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Bajo los soportales de Guadalajara

Estos próximos días, en los que Guadalajara será un ir y venir de gentes detrás de las músicas, y por delante de los gigantes y cabezudos, no será mal momento para recordar uno de los aspectos que configuraron a la ciudad, desde hace siglos, hasta hoy mismo, y que debería seguir marcando un tanto su figura, componer su silueta de clásica ciudad castellana. Me estoy refiriendo a los soportales, de los que ya tan escasos ejemplos quedan en pie.

El soportal es una parte, mínima pero muy expresiva y útil, del urbanismo medieval cristiano. Las viejas ciudades islámicas, al menos en la Península ibérica, no tenían estos elementos, que suponen dejar una parte de calle pública bajo los edificios, que se sostienen en esa parte sobre columnas y capiteles de más o menos calidad técnica y expresividad artística. Los árabes hacían sus ciudades con calles muy estrechas, precisamente para evitar que el sol ardiente de sus climas cayera sobre ellas, y las dejara un poco más frescas. Los cristianos, en cambio, prefieren espacios más abiertos, grandes plazas y calles en lo posible anchas, aunque la necesidad a veces de construir mucho en poco espacio, les hizo también economizar en los espacios libres de las calles.

Soportales en la provincia

La provincia de Guadalajara ofrece hoy algunos ejemplos de espacios urbanos soportalados muy hermosos, conocidos de todos, pero que no está de más recordar aquí, como paradigma de este tipo de construcción: ¿quién no se ha paseado alguna vez por la calle mayor de Tendilla, con su casi kilómetro largo de soportales en los dos costados de la calle? ¿O quien no ha visto los preciosos soportales de la Plaza del Trigo en Atienza, de la Plaza Mayor en Sigüenza? Por recordar ejemplos encantadores, aunque más pequeños, digo aquí las localidades de Uceda, de Arbancón, de Peralejos de las Truchas, o de Pareja, donde mínimos fragmentos han quedado de soportales, sin olvidarme de los Ayuntamientos de Horche, de Fuentelencina, de Budia y de Tomellosa, como edificios aislados en los que también esa estructura juega a embellecer un frente comunal.

En los soportales comunitarios de los Ayuntamientos se reunió siempre el personal jubilado, o el desocupado, a establecer mentidero y corte de trajes ajenos. Se resguardaban de la lluvia en días de nublo, y se recalentaban al sol del invierno. Se abría un espacio chico y amable al pueblo, bajo los soportales. Aún recordar en Brihuega la calle que baja al Coso, y en Cifuentes los que circundan la plaza, sin olvidar los de Cogolludo, frente al renovado palacio y aún los de Tamajón, donde se hacía el mercado.

Guadalajara ciudad

La ciudad de Guadalajara, la capital del Henares, que hoy comienza su fiesta anual, tuvo también su buena parte de soportales. No llegaron nunca a ser tan largos y espléndidos como los que ofrece su hermana grande del valle, la Alcalá de Cervantes, pero sí sabemos que al menos la parte baja de la Calle Mayor, la que ahora se denomina de Miguel Fluiters, estuvo adornada de ellos hasta principios del siglo XX. Era, lógicamente, una calle muy estrecha, con pequeñas plazas que daban entrada a casonas y a la iglesia de San Andrés, desembocando en la de Santiago, hoy lonja del palacio del Infantado. Todo cayó para ensanchar esa calle que quería ser la mayor de un burgo en crecimiento.

No cayeron, sin embargo, los soportales de la Plaza Mayor, que han llegado a nuestros días, a pesar de malas fortunas y abandonos, casi íntegros. La Plaza Mayor de Guadalajara, hoy eje de la Fiesta en honor de su patrona la Virgen de la Antigua, y me imagino que tan llena de gente que ni se va a poder fijar nadie en su estructura, tuvo en sus inicios una ermita en su interior, dedicada a Santo Domingo, que ya en el siglo XV a finales se derribó, para darle más amplitud al principal espacio ciudadano. Dicen que fue el Cardenal Mendoza quien promovió esa reforma arquitectónica, así como la de dotar de soportales a los cuatro costados de la Plaza. Esta, que hoy está cruzada de un extremo a otro, por uno de sus costados, por la cuestuda Calle Mayor, tiene además otras dos salidas. La cuesta del Reloj y el callejón de Arco, que se llama así por haberlo tenido de cubrición hasta hace 100 años. Antiguamente, a la plaza entraban otros callejones estrechos, que fueron cerrados con la edificación de casas.

Los soportales aparecen hoy en sus cuatro costados. El occidental pertenece al edificio del Ayuntamiento que los tiene solemnes y un tanto artificiales y eclécticos. El rincón noroeste, ya concluidas las obras que se eternizaron años, ha visto resurgir los soportales con gracia y bien acordados. En el costado de levante los volvemos a encontrar, altivos y renovados, con columnas de base prismática y otras cilíndrica, estas rematadas por capiteles que recuerdan los primitivos, aquellos de “estilo alcarreño” que definió Elías Tormo en sus artículos sobre el patrimonio mendocino.

También hay soportales en el costado sur, entrañables, aunque ahora recubiertos de los andamios de otra reforma de esas lentas, inacabables, a las que ya nos tiene acostumbrada la mecánica constructiva de nuestra ciudad.

Sabemos que también tuvieron soportales las casas de la plaza de San Gil (hoy del Concejo), y quizás los hubo, en algún momento de la historia, en la Calle Mayor Alta, y plaza de las Concepcionistas (hoy de Moreno), pero no ha quedado constancia de ello.

Sin embargo, la nueva Guadalajara que ha surgido al costado oriental del barranco del Alamín, en las “Aguas Vivas” de los árabes, muchas de sus calles y avenidas se han visto premiadas por ese obsequio urbanístico que para los ciudadanos es siempre un soportal. Si solamente las viejas ciudades lluviosas de Castilla y el Norte las tienen en abundancia, aquí hemos conseguido aumentar su nómica, aun sin ser imprescindibles. Subir un día por los bulevares de Entrepeñas, y de Buendía, para contemplar su existencias y aún su variedad, pues unos son de pilares revestidos de piedra, y otros de ladrillo, lo cual añade una estética cuidada.

Pasear por estos mínimos e íntimos espacios ciudadanos da un aliento de certeza de que la ciudad tiene, desde hace muchos siglos, su modo de vivir y respirar. Muchos viejos pueblos de Castilla mantienen esa estructura soportalada en sus calles y plazas (cómo no recordar las de Almagro en la Mancha, las de Ezcaray en Rioja, las de Valladolid o las de Peñafiel junto al Duero, y tantas y tantas otras…) Estos elementos le dan a un burgo un empaque y una dignidad mayores, una belleza solemne, e incluso una utilidad para celebrar ferias, encuentros (los coleccionistas de sellos tienen su mejor refugio en los soportales de la Plaza Mayor, y los sabios del orbe occidental pueden charlar al abrigo de la lluvia por los de la Plaza de Salamanca) y charlas distendidas. Ojalá Guadalajara sepa conservar lo poco, lo poquísimo, que de estos soportales le han llegado hasta el nuevo siglo. Es por ello que, tras las fiestas que ahora comienzan en todo su esplendor, y para las que deseamos, (a ciudad y ciudadanos) todo lo mejor, unos cuantos de mis lectores se animen a pasear, en los días de lluvia que sin duda llegarán, bajo la protección de los soportales ciudadanos.

El Ayuntamiento en su plaza

Dividiendo a la Calle Mayor en alta y baja, aparece la Plaza Mayor de Guadalajara con un trazado cuadrado y amplia perspectiva. Antiguamente fue más estrecha que hoy, y daba salida a la calle mayor, a la cuesta del Reloj y a la plaza de San Gil, por varios arquillos de ladrillos que saltaban de casa a casa, presentándola con un aspecto herméticamente cerrado. A comienzos del siglo XX, el alcalde Fluiters la amplió y dejó huérfana de su antiguo aspecto.

En la Edad Media, ésta era la plaza de Santo Domingo de Guzmán, que tenía en su ángulo noroeste una pequeña iglesia mudéjar. También estuvo el edificio del Concejo aquí situado, desde el siglo XV; hasta esa fecha, los Concejos se celebraban en el atrio de la iglesia de San Gil, en la plaza adyacente, y aún siglos después también siguieron celebrándose. A comienzos del siglo XVI se hizo también reforma en la plaza, creando soportales en sus costados de levante y poniente, con columnas de piedra, capiteles de estilo renacimiento alcarreño y zapatas talladas, sosteniendo un sencillo arquitrabe, pudiéndose admirar todavía, en buena parte, esos detalles.

El Ayuntamiento o edificio del Concejo se renovó hacia 1585, construyendo un caserón de dos plantas, con soportales en ambas, y dos torreones de chapitel espigado en los extremos de la fachada, toda ella de ladrillo con detalles, sobre todo en esquinas, columnas y capiteles, de piedra sillar. En 1716 volvió a rehacerse el Ayuntamiento, aunque respetando la estructura anterior.

A finales del siglo XIX se decidió derribarlo y hacer uno nuevo, el actual, que se concluyó en 1907. Fue trazado el proyecto por el arquitecto Antonio Vázquez Figueroa, siendo luego modelado y reformado por Benito Ramón Cura y Luis Fernández Merchante. Es un magnífico ejemplo de la arquitectura ecléctica e historicista de principios del siglo XX, recogiendo en formas y decoraciones el aire típico del Renacimiento alcarreño.

Consta de un torreón para el reloj y campanas en el ángulo sur de la fachada, y el resto unos sencillos soportales con gran balconada en el primer piso. Su interior presenta una bella escalera noble, y un pequeño salón de actos con lienzos de monarcas castellanos. Tanto por sus salones como en los paramentos exteriores, pueden contemplarse una variada gama de escudos heráldicos de diversos apellidos, familias e instituciones arriacenses, rescatados de edificios en ruinas.

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