Los Escritos de Herrera Casado Rotating Header Image

septiembre, 2021:

Guadalajara, a día de ayer

guadalajara a dia de ayer plaza mayor

Un visitante equis llega a Guadalajara. A pie. Y escribe de lo que ve. Yo hago, en este artículo, de visitante equis que llega en tren y recorre a pie la ciudad. Hace años. Pero como en esta ciudad nada cambia, apenas, la descripción vale para el día de hoy.

Guadalajara está en cuesta toda ella, es una ciudad de altos rumbos, y sobre todo si se llega en tren, que es como hay que llegar a las ciudades, desde el siglo XIX, o se llega andando, que es como se llegó siempre, el acceso a la ciudad es todo en cuesta, siempre subiendo.

Primero se cruza sobre el río Henares, que es un río escaso y medio escondido entre cañas, arbustos, matorrales y arboledas que parecen encubrirle a la mirada del viajero que llega. El paso se hace sobre un puente antiguo, poderoso, con aires romanos o moros. Me dicen que se construyó, tal como hoy lo vemos, en la época del califato cordobés de los Omeya, cuando reinaba allá (y acá, que era tierra también suya) Abderrahmán III.

Sigo subiendo por una larga acera entre rampas de piedra, y al final accedo a un plazal irregular, extrañamente dispuesto con fuentes secas, arboledas en línea, y algunos bancos, que tiene por dominante silueta la del palacio de los duques del Infantado (los antiguos, no los de ahora, que esos viven fuera de la ciudad). Ese palacio, con su fachada solemne de piedra dorada y clavos prendidos entre balcones y miradores, fue una de las joyas del arte isabelino: lo construyó en 1490 don Iñigo López de Mendoza, el segundo duque del Infantado, y dirigió las obras un arquitecto bretón al que llamaban Juan Guas. La verdad es que les quedó precioso: sobre la puerta luce un escudo redondo, solemne, prolijo de emblemas, sostenido por dos salvajes peludos, como hércules dominantes y amenazadores.

Un señor ya mayor al que he parado en la plaza que costea el palacio, me cuenta que aquí vivieron los Mendoza, no juntos, sino uno detrás de otro, y que durante siglos fueron poderosos, solemnes y llenaron la ciudad de palacios, de fiestas, de música y procesiones. El fraile o cardenal togado que exhibe un báculo cruciforme frente a la fachada, se llamó don Pedro González de Mendoza, y al parecer llegó a ser “tercer rey de España” cuando fue gobernada por dos reyes de verdad al mismo tiempo, cosa nunca vista: uno era varón, don Fernando de Aragón, y otro era hembra, doña Isabel de Castilla. El fraile poderoso, que había nacido en Guadalajara, mandaba tanto como ellos, y llegó a ser cardenal de tres títulos, y si se descuida le nombran Papa.

Aquí aparece una placa en un muro que dice que esta es la Plaza de España. Al parecer, llevó muchos otros nombres antes (de la Fábrica, del Conde, de los Caídos en la Guerra Civil) y seguro que este de ahora no será el último nombre que lleve. En España son muy aficionados a cambiarle el nombre a las calles, y a las plazas, lo cual sin duda es más entretenido que lo que hacen los americanos, que las dan un número, y así para siempre.

Esta ciudad, a lo que veo, está en cuesta permanente. Desde el río que vengo subiendo, no se para de ascender. Ahora me enfrento a la Calle Mayor, estrecha y con comercios a los lados. Me dicen que a la izquierda hay un interesante templo, de monjas clarisas, al que hoy llaman Santiago, de arte gótico mudéjar, y que cien metros más adelante está el palacio de don Antonio de Mendoza, un solterón valiente que entretuvo sus años jóvenes en guerras (cuando lo de Granada) y los viejos en rezos y beatitudes: llegó a levantar un estupendo palacio, cuajado de capiteles, portadas talladas, y grandes escudos, aunque dentro se pasaba mucho frío, porque esta tierra es castellana y tiene un aire famoso del que dicen que no apaga un candil pero mata a un hombre.

Llego a la plaza mayor, y en ella me sorprende un edificio (el más visible, al que la mirada va como en imán irresistible) cubierto de andamios, revestido de telajes rotos, junto a otro solar en el que han crecido arbolotes tras unas tapias cubiertas de grafitis. Tiene, eso sí, un más que cumplido edificio de Ayuntamiento, blanco y rosa, con aires de tarta nupcial, en el que se reúnen los munícipes (alcalde y concejales) casi a diario, para decidir en qué se gastan el dinero que les cobran a los habitantes a modo de impuestos.

Me dice una señora de buen ver y acicalado visaje que siga por derecho la calle, que no se me ocurra desviarme por los callejones laterales, porque solo voy a encontrar ruinas, solares vacíos, muros cuajados de pintadas obscenas y ni un solo bar… “aquí no hay nada, mire Ud., aquí hay que hacer las maletas cuanto antes, irse a Alcalá, o a Madrid, o a Azuqueca aunque sea… qué lástima, con lo que fue Guadalajara en sus buenos tiempos…!”

No termino de creerme lo que dice Aurora no sé qué. Porque subo y veo la plaza a la que dicen el Jardinillo, con una fachada barroca (la de los jesuitas antes y que ahora llaman San Nicolás) y entro al templo y me maravillo de su buen estado, de su gran retablo churrigueresco, y sobre todo de ese enterramiento prodigioso de don Rodrigo de Campuzano, guerrero y severo, armado de su cota de malla, con un espadón sobre el pecho y un doncel micro a sus pies, llorando. Que por algo sería.

En la calle mayor alta aún se ve animación: hay un Casino, muy transitado, y hay loterías, joyerías, pañerías, bombonerías, librerías y una tienda donde venden (qué extraño mercado este) números de teléfono y tarjetitas que los llevan. Al final termino en el plazal más ancho de los hasta ahora vistos: le dicen el campo de santo Domingo, y fue antiguamente sede del mercado medieval, delante mismo de sus viejas murallas. En el extremo sur se alza un templo grande, de piedra blanca, con dos campaniles rústicos en lo alto: es San Ginés parroquia, pero fue antaño Santo Domingo convento, donde miraban libros y memoriales los inquisidores vestidos de blanco y negro.

Desde allí la ciudad se abre. Es la moderna, donde al parecer vive la gente, donde se pasea, donde se canta, donde se abre la mirada. A la derecha, el bulevar de las Cruces, que es un bulevar antiguo, de casi dos siglos, y de los pocos que en España quedan así de cumplido. Algo que (espero) no pierda nunca esta ciudad, porque entonces sería ya, seguro, su muerte.

A la izquierda, una calle ancha a la que llaman “la carrera de San Francisco” y en la que cabalgaban los que tenían caballo y lucían arma y cincho para no pagar impuestos. Esto en tiempos antiguos, porque hoy solo se ven coches, camionetas y autobuses pintados de azul. Al frente, la Concordia. Un parque al que se le dio ese nombre hace 150 años porque se trataba de poner paz entre facciones enfrentadas. No se consiguió, es evidente. Pero al menos el parque mantuvo el nombre, como en esperanza perpetua de que algún día se consiga. A los sueños hay que alimentarlos con estas cosas, y perseguirlos siempre.

Siguiendo el paseo central, aunque atravesado, de este parque, se continúa por un paseo densamente arbolado. Subimos hasta la ermita de San Roque, el santo peregrino al que se aplaudía cuando salía en procesión mínima, el 16 de agosto, y los cofrades repartían panecillos y regalos a los niños. Ahora se ha transformado, el interior, en un templo de la ortodoxia cristiana, reservado para los rezos de rusos y rumanos, porque en Guadalajara hay muchos. Sin embargo, a la derecha de la ermitilla, como un galeón que surge del hondo océano, orgulloso y brillante, vemos el Panteón, de la duquesa de la Vega del Pozo, de la duquesa de Sevillano, de la marquesa de los Llanos de Alguazas, doña María Diega Desmaissières, la mujer más rica de España, que a finales del siglo XIX encargó a Ricardo Velázquez Bosco, el arquitecto a sueldo de los más afortunados del país, este edificio y su conjunto anejo, una gloria del arte, de la profusión, del simbolismo. La señora, que por muy rica que fuera no pudo evitar morir soltera, sola y sin compromiso, en la habitación de un hotel de Burdeos, y sin testar, mandó hacer este conjunto que es lo último que debe admirar el visitante en Guadalajara: la fundación San Diego de Alcalá, con un complejo de edificios centrados por un espectacular claustro neorrománico, una iglesia de estética neomudéjar, y un panteón neolombardo, con templo de cruz griega rematado en bóveda de mosaicos, y una cripta en la que, llevada por ángeles de mármol, el féretro de la señora se quedó a medio camino entre su riqueza y la muerte eterna.

A Guadalajara se la puede ver luego, aún más arriba, desde el borde del cerro de San Cristóbal. Para llegar allí hay que conocerse bien el Monte Alcarria, y saberse sus caminos, pero la excursión merece la pena, porque desde la altura de sus mil metros bien oreados y luminosos siempre, se ve no solo la ciudad de Guadalajara como un alfombra, sino el valle entero del Henares, cuajado ahora de pueblecillos, de urbanizaciones, de fábricas y silos, con un fondo teatral de sierras nevadas (allí la Peñalara, el Ocejón, la Somosierra, el Santo Alto Rey, la Bodera, el Lobo…) que cumplen su cometido de poner límite, por el norte, a este gran espectáculo que es el valle del río Henares, al que cantó, entre otros muchos, Cervantes cuando dijo “En las riberas del famoso Henares, que al vuestro dorado Tajo, hermosísimas pastoras, da siempre fresco y agradable tributo,  fui yo nascida y criada”, poniendo el ditirambo en boca de la Galatea.

Bibliografía: Sobre la ciudad de Guadalajara, su historia, su patrimonio, sus costumbres y su significado hondo y permanente en la historia de España, hay que consultar algunos libros, aunque hay muchos más que de ella tratan. Los mejores son: Ortiz García, A.: “Historia de Guadalajara”, Aache Ediciones. Guadalajara, 2006. Layna Serrano, F,: “Historia de Guadalajara y sus Mendozas durante los siglos XV y XVI”. Cuatro grandes tomos. Guadalajara, 1994-1997. Equipo Paraninfo: “Guadalajara, ciudad abierta”, Aache Ediciones, 2005. Con ellos, y lo que se ve y se va viendo, tiene el viajero más que suficiente para saber de qué va esta ciudad, tan antigua y siempre tan acogedora.

Lecturas de Patrimonio: Los canecillos de Santa Catalina en Hinojosa

Hinojosa Tartanedo Ermita de Santa Catalina Canecillo

En un extremo de la provincia, entre Hinojosa y Milmarcos, medio ocultos por un denso sabinar antiguo, quedan los restos de una población a la que llamaron Torralbilla, quizás por tener alguna torre de lo más alto, de color blanco, o pálida piedra. Es uno más de ese medio millar de “despoblados” que se rastrean por Guadalajara. Pero de este queda una portentosa iglesia de estilo románico, que a muchos no nos cansa admirar.

Hoy es término de Tartanedo, porque a esta población han hecho cabeza de Ayuntamiento en el que se incluye la antigua villa de Hinojosa, y en ella el despoblado de Torralbilla, del que se han hecho eco cuantos han hablado de esa parcela siempre atrayente de los pueblos perdidos, abandonados, despoblados, en un territorio en el que aún se palpa la vida. Ranz Yubero en su “Despoblados de Guadalajara” (Aache, 2019) y especialmente Salgado Pantoja en su recentísimo “Raíces en la piedra. Arte románico en los despoblados de Guadalajara” (Fundación Santa María la Real, 2021), destacan este lugar del que apenas quedan restos, tragados por el bosque de sabinas que le creció encima, tras su despoblación en el siglo XVI. Sin embargo, el viajero puede admirar lo que quedó del lugar, y que se ha materializado en una iglesia de estilo románico que ya cuenta entre las más atractivas de la provincia.

Recuerdo haber visitado este lugar porque Layna Serrano sugirió su existencia en la segunda edición (de 1971) de su obra “Arquitectura románica en la provincia de Guadalajara”. Él no llegó a estar allí, pero yo me desplacé enseguida, admirando lo que quedaba, milagrosamente intacto porque la devoción de las gentes de aquel alto rincón de la Sesma del Campo molinesa lo habían mantenido en pie. En el libro de Benito García aparecido el mes pasado “Hinojosa, imágenes para el recuerdo” viene una fotografía (que reproduzco junto a estas líneas) de cómo estaba la iglesia en 1901. En ella se ven los arcos tapiados de su galería, y el inicio de una gran espadaña que cargaba sobre el arco mayor de paso entre la nave y el presbiterio. En 1971 yo hice otra fotografía de cómo se mantenía la galería tapiada, y daba aviso, poco después [“La ermita de Santa Catalina”, en “Nueva Alcarria” de 21 de julio de 1973] de este edificio y la necesidad de su restauración y protección imprescindible. Tras una intervención de la Junta de Comunidades en 1991, el templo se mantiene hoy perfectamente cuidado, y su entorno protegido, de tal modo que podemos decir con orgullo que ese edificio remoto es hoy parte de nuestra oferta patrimonial, que sin duda sería mucho más visitada si la carretera CM-2107 no se encontrara en tan mal estado, especialmente en su tramo superior entre Anchuela del Campo y Milmarcos.

Detalles iconográficos en la ermita de Santa Catalina, y su localización.

Ahora quisiera centrarme, aparte de recordar la existencia de este precioso monumento, en esos detalles iconográficos que pueden pasar inadvertidos al visitante, y que sin embargo ofrecen las singulares razones de su importancia. En los muros exteriores del templo, pero resguardados por la techumbre de su galería porticada, hay colocadas dos lápidas ilustradas que reproduzco junto a estas líneas en dibujo lineal. Una (A) representa con distintos símbolos a la santa titular del templo, Catalina de Alejandría, martirizada según la “Leyenda Aúrea” con una rueda de cuchillas y pinchos, y que se remata por corona (la del martirio) a la que se añadieron las siglas IHS, el acróstico greco de Jesucristo, más las de MA, María su madre, sumadas de la cruz del Calvario y los tres clavos de su Pasión. Una evidente proclama de catolicismo que, por la finura de su talla, es posible que no sea muy antigua, y que tenga a lo más un par de siglos de existencia.

Otra (B) muestra con talla muy rudimentaria un animal pasante, que puede ser tanto un perro, o lobo, como un león. Es difícil adscribirle un significado y la datación se puede proponer como medieval, al menos por su rudimentario tratamiento. Además, quiero resaltar como elemento iconográfico llamativo (C), uno de los capiteles del costado derecho de la puerta, que no muestra como los otros y los de la galería, una clásica imagen vegetal, sino que comulga entre ella y lo puramente abstracto o geométricamente salvaje. Parece haber sido colocado allí procedente de otro muro o lugar no relevante.

Finalmente, en cuanto a elementos iconográficos de este templo, el más descollante es sin duda el capitel que soporta el extremo del evangelio del arco triunfal que media el paso entre la nave y el presbiterio. De fina traza, este capitel (D) tiene tallados dos trasgos enfrentados. Son seres voraces, con grandes bocas sanguinarias, garras certeras y músculos en el cuerpo de ave que destilan veneno y pasión sin límite. Están copiados del repertorio más moderno del claustro bajo del monasterio de Silos.

Este capitel, que se conserva como recién tallado, está coronado por un cimacio en cuyas tres caras aparecen roleos vegetales de calibrado equilibrio. Bajo ellos, y constituyendo el cuerpo del capitel, hay cuatro ejemplares que son fieles representantes de la mitología cristiana medieval: frente a frente, y separados por una palmera esquemática, dos basiliscos de fiero aspecto constituyen la cara frontal del capitel. Escoltándolos aparece un par de sirenas o arpías de perfecto rostro femenino. Los basiliscos muestran cabezas parecidas a la de un gesticulante perro, y su enorme y enrollada cola presenta una serie de poros que le identifican con el peligroso ser que pregonan. Las sirenas, de serena actitud, poseen un sencillo cuerpo de ave sustentando su rostro de mujer. Son elementos quiméricos, que tratan de evocar en el espectador el peligro del pecado, la amenaza constante del demonio.

El capitel de la derecha, lado de la epístola, está constituido por motivos vegetales, mostrando talladas volutas de hojas, siguiendo una tradición castellana muy asentada.

Finalmente, me queda analizar iconográficamente el ábside que forma la cabecera del templo. Es de planta semicircular, y en su cornisa aparecen variados canecillos de curiosa decoración, algunos con pintorescas figuras antropomorfas, animales, herramientas y trazos geométricos. Dicha cornisa presenta toda su superficie tallada con temas vegetales y decoración de ajedrezado.

Aquí se ofrecen hasta 23 canecillos que me he tomado el tiempo suficiente para dibujarlos uno a uno, y por orden, tratando con ello de ordenarlos, ofrecerlos al público conocimiento, e intentar adquirir el sentido que su conjunto nos transmite.  Estos canecillos del ábside nos muestran elementos muy sencillos, con billetes y molduras simples, uno con la talla de una serpiente enroscada que con su cuerpo forma una espiral (manifestación plástica del Infinito), otros con figuras trepidantes, como músicos y narigudos contadores de chistes, un dragón y un par de cantimploras o boteles, algunos con seres  escalofriantes, como trasgos, arpías y grifos, e incluso lujuriosos, con dos cuerpos desnudos frotándose…

De todos ellos, 11 son sencillamente decorativos de tipo rollo, una especie de cilindros superpuestos, muy común en la arquitectura románica. Ahí se va casi la mitad. El resto, nos muestra uno absolutamente liso (18), otro con una imagen que podría ser un libro (13), otros dos con flores o plantas de limpio perfil (2, 9), en dos de ellos, representaciones de cubas o recipientes de líquido, seguramente vino (14, 15), uno de ellos (19) con una rudimentaria escena de pareja humana que con sus manos se abraza mutuamente, y al fin cinco con representaciones de monstruos y animales. Así, el 11 ofrece una cabeza amenazante, el 6 un basilisco de cola enrollada, el 4 una serpiente enroscada en espiral, el 3 un trasgo imaginario, y el 7 un individuo con las piernas separadas, entre las cuales posiblemente lucieron sus atributos masculinos, censurados a pedradas en época posterior.

Se hace prácticamente imposible encontrar un programa cabal en este repertorio de canecillos, ni siquiera recolocándolos. Lo más lógico es pensar que fueron tallados, allí mismo, in situ, por un artesano que también hizo los capiteles de la portada y de la galería. Formado en escuelas de Castilla y utilizando modelos vistos en lugares de prestigio (Silos, Soria, Frómista, Carrión) coloca para solaz y advertencia moral de los aldeanos esos seres fantásticos que, con la debida explicación del eclesiástico responsable de la parroquia, advierten de las acechanzas del demonio, del peligro de los vicios y la ventaja de practicar la moral estricta del cristianismo. La ermita de Santa Catalina en Hinojosa es, sin duda, uno de los edificios más sorprendentes de todo el románico provincial de Guadalajara, y dejará en el visitante una evocación permanente de luz, de paz y de silencio. Y de bien trazada arquitectura conforme a los más puros cánones medievales, por supuesto.

Hinojosa, imágenes para el recuerdo

Hinojosa

En estos pasados días, que he usado de vacaciones, he podido recorrer algunos de los pueblos de la remota Sesma del Campo, en el Señorío de Molina, y más concretamente recalar en Hinojosa, donde se han celebrado algunos actos culturales, que han venido a dar prueba de que aquella comarca, al menos en verano, sigue viva y latiente.

Uno de esos actos tuvo lugar el sábado 7 de agosto, y consistió en la inauguración de una exposición de fotografías antiguas, y la presentación de un libro que las reúne, comentadas y revividas, por quien más sabe de Hinojosa y lo manifiesta, Benito García Martínez, a quien sus paisanos aplaudieron como merece. Mucha gente, reunida en el Centro Social “La Sima” de Hinojosa, presididos por don Francisco Larriba, alcalde de Tartanedo, se apiñó para oir al autor y ver las fotografías reunidas a lo largo de años, con la colaboración de todos los vecinos.

La Casa de los García Herreros, en Hinojosa,
donde Sánchez Portocarrero escribió su «Historia de Molina»

Lleva el libro, a lomos de sus ocho capítulos, 236 fotografías ampliamente comentadas y explicadas. Esos capítulos son como los pilares de la vida en Hinojosa a lo largo del siglo XX:

1 – Parajes de Hinojosa
2 – Edificios y construcciones
3 – La ganadería
4 – Las fiestas religiosas
5 – Usos, costumbres y tradiciones
6 – Los juegos
7 – La vida en familia y las tareas
8 – La agricultura.

En ellas aparecen gentes y paisajes, edificios perdidos y tareas olvidadas. A través de este libro, que lleva por título “Hinojosa, imágenes para el recuerdo”, he tenido la oportunidad de encontrarme, de nuevo, con uno de los lugares de los que más he disfrutado, y me han asombrado, entre los centenares de pueblos de la provincia de Guadalajara que he recorrido. Y ello porque Hinojosa tiene una historia firme, con el recuerdo de su más ilustre vecino, en el siglo XVII, el historiador y militar don Diego Sánchez de Portocarrero, cronista del Señorío de Molina, analizando paso a paso sus antiguos avatares. En él se descubren otra vez sus templos cristianos, sus palacios señoriales, sus viejas ermitas y esos mil detalles de la enjundia cotidiana de esta localidad sonora.

El libro que acaba de salir a luz, como un relámpago de amenas historias, como una evocación esforzada y generosa de tiempos felices, de momentos añorados y sutiles sentimientos, lo hace gracias al trabajo detallista, cariñoso y siempre atento de Benito García Martínez, a quien no dejaremos nunca de agradecer este interés, esa búsqueda de viejas imágenes y, sobre todo, de los comentarios  pormenorizados que hace de cuanto surgió del latido sempiterno de Hinojosa: los trabajos agrícolas, las fiestas religiosas, los encuentros de vecinos en tareas comunes, las familias en bodas y bautizos, el juego, la juerga y la solidaridad permanente entre todos: Hinojosa como una gran familia que en este libro se revela.

Como fui invitado a decir unas palabras en la ocasión de presentar este libro, aproveché a recoger algunos recuerdos del pueblo que para mí siempre tuvieron razones de emoción y asombro. Y fue una de ellas la de evocar la figura del político y militar (a la par que demostró también ser historiador) el regidor molinés don Diego Sánchez de Portocarrero, caballero de Santiago, quien durante varios años del comedio del siglo XVII residió en Hinojosa, donde se dedicó a investigar viejos archivos y escribir su “Historia del Señorío de Molina”. Y entre todos recordamos que allí residió en la casona que es hoy lugar de descanso de don Daniel Rubio Paúles, una “casa grande molinesa” que más adelante mejoró don Juan García Cubillo, quien tras casar con Antonia Herreros sirvió de nacimiento al prócer eclesiástico don José García Herreros (1709-1792) constructor de la gran ermita de la Virgen de los Dolores, que da la bienvenida a los visitantes hoy, a la entrada del pueblo, con su escudo grandilocuente al frente de su arquitectura. Y allí recordé, entre otras cosas, la forma en que don Diego descubrió el yacimiento que en lo alto de “La Cuesta” o “Cabeza del Cid” sobre el pueblo todavía es hoy motivo de investigaciones (ya se sabe que fue, además de castro celtibérico, campamento militar romano en el siglo I a. de C.) y donde el erudito recogió numerosas muestras (cascos, espadas, petos y herraduras) que él achacó al Cid Campeador y sus soldados, pero que en realidad eran de origen mucho más antiguo.

Es hoy Hinojosa una pedanía de Tartanedo. Que se ha constituido en Ayuntamiento de otros varios lugares del entorno, que van quedando casi vacíos de gente. Así, bajo la administración municipal de Tartanedo quedan hoy además de Hinojosa los antiguos lugares de Concha, Labros y Amayas. Tiene, sin embargo, el aire de hidalguía que su densa historia le ha salpicado en edificios, espacios y perfiles. Uno de ellos es la ermita de la Virgen de los Dolores, acabada de construir en 1794, a instancia de su hijo eclesiástico don José García Herreros. En su altar principal luce la talla de esta advocación mariana, tallada con rara perfección barroca, posiblemente por el escultor Salvador Carmona. Benito García pondera el lugar, al que no duda en calificar de “termómetro” del pueblo, porque todo lo que ocurre allí delante se comenta. “Hablar de esta ermita es recordar a Don Jacinto y Don Félix Beltrán, hermanos sacerdotes, por lo mucho que hicieron por ella, al igual que a Petra (esposa del tío Cesáreo) “Camarera de la Virgen” (como solía llamarla Don Jacinto) por su desvelo, su preocupación, cuidado y esmero que siempre tuvo hacia ella y en todo cuanto redundara en pro de la misma y de su Virgen”.

Al principio del camino, hoy arbolada avenida, que conduce a la ermita desde el pueblo, se alza el rollo jurisdiccional, que evoca con su hidalga armonía de piedra el rango que Hinojosa adquirió, –gracias a una decisión de Carlos III–, de villa con jurisdicción propia. Fue posible este nombramiento jerárquico porque el ya mencionado prócer molinés, don José García Herreros, pagó a la Hacienda real unos cuantos miles de maravedíes que le pidieron por hacer villa a Hinojosa.

Habla también este libro, ilustrado con sus correspondientes imágenes antiguas, de las casonas grandes (las de Malo, Iturbe, Moreno y otras) y habla de fuentes, de escuelas, de eras y plazuelas. Como habla de bodas, de meriendas, de deportes y carreras. Hasta de aquella sensacional fiesta como era “La Soldadesca” que ya ha dejado de hacerse, pero a la que dio hálito hasta el último momento (julio de 2010) el propio autor del libro, Benito García, más otros que llevan al pueblo en lo más hondo y siguen batallando porque viva.

Todo en Hinojosa evoca la España categórica y plena de dignidad de décadas pasadas. Las buenas y educadas palabras de bienvenida, el agasajo con dulces y carnes bien condimentadas, el refresco que al término de la presentación cunde para todos la Asociación Cultural de la villa. Los escritores que en ella aún residen. Tengo de nuevo el placer, esa tarde, de saludar a Mariano Marco Yagüe, novelista de categoría, y revelador en sus palabras de presentación, también, de momentos entrañables y de costumbres perdidas; puedo visitar en el cercano Tartanedo a Teodoro Alonso Concha, otro gran investigador y escritor molinés que allí guarda la más estricta cuarentena ante la epidemia que no nos abandona; y aún evocamos la figura de Andrés Berlanga, hace poco fallecido, que tuvo el acierto de alertar desde Labros del peligro de la degollina a la que está sometido el ámbito rural molinés, y con su historia de “La Gaznápira” reavivar el cuidado por esa España que se vacía, sin remedio, pero con la dignidad intacta. Fue en Hinojosa donde al final cayó la tarde, refrescó (en lo más duro de la ola de calor) y salieron a relucir los recuerdos, que es casi lo único que va quedando vivo en esta tierra alta y silenciosa.