía, vivienda, cuadra, secadero y huerta. En la cuesta agria y difícil de Pastrana, una Colegiata y una fuente de cuatro caños dan luz al abigarrado conglomerado de sus edificios. Entre ellos, y como así fue desde hace muchos siglos, surgen los jardines. Donde la luz juega con el pensado trazo del agua y la fraguada línea de arrallanes. Esos jardines que aquí, en sabia unidad de técnica y documentos, nos presentan Tomás Nieto y Esther Alegre. Para que entre las páginas de un exquisito libro permanezcan más siglos sus formas, sus sombras, sus esencias sin perderse.

No puedo decir nada más, porque sin querer, y hablando de Pastrana, la mano y el corazón se me van a la subida nostalgia. Pero sí presentar esta obra como un cuidado, novedoso y perfecto estudio sobre un aspecto que parecía mínimo, y no es sino otro perfil de la arquitectura popular, y aun palaciega, de esta villa alcarreña: los jardines de estirpe hispanomusulmana, viejos en su tradición, eternos en sus formas, que mis amigos Tomás y Esther han catalogado, han medido, han examinado con lupa, han fotografiado y han hallado su razón en sucesos pretéritos y esquemas clarificados. Un estudio que Pastrana merecía y que sólo ellos, avizorando el papel viejo y la piedra eterna, han sabido desvelar y ofrecernos.

La esforzada doña Ana, duquesa viuda y princesa, tuerta y entristada; la jovencísima Magdalenade Buencuchillo, pálida pero llena de vida; la gran señora doña Daniela Burgos, canosa y sin apenas arrugas sentada en el respaldar de anea, dejan que tiriten sus recuerdos por los umbrosos pasadizos, estrechos, mojados, de sus jardines. Allí estuvo la vida, allí está ahora el recuerdo de sus años, que fueron hace tantos…

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