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La sorprendente iglesia de Terzaga

 En la sesma de la Sierra, por el Señorío de Molina, el viajero se sorprende una vez más de los paisajes recios y silenciosos, vacíos de gente y pletóricos de entusiasmo natural. El valle del Bullones arriba, entre bosques de sabina y espacios salineros, llega hasta Terzaga, donde la bien trazada conjugación de sus calles, la limpieza del pueblo, y el acicalado ejemplar de sus fachadas le dan la idea de haber alcanzado una meta especial, un viaje esperado.

Bóvedas de la iglesia parroquial de Terzaga, joya del barroco rococó hispano

 

Llegada a Terzaga

En la mañana de verano, el pueblo de Terzaga se desentumece y muchos vecinos y veraneantes pueblan sus calles. Llega el viajero a prima hora y busca a la alcaldesa, la joven María Elena Sanz y Sanz, quien con toda amabilidad le acompaña hasta el templo dedicado a la Virgen del Amor Hermoso. Por fin va a conseguir un anhelado sueño, tras muchos años de intentarlo y no conseguirlo: visitar el interior de esta iglesia que puede calificarse, junto a la catedral de Sigüenza, la parroquia de Alcocer, o Santa María de la Peña en Brihuega, uno de los más altos hitos del arte de la arquitectura en la provincia de Guadalajara. De entre las más de 500 iglesias que en ella existen, la de Terzaga está, sin ninguna duda, entre las diez primeras.

En el pueblo hay mucho que ver. De una parte, a las afueras en dirección levante, las ya abandonadas salinas, que muestran con vivos colores su riqueza antigua. De otra, la Rambla arriba, las viejas casonas de la burguesía rural y ganadera de este pueblo: escudos y rejas dicen supalabra de antiguos siglos, al sol de la mañana veraniega. Y por las calles, fuentes nuevas, recias casonas, y alegría sencilla de gentes que saben de la importancia de ver salir el sol cada mañana, y recibirle en pie.

La iglesia parroquial de Terzaga

Entre 1772 y 1778 se construyó este templo. Situado en la parte alta del pueblo, su exterior es anodino, con muros lisos, y una torre campanario en el ángulo de poniente, con ligeras molduras y un chapitel que se puso a principios del siglo XX. La portada, al sur, está rehundida bajo un arco, y es más antigua, procedente de la anterior iglesia, del siglo XVII. En el muro se ve tallada la fecha de 1778, año en que se acabó de construir tal como hoy la vemos, quedando muy escasa constancia documental de lo que se hizo entonces, pues en el Libro de Fábrica de la iglesia solo consta que se bendijo en 1781 el templo “que ha construido el Arzobispo de Valencia”, personaje del que luego si hay hueco hablaré brevemente.

En primer lugar, lo que quiero es constatar la sorpresa que produce a cualquiera, y a mí concretamente, al penetrar en este templo y apreciar su valor arquitectónico, las formas que le dan estructura y comportan su espacio. Al mejor estilo del arte árabe, el exterior del edificio son cuatro aburridas paredes que no dicen nada, pero el interior no da más de sí en punto a lujo, opulencia, vibración, contrastes y música, porque es eso lo que sale de sus arqueados muros, de sus cornisas violentas, de sus capiteles levantados: parece un poco como si entráramos en una película de dibujos animados y las paredes y las bóvedas se pusieran a cantar y a moverse.

Quien primero la ha estudiado, y el único hasta ahora que lo ha hecho, es el profesor cántabro Muñoz Jiménez. Su conocimiento sabio de la arquitectura española, no duda en calificarla como “uno de los mejores ejemplares del poco abundante Rococó español”. El estudio completo puede leerse en el número 74 de 1992 del Boletín de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Es así que nos revela la intención del autor de conseguir en el espectador una sorpresa grande: como en el arte islámico, un continente sobrio, soso, irrelevante, acoge un interior vehemente, riquísimo, cantarín.

En el templo, de alargada y única nave, destaca el hecho de que es totalmente especular en su diseño, esto es, cualquiera de sus lados es exactamente igual al otro, y el eje de la nave separa dos mundos iguales. En los lados de la nave se abren hornacinas menores, y exedras en el crucero, haciendo las veces de capillas, o brazos… La cabecera es triabsidal, con una gran cúpula que se prolonga en sus costados.

En la nave y pies del templo, se acentúan la variedad de curvas, en muros, cornisas y abovedamientos (a medio camino entre la bóveda baída, el medio cañón y la semicúpula de cascarón) con unas mínimas tribunas altas sin función. Sobran cosas, estructuras, que solo persiguen crear belleza.

Una gran cornisa marca con fuerza la división entre muros y bóvedas. Estas son muy diversas en formas, amplitudes y decoración. Recuerdan sus abovedamientos a los techos de los templos barrocos de Baviera, Austria y Chequia.

Para Muñoz Jiménez “el templo de Terzaga… es una de esas magníficas piezas hasta hoy olvidadas de nuestro patrimonio arquitectónico que conforman lo que puede ser llamado como “el otro barroco” hecho por autores menores u olvidados”. El templo no está documentado, pero es prácticamente seguro que reconoce la autoría de José Martín de Aldehuela, por localización y por fecha. Está construido poco antes de que el autor se fuera a vivir, ya para siempre, a Málaga, cosa que ocurrió en 1778, y donde murió 24 años después.

Este artista era natural de Manzaneda (Teruel), 1719 y murió en Málaga, 1802. Se formó con arquitectos valencianos y conquenses, y especialmente con Ventura Rodríguez, en Madrid. Se le ha catalogado como el Borromini hispano, por ser protagonista de un “barroco muy expresivo y exagerado”.

El comitente, don Francisco Fabián y Fuero

En otro orden de cosas, un rasgo capital para entender esta iglesia es saber quién la pagó, quién la mandó construir. Mucho dinero pagó por ella, según lo confiesa don Francisco Fabián y Fuero, nacido en Terzaga en 1719 y muerto en Teruel en 1801 (fijarse en la similitud de fechas de arquitecto y comitente!).

Fue Fabian el típico clérigo de la Ilustración española. Como Francisco Antonio de Lorenzana, de su época, con quien le unió una gran amistad. Era sin duda un reformista ilustrado. En 1748 llegó a canónigo de Sigüenza, y en 1755 de Toledo. Se le nombró Obispo de Puebla de los Angeles, en México, donde estuvo entre 1764 y 1771, y posteriormente nombrado Arzobispo de Valencia, entre 1772 y 1794. En ese año fue procesado, detenido y desterrado, por una cuestión mal interpretada por el Capitán General de Valencia, que quiso ver a este “católico ilustrado” como defensor de las ideas revolucionarias venidas de Francia.

En Valencia su “ilustración” cuajó en muchas obras públicas y sociales, y en su pueblo natal mandó levantar esta iglesia, una fuente, una torre para el Ayuntamiento al que colocó un reloj y dotó una maestra para las niñas.

Significado artístico de la iglesia de Terzaga

Quiero recordar aquí lo que Muñoz Jiménez expresa respecto a este templo: “En general la iglesia de Terzaga sorprende por la variedad, y la calidad, de los motivos ornamentales en escayola, y por la multiplicidad y fantasía de los efectos lumínicos conseguidos por medio de los óculos, los lunetos y ventanales diversos” (muchos de ellos hoy tapados).

Para otro estudioso de la obra de Martín de Aldehuela, el profesor Barrio Moya, la singularidad artística del arquitecto aragonés se centra en cinco líneas que sin faltar ninguna encontramos en Terzaga: “un exterior anodino y sin pretensiones; un interior donde se derrocha una sorprendente decoración; la originalidad de la planta; una sabia articulación de los espacios, combinando con maestría los distintos ámbitos de nave, cúpula y presbiterio; y el recurso a la decoración profusa, equilibrada y fastuosa, ejemplo máximo de la imaginación y fantasía del artista”.

Todos los que conocen a Martín de la Aldehuela, y el formato de su obra, que va en alza en el contexto de los estudiosos del arte español, saben que el sentido de sus templos está en la perfecta síntesis y equilibrio entre el “espacio pulsante” de Borromini y la “calidad orgánica” del espacio que Guarino Guarini consigue en con las dilataciones y contracciones rítmicas a lo largo del espacio longitudinal. Sin duda es este un templo en el que cobra sentido la magnificencia del espacio que se reserva a Dios en la tierra. La superposición de los órdenes columnares nos transmite esa sensación de de gloria y magnificencia. Un lugar, sin duda, que no debemos de dejar de admirar, y cuanto antes, en nuestra provincia.

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