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San Antón y su tradición eremítica

En estos días se ha celebrado en muchos lugares de la provincia la festividad de San Antón, conocido como el patrón de los animales. Fue realmente un anacoreta, un hombre seguidor de Cristo y sus enseñanzas, que se retiró a lejanas cuevas en el desierto de Egipto. Y allí le sucedieron hechos legendarios ya, milagrosos, portentosos, que ahora rememoramos.

San Antón de la Tebaida

En Brihuega me pidieron, el pasado sábado, que diera una charla sobre San Antón, sobre su legendaria fundación del eremitismo, y que hablara de la secuela de su intento santo y remoto: las cuevas eremíticas, de las que tantas quedan (ahora lo hemos sabido) en la provincia…

La charla se desarrolló en el Salón de Actos Municipal, y fue organizada por la Cofradía de San Antón de Brihuega, que cuenta con varios siglos de existencia, pero que sigue viva por el entusiasta trabajo de sus directivos. Convendría airear los documentos que queden de esa vieja cofradía que, como tantas otras, en todos los pueblos de nuestra provincia, se dedicaron a profundizar en la cohesión social, en la camaradería, en el apoyo a los enfermos, y en la confraternización de sus gentes.

De San Antón recordamos su existencia en el siglo IV, de cómo nació hacia el año 251 y murió, muy anciano, en el Monte Golzim, en 356. Labrador como su familia, a los 20 años quedó impresionado por el conocimiento del Evangelio, y la palabra que Jesús, el esenio, predicaba en torno al amor fraterno y la penitencia. Un buen día decidió dejar todos sus bienes a los pobres, y retirarse a vivir en el desierto de Tebaida. Durante su larga vida asombró a quienes conocían de sus ayunos, de su vida retirada, y desapasionada. Muchos le siguieron, viviendo también en soledad, o llegando a fundar asociaciones, monasterios y pautas de vida contemplativa. Tanta fue su fama que, ya muy anciano, fue llevado a Alejandría, en la orilla del Mediterráneo, y allí fue San Atanasio quien recogió los avatares de su existencia y escribió su biografía, que finalmente sería recogida por Santiago de la Vorágine en su “Leyenda Aúrea”, en el siglo XV, llegando hasta nosotros. De esa manera, sabemos que en los primeros meses y años de su retiro fue tentado por el Demonio. Era lógico, que un individuo que se retiró a vivir entre peñascos secos, tuviera de vez en cuando sus dudas, pero la tradición dice que tenían formas diversas: y así el Malo se le presentó como tentaciones de hermosas jóvenes, primero, y luego en formato de animales dañinos, y al final en forma de diablillos que le daban palizas. De toda la secuencia de sus tentaciones, San Antón ha recibido una plural iconografía a través de los siglos, tratando su figura los mejores pintores (desde El Bosco a Velázquez) clásicos y los más sencillos dibujantes populares. Y de tanta representación ha quedado la idea, hoy asimilada por los espectadores contemporáneos, de que su animal preferido fue el cerdo (clásica representación del Diablo en viejos siglos) y su capacidad máxima la de curar enfermedades, especialmente el “fuego de San Antón” consistente en una lenta e inexorable isquemia y necrosis de los miembros inferiores y partes acras debida a la intoxicación por la ergotamina o ácido lisérgico procedente de la harina contaminada por el hongo “Cornezuelo de centeno”, afección que ya desapareció debido a la adecuada alimentación de los humanos.

San Antón marcó un estilo de vida, el de los anacoretas, o eremitas, que no ha desaparecido del todo. Hoy, por ejemplo, y lo recordaba en la charla que dí en Brihuega, el Código de Derecho Canónico, en su canon 603 de 1983, admite como forma reglada de la vida religiosa el formato eremítico, con individuos que viven aislados del mundo en armonía con él y consigo mismos.

Pero de su ejemplo y modelo han surgido a lo largo de los siglos tantas demostraciones, tantos espacios y sujetos, que asombran. El mundo entero, especialmente el occidental y oriental próximo, ha estado cuajado de eremitas, que han desarrollado su vida en la soledad de una cueva, o de una choza. Y sus testimonios físicos siguen estando ahí, ocultos entre brañas o colgados de cantiles inaccesibles, repartidos por toda Europa. Por Guadalajara, quedó claro, se multiplicaron los ejemplos, con centros de espiritualidad muy potentes (Termancia, Sopetrán, Palaterna o Pastrana, Arcávica o Ercávica, etc.)

Y de las cuevas eremíticas de Brihuega y su entorno, tuve la ocasión de recordar las que en la propia villa, y en sus alrededores, declaran la existencia en antiguos siglos de esos eremitas que a la Alcarria quisieron venir a refugiarse. De los cuatro grandes centros de espiritualidad visigótica en nuestra tierra, las cavernas briocenses eran sufragáneas del gran centro anacorético de Sopetrán. Allí tallaron míticos atlantes el roquedal petroso que se yergue, casi imperceptible, pero hondo y poderoso, a la orilla izquierda del Badiel. Allí los iberos tuvieron su asiento, y los visigodos, y aún los árabes. Más tarde la Orden Benedictina alzó el gran monasterio, una de las casas más poderosas de Castilla, con el apoyo de los Mendoza y la savia de teólogos, historiadores y poetas. De la cueva de Sopetrán, “bajo la piedra”, salieron solitarios a poblar y dar latido a cuevas en Hita, Valdearenas y, sobre todo, Los Palacios de la Tala. Pero también se extendieron a Brihuega, y en la roca rojiza que avista el Tajuña hicieron mella en la caliza densa y se alistaron en la eremítica vanguardia los anónimos monjes que tallaron allí sus habitáculos, y donde más tarde, en la Edad Media, nacería la leyenda de la aparición de la Virgen a la princesa Elima. Son visitables, pasando por la iglesia parroquial de Santa María de la Peña, y admirables en su conjunto.

Más arriba del Tajuña, y en su orilla derecha, aparece el conjunto cavernícola de Cívica, con una historia que llega hasta hoy mismo, y que tuvo (no tengo duda de ello) su voz propia en los tiempos del eremitismo visigótico. Por allí asoman además las cuevas del entorno del Peujer, que los que son de Brihuega saben a qué me refiero.

Además hablé de esos otros remotos enclaves de la Cueva de La Nava en término de Jadraque, pero cerca de Villanueva de Argecilla; y de las talladas hendiduras de La Solana asomadas sobre el hondo Badiel en Argecilla. Muchas otras de aquel contorno fueron recordadas, como la cueva Nublares en término de Bujalaro, y la de Zayas también en las inmediaciones de Jadraque.

Así es que fue una mañana entretenida, especialmente (creo) para quienes fueron al salón de actos municipal de Brihuega, porque recordaron los orígenes remotísimos de su afición a San Antón, más las causas de su invención iconográfica, y sobre todo, las huellas físicas, que hoy constituyen un patrimonio bien señalado, aunque escondido, de su obra –humana y divina a un tiempo– recogiendo a hombres y mujeres en una actividad que sale hoy de las normas, pero que en los viejos siglos era perfectamente entendida: la vida apartada, el recogimiento aislado, el eremitismo a ultranza, la búsqueda –minuto tras minuto– de la perfección y la alegría por los enrevesados caminos de la penitencia.

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