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El ataifor de Guadalajara

Visité con tranquilidad hace pocos días la exposición monográfica sobre “El ataifor de Guadalajara” que el Museo Provincial ha montado en una de las salas temporales de la planta alta del Palacio del Infantado. Y recomiendo a mis lectores su visita, porque en torno a un solo objeto, hallado en excavación arqueológica, pueden sacarse muchas conclusiones, como ellos hacen y yo aquí difundo.

La pieza que protagoniza la exposición y el comentario es un simple plato de cerámica, pero con una ornamentación tan curiosa, que por sí mismo desvela una época, y escribe mucha historia detrás. El plato va a estar expuesto hasta el próximo 2 de octubre de este año 2022, y aparte de su belleza estética, y del significado de la figura que contiene, es protagonista de dos cosas: del mundo islámico en la ciudad de Guadalajara (siglos VIII al XI) y de la meticulosidad y profesionalidad con que los responsables del Museo capitalino tratan este como muchos otros temas que caen entre sus manos.
A Guadalajara se la conoce, en las crónicas andalusíes, de dos maneras. Con el nombre de Madinat-al-Faray (la ciudad de Al Faray, su fundador) y con el de Wad-al-Hayara, o mejor ahora Wadi l-Hiyara (valle de las fortalezas, río de piedras, etc.) Todo ello significa que aunque pequeña, Guadalajara en los siglos VIII al XI tuvo su importancia como lugar de vigilancia sobre el Valle del río Henares, que en esos siglos fue frontera de Al-Andalus con Castilla. 
De su cultura y restos arqueológicos queda muy poco recuerdo, pero paulatinamente se van rescatando fragmentos, alusiones y nombradías, gracias al análisis de documentos y, sobre todo, a las excavaciones arqueológicas que se realizan siempre que se derriba algún edificio en el cogollo viejo, allá por entre la plaza de España y la Mayor, los barrios de Cacharrerías, Dávalos o Museo, donde se sabe tuvo su asiento esta medina árabe.
Cuando hace una docena de años se derribó el edificio que hacía esquina entre Cervantes y Luis de Lucena (precisamente el que sirvió de vivienda a don Tomás Camarillo en sus años finales de vida), las excavaciones pertinentes rescataron de unos depósitos recónditos algunos fragmentos cerámicos que tras años de estudio han sido reconstruidos, y, sobre todo, analizados con minuciosidad, dando por resultado el descubrimiento de este ataifor que muestra la imagen y atributos del monarca islámico del momento, el califa Abderramán III, constructor del puente sobre el Henares, y gran capitán de los creyentes como monarca del Califato omeya de Córdoba.
Para los descubridores y estudiosos del ataifor, sin duda esta pieza supone la más importante que de la cultura andalusí se ha encontrado hasta ahora en Guadalajara. Y lo es no solo por su tamaño y belleza, por su calidad cerámica, por la representación humana, sino porque confirma que la representación del soberano del califato cordobés es nítida y va subrayada por numerosos símbolos, lo que redunda en la importancia que esta pieza tiene para el estudio de la plástica y el arte islámicos en España.
En el plato, reconstruido y tratado, aparece una figura humana, que viene ya de entrada a demostrar que la cultura islámica sí representaba seres humanos en piezas de arte, y lo hacía con un interés manifestado hacia lo simbólico y representativo. Porque la figura que luce en el plato arriacense es nada menos que la del califa, adornado de todos los atributos que le confieren el grado de Imán de los Creyentes, de conductor seguro de su pueblo, de intermediario entre Dios y los hombres, de representación directa de la divinidad sobre la Tierra.
El monarca, que se representa en plena juventud (aunque tenía hacia el año 930 los 40 ya cumplidos) aparece sentado sobre la silla de un camello que le transporta. Lleva muy largos sus cabellos, o quizás sea una peluca, con llamativa trenza que le recorre la espalda. Va cubierto por un palio, y en la mano derecha posa un ave, mientras dos copas le rodean, como flotantes, pero simbólicas. En su mano izquierda lleva una redoma, y el color de su manto, de sus adornos, y los del camello, son verdes, el color de los elegidos por Dios en el Islám y sus banderas.
El palio que le cubre hace las funciones de trono, rodeándole por completo, y va subido a lomos de un camello, que es según el Corán el animal que el Día del Juicio llevará a los justos hasta las puertas del Paraíso. El techo del baldaquino presenta un nudo, que siguiendo una ancestral simbología precristiana representa la eternidad, según se ve en marfiles palaciegos musulmanes y en muchas puertas de iglesias románicas y pilas bautismales.
Es curiosa la forma de presentar al califa con un largo pelo acabado en trenza: pero es que era esta el símbolo de la legitimidad en la dinastía omeya. Aunque su origen es pre-islámico, se dice de su antecesor Abderramán I que llevaba dos trenzas largas sobre la espalda.
De lo que el califa cordobés lleva en la mano, destaca el pájaro, que se supone es la representación de las almas de los fieles, y por eso el monarca las lleva y defiende en su poderosa mano. La redoma que sujeta con su mano diestra es la llamada “Copa de los Mundos” y que en Al-Andalus representaba el poder de dar vida y muerte a sus súbditos. Las copas son también representación del poder, solo las lleva quien lo tiene. En este caso aparecen dos, por lo que hacen referencia al derecho que tiene Abderramán a gobernar las tierras de Oriente y Occidente.
De todos los atributos, hay que destacar –como lo hacen quienes han descubierto y estudiado el ataifor– el árbol de la vida y las dos varas que a los pies del mismo florecen. Sería ese gran “árbol de la vida” con dos ramas laterales, lo que vendría a evocar el Paraíso, definitivo destino de los creyentes, escoltado por las dos ramas que aluden a la legitimidad porque representan las dos dinastías, la bagdadí y la fatimí.


El estudio científico de la pieza se ha desarrollado en todo momento en el propio Museo de Guadalajara. El equipo que capitanea Fernando Aguado es muy trabajador y riguroso, en métodos y deducciones. Por eso acabo con una frase que ellos mismos han elaborado para con rotundidad expresar el valor de esta pieza arqueológica: «Esta figura, y unos fragmentos similares conocidos en otros lugares e identificados ahora gracias a ella, son claros ejemplos de la propaganda que desplegó el poder cordobés para difundir mediante símbolos, reconocibles por sus gobernados, el poder político y religioso de su líder, el premio por obedecerle, el castigo por contravenirle y su derecho legítimo a proclamarse califa como sus principales aspiraciones respecto al dominio del mundo musulmán».

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