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Una Mendoza más: Almudena de Arteaga

 El próximo miércoles 7 de septiembre, víspera de la fiesta de la ciudad, y en su anuncio, será Almudena de Arteaga y Alcázar quien nos dirá el pregón que anime a todos a participar y a ocupar la conciencia en saborear sus calles, en revivir sus historias, en disiparse con la música, en la Fiesta suma.  

No se ha podido escoger mejor voz, y más sabia, para pronunciar este pregón. Tanto por la calidad mediática de la escritora, como por el valor intrínseco de intelectual que tiene, el pregón de Al mudena de Arteaga será de los que hagan historia en Guadalajara, de eso podemos estar seguros. Así es que solo queda esperar a la tarde del miércoles 7 y acudir al Auditorio “Buero Vallejo” a escucharla.  

Almudena de Arteaga y Alcázar

En la saga de los Mendoza  

Hablar de los Mendoza, en Guadalajara, es hablar de la historia, día por día, siglo por siglo, de la propia ciudad. Aunque a algunos les pese, la historia está esculpida para siempre. Y aunque ejemplos ha habido -algunos recientes- de querer cambiarla, de alterar el resultado de batallas, y dar por vencedores a los vencidos, no se pueden borrar las páginas en las que se cuenta cómo los hombres y las mujeres del linaje mendocino levantaron sus palacios, patrocinaron hospitales y adornaron templos en nuestra ciudad, en nuestra comarca, y aún en territorios tan amplios que podían considerarse, entonces, como Estados alternativos a los de Trastamaras y Habsburgos, a la sazón reinantes.  

En la larguísima historia del linaje mendocino, y más concretamente en la línea de los duques del Infantado, grandes de España y señores de hecho de Guadalajara y su comarca durante varios siglos, hubo hasta tres mujeres que alcanzaron el título de duquesa: doña Ana de Mendoza ocupó el cargo entre 1601 y 1633, porque no hubo forma humana de entregarle el título a algún varón de la familia. Era ella la que más derecho tenía, y lo llevó con dignidad y razón. Poco después, una hija suya, Catalina Gómez de Sandoval y Mendoza, ocuparía el cargo, como octava duquesa. Y finalmente a comienzos del siglo XVIII, otra breve temporada el título más alto del Infantado estuvo en manos de María Francisca de Silva Mendoza y Sandoval. El paso del título a otros linajes (entre ellos a los Osuna) y el uso de otros apellidos por cuestiones de herencias y matrimonios, han hecho que hoy, a inicios del siglo XXI, sea la familia de los Arteaga quien tenga como primero entre sus muchos títulos nobiliarios el ducado del Infantado. Don Íñigo es su titular actualmente, y la primogénita de todos sus hijos es Almudena, por lo que a resultas de la Ley de Igualdad en materia de herencias de títulos nobiliarios, será ella quien herede, en su día, el ducado y por lo tanto será, por cuarta vez, una mujer duquesa del Infantado. De momento ha recibido el título de marquesa de Cea, uno de los muchos que la familia tiene en su haber.  

Tendrá además las dotes muy habitualmente presentes en los Mendoza, de usar bien las letras, de manejarse con soltura entre los libros y las historias. Entre los más antiguos y señalados, aparece como ancestro de Almudena don Iñigo López de Mendoza, primer marqués de Santillana, y progenitor del primer duque del Infantado. Cumbre de las letras españolas, de su linaje aparecieron luego otro don Iñigo López, cuarto duque, que escribió galanamente un “Memorial” de vidas y e historias de gentes antiguas, imprimiéndolo en su propio palacio guadalajareño; Diego Hurtado de Mendoza, poeta y narrador a quien muchos atribuyen “El lazarillo de Tormes”, y más recientemente sor Cristina de Arteaga y Falguera, tía-abuela de nuestra próxima pregonera, que primero como joven poeta en los años veinte (fue de las primeras chicas que hizo la carrera de Filosofía y Letras en la Universidad de Madrid) y luego como superiora general de la rama femenina de la Orden de San Jerónimo, en Santa Paula de Sevilla, escribió mucho, y bien, contando entre sus obras ”La Casa del Infantado, cabeza de los Mendoza”, la mejor y más entretenida historia del linaje que se ha escrito. Actualmente en proceso de beatificación, me honró con su amistad y hasta le facilité algunas fotografías cuando escribió la biografía de Beatriz Galindo, “la Latina”, a la que por cierto ha vuelto a dedicar sus saberes y buenas letras la más joven de esta estirpe de nobles escritores, nuestra próxima pregonera: Almudena de Arteaga.  

 Vida y obra de Almudena de Arteaga  

 Un poco pomposo parece ser este ladillo, cuando la autora anda todavía en la juventud. Pero puede aplicársele, al menos porque si la primera es corta todavía, la segunda es ya abultada, y consistente. Nacida en Madrid el 25 de junio de 1967, carece de edad, como todas las mujeres. Casada y con dos hijas, estudió Derecho y se dedicó un tiempo al ejercicio de la abogacía, en la rama laboral, pero interesada en el estudio de la familia a la que pertenece (que es en buena parte la historia toda de España) y en los temas referentes a la nobleza castellana, pronto debutó con la creación y edición (que lleva ya decenas de ediciones sucesivas) de una novela sobre una antepasada suya, la Princesa de Éboli. Esto fue en 1997, y en estos últimos 14 años ha escrito y publicado, todas ellas con gran éxito de público, una docena de novelas y algunos libros de investigación. Ultimamente también ha escrito y publicado diversos cuentos, narraciones literarias y ha pronunciado muchas conferencias en las que, según me han dicho, capta sin problemas la atención del público que termina ovacionándola de forma espontánea y entusiasta. Es, en definitiva, y como se dice ahora, una comunicadora nata: sabe cosas, muchas, y sabe transmitírselas a los demás. Por eso su presencia en el Buero Vallejo el próximo miércoles 7 de septiembre ha despertado la lógica expectación entre los alcarreños.  

De sus obras, sin entrar en detalles de crítica particular o valoración de técnicas y contenidos, cabe pregonar aquí sus títulos al menos: como documentalista (que es la tarea ingrata y poco vistosa de conseguir los datos para dar vida a un libro) participó en “La insigne Orden del Toisón de Oro” y “La Real Orden de España”. Como escritora y constructora de historias, argumentadas siempre en personajes reales, basadas en los hechos ciertos que permanecen escritos en los documentos, y poniendo la sal de los caracteres vivos y alguna anécdota inventada donde los archivos se quedaron huérfanos de datos, ha escrito las novelas que tienen a personajes de nuestra historia por protagonistas. Algunos, ya antañones y crecidos en la Edad Media, como “Juana la Beltraneja” o “Iñigo López de Mendoza, marqués de Santillana” (2009), otros en el paso a una nueva era de Renacimiento y grandeza, como “El pecado oculto de Isabel la Católica” (2001) y otros nadando en la más absoluta actualidad, en un libro que comulga de lo noticioso frente a lo histórico, y que es una delicia de leer: “Leonor ¿ha nacido una reina? (2006).  

Con “La Princesa de Éboli” saltó a la fama en 1997, dedicándose desde entonces, de forma exclusiva, a la investigación y la creación literaria. Almudena está reconocida por la crítica como una de las más destacadas escritoras de novela histórica actuales, llegando casi todos sus libros a permanecer durante meses en las listas de los más vendidos, y alcanzando todos ellos numerosas reediciones y traducciones a varios idiomas. Colabora además en periódicos y revistas, y ha recibido varios premios literarios, siendo sin duda el más importante el “Alfonso X el Sabio” de Novela Histórica, por su visión novelada de María de Molina, una reina consorte de Castilla que surgió (para casarse con Sancho IV el Bravo) de las alturas frías del Señorío molinés. Cuenta con otros libros de enjundia y movimiento: “El desafío de las damas” (2006) sobre mujeres con garra en la historia de España; “La esclava de marfil” (2005) que es una gran historia de costumbres e intrigas; “Catalina de Aragón, reina de Inglaterra” (2002) ambientada en la historia europea con una española de protagonista; y uno de sus más vendidos libros “La vida privada del Enperador” [Carlos I de España y V de Alemania] (1999) que fue su segunda salida a la palestra y la consagró como amenísima constructora de memorias históricas.  

Entre unas y otras ha sacado su recopilación de “Bodas Imperiales” (2002), la novela de la española que subió al trono de Francia “Eugenia de Montijo” (2000) y la más reciente de sus obras, aplaudida más aún que las anteriores, “Los angeles custodios” (2010), la última por ahora de su estupenda aportación a la lectura, en la que monta una historia de amor (como recurso clásico) en medio de un hecho real: la expedición española a América, a comienzos del siglo XIX, para promover la vacunación y erradicación de la viruela entre los indios americanos.  

Pasión por la memoria 

 

Almudena de Arteaga transmite optimismo, en su trato personal, y en su trayectoria de escritora, de mujer de letras, de intelectual que estudia, que analiza, que construye historias. Podría haberse dedicado a la poesía (espuma del dolor y la melancolía, como dijo alguien que no recuerdo, aunque puede que fuera yo mismo, porque ando ya con la cabeza poblada de antiguas nubes) o a la historia pura, que hoy se hace más para construir curriculum que por esfuerzo de recuperar le memoria de algo. Podría haberse dedicado a la superficial visión del momento social que en España es pura caspa y malolientes pedos, o a la política, aunque con sus apellidos y sus títulos lo hubiera tenido muy difícil, incluso en las formaciones de la más rancia derecha, porque a los ciudadanos/as de pantalón pirata y rubio de bote no les puedes enseñar el lado íntimo de tu vida, sino el brillo de lo que quieren cada día, que es vivirlo, y alegres, entre birras y facebookes.  

No ha querido Almudena de Arteaga tirar por esos montes, sino apasionarse cada día por la historia de las gentes, meterse con el poder del creador de libros en las vidas de fuerza y color que fueron antes, y que han dejado su huella, como los personajes que Platón veía fuera de su caverna, entre las nubes del ser/no ser. Ir a su rescate, hablar con ellos, hacerles revivir, dárnoslos vivos.  

En alguna de las muchas entrevistas que le han hecho, Arteaga dice que tiene un concepto personal y claro de lo que quiere hacer, en el mundo de la novela histórica: “Hay que ser divulgativo -confiesa-. Me gustan que mis novelas lleven luego a los ensayos históricos sobre esos personajes cuya vida yo he novelado. Por eso, al final de mis obras siempre se recoge la bibliografía al respecto. Nuestra historia es tan rica como la francesa o la inglesa, pero está mucho menos divulgada”. Al hablar de una de sus últimas novelas, precisamente la que trata de uno de sus antepasados más ilustres, el Marqués de Santillana, dice que la obra está narrada y vista “desde la voz de una mujer, Mencía de Mendoza, una de sus hijas y condesa de Haro”. Arteaga reconoce que la redacción de esta su reciente obra “ha sido un trabajo complicadísimo, con un sinfín de personajes que se mueven cuando ya se está fraguando la historia de un país llamado España, a la que he sido totalmente fiel, y en la que sólo me he permitido algunas licencias con las lagunas que dejan los cronistas”. Es esa la esencia de la novela histórica: contar la realidad y alumbrar los rincones oscuros, poner vida donde no queda nada.   

Admirable, sin duda, Almudena de Arteaga, por su forma de ser y por su obra, ya importante. El hecho de que la tengamos como pregonera de las fiestas de nuestra ciudad, en apenas unos días, ha supuesto traerla a este vasar de los íntimos asuntos de Guadalajara, y ponerla en Crónicas, como ella misma hace con sus personajes.  

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