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enero, 2022:

Baroja en Guadalajara

baroja en tendilla

El lunes 17 de enero, y en la Biblioteca Municipal de Cabanillas, va a intervenir con una charla el escritor seguntino José Esteban Gonzalo, uno de esos valores permanentes de la literatura provincial, y que en este caso ha sido invitado por ese centro cultural para dar una charla sobre “Guadalajara y Baroja”

No contamos con apoyo de fechas centenariales, ni aniversarios sonados ni liminares, pero la memoria de don Pío Baroja en la Alcarria, más concretamente en Tendilla, y en toda la provincia, es algo que siempre bulle y de muchos es sabida. 

Por justificar el momento, podría recordarse que ahora se cumple el centenario de la aparición de su novela “El amor, el dandysmo y la intriga”, que suponía el comedio de sus 22 novelas históricas integrantes de la obra “Memorias de un hombre de acción”, el equivalente a los “Episodios Nacionales” de Pérez Galdós. Gustaba mucho, en el cambio de siglo, aquella visión de la historia de la España del XIX, con altibajos, pronunciamientos, fusilamientos y traiciones, que tan certeramente retrataron algunos escritores, y muy especialmente el canario, don Benito P. Galdós.

La visión de Baroja es parecida, más breve (solamente 22 novelas, frente a las 46 del escritor canario) y más escueta, con un único protagonista subiendo y bajando trochas durante todo el trayecto, su antepasado Aviraneta, liberal y masón, que protagonizó muchas escaramuzas de aquella película trepidante.

Atienza, Sigüenza y Molina de Aragón

Es en “La nave de los locos”, una de las novelas con más fuerza y amenidad de todas las de la serie, donde aparecen abundantes y descarnadas referencias a los pueblos de la provincia de Guadalajara. A sus gentes, sin nombrarlas, y a sus caminos. A sus fondas y paradores también. A su clima… En definitiva, esa novela de Baroja es un espectacular retrato de una España caduca, atravesada por viajeros que solo miran a su interés. El protagonista del paseo, que rememora las hazañas del militar carlista Cabrera, “el tigre del Maestrazgo”, es un joven avispado, Álvaro Sánchez de Mendoza (ya en el apellido deja caer Baroja su querencia vasco-alcarreña) al que llaman “Alvarito”, y que en su caminar por el frío corazón de Hispania atravesará campos yermos y ciudades decrépitas, entre las que destacan Atienza, Sigüenza y Molina de Aragón.

En Riaza se encuentra con un atencino, Matías Raposo, que se lo lleva a su patria chica y le alberga en la Posada del Cordón, pasando algunas tertulias en el Casino. No es buena la impresión que Alvarito se lleva de esta villa encastillada y seca. Dice primero que “comenzaron a ver al mediodía la silueta grave de aquella ciudad, asentada sobre un cerro, bajo una aguda peña coronada por el castillo. El día estaba frío, y el sol pálido iluminaba los tejados grises del pueblo”. Sube con amigos al castillo, y el procurador de la villa les explica la antigüedad de muros, puertas y torreones. No es que sea modélica la estampa que Baroja recoge de Atienza, pero es lo que hay. Es el reflejo de su impresión ­–general, para todos los pueblos de Castilla– y viene a decir que “tenía ya idea de la pobreza del país, pero esto no le chocaba tanto como la sequedad espiritual y la agresividad de la gente; el poco afecto que mostraban los unos a los otros y la malevolencia con que se atacaban”.

En Sigüenza, a donde llega después de dar una vuelta por Almazán y Medinaceli, queda impresionado por la catedral, que le parece “enorme y majestuosa”, recorriéndola con detalle y mencionando, aunque muy de pasada, la estatua del Doncel. Se encuentra que en una capilla un sacerdote está dando una homilía a una porción de aldeanos, mezclando abstrusos conceptos teológicos con frases en latín de los Padres de la Iglesia. Y Alvarito se pregunta “¿Se estará riendo de ellos?” 

Pepe Esteban, el seguntino que firma este libro sobre “Guadalajara y Baroja”, nos dice sin mayor pena y con mucho de resignación, que la catedral atrae al personaje barojiano como un imán, y a ella vuelve. “Ahora cantaban vísperas. Alvarito no las había oído nunca. Era algo terrible y solemne, con ese aire de majestad y de venganza de los cultos romanos y semíticos. En aquella enorme iglesia, helada, aquellos cantos le dejaron sobrecogido. Salió al claustro, y después a una gran terraza con una verja, con puertas de hierro monumentales”.  A mí, en todo caso, me dan escalofríos el momento, el lugar, los personajes… 

En Sigüenza se aloja en una posada de la Travesaña Baja, que entonces, a mediados del siglo XIX, estaba muy animada. La impresión de ciudad añeja y vigorosa se le queda clavada al protagonista: “Sigüenza, a lo lejos, con su caserío extenso, las dos torres grandes, almenadas, como de castillo, de la catedral, y su fortaleza en lo alto, le produjo a Alvarito gran efecto”. Sin duda es esa la opinión que Baroja albergó siempre en su memoria. Y describe con enorme vigor la Feria de Sigüenza, que contempla su personaje, diciendo cómo “iban los hombres con calzón corto, pañuelo en la cabeza o zorongo, y otros con grandes capas pardas, sombrero de pico, abarcas y un cayado blanco de espino en las manos”. Y de las mujeres nos dice que “traían varios refajos de campana hechos con bayetas rojas, amarillas y algunas se echaban una por encima de la cabeza”. Esa estampa, que la podría haber retratado Laurent con su cámara o Pérez-Villamil con sus acuarelas, se completa con esta otra frase: “En las puertas de las posadas se agrupaban burros blanquecinos, con aire de viejos sabios, cubiertos con sus albardas. Subían hacia el pueblo arrieros, con sus recuas de seis o siete mulas de aire cansado. Entre la multitud correteaban muy vivos y animados, los estudiantes de cura, con su hábito y su tricornio”. De Sigüenza, por tanto, Baroja nos deja estampas coloristas y movidas, con su estilo preciso y casi periodístico.

Sigue su camino, después, hacia Molina de Aragón, donde topa con el cura Juan Juvenal, un admirador entusiasta de las hazañas guerreras (y de la crueldad sin límites) de Cabrera. La primera impresión de la Ciudad del Gallo es también solemne, como ante todas las estancias castellanas se queda boquiabierto: “Molina es un pueblo de cierto empaque aristocrático, con casas hermosas, calles bastante anchas y una gran fortaleza, que volaron los franceses en la guerra de la Independencia, dejando de ella solamente varios torreones, altos y dramáticos”. Se aloja en una fonda de la plaza mayor, con las paredes cubiertas de papel pintado. En ella conoció a un abogadillo “joven y melenudo, a quien no le interesaba nada de cuanto pasaba a su alrededor, y que vivía soñando en Madrid y, sobre todo, en París”. Pero también conoce al cura Juvenal, del que dice que debe padecer del estómago, porque come poco y con postre de bicarbonato. Le retrata magistralmente, con esa fuerza que Baroja pone en sus personajes, aunque sean, como este, de fugaz aparición: “Era el clérigo un hombrecillo moreno, feo, de ojos negros muy brillantes, como el azabache; las cejas cardosas, salientes; la tez pajiza, de hombre enfermo; el labio belfo y los dientes amarillentos y ennegrecidos; una fisonomía atormentada, pero de gran expresión”. Y al fin añade que, hablando con unos y con otros, llegó a la conclusión de que los molineses tenían un deplorable concepto sobre Cabrera, sobre todo por su crueldad, aunque todos la comprendían, como venganza por lo que hicieron con su madre.

Tendilla

A los Baroja les cupo en herencia un olivar y algunas tierras en Tendilla. Aunque don Pío, que lo sabía, no apareció nunca por allí, sí lo hicieron sus sobrinos, y más concretamente don Julio Caro, el académico y antropólogo. En Los Baroja, leemos: “En 1947, mi madre (escribe Julio Caro, y se refiere a doña Carmen, hermana de Pío y Ricardo), compró una casa y unas tierritas en la Alcarria; en un pueblo bastante pintoresco, aunque triste, que se llama Tendilla. El objeto de aquella compra era invertir cierta pequeña cantidad de dinero que había en casa, unos 20.000 duros, y ver si podíamos eludir las miserias del “estraperlo” madrileño que aún se hacía sentir”. La usaron para proporcionar a la familia aceite y legumbres, teniendo la casa en la misma carretera (o calle mayor) en un lugar que llamaban “el parador del tío Ruperto”. Don Pío no quiso nunca llegarse a Tendilla, porque se había acomodado a Madrid, a su entorno y tertulias, y le daban miedo los viajes, que a medidos del siglo XX todavía eran azarosos, porque indefectiblemente se producía siempre un pinchazo.

Vejez y muerte de Baroja

Pepe Esteban, que es ya historia viva de la literatura española del siglo XX, conoció personalmente a Baroja, y tuvo con él charlas y paseos. Estuvo en su casa, y aún acudió (triste día lluvioso y frío de finales de octubre de 1956) a su entierro, recordando cómo entre varios admiradores sacaron el féretro del piso de Ruiz de Alarcón, donde vivió muchos años, y a hombros le llevaron hasta el cementerio. Poniendo el hombro estaba ese día Camilo José Cela, Miguel Pérez Ferrero, Eduardo Vicente, Pepe Esteban… pocos días antes, ya muriéndose el académico, le visitó Ernest Hemingway, y le regaló un jersey de lana, y unos calcetines.Esa España, en la que llovía más, hacía más frío, y se comía solo una vez al día, es la que alberga la memoria de Pío Baroja, el escritor potente y sabio, inacabable en sorpresas, y viajero por Guadalajara, esta tierra que tenía (y sigue teniendo) más de pretéritos literarios que de digitales futuros.

Lecturas de Patrimonio: Pairones de Molina

pairones de molina

Son una columnas pétreas plantadas –solitarias y asombradas– en medio de los páramos molineses. Marcando los cruces de caminos, la entrada a las villas, los límites de términos, las devotas menciones a San Roque y las Ánimas del Purgatorio. Son, otra más, esencia del territorio molinés.

Una columna pétrea en medio de los anchurosos campos. Un bloque de talladas piedras, del color de la sesma (los hay grises en la Sierra, rojos en el Campo, pardos en el Sabinar…) que se suele colmar con una cruz férrea, algún bolón tierno, y siempre en sus costados, en lo alto, los polícromos azulejos de cerámica en que aparecen pintados San Roque, las Ánimas consumiéndose entre llamas, algún Cristo o alguna Santa Catalina pregonando su virtud. Estos son los pairones molineses, esos elementos que definen, como pocas cosas, con su escueta presencia la tierra que les dio vida.

Los pairones constituyen uno de los símbolos más emblemáticos del Señorío de Molina, dando la bienvenida a los viajeros en los caminos molineses… anunciando la presencia de los caseríos… Son palabras estas que escribió ese gran periodista que es Carlos Sanz Establés, molinés y mantenedor de la entraña molinesa en cuanto hace. 

Aunque se han dado muchas definiciones de este pináculo de piedra, y los molineses no necesitan definiciones para saber de ellos, López de los Mozos nos daba una definición en un libro que escribió sobre este tema: Construcción arquitectónica, generalmente de no muy grandes dimensiones, fabricada con diferentes materiales, que consta de varias partes y que contiene imágenes de carácter religioso y/o inscripciones (en algunos casos) que se sitúa en diversos lugares, siendo los más frecuentes los cruces de camino o junto a éste. Aunque es esta una definición que no define demasiado, pues deja en la categoría de diversos muchos parámetros que podrían gozar de medida, sí que centra el tema y nos los presenta como son: de piedra, siempre, y de unas dimensiones que rondan los 3 metros, teniendo un pilar como eje sustentorio de lo que suele ser un remate en forma de pequeña capillita donde está la imagen sacra de que nos habla este autor. Están casi siempre en los cruces de los caminos, y sirven tanto para indicar la proximidad de los pueblos, y el cambio de término, como para pedir a los viandantes que recen una oración por el santo en él representado, y muy especialmente por las Ánimas del Purgatorio, mayoritariamente titulares de ellos.

El origen de los pairones es pagano. Anterior al cristianismo. Precisamente la tierra de Molina, que fue habitada densamente por los celtíberos en los diez siglos anteriores a la Era cristiana, quedó regada del espíritu que los hizo nacer: la costumbre, (bien documentada en el mundo romano) de arrojar los caminantes una piedra en los cruces de caminos, o en las orillas de estos cerca de las poblaciones, donde los romanos solían enterrar a sus muertos, generó con el tiempo montones ingentes de piedras, pirámides casi, que finalmente se terminó por conglomerar y transformarlos en hitos o columnas de piedra tallada, que sirviera para eso mismo: recordar a los muertos, de quienes antiguas leyendas decían que se concentraban en las encrucijadas.

Es la cristianización de la tierra molinesa, muchos siglos después de llegar y marcharse los romanos, la que impone dedicación y devoción a estas piedras. En su remate, que a veces alcanza la forma de un edículo o pequeña capilla cerrada con reja, aparece tallada o pintada sobre cerámica una imagen. Y suele ser motivo iconográfico como santo individual el francés Roque, protector de los caminantes; otras veces Santiago, y casi siempre una representación de las Ánimas del Purgatorio, ese conjunto de seres anónimos que en la hagiografía cristiana viene a definir a a los antepasados que murieron y el caminante no conoce. Este es también el origen que se explica para los humilladeros aragoneses o los hermosos cruceiros gallegos, aunque estos se yerguen, tallados y preciosistas, como elementos de lujo ornamental en el centro de los pueblos. Todo en esencia procede de la misma palpitación: de origen celta, -y así nos lo explica el especialista en símbolos Juan Eduardo Cirlot- estos Montes de Mercurio con los que los caminantes señalaban, mediante montoncitos de piedras, los lugares estratégicos de los caminos, y que luego se cristianizaron con cruces, son la expresión humana del respeto hacia los muertos, y hacia los dioses, a quienes se ofrecía esa piedra como sustituto de cualquier otro sacrificio. Un esfuerzo y un recuerdo, cuando en el camino se hace una parada. 

pairones de molina
El pairo de las Nieves, en Rueda de la Sierra (Señorío de Molina)

También la etimología del pairón insiste en este significado: peiron o pairon en griego significa «límite». De ahí que son más frecuentes los que se encuentran aislados, en medio de los campos, señalando caminos, y sobre todo señalando límites de términos municipales (de veintenas en sus primeros tiempos) que los que vemos a la entrada de los pueblos, o incluso dentro de ellos. Esa función de señalización es muy evidente cuando, en los meses del invierno, la paramera se cubre de nieve (piensa, amigo lector, que hace unos siglos la tierra molinesa permanecía cubierta por el blanco manto los tres meses del invierno, y aún algo más) y sobre el monótono y brillante paisaje solo destaca el negror de los cuervos y el solemne estirón de las piedras de los pairones. Es bonita, incluso, esa función de faro en medio de ese mar monótono, limpio y pelado del páramo. Según cuentan algunos viejos, en tiempos se ponía dentro de los pequeños edículos que los coronan, una luz, una antorcha para orientar a los viajeros y a los perdidos por los caminos.

Según el Catálogo de pairones molineses que en 1996 publicó José Ramón López de los Mozos, un total de 118 piezas de este estilo podemos encontrar hoy en las orillas y los cruces de los caminos del Señorío. Todos ellos sin excepción son capaces de maravillarnos, de emocionarnos, porque vistos uno a uno, aislados, en su sitio, con su luz propia y su aroma en torno, son piezas de museo, generosos monumentos que se nos levantan sin querer en el ánima.Es por ello que solo me atrevo a significar los que más me gustan, aquellos en los que pasé un día, a pie por el camino, o a coche parado admirando su elegancia, su ingravidez, el sosiego de su entorno. Y así debo decir el del Cristo del Guijarro en La Yunta; el de San Simón en Tortuera, el de la Virgen de las Nieves en Rueda, el de la Virgen de la Soledad en Cubillejo del Sitio (que es el modélico, el reproducido en Madrid en la calle María de Molina), y el de ladrillo dedicado a Santa Lucía en Milmarcos. No puedo olvidar los de Labros, porque son todos severos, son como lo más entrañable de todo el Señorío: grises y recios, solemnes sobre los calvijosos campos, adustos ante el sabinar que emerge, precisos en sus contornos contra el cielo azul de la paramera. El de San Isidro, junto al cementerio, con una imagen del santo y un escudo tallado en el que lucen las iniciales de Cristo; el de Santa Bárbara, junto a la carretera de Hinojosa; el de San Juan, en el Camino de Labros a Tartanedo y de Hinojosa a Anchuela, desde cuyo edículo petroso se vislumbra recortado el cerro donde patina el pueblo; el de la Virgen de Jaraba (al que también llaman pairón del Espolón, que está en el cruce de los caminos de Labros a Jaraba y de Amayas a Milmarcos (la que llaman los labreños senda de la Virgen). En él reza la inscripción sencilla «Acordaos de/las almas/de votos» haciendo referencia a ese sentido de miliario de camino que recuerda a los muertos, a sus almas, a los antepasados, a los que purgan sus pecados en el Purgatorio… y al fin el pairón de las Aleguillas, que está al norte del pueblo, hacia Pozuelo… tantas piedras solemnes y puras, que tienen el frío de los hielos invernales, y el color breve de las noches de luna metidos en sus corpachones rotundos. Los pairones de Labros, como si fueran la esencia de todos los del Señorío, son los que más quiero.