Guadalajara, la ciudad de las damas

Guadalajara, la ciudad de las damas

viernes, 8 mayo 2026 0 Por Herrera Casado

Acabo de presentar un libro con el que me he entretenido mucho escribiéndolo. Una historia múltiple de mujeres, de seres vivos que –hace mucho tiempo, siglos ha­– pusieron su voz en Guadalajara, pasearon por ella, y sintieron estremecer sus pieles y sus músculos al mirar su perfil desde la distancia. Porque estaban sabiendo que ellas hacían historia, y a Guadalajara la estaban dando título, el que ahora rescato de “ciudad de las damas”.

En esta Feria del Libro que estos días ocupa el espacio central del Parque de la Concordia, he tenido la suerte de ver presentado en sociedad un nuevo libro que me ha llevado escribir un año entero, ya pasado pero por ello bien ocupado y alegre de descubrimientos y reflexiones. Como siempre me ocurre cuando escribo un libro (y más si trata de historias y patrimonios de mi tierra natal) he disfrutado buscando datos y ligando conclusiones: una tarea hedonista que trata, en cualquier caso, de ser útil a los demás, de poner algo de luz sobre el camino.

La idea inicial, que se consumó leyendo y escribiendo, fue la de dar imagen y voz a algunas mujeres que vivieron en la ciudad de Guadalajara, en tiempos remotos, pero dejando memoria fiel y testigos ciertos. Sacando a pasear sus nombres, sus biografías, sus latidos posibles, y abogando por renovarlas el trato que siempre las correspondió: el de unos seres humanos con sentimientos e ilusiones, pero que no siempre pudieron mostrar como quisieron. El prólogo al libro –que es resumen y análisis desde la periferia de uno mismo– lo ha puesto mi amiga Rosa María García Ruiz, magnífica escritora y ahora delegada provincial de la Junta de Comunidades en Guadalajara. Ella aclara algún perfil de la obra.

Mujeres singulares

No es muy larga la lista de mujeres protagonistas de este libro. Apenas son una docena. Todas registradas y con los documentos en regla para quedar alojadas eternamente en los fastos históricos de la ciudad. Más o menos la mitad, son personas de la realeza: infantas, reinas, ayas… y la otra parte se constituye por espléndidas féminas del linaje de Mendoza. Muy de aquí ya, muy de Guadalajara, de Jadraque, de Cogolludo… aunque todas con un pie, de vez en cuando o siempre, en la ciudad del Henares.

De las primeras, recuerdo a doña Berenguela, la opulenta reina de Castilla a la que se podía ver, allá por el siglo XIII, paseando los patios con arrallanes del alcázar real. Y a las infantas Beatriz e Isabel, inseparables un tiempo, hijas ambas de María de Molina y Sancho IV el Bravo, a las que la memoria colectiva asignó una obra mínima pero entrañable: el Puente de las Infantas, sobre el que todavía podemos pasar, yendo desde Santa María al Alamín. En ese bloque de damas de la realeza, sobrevenidas en el fasto de las herencias, aparecen todavía doña María de Portugal, y Juana de Manuel, la hija de don Juan Manuel, que alcanzó a ser reina también y darle legitimidad dinástica al nuevo rey Enrique, II, el de las Mercedes, tras su feroz guerra fratricida. Sumo a estas mujeres con voz, pero si voto, a quien sí lo tuvo siempre, porque fue enérgica e ingeniosa: doña María Fernández Coronel, aya de reinas, infantas y monjas, fundadora, y regadora de ideas. Aparte de su memoria, lo que queda es la anécdota de cómo fue tratada su momia, cuando la Guerra Civil. Sufriendo en cualquier época.

El otro bloque de damas de Guadalajara, que alumbraron a la ciudad con luces propias, es el formado por mujeres del linaje mendocino. Son siete exactamente, y de todas ellas puedo decir que producen deslumbramiento. A la primera de ellas, doña Juana [de Mendoza] los contemporáneos le pusieron el mote de “la Ricafembra” con lo que ya estaban definiendo cómo era y cómo se comportaba: rica, con mando, y un añadido gen de gracia que la hizo cabalgar, siglos después, a lomos de las páginas de alguna que otra novela. Florencio Expósito le dedicó un libro enorme y complejo, y aún se quedó corto, porque ella era demasiado. Su recuerdo queda en un muro del palacio de los Dávalos, con su escudo de armas pintado, y el tono mudéjar de sus atavíos y fondos en tonos oscuros.

Las Mendoza que siguen son todas ellas hermosas, sin duda, porque nada en contra he encontrado escrito. Son también habitantes de la ciudad, bien en los palacios de sus padres y progenitores, bien en los de sus maridos. Diferentes entre sí, a pesar del común apellido. La segunda que recuerdo, –y es la que con más amplitud se pasea por las páginas del libro– es doña Aldonza de Mendoza. Que tuvo sus pesares, (un marido que la pegaba y arrastraba por los suelos tomándola de los pelos…) y sus alegrías (un amante que la hizo madre y en el hijo [misterioso siempre, pero llamado Alfon] puso el amor más grande que se supone una mujer deja vivo. De esta mujer recientemente se ha aireado su memoria, –sin muchos saberlo– al recuperar para Guadalajara una tabla que ella mandó pintar para el monasterio jerónimo de Lupiana, y en la que quizás esté su retrato prisionero: ahora en el Museo del palacio del Infantado, estará su legado de colores y su enterramiento en pálido alabastro.

Pero siguen otras que dan viso de grandeza a la casa, y a la ciudad. Así doña Mencía, la hija menor del Marqués de Santillana, a la que hicieron condestablesa de Castilla, y ella se ocupó en crear bellezas, edificios, entornos y sepulcros grandiosos. Otra a la que llamaron Brianda tiene largas ínfulas de espiritualidad y querencias: doña Brianda, que ha llegado a ser conocida por haberle dado nombre a un Instituto de Enseñanza Media, fue también una mujer creativa. Aunque soltera, procreó ideas e instituciones, vibró en la llama inquieta de la Reforma y sumó tardes de oración a las reuniones preparatorias de beaterios y templos ilustrados. En el palacio que le legó su tío don Antonio, entre líneas rectas y volutas renacentistas, quedó su memoria.

Que se acompaña en el libro luego de una prima suya, otra Mencía que se multiplicó por países (Flandes, Valencia, la Calahorra granadina y el enhiesto puntal de Jadraque…) y fue dejando el asombro pintado en la cara de quien la contemplaba, tanto por su físico extraño como por los trajes, las joyas y las colecciones de pinturas de un tal Bosco que acumuló en sus palacios. Esta mujer que nos asombra siempre que abordamos su biografía, es quizás el resplandor máximo de estas “damas de Guadalajara”, que finalmente se prolongan en sus estancias mundanas por los salones del palacio ducal de Guadalajara y los corredores de sus caserones madrileños de San Andrés o los vallisoletanos de frente a San Pablo. Aquí vienen los nombres de doña Ana, la sexta duquesa, y de doña Luisa, la condesa de Saldaña, de las que recientemente nos llegaron imágenes, poses y crotalillos sobre los damascos fulgentes de sus robas. De todas ellas, estoy seguro que el lector que no haya oído hablar antes de ellas va a quedar emocionado.

Y, siempre, agradecido a sus existencias, porque sirvieron de aliento a familias y servidores, y sobre todo de asombro mudo ante sus enérgicas decisiones, los objetos que mandaron fabricar y los palacios en que vivieron. Estas son las damas en las que yo me entretuve, el pasado invierno, en evocar y conocer mejor, y en las que estoy seguro los lectores de hoy pondrán sus ojos desmesuradamente abiertos.