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Una ermita que pide salvación: la de El Atance

El patrimonio arquitectónico de nuestra tierra, constituido por tantas y tantas edificaciones que expresan la forma de vida de tiempos pasados, debe ser salvaguardado en todo lo posible. Y debe serlo en atención a las futuras generaciones, que son también (sin haber llegado) propietarias de él, y nos demandarán su abandono. La ermita de la Soledad en El Atance, aún está en pie, y pide salvación…

En este otoño de 2020, con cielos claros y aires fríos, el cuerpo pide movimiento, andares y descubrimientos. Ya poco me queda por descubrir en esta tierra en que vivo, pero algunas cosas que ví y desaparecieron, merecen el esfuerzo de ser recordadas, y de ser revisitadas, porque siempre se saca enseñanza de ellas, y se apura la emoción al volver donde se estuvo. Uno de esos lugares es El Atance, pueblo de nuestra Sierra que quedó inundado por las aguas del río Salado tras la construcción, en los años 90 del siglo XX, de la presa de ese nombre. Hoy el agua, que cae a poquitos desde el cielo, y es usado a muchazos por las gentes del entorno, está menguada, apenas si le queda el 34 % de reserva. Ello permite ver aflorar las ruinas del pueblo. A ello hemos ido.

En el silencio serrano, con las colinas verdeantes y los espinos acogiendo la llegada de los petirrojos, vemos el terreno donde estuvo El Atance. Pueblo que perteneció al común de Atienza, primeramente, y luego a la Tierra de Jadraque, pasando a formar en el Señorío de los Mendoza duques del Infantado. Siempre fue pueblo montaraz aunque con buena vega, y los pocos habitantes que tuvo mantuvieron su fidelidad al entorno hasta que en torno a 1975 se planteó retener las aguas del río Salado, que pasaban junto al pueblo, para hacer un embalse de regadíos. A partir de entonces, se fueron haciendo las expropiaciones de tierras, y la gente se fue marchando, aunque hasta finales del siglo XX quedaron allí viviendo un matrimonio, Rufo y Pilar, que cuidaron como pudieron lo que quedaba.

Por esta circunstancia de su inundación, el Obispado decidió trasladar el retablo de la iglesia a la parroquia de San Gil, de Molina de Aragón, tras haber recibido restauración en Zaragoza. Otro retablo barroco de la iglesia fue trasladado a la parroquia de Atanzón, donde a la imagen se la dio el título de “Nuestra Señora de El Atance”. El órgano barroco se desmontó y fue trasladado al Seminario de Sigüenza.

Por entonces el Ministerio de Obras Públicas planeó el traslado del templo entero, pidiendo al Obispado que eligiera el sitio donde se habría de trasladar.  El Obispado escogió el polígono de “Aguas Vivas” de Guadalajara para instalarla como parroquia. Todos los elementos artísticos del templo, el Obispado los guardó y luego los reintegró a la parroquia de “San Diego de Alcalá” que es su nombre. En su día visité aquella iglesia enorme, de grandes volúmenes, que parecía como una gran pirámide gris sobre la pequeña aldea. El interior era solemne, con el olor de las velas y los líquenes por todo su ambiente. Los retablos impresionaban, porque además eran buenos, del siglo XVII, el mayor obra de Giraldo de Merlo y su equipo. Otro con una buena pintura de María Virgen. Y en el suelo de la capilla dedicada a San Diego, las armas (unas llaves cruzadas y atadas con un cordón) del eclesiástico don Pedro Bachiller Bochones, a quien se le daba por santo desde antaño.

También recuerdo la fuente de la plaza, a la que llamaban “de arriba” con un pilón redondo, construido en sillares, de medio metro de altura, de cuyo centro emergía un prisma cuadrangular con un caño en cada una de sus caras (y en el fondo del pilón, en cada cara, bajo el caño, un sillar para apoyar los cántaros). Construida en el siglo XIX, cuando la vi armonizaba a la perfección con el perfil del templo. A la entrada del pueblo hubo otra fuente, “la de abajo”, y aún sabemos que en su término municipal llegó a haber hasta siete fuentes, confirmando con ello la idea que siempre tuve de que nuestra tierra es una de las más prolíficas en aguas de la Península Ibérica, aunque no lo parezca. Riqueza mineral, y minera, que estamos regalando. Estas fuentes también se desmontaron y se volvieron a instalar, enteras, en la ciudad de Sigüenza, donde hoy lucen.

La ermita en peligro

La semana pasada me dediqué a mirar, con más detalle, la ermita de la Virgen de la Soledad, que estaba (y aún está, aunque en situación muy delicada, a punto de hundirse) a la salida del pueblo en dirección a Cirueches. Esta ermita es de planta cuadrangular, y está cubierta a cuatro aguas, con un precioso remate de una sencilla cruz flordelisada, de hierro. Su fachada, a poniente, se cubre con un amplio tejaroz que forma un pequeño porche cerrado, que tenía por misión la de resguardar a los vecinos y fieles de las inclemencias climáticas, consistiendo su fachada en dos puertas parejas, adinteladas, apoyadas sobre sillares a modo de jambas y separadas por una columna central prismática. En su interior, se conservaba (se conservó durante varios siglos) sobre una hornacina la imagen de la Virgen de su advocación, y en otra hornacina un Cristo Yacente.

El interior, absolutamente abierto al aire, y a la lluvia, y a los vándalos, está ruinoso, pero muestra un interés excepcional. Según los estudios del arquitecto don Javier de Mingo, publicados en su blog “Albanécar” sobre carpintería de lo blanco, “el auténtico pasmo de esta ermita de la Soledad de El Atance es que posee una pequeña armadura de cubierta de limas mohamares, con un curioso almizate policromado en su centro. Una cubierta de madera, de tradición mudéjar, absolutamente excepcional”. Una joya del arte, que anda ahí abandonada, desde hace decenios. Aunque nunca estuvo del todo olvidada, porque en su día fue calificada con el título de BIC (Bien de Interés Cultural) que aún hoy posee.

El interior de la ermita es un espacio cuadrado de unos 5 metros de lado, y la cubierta está mostrando una armadura que es un completo museo del arte del artesonado o de la “carpintería de lo blanco”, porque muestra pares agramilados, cuadrales, canes, aliceres, cintas, y un enigmático almizate plano, decorado con ocho rosáceas pequeñas y una múltiple en el centro, que o bien oculta nudillos tradicionales bajo ella, o es colocación final sobre tablazón plana. Calcula además el referido arquitecto que el pórtico actual evidencia un reparo notable sobre el primitivo que sería (como el de la cercana ermita-humilladero de La Soledad de Palazuelos) a tres aguas, y de madera en su mayor parte.

La piedra clave dela pilastra central, que está a punto de reventar.

El problema que se le ve ahora a esta ermita de El Atance, que es un ejemplar arquitectónico de marcado interés, por su tipología tan especial, es el deterioro de la piedra arenisca que forma parte del parteluz central, y que supone una amenaza de inminente hundimiento, porque si esa piedra quiebra, el edificio entero colapsa. A simple vista, la imposta central del doble arco queda al aire de manera estremecedora, de tal modo que el conjunto de sillares que en ella apoyan están a punto de venirse al suelo. Si esta ermita no se ha caído ya es por un probable “milagro” de la Virgen de la Soledad de El Atance, porque la física está diciendo que debería haberse hundido ha mucho tiempo.

Un edificio que cuenta

con la calificación de BIC

En El Atance, que es ahora propiedad de la Confederación Hidrográfica del Tajo (institución oficial que expropió en su día los terrenos que iban a ser cubiertos por las aguas del pantano) se han hecho dos meritorias tareas de recuperación del patrimonio, ejemplares y plausibles. Una, el desmontaje, traslado y nuevo levantamiento del templo dedicado a San Diego de Alcalá. Hoy se encuentra en el barrio de “Aguas Vivas” como emblemática parroquia, luciendo “cuerpo serrano” a todas las miradas. Dos, la salvación de las fuentes del pueblo, que fueron llevadas a Sigüenza y allí instaladas en sendos parques de la Ciudad Mitrada.

El almizate central de la ermita de la Soledad de El Atance

Todavía es de mencionar la tarea que el propio Obispado de Sigüenza-Guadalajara, propietario de las obras, hizo restaurando y reubicando los retablos mayor, y barroco, más el órgano, en otros lugares a su cargo.

Inexplicablemente, quizás porque entonces nadie reparó en ello, la ermita de la Virgen de la Soledad quedó en un extremo de la población, y nadie se hizo cargo de ella. A pesar de que tiene la calificación de BIC.

Pero este es el momento de hacer una llamada (que además es urgente) para que esta pieza se salve. Bien trasladándola a otro lugar, bien recomponiéndola donde está. Porque -esto último- corre prisa y costaría muy poquito dinero. La Confederación da su permiso para hacerlo, pero no afronta gasto alguno. Ahora es el turno de que, o bien el Ayuntamiento al que ahora pertenece administrativamente aquel terreno, el de Sigüenza, o bien la Excmª Diputación Provincial, pongan remedio al menos a esa “piedra angular” sobre la que descansa todo el edificio, y que, si se rompe, habrá caído al suelo para siempre. Esta pequeña y conmovedora pieza arquitectónica que forma parte, también, del Patrimonio Artístico de la provincia.

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