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Clamor de campanas

A vueltas con el patrimonio, sus lecturas y descubrimientos. Hoy no traigo ningún hallazgo, pero sí una llamada, para que se estudien, se recuperen y se traten dignamente los restos sonoros de una civilización que se pierde: las campanas, sus orondos cuerpos de bronce, sus grandes melenas de madera, sus cantos infinitos que son como avisos y parlas para las gentes del campo.

Desde hace algunos años he venido en buscar los testimonios que nos ha dejado el tiempo, aquel en que la gente se daba a construir cosas, a levantar templos y palacios, a escribir comedias y preparar fiestas por las plazas. Tuve la suerte de recoger imágenes, y analizar su significado, de los escudos tallados en piedra, o de los capiteles románicos y portadas de iglesias. De monasterios también, y de retratos. De tondos tallados, y ahora de cuevas. Y hace años me dieron un premio por reunir en un tomo (que no se llegó a publicar ni yo he guardado) sobre los hierros antiguos de las rejas, los picaportes y las cabezas de clavo de nuestros pueblos. Hoy, la mayoría, en el mercado de las antigüedades.

campanas
Campanas, y sus melenas, de La Olmeda de Jadraque (Guadalajara)

Esta almoneda de las cosas viejas, le ha llegado también a las campanas. Muchos pueblos que aún las tienen, no las hacen sonar ¿para qué, si hasta las misas se comparten “on-line”? Si ya se sabe cuando va a empezar el rito porque ha llegado el párroco en su coche. El problema es que algunas se están retirando, o por rotas ya no valen, o incluso se venden. Todo en declive, y nosotros perdiendo las referencias de lo que fuimos, como sociedad. Porque algunos consideran que todo lo viejo es caduco, no vale, y hay que ignorarlo, o retirarlo (por no decir tirarlo) ya.

A las campanas de Guadalajara, que no tienen una protección específica (como no la tienen los chozos del campo, los majanos, las veletas ni los órganos) les hace falta además un catálogo, un buen catálogo. Un ciudadano benéfico, como es Francesc Llop i Bayó, está haciendo, por su cuenta y a su costa, el “Inventario General de Campanas de España”, en el que se incluyen muchas de Guadalajara (calculo que están ya inventariadas un 20% aproximadamente) y que puede consultarse en www.campaners.com, donde podemos ver todo lo que ha reunido sobre Cifuentes, a cargo de Alvaro Romera Sotillo, quien nos cuenta muchas cosas sobre las campanas cifontinas. Por ejemplo, que de las seis campanas que tenía su templo parroquial de El Salvador, en la Guerra Civil echaron abajo y destruyeron cinco de ellas, quedando solo el campanillo, pero en los años cuarenta se repusieron dos, primero colgando de sus típicas melenas de madera y luego pasando a ser, en los años noventa, mecanizadas colgando de yugos de hierro.

Porque lo mismo que una foto antigua de familia, la campana de la iglesia es parte, vigilante, de nuestras vidas.

Esta secuencia es común a muchos de los templos alcarreños. Grandes campanas antiguas (la mayoría de los siglos XVIII y XIX) que por deterioro, o destrucción sistemática, desaparecieron, siendo sustituidas poco a poco por elementos conectados a sistemas electrónicos, programables, y con inicio de los toques mediante impulsos eléctricos. Cuando no, sencillamente, se conecta una grabación digital (un MP3 campanero) a un altavoz que emite, –con fuerza, eso sí– sobre tejados y campos cercanos.

El problema real es no solo la pérdida de los elementos físicos, las campanas, sino la destreza de tocarlas, a base de golpes de cuerda, y el ritmo que conforman los distintos toques. En este sentido, es muy meritorio el trabajo de Diego Sanz Martínez, un molinés de Alustante que ha conseguido en su pueblo recuperar campanas, técnicas y toques, y darlos a conocer por múltiples canales, incluso logrando que se inicie el expediente para su declaración como Bien de Interés Cultural, con carácter inmaterial, para “El toque manual de campanas de Alustante” gracias a su escrito “El uso de las campanas en el Señorío de Molina: memoria sobre la recuperación de los toques de campanas de Alustante”. En él recoge los nombres de los 17 toques que gracias a sus campanas resuenan sobre los altos campos y bosques de aquel rincón molinés. Son estos, tan sonoros como sus propios nombres: Oraciones de alba y anochecer, misa cotidiana, escuela, catequesis, penitencia (confesión), mediodía, tan-ta-ra-una, Concejo, tin-ti-li-nublo, clamores de adulto y clamores de niño, más la Misa en la ermita del Pilar. De ellos, solo cinco se usan a diario, porque los demás son circunstanciales. Eran, y son, medios de comunicación simples y hermosos.

Por otro lado, recuerdo ahora que en un libro reciente que publiqué con datos sobre Sigüenza y dibujos de Isidre Monés i Pons, concretamente el titulado “Sigüenza y alrededores” vine a recoger los nombres de las campanas que en la torre catedralicia a ellas dedicadas aún suenan a ratos. Son estas: Campanillo de San Cristóbal (de 1698); Campanillo de coro, Pascualín (de 1450); Campanillo del Beato Julián de San Agustín de Medinaceli (de 1941); Campanillo de las flores, Periquito (de 1762); Campana de San Pascual (de 1924); Campana del Hospital (de 1733); Campana de la Oración, o Anunciación de Nª. Sra. (de 1941); Esquilón de las ocho (de 1941); Campana de las Ánimas (de 1817); Campana Dorada, de Santa Librada (de 1924); Campana Grande, de la Asunción de Nª. Sra. (de 1924); Campana de aviso a los Campaneros desde el Coro (de 1941); Campanillo de los cuartos menor; Campanillo de los cuartos mayor; Campana del reloj (de 1684), más la Campana Jubilar de 2.845 kilos de peso, que en la torre de don Fadrique se colocó en 2000 con motivo de un Año Jubilar.

Pero todo esto, que no es poco, es la excepción en nuestra provincia. Lo normal es que las campanas no suenen, o lo hagan por medios electrónicos y altavoces. Tirar de la cuerda y voltear la campana broncínea, arropada de su melena de madera tallada, para que el badajo choque con sus faldones y agite el aire y nos llegue al alma, eso ya es casi una anécdota, un hallazgo casual.

Voy por los pueblos, y veo algunas allá en lo alto de los huecos de la espadaña, la mayoría mudas, cuando no queda solo el oscuro vacío de su ausencia. Los clamores no los reconocería ahora nadie, ni el brinco que les da al corazón los campanillos menor y mayor, la llamada a misa, el aviso de tormenta por el horizonte…

Aquí acompaño algunas imágenes, tomadas casi al azar de mi archivo fotográfico, con imágenes de espadañas románicas solitarias y mudas, con las de campanas amelenadas como esas dos de La Olmeda de Jadraque, en las que van tallados muchas “estrellas de la vida” que a los antiguos les gustaba poner para que defendieran desde el aire el del pueblo ante epidemias y disgustos. O con la grande Jubilar que se le añadió a la Catedral de Sigüenza, casi ya el único sitio (además, siempre, de Alustante) donde puede uno ir a escuchar las mil variantes de ese espectáculo sonoro que es el canto de las campanas desde la gran Torre catedralicia.

En todo caso, y sin haber descubierto nada nuevo, ojalá sirva este pequeño trabajo de aviso hacia otro peligro que se cierne sobre nuestro patrimonio, este de las poéticas y añoradas campanas, que sin saber cómo, están desapareciendo, para siempre, de nuestras cotidianas existencias. Como todo lo referente al patrimonio, solo tres cosas necesitan: 1. estudio y catalogación; 2. aprecio y puesta en valor, y 3. Defensa por parte de todos, de autoridades, sí, y de los ciudadanos. Porque lo mismo que una foto antigua de familia, la campana de la iglesia es parte, vigilante, de nuestras vidas.

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