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Cumbres y horizontes de Guadalajara

En estos días me ha llegado a las manos una de esas obras que me abre un poco más el horizonte de mi visión guadalajareña. Un libro que me ofrece buscar, subir, admirar, las cien más señaladas prominencias de Guadalajara, como si me permitiera otear desde lo alto, y desde muchos ángulos, esta tierra a la que quiero.

Recuerdos de mis alturas

No puedo decir que tenga yo muchos sietemiles en mi haber (ni tampoco seismiles, ni cincomiles…) A lo más alto que he llegado ha sido a estar en la cumbre del Mulhacén, en Sierra Nevada, o a escalar el Almanzor, en Gredos, porque de las alturas del Teide en Tenerife, de la Matterhorn en Suiza, del volcán Villarrica en Chile, o del Peak Demirkazik en los Montes Taurus de Turquía, lo único que he alcanzado han sido sus bases. Y ahora ya me pilla un poco mayor esto de subir montañas.

Pero hubo épocas en las que al Ocejón subía cada domingo anterior a la Navidad (cuando el Club de Montaña, que acaba de cumplir 50 años, institucionalizó aquella marcha), o al Santo Alto Rey a pie desde Bustares (aunque luego he vuelto ya en coche y por camino asfaltado). De las vistas que se disfrutan desde el Castillo de Alpetea en el Alto Tajo, oteando el Puente de San Pedro allá en lo hondo, tampoco me quedan pocos recuerdos. La verdad es que los días que más he disfrutado en esta vida han sido aquellos en los que me he sentido en plena comunión con la Naturaleza, andando reposadamente sus caminos, o urgiendo prisas por vericuetos pinos ante la llegada de una tormenta segura.

La historia más alta

La verdad es que la cumbre de las montañas no es el lugar más adecuado para sellar hechos históricos, porque desde ellas –a las que cuesta subir y trepar– lo mejor que puede hacerse es otear horizontes. Pero también es verdad que dándole algunas vueltas al asunto, aún se encuentran hechos que nos marcan, como comunidad, y que ocurren en lo más puntiagudo de los montes. Para muestra basta un botón, dice el refrán. Yo voy a completar la camisa, y pongo tres botones.

Es el primero el cerro de Hita (982 metros), una dureza calcárea a la que durante miles, millones de años, la lluvia y el viento le han ido raspando sus perfiles hasta dejarlo convertido en un valiente espectáculo montañoso. En el que no hace mucho, hará unos mil años más o menos, los árabes primero y luego los castellanos le sumaron un castillo, del que aún hoy se reconocen sus basamentos, parte de sus muros, la traza completa. En ese castillo puso sus trincheras financieras don Samuel Levi, el gerente de los impuestos del reino, a propuesta del rey don Pedro de Castilla. Transformándole en una especie (medieval y rudimentaria, claro está) de “Banco de España” de la época. Y mucho más tarde, apenas hace 90 años de ello, los contendientes en la Guerra Civil Española pusieron también nidos de ametralladoras y defensas para uso de las estrategias militares de la contienda. 

El cerro de Hita en enero de 2021

El caso es que Hita, vibrante puntal de la memoria histórica de nuestra tierra, sede de los esforzados y galantes intentos de construir uno de los más hermosos libros de la literatura española, el “Libro de Buen Amor”, a cargo de don Juan Ruiz, arcipreste de Hita, es referencia de viajeros, de escaladores y de simples amantes de la belleza paisajística de nuestra tierra. 

Es el segundo el Santo Alto Rey (1.858 metros), a la que muchos llaman “la montaña sagrada” de Guadalajara. Justo la pasada semana mi amigo y colega de estas páginas, Pedro Vacas Moreno, hacía un completísimo recorrido por la naturaleza y la historia de este monte, de esta prominencia. Y ponderaba lo mucho que ha supuesto en el tradicional sentido de las romerías sacras por la Sierra Norte de Guadalajara. Porque al Santo Alto Rey, a la ermita que sobre la roca más alta se alza allí desde la remota Edad Media, no solamente se sube el primer domingo de septiembre, doradas cruces procesionales y grandes banderas comunales en la vanguardia de la procesión, sino que en todas ocasiones, y desde hace siglos, la peregrinación a lo alto del monte era muy aceptada. De ahí la frase que en las Relaciones Topográficas manda al Escorial el correspondiente escribano en 1580: “y a dos leguas de este lugar hay una Sierra alta, una ermita en la Casa del Santo Alto Rey de la Majestad, en la cual hay milagros y grandísima devoción”. Junto a Angel Luis Toledano, escribí un libro que ha recibido ya un par de ediciones sobre esta montaña, sobre los orígenes, con seguridad prehistóricos, del respeto que las gentes le tienen, tanto por el aspecto físico, de soberbia altura, como por la sensación que a uno se le queda en el cuerpo después de haber subido, de haber penetrado en la ermita, de haber comprobado que el altar se alza sobre un puntiagudo picacho, y de haber contemplado la lontananza de tierras castellanas en todas direcciones. El Santo Alto Rey es, tras su ocupación por la Orden Militar del Temple, y con el aplauso y satisfacción de cuantos a lo largo de los siglos han subido hasta su cumbre, una de las más asombrosas prominencias que José Martínez Hernández trata en su reciente libro.

Y aún el tercero (y lo saco como prominencia según la definición que de ellas da en su libro José Martínez) sería la Cabeza del Cid, en Hinojosa (1.352 metros). En este la historia del Imperio Romano ha dejado claramente delimitada su huella, y especialmente por ser un lugar alto, además de estratégico. De este lugar tan vistoso, remoto y pálido hablaba yo no hace mucho tiempo (ver mi colaboración de “Nueva Alcarria” de 30-Abril-2020) explicando que, según las investigaciones arqueológicas realizadas recientemente, la meseta considerada tradicionalmente como “morada del Cid” había servido primeramente de castro o poblado del pueblo celtíbero, durante la Edad del Hierro, en los cinco siglos anteriores al inicio de nuestra Era. Y después, en la etapa de invasión de la Península Ibérica por el Imperio Romano, había servido de campamento permanente de las tropas que asediaban al núcleo de la Celtiberia en Segontia, Termancia y Numancia, habiendo quedando tantos rastros que el propio historiador del Señorío de Molina, don Diego Sánchez de Portocarrero, habitante de Hinojosa en muchas temporadas, había trepado a su altura y encontrado en ella multitud de testimonios de pasadas épocas (cascos, broches, espadas y herraduras) achacándoselos a don Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, héroe mítico de cuantos se sabían en hondura españoles.

Un libro por todo lo alto

Alguien que lleva años andando los caminos de la provincia, subiendo a todos sus cerros, sus grandes picos, y sus orgullosas serranías, ha sido capaz de rematar una tarea que le ha llevado años, esfuerzos y tesón sin límites. José Martínez Hernández, el protagonista, ha conseguido subir a las cien cumbres más prominentes de nuestra provincia. En su libro nos explica qué es esto de la “prominencia”, un término que tarde o temprano acabará imponiéndose en el colectivo montañero porque es la mejor herramienta para mostrar los picos más significativos de una zona concreta, sin darle tanta importancia a la altitud. El hecho de que una montaña sea muy descollante sobre el entorno en que aparece es un indicador claro de prominencia y es por tanto una meta a escalar. José ha reunido las 100 que merecen figurar en ese listado en un libro que entusiasma ojear. Porque nos promete mucho, nos promete descubrir la tierra en que vivimos de una forma diferente. Escalando siempre, subiendo de continuo. Alcanzando cimas (enormes o modestas) desde las que siempre, eso es seguro, se admira el entorno a vista de pájaro, con la sensación de estar en lo más alto. Sea el cerro de Hita o sea el Pico del Lobo.


José Martínez Hernández es un buen conocedor y descriptor de las montañas españolas. Su libro más conocido posiblemente sea “Los techos de España”, una forma de descubrir las mayores alturas de nuestra tierra, pero su afición le llevó después a subir a las “100 Cumbres más prominentes de la Península Ibérica” (que no las más altas, porque en ese caso, solo hubiera hablado de Sierra Nevada y de los Pirineos). Al ser las más prominentes (sobre el entorno en que se alzan) la variedad se multiplica y aparecen “cumbres” en casi todas las regiones españolas. Luego escribió el libro de las “100 Cumbres más prominentes de la Comunidad de Madrid”, y ahora, por fin, tres años después de aquellas, le ha tocado el turno a Guadalajara, que gracias a este libro pasa a ser considerado un espacio de montañas singulares, de relieve alborotado, y de escalada continua. Un paraíso para montañeros, pero también para ruteros, senderistas y viajeros de cualquier pelaje.
Con este libro, útil y denso, en la mochila, vamos a poder desarrollar nuestro innato deseo de conocer el mundo en que habitamos. Y en la provincia de Guadalajara, que ahora nos pilla más cerca, y que (lo sabemos a ciencia cierta) tiene espectaculares paisajes, valles, barrancos y alturas, vamos a poder descubrir todas sus posibilidades. En cada capítulo aparece una concisa ficha práctica, mapas detallados que se pueden descargar con códigos QR para verlos con mayor resolución, descripción de cómo llegar a las cumbres elegidas, multitud de fotografías… un mundo sin barreras el que pone en nuestras manos José Martínez, a quien no puedo por menos que aplaudir y agradecer su esfuerzo, hecho por su cuenta, sin más ayudas que la propia voluntad.

Ver con detalle lo que ofrece «Las 100 cumbres más prominentes de Guadalajara»

2 Comments

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