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Pasado, presente y futuro del Monasterio de San Francisco

Pasado, presente y futuro del Monasterio de San Francisco

Iglesia de San Francisco

Desde hace varios años, viene siendo “monumento del año” en nuestra ciudad el conjunto de edificios que formaron en su día el monasterio de San Francisco. Por diversas razones: por su cesión a la ciudad de la iglesia gótica en la que pusieron los Mendoza –era el siglo XV- su mausoleo conjunto y linajudo, acompañada de los edificios que albergaron en su día el cenobio y luego la comandancia militar y talleres de maquinaria y armamento del Ejército. Luego por la posterior adquisición, por parte de la Junta de Comunidades, al ministerio de Defensa, del conjunto de edificios que formaron el poblado del “Fuerte” y los amplios terrenos adyacentes. Todo ello va a ser destinado, en un futuro ya inmediato, a espacio residencial y lugar de encuentro de los ciudadanos arriacenses. Será una forma de recuperar la historia (que no la memoria histórica, que es otra cosa) de ese bosquedal, de ese templo, de esos claustros, y de esas preciosas casitas de arquitectura decimonónica, que aún existen y deberán ser respetadas.

La posibilidad de transformar el monasterio de San Francisco (iglesia y convento) en un lugar de actividad cultural, sigue en pie: a la iglesia, bien solada y limpia, y al panteón de los Mendoza, recuperado en su primera imagen de lujo barroco, debe dárseles el destino lógico de ser objeto de admiración de propios y extraños. Y a los talleres y naves industriales, continuar en su función que un día tuvieron, de ser Museo de la tecnología armamentística española. Lo demás, respetando las casas de los colonos en sus proporciones y aspectos originales, dedicarlo a lo que la autoridad competente haya diseñado, que es según todos ya sabemos, espacio residencial en el formato de “res pública” o viviendas de protección oficial. Ya se verá, cuando se acabe, en qué para todo ello.

 La historia y el monasterio

 Aquí conviene rememorar algo sobre este edificio, su historia y sus presencias sucesivas. Al nordeste de la ciudad, sobre una eminencia del terreno, y fuera ya de sus antiguas murallas, hoy se alza el conjunto de lo que fuera convento de San Francisco, rodeado de jardines y bosque denso.

El origen de este monasterio es muy remoto, pues al parecer fue la reina doña Berenguela quien allí levantó casa para los Templarios, que tenían por misión la vigilancia de los caminos y protección de los peregrinos. Al disolverse esta Orden, en 1330, las infantas Isabel y Beatriz, hijas de Sancho IV y señoras de Guadalajara, donaron este lugar a los frailes franciscanos, que inmediatamente asentaron en este lugar, recibiendo múltiples ayudas por parte de la ciudad: el Concejo, incluso, les concedió una limosna anual que sacaban de la renta de la harina.

La ayuda de la familia Mendoza se dirigió muy especialmente a este monasterio desde el siglo XIV: ya en 1383, cuando don Pedro González de Mendoza hizo su testamento, fundó cuatro capellanías y dio cantidades importantes para las obras del claustro de San Francisco, ordenando ser enterrado en su iglesia. Cuando en 1395 un incendio destruyó totalmente el cenobio, don Diego Hurtado de Mendoza, Almirante de Castilla, se comprometió a levantarlo de nuevo. Fue este aristócrata quien tomó el patronazgo de la capilla mayor, disponiendo ser enterrado, al igual que los herederos de su mayorazgo, en el presbiterio. Su hijo, el gran cardenal don Pedro González de Mendoza, construyó la iglesia y puso un retablo gótico.

La familia mendocina continuó ayudando al convento franciscano: doña Ana, sexta duquesa del Infantado, puso nuevo retablo, y don Juan de Dios de Mendoza y Silva, décimo duque, construyó bajo el presbiterio el panteón de restos mortales de sus antepasados, desmontando antes los magníficos enterramientos góticos que hacían de la capilla mayor de este templo un auténtico santuario del arte de la Edad Media, y de los que no queda descripción ni recuerdo.

Otras muchas ilustres familias arriacenses protegieron este cenobio, entre ellas las de los Gómez de Ciudad Real, los Orozco, los Avalos, Velázquez, Velasco y Castañeda, quienes dotaron las capillas laterales del templo, poniendo en ellas ricos altares y enterramientos.

Tuvo gran importancia en el conjunto de la orden franciscana. En el siglo XVI lo ocupaban más de 70 frailes, siendo sus rectores figuras de la talla de fray Bernardino de Torrijos, y manteniendo una escuela de Arte y Filosofía Moral de la que salieron importantes figuras, entre ellas la de fray Antonio de Córdoba, que allí escribió en el siglo XVI una obra sobre Suma de casos de conciencia.

Durante la guerra de la Independencia fue totalmente saqueado y destrozado por los franceses. En 1835 la ley desamortizadora de Mendizábal le dejó vacío, y en 1841 le fue entregado al Ministerio de la Guerra, que lo ha ocupado hasta el año 2000.

Del antiguo monasterio franciscano queda hoy una gran portada neoclásica, que da acceso a un edificio del que se conserva, retocado, parte del antiguo claustro renacentista, con arquitectura en la que domina el ladrillo. Y la iglesia, cuyo exterior presenta una fachada y torre modernas, construidas tras la Guerra Civil, imitando las líneas góticas, y un cuerpo gigantesco, de muros lisos que sustentan gruesos contrafuertes de mampostería, y ventanales apuntados en lo más alto.

Al interior, de nave única y capilla absidal, sorprende lo elevado de sus techumbres y lo bello de sus proporciones. Es el templo más elegante y grandioso de la ciudad. En lo alto de los muros se abren ventanas de apuntado arco, algunas de ellas con parteluces y calados ojivales. Su aspecto es severamente gótico, y su constructor fue, según probanza documental, el cardenal de España don Pedro González de Mendoza. Muros y capillas están totalmente vacíos de decoración.

Bajo el ábside se encuentra el extraordinario panteón ducal de la casa del Infantado, que mandó construir el décimo duque, don Juan de Dios de Mendoza y Silva, y cuyas obras corrieron a cargo de los maestros Felipe Sánchez y Felipe de la Peña, quienes lo construyeron entre 1696 y 1728, a imitación del que Crescenzi había trazado para el Escorial. Se accede a este panteón por escalera que surge de la pared de la epístola en el ábside del templo, que se encuentra en un rellano con la que viene desde el exterior a través de una puerta abierta en el muro tras la cabecera de la iglesia. Es de planta elíptica, convertida en poligonal mediante aplanadas pilastras; una bóveda rebajada, dividida en plementos y ornamentada con decoración vegetal, en relieve, descansa sobre el friso directamente. En las paredes se colocan, unas sobre otras, las urnas sepulcrales de los Mendoza, de traza similar a las reales de El Escorial. Paredes y suelo se tapizan de mármol rosa y negro, procurando al recinto una sobrecargada belleza barroca. La invasión francesa, y otras agresiones y abandonos, dan hoy a este monumento un aspecto desolador.

En 1859 se trasladaron a Pastrana, a su iglesia Colegiata, en varias urnas, los restos de algunos Mendoza ilustres, entre ellos se cree que los del primer marqués de Santillana, aunque es difícil asegurarlo tras haber sido derramados y confundidos los restos de esta familia, en 1813, sobre el pavimento de este enclave, que se completa con una pequeña capilla de elevada cúpula apuntada, cuya espalda se cubre al exterior con ostentosa fachada manierista de blanca piedra sillar.

En el proyecto de adecuación pública como espacio habitacional del conjunto “El Fuerte” es lógico que se acometan las necesarias tareas de rehabilitación del templo (que pertenece hoy a la Diócesis de Sigüenza-Guadalajara, por donación que hizo hace 6 años el Ayuntamiento capitalino), especialmente la limpieza y enlosado del templo, y, sobre todo, la restauración fidedigna del panteón mendocino, lo que supondría además un nuevo, muy importante, reclamo para el turismo de la ciudad.

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