Los Escritos de Herrera Casado Rotating Header Image

enero, 2007:

Memoria de los militares en Guadalajara

Globo aerostático sobrevolando Guadalajara

La presencia del Ejército Español en nuestra ciudad, que hoy queda apenas reflejada en el nombre de nuestra principal avenida, fue durante un siglo largo densa y vivificante, porque a través de numerosas instituciones, cuarteles, la Academia, la Aerostación, los hospitales, la maestranza, fábricas de motores a su calor nacidas, edificios modernos y urbanismo renovado, significó todo un largo proceso de crecimiento y novedades.

El incendio que acabó en 1924 con el poderoso motor de la Academia, las destrucciones de la Guerra civil, el posterior abandono de todos los edificios e instituciones, y la reciente venta del Fuerte de San Francisco a la Junta de Comunidades para que en su recinto construya más pisos, ha supuesto que la memoria de aquella presencia militar se haya reducido a las páginas de los libros de historia.

 Un caudal de instituciones militares

 En el año 1833, después de haber tenido provisional sede en otros lugares de España, se instala en Guadalajara la Academia de Ingenieros Militares, creada en 1803 en Alcalá de Henares a imitación de la institución francesa que perseguía la formación de los militares, entonces nacientes como clase social. Se instaló en el edificio de la Fábrica de Paños, que había quedado abandonada a su cierre tras la Guerra de la Independencia, y que se había aprovechado del anterior palacio de los marqueses de Montesclaros, segundones de los Mendoza, que lo habían construido en el siglo XVI frente al palacio ducal del Infantado.

La evolución de la enseñanza de esta parcela de la actividad militar comulgó desde el primer momento de lo teórico y de lo práctico. Con una especial incidencia en los temas constructivos, por lo que muchos de estos ingenieros militares, y especialmente su profesorado, alcanzó cotas de prestigio excepcional en el área de la arquitectura.

Es Zarco del Valle uno de los primeros profesores, en la primera mitad del siglo XIX, que desde Guadalajara imparten su sabiduría. Autor, entre otras cosas, de la “Disertación sobre la propiedad considerada como única regla fundamental de la Arquitectura”. Le siguen en las cátedras Bernardo Portuondo y Barceló, autor de unas “Lecciones de Arquitectura”, muy influidas por Durand, pero que suponen la aceptación de unas normas europeas que, además, quedan reflejadas en una infinidad de láminas con estupendos dibujos. Además de ellos trabajó aquí Antonio Parellada, autor de un libro titulado “Arquitectura” usado como de texto en la Academia, con buenísimos dibujos, planos y descripciones, teniendo cierta preferencia por el tema de la “Ingeniería Sanitaria” los hospitales, etc.

En la evolución intelectual y auténticamente universitaria que la Academia de Ingenieros supuso para la ciudad y el ámbito militar español, destaca la creación, por parte de Zarco del Valle, del “Memorial de Ingenieros”, una revista que se publicó en nuestra ciudad, desde 1846 a 1874, mensualmente, con aportaciones siempre brillantes y novedosas sobre la teoría y la práctica del Arma, en forma de “Memorias de corto volumen relativas a la ciencia y arte de la guerra, construcciones, ciencias auxiliares, etc”. A partir de 1875 pasó a denominarse “Memorial de Ingenieros y Revista Científico-Militar”.

 La Aerostación Española 

 Uno de los máximos exponentes de la calidad científica y práctica desarrollada en la Academia de Ingenieros de Guadalajara fue la creación de la Aerostación Española en nuestra ciudad. Los primeros dirigibles, los globos cautivos, los aviones, los motores de la fábrica Hispano-Suiza, las técnicas de ataque y defensa aérea, un nuevo mundo que se abría en Occidente de cara a combatir enemigos, pero también a ganar puntos en la ciencia y en la conquista del futuro. Guadalajara es la sede de ese camino que se inicia. El general Vives, Kindelán, Emilio Herrera Linares, creador entre otras cosas de los primeros trajes de astronauta para conseguir subir, en globo, hasta la estratosfera, a 20.000 metros de altura, son algunos de los muchos ingenieros y militares que dieron cuerpo a esta rama de la defensa.

 Edificios múltiples, grandiosos y perfectos

 El libro que acaba de publicar el Colegio de Arquitectos de nuestra provincia, y que firma el profesional Andrés García Bodega, es todo un catálogo de los edificios destinados de un modo u otro a la puesta en práctica de esta vertiente universitaria del Ejército. Aparecen cientos de planos, de alzados, de fotografías y dibujos, la mayoría de ellos inéditos hasta ahora, y obtenidos de los recónditos Archivos Generales Militares de Avila, Madrid y Segovia. Algunos, tan sorprendentes como el que reproduzco junto a estas líneas, y que es el plano detallado del que fuera Alcázar de los reyes cristianos (ahora en proceso de excavación) transformado en talleres de sarguetas para la Real Fábrica de Paños, convertido posteriormente en Cuartel de San Carlos.

García Bodega elabora un catálogo que no deja de sorprendernos, a pesar de conocer (hoy la mayoría en ruinas) la mayoría de estos que fueron edificios sede del Arma de Ingenieros en Guadalajara. En breve enumeración, conviene aquí recordar, primeramente, la sede de la Academia, en la plaza de su nombre que hoy está dedicada a la Memoria de los Caídos en la Guerra Civil.

Luego el convento de las jerónimas, que tras la Desamortización se pensó utilizar como ampliación de la Academia, pero que el final en 1868 quedó desafectada y pasó a ser Hospital Civil, hasta que el edificio conventual se derribó tras la Guerra Civil, abandonado y viejo, quedando solo la iglesia de los Remedios, hoy sede (aunque apenas sin utilidad) del Paraninfo de la Universidad alcalaina.

El mismo palacio del Infantado, vendido a la ciudad por el duque de Osuna a finales del siglo XIX, albergó pronto el “Colegio de Huérfanos de la Guerra Civil” que no fue otra que la sucesiva e inacabable “Guerra Carlista” que ensangrentó España a lo largo de esa centuria.

El torreón de la muralla que se llamó del Cristo de la Feria, y luego tomó la denominación de Alvar Fáñez en atención a su leyenda conquistadora, quedó incluido en el recinto de las estructuras de la Academia.

Otro de los interesantes edificios, que hoy todavía quedan parcialmente en pie, de aquella renovación y ampliación de la Academia que se hizo en 1865 dirigida por el capitán Lorenzo de Castro, seguida de nuevas ampliaciones en 1879, con una España restaurasa y en paz, dirigidas por el comandante de Ingenieros Federico Vázquez Landa. Hoy vemos junto a la Avenida del Ejército la fachada posterior que da sobre el barranco de San Antonio, y que sobrevivió a incendios, guerras y abandonos. Esa parte posterior ofrece, gracias al estudio de García Bodega, el sorprendente parecido de la Academia guadalajareña con el palacio de los Papas de Avignon. En aquella ocasión se le añadió al conjunto el edificio del “Picadero”, que es de lo poco que ha sobrevivido, y que construido entre 1875 y 1881 aún asoma sobre la acera de la avenida, frente al palacio del Infantado.

Siguieron las reformas en los inicios del siglo XX, hasta que llegó la fatídica fecha del 9 de febrero de 1924 en que ardió entera, quedando sobre sus ruinas, además del humo, la idea de reconstruirla, pero que a pesar de la realización de un completo proyecto a ello tendente por parte del teniente coronel Villar y Peralta, nunca cuajó, y el gobierno de la República decidió no volver a reconstruir en nuestra ciudad este centro universitario que tanta tanta vida le dio durante un largo siglo.

 Aún más edificios militares

 En fin cabe recordar, someramente, algunos otros edificios militares de los que apenas asoman sus sombras entre las urbanizaciones, rotondas, grúas y demás glorias constructivas del momento presente. Fue uno, y enorme, el Cuartel de San Carlos, asentado sobre el solar del antiguo Alcázar, y ampliado en 1859, aunque desde 1845 ya era centro militar, con unidades de Caballería, Infantería y Zapadores. Fue Juan Puyol quien en 1861 hizo los planos y dirigió las obras.

Junto al Fuerte de San Francisco se construyó, entre 1891 y 1895, la Maestranza de Ingenieros, con enormes naves para albergar los talleres de carpintería metálica, así como edificios de habitación para las familias de los militares que allí trabajaban.

Además hay que recordar el gran Hospital Militar que asentó, desde los días de las guerras carlistas, en lo que había sido hasta poco antes el Convento de Santo Domingo. Hasta hoy ha llegado, muy reformado, como Instituto de Formación Profesional “Castilla”.

Y finalmente el Polígono de Aerostación, quizás la huella más preclara de esta presencia militar, y la más arrasada en la actualidad. Junto al Henares, en la zona actual de Manantiales, se elevó el gran barracón para los globos cautivos y los dirigibles. Lo proyectó en 1900 Martínez Sanz. Así como el que poco después, en 1920, el ingeniero Agustín Arnaiz elevó con gracia de formas para “Taller y Almacén de Globos” y que hoy subsiste, absolutamente derruido, en la zona de Manantiales, ahogado por bloques de chalets.

 Apunte

 Guadalajara y los Ingenieros militares

 Este es el nombre de un libro espléndido, grande en dimensiones y exhaustivo en información, que acaba de aparecer para memorar con claridad y pulcritud esta historia de los ingenieros militares. Su autor es el arquitecto alcarreño Andrés García Bodega. El libro ha sido editado por el Colegio de Arquitectos de Castilla-La Mancha en su demarcación de Guadalajara. Cuenta con 458 páginas en gran tamaño, encuadernación en cartoné, y cientos de grabados, con muchos planos de la ciudad, la Academia, el fuerte, la Aerostación, etc. que recuperan esa memoria tan rica y densa de aconteceres.

Detalles para llegar al Renacimiento

El convento de San Antonio de Mondéjar, sigue rodeado de basura y en un estado de ruina secular.

 Hace un año que comenzó nuestro diario “NUEVA ALCARRIA “la publicación, por fascículos, de la obra “El Renacimiento en Guadalajara”, que sin duda ha servido para rescatar un tanto la memoria de aquellos siglos en los que la idea del Hombre como eje del Universo tomó carta de naturaleza. Cientos de imágenes, y referencias a personajes, libros y monumentos desfilaron por sus páginas, llegando a calar con nitidez en la memoria de objetos, presencias y siluetas inequívocas.  El Renacimiento tiene, como el románico rural, o la naturaleza boscosa del Alto Tajo, una consistencia de personalidad alcarreñista, y la definición de tierra, la categoría de identidad y el marchamo de raigambre, lo sacamos de ahí, de esas cosas que parecen que tienen menos valor porque ya estamos acostumbrados a ellas. Vamos a dar tres pasos solamente por el Renacimiento de nuestra tierra, por tres espacios señalados, solemnes y de variado destino. Será una forma de iniciar un camino, el del año y el del descubrimiento de lo nuestro.  

La iglesia de los Remedios, el Renacimiento oculto  

Entre los numerosos ejemplos que del arte del Renacimiento existen en la ciudad de Guadalajara, es sin duda la iglesia de los Remedios uno de los mejores: exquisita de formas y volúmenes, limpia de colores y atajos para llegar al meollo del estilo, a la esencia de su mensaje. Esta iglesia se encuentra en la parte baja de la plaza de los Caídos, frente al Alcázar que se va recuperando, lentamente. Este templo de carisma conciliar, porque trajo su maqueta y medidas el Obispo de Salamanca don Pedro González de Mendoza, de cuando estuvo pasando unos años en Trento, se encuentra habitualmente cerrada. Es propiedad de la Universidad de Alcalá, que la definió en su día –cuando se inauguró- como sede de su Paraninfo en el Campus alcarreño. De entonces acá muy pocas veces se ha abierto, y por tanto su mensaje de belleza espacial, de luz y aires, de pinturas y enterramientos, está velado para la mayoría. Fundó esta iglesia don Pedro González de Mendoza, hijo del cuarto duque del Infantado, para ser capilla de un colegio de doncellas pobres o huérfanas con la advocación de «Nuestra Señora del Remedio». Este prócer alcanzó el obispado de Salamanca, y fue uno de los más destacados teólogos españoles de Trento. Al hacer testamento, en 1568, dejó estipulado todo lo concerniente a su fundación, y las obras comenzaron hacia 1574, año de la muerte del prelado. Fue ocupado este edificio posteriormente por una comunidad de monjas jerónimas, establecidas aquí en 1656, y en él mantenidas hasta 1853, en que se trasladaron a las casas de junto a la iglesia de San Esteban, donde estuvieron hasta 1936. El gran edificio conventual anejo a la iglesia, obra neoclásica de magnífico aspecto, fue ocupado en el siglo XIX para Hospital Civil, y luego para Museo Provincial de Pinturas. En el pasado siglo fue derribado, y en su solar se levantó la Escuela Universitaria de Formación del Profesorado. La iglesia de Nuestra Señora de los Remedios puede ser clasificada dentro del manierismo de inspiración serliana, al que dio presupuestos teórico‑prácticos el arquitecto toledano Alonso de Covarrubias. La trazaron en 1573 Acacio de Orejón y posiblemente Juan de Ballesteros, y las obras dieron comienzo en 1574, siendo sus artífices los maestros canteros Nicolás de Ribero y Juan de Ballesteros, en una primera etapa, prosiguiendo Diego de Balera, y concluyendo las obras el maestro Felipe Aguilar el Viejo, de Guadalajara. Al exterior resalta su fachada, constituida por un atrio orientado al norte, que consta de tres arcos de medio punto sobre esbeltas columnas dóricas que apoyan en altos pedestales, ofreciendo un aspecto de ingravidez y gracia renacentista de acusado aire italianizante. En el interior de este atrio aparece la portada, con arco semicircular de ingreso, escoltado por columnas pareadas de corintio capitel, sobre las que corre un friso en el que aparecen tallados los escudos del fundador. El resto del exterior del templo ofrece una cabecera de planta poligonal con contrafuertes, todo en sillería. El interior es de elegantes y ajustadas proporciones renacentistas: una sola nave, con ancho crucero y capilla mayor de planta poligonal con cúpula de cuarto de esfera en forma de venera. Imita iglesias de Trento. La bóveda del templo es de medio cañón; los arcos fajones que la sostienen, y que arrancan de adosadas pilastras, están decorados con rosetas esculpidas. Por enjutas, lunetos y claves aparecen distribuidos profusamente, y policromados, varios escudos de armas del obispo fundador. A la altura de la imposta, en el arranque de los arcos, una inscripción, en grandes y limpias letras romanas recuerda al prócer constructor. En el centro del crucero, bajo el pavimento, se abre la cripta en la que descansan los restos del mendocino obispo de Salamanca. Ocupando el fondo del muro del presbiterio, se ve una gran pintura al fresco, de José María Larrondo, representando el espíritu universitario de la cisneriana Alcalá expandiéndose por el valle del Henares. 

 La Catedral de Sigüenza, el Renacimiento brillante 

Aunque en la planta es un templo románico, y en el alzado una mezcla de iglesia y fortaleza góticas, el interior de la catedral seguntina es un clamor de Renacimiento puro. 

Con muchos siglos a las espaldas, el templo mayor de la diócesis proclama el buen gusto de obispos, artistas, viajeros y ciudadanos que lentamente la fueron haciendo realidad. 

Tiene en estos últimos años la suerte de haber sido mirada con buenos ojos desde el Ministerio de Cultura. Porque le están llegando ayudas sin pausa, para restaurar sus elementos más especiales. Fue primero su sacristía de las cabezas, luego la capilla del Doncel y su estatua universal. Y ahora lo ha sido el claustro de estética gótica y contundencia renacentista el que ha visto producirse su limpieza, consolidación, arreglo perfectos.  

Fue construido construido en los primeros años del siglo XVI, habiendo sido diseñado por Alonso de Vozmediano, y ejecutado por los maestros canteros Fernando y Pedro de las Quejigas, Juan de la Gureña y Juan de las Pozas. En cada una de sus galerías se abren siete ventanales, ojivales, y tanto éstos como las pequeñas puertas de acceso al patio central, se adornan con rejas platerescas debidas al maestro Usón. Un pozo central de sobrio estilo renaciente centra el umbrío jardín claustral. En los muros se abren diversas capillas y dependencias, entre las que quisiera destacar hoy la llamada “Capilla de la Concepción”, la major del claustro, sin duda, que ha sido también recientemente restaurada, recuperando dimensiones, belleza de bóvedas, asombro de pinturas murales, y presencia de las tribunas que escoltan su entrada y servían para que los obispos siguieran las ceremonias religiosas celebradas en su altar. Esta capilla es obra de 1509, con portada plateresca de pormenorizada ornamentación, y una bóveda de gran efecto, a base de nervaduras y claves secundarias, policromadas bellamente. Se cierra con una muy buena reja hecha por el maestro Usón, a comienzos del siglo XVI, y ahora luce las primitivas pinturas que muestran vistas de ciudades europeas. Por la puerta del Jaspe, uno de los complejos protorrenacientes más antiguos de la catedral y de España, se pasa desde el claustro a la nave del Evangelio de la Catedral. 

En el interior del templo, la Sacristía de las Cabezas o Sagrario Mayor, que ofrece la techumbre más asombrosa de los templos españoles, con sus más de trescientas cabezas talladas por Covarrubias, Vandoma y otros extraordinarios escultores del siglo XVI, es el elemento joya del templo. Además de su bóveda de cañón, ofrece algunos de los grandes tapices belgas del siglo XVII que forman la gran colección catedralicia. Tiene, incluso, detalle sin cuento, en cenefas, columnas y enjutas, de medallones, bustos y figuras que aún están por describir en su minuciosa esencia. E incluso en los muros de la sacristía se apoyan cajoneras y muebles que, tallados también en el siglo XVI en las más nobles maderas, muestran imágenes y escenas de la Biblia y de las mitologías que con ella se funden en la esencia más clara del Humanismo Renacentista. Una de ellas, que vemos junto a estas líneas, es la ofrenda del alma a los sentidos que la perfeccionan y alegran. 

El convento de  San Antonio en Mondéjar, el Renacimiento vergonzoso 

En Mondéjar está otro de los elementos más importantes del Renacimiento, no ya alcarreño, sino español todo. Fueron las ruinas que hoy quedan de su convento franciscano de San Antonio, las que se declararon como Monumento Nacional a comienzos del siglo XX, por reunir todos los caracteres del estilo renacentista. Sin duda es importante, porque ese edificio conventual fue trazado por el arquitecto Lorenzo Vázquez, a finales del siglo XV, cuando volvió de su viaje por Italia, de la mano del conde de Tendilla, y aquí expresó lo mejor que vió en la península mediterránea: grutescos, lazos, ovas y escudos, con un tondo central sobre la puerta en que aparece la Virgen María y su Hijo tallados con delicadeza en la piedra dorada de la Alcarria. Es una pena que hoy, todavía, estén las ruinas de San Antonio de Mondéjar en las condiciones en que están. Para quienes no salen, habitualmente, de las cuatro paredes de su pueblo, o de la provincia, aquello no tiene importancia alguna. Para quienes, aunque son pocos, se mueven por España mirando atentamente el patrimonio artístico de nuestra Patria, y se percatan de cómo cuidan por ahí sus templos, plazas, palacios y puentes, es inconcebible que todavía en el siglo XXI el monasterio de San Antonio de Mondéjar siga siendo lo que todavía hoy puede calificarse como un estercolero: vallado por su propiedad, rodeado progresivamente de chalets y urbanizaciones, la hierba crece sin freno y las basuras siguen campando en su entorno. No voy a insistir en el tema, que saco a relucir cada año por ver si a alguien se le mueve la conciencia y hace algo positivo por este monumento. Pero la realidad es que la que fue iglesia que don Iñigo López de Mendoza mandó diseñar y erigir al genial Vázquez de Segovia, sigue manteniéndose en pie de verdadero milagro, aunque en todos los libros que hablan del Renacimiento europeo, se la represente como modelo, adelantada y genial destreza del arte de la arquitectura.  

 

Pasado, presente y futuro del Monasterio de San Francisco

Pasado, presente y futuro del Monasterio de San Francisco

Iglesia de San Francisco

Desde hace varios años, viene siendo “monumento del año” en nuestra ciudad el conjunto de edificios que formaron en su día el monasterio de San Francisco. Por diversas razones: por su cesión a la ciudad de la iglesia gótica en la que pusieron los Mendoza –era el siglo XV- su mausoleo conjunto y linajudo, acompañada de los edificios que albergaron en su día el cenobio y luego la comandancia militar y talleres de maquinaria y armamento del Ejército. Luego por la posterior adquisición, por parte de la Junta de Comunidades, al ministerio de Defensa, del conjunto de edificios que formaron el poblado del “Fuerte” y los amplios terrenos adyacentes. Todo ello va a ser destinado, en un futuro ya inmediato, a espacio residencial y lugar de encuentro de los ciudadanos arriacenses. Será una forma de recuperar la historia (que no la memoria histórica, que es otra cosa) de ese bosquedal, de ese templo, de esos claustros, y de esas preciosas casitas de arquitectura decimonónica, que aún existen y deberán ser respetadas.

La posibilidad de transformar el monasterio de San Francisco (iglesia y convento) en un lugar de actividad cultural, sigue en pie: a la iglesia, bien solada y limpia, y al panteón de los Mendoza, recuperado en su primera imagen de lujo barroco, debe dárseles el destino lógico de ser objeto de admiración de propios y extraños. Y a los talleres y naves industriales, continuar en su función que un día tuvieron, de ser Museo de la tecnología armamentística española. Lo demás, respetando las casas de los colonos en sus proporciones y aspectos originales, dedicarlo a lo que la autoridad competente haya diseñado, que es según todos ya sabemos, espacio residencial en el formato de “res pública” o viviendas de protección oficial. Ya se verá, cuando se acabe, en qué para todo ello.

 La historia y el monasterio

 Aquí conviene rememorar algo sobre este edificio, su historia y sus presencias sucesivas. Al nordeste de la ciudad, sobre una eminencia del terreno, y fuera ya de sus antiguas murallas, hoy se alza el conjunto de lo que fuera convento de San Francisco, rodeado de jardines y bosque denso.

El origen de este monasterio es muy remoto, pues al parecer fue la reina doña Berenguela quien allí levantó casa para los Templarios, que tenían por misión la vigilancia de los caminos y protección de los peregrinos. Al disolverse esta Orden, en 1330, las infantas Isabel y Beatriz, hijas de Sancho IV y señoras de Guadalajara, donaron este lugar a los frailes franciscanos, que inmediatamente asentaron en este lugar, recibiendo múltiples ayudas por parte de la ciudad: el Concejo, incluso, les concedió una limosna anual que sacaban de la renta de la harina.

La ayuda de la familia Mendoza se dirigió muy especialmente a este monasterio desde el siglo XIV: ya en 1383, cuando don Pedro González de Mendoza hizo su testamento, fundó cuatro capellanías y dio cantidades importantes para las obras del claustro de San Francisco, ordenando ser enterrado en su iglesia. Cuando en 1395 un incendio destruyó totalmente el cenobio, don Diego Hurtado de Mendoza, Almirante de Castilla, se comprometió a levantarlo de nuevo. Fue este aristócrata quien tomó el patronazgo de la capilla mayor, disponiendo ser enterrado, al igual que los herederos de su mayorazgo, en el presbiterio. Su hijo, el gran cardenal don Pedro González de Mendoza, construyó la iglesia y puso un retablo gótico.

La familia mendocina continuó ayudando al convento franciscano: doña Ana, sexta duquesa del Infantado, puso nuevo retablo, y don Juan de Dios de Mendoza y Silva, décimo duque, construyó bajo el presbiterio el panteón de restos mortales de sus antepasados, desmontando antes los magníficos enterramientos góticos que hacían de la capilla mayor de este templo un auténtico santuario del arte de la Edad Media, y de los que no queda descripción ni recuerdo.

Otras muchas ilustres familias arriacenses protegieron este cenobio, entre ellas las de los Gómez de Ciudad Real, los Orozco, los Avalos, Velázquez, Velasco y Castañeda, quienes dotaron las capillas laterales del templo, poniendo en ellas ricos altares y enterramientos.

Tuvo gran importancia en el conjunto de la orden franciscana. En el siglo XVI lo ocupaban más de 70 frailes, siendo sus rectores figuras de la talla de fray Bernardino de Torrijos, y manteniendo una escuela de Arte y Filosofía Moral de la que salieron importantes figuras, entre ellas la de fray Antonio de Córdoba, que allí escribió en el siglo XVI una obra sobre Suma de casos de conciencia.

Durante la guerra de la Independencia fue totalmente saqueado y destrozado por los franceses. En 1835 la ley desamortizadora de Mendizábal le dejó vacío, y en 1841 le fue entregado al Ministerio de la Guerra, que lo ha ocupado hasta el año 2000.

Del antiguo monasterio franciscano queda hoy una gran portada neoclásica, que da acceso a un edificio del que se conserva, retocado, parte del antiguo claustro renacentista, con arquitectura en la que domina el ladrillo. Y la iglesia, cuyo exterior presenta una fachada y torre modernas, construidas tras la Guerra Civil, imitando las líneas góticas, y un cuerpo gigantesco, de muros lisos que sustentan gruesos contrafuertes de mampostería, y ventanales apuntados en lo más alto.

Al interior, de nave única y capilla absidal, sorprende lo elevado de sus techumbres y lo bello de sus proporciones. Es el templo más elegante y grandioso de la ciudad. En lo alto de los muros se abren ventanas de apuntado arco, algunas de ellas con parteluces y calados ojivales. Su aspecto es severamente gótico, y su constructor fue, según probanza documental, el cardenal de España don Pedro González de Mendoza. Muros y capillas están totalmente vacíos de decoración.

Bajo el ábside se encuentra el extraordinario panteón ducal de la casa del Infantado, que mandó construir el décimo duque, don Juan de Dios de Mendoza y Silva, y cuyas obras corrieron a cargo de los maestros Felipe Sánchez y Felipe de la Peña, quienes lo construyeron entre 1696 y 1728, a imitación del que Crescenzi había trazado para el Escorial. Se accede a este panteón por escalera que surge de la pared de la epístola en el ábside del templo, que se encuentra en un rellano con la que viene desde el exterior a través de una puerta abierta en el muro tras la cabecera de la iglesia. Es de planta elíptica, convertida en poligonal mediante aplanadas pilastras; una bóveda rebajada, dividida en plementos y ornamentada con decoración vegetal, en relieve, descansa sobre el friso directamente. En las paredes se colocan, unas sobre otras, las urnas sepulcrales de los Mendoza, de traza similar a las reales de El Escorial. Paredes y suelo se tapizan de mármol rosa y negro, procurando al recinto una sobrecargada belleza barroca. La invasión francesa, y otras agresiones y abandonos, dan hoy a este monumento un aspecto desolador.

En 1859 se trasladaron a Pastrana, a su iglesia Colegiata, en varias urnas, los restos de algunos Mendoza ilustres, entre ellos se cree que los del primer marqués de Santillana, aunque es difícil asegurarlo tras haber sido derramados y confundidos los restos de esta familia, en 1813, sobre el pavimento de este enclave, que se completa con una pequeña capilla de elevada cúpula apuntada, cuya espalda se cubre al exterior con ostentosa fachada manierista de blanca piedra sillar.

En el proyecto de adecuación pública como espacio habitacional del conjunto “El Fuerte” es lógico que se acometan las necesarias tareas de rehabilitación del templo (que pertenece hoy a la Diócesis de Sigüenza-Guadalajara, por donación que hizo hace 6 años el Ayuntamiento capitalino), especialmente la limpieza y enlosado del templo, y, sobre todo, la restauración fidedigna del panteón mendocino, lo que supondría además un nuevo, muy importante, reclamo para el turismo de la ciudad.