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Toponimia de Tendilla

  

El viejo y desaparecido castillo de Tendilla sigue dando nombre a un paraje del término.

 

Mañana sábado, a las 7 de la tarde, en el Salón del Ayuntamiento de Tendilla, y en el contexto de los actos programados con ocasión de la Feria de San Matías (de tradición secular y renacida en estos años) se va a presentar en acto cultural el libro “La toponimia menor de Tendilla” del que es autor Víctor Vázquez Aybar. 

Un libro que aporta conocimientos sin fin acerca de los lugares que forman el municipio, los espacios que con sus nombres sonoros y antiguos parecen darle latido a la vida de hoy, que se centra cada vez más en el propio pueblo, en sus soportales, en sus cuestas, y cada se olvida más el término, en el que bullen desde hace siglos esos nombres sonoros, llenos de ecos emotivos y sobre todo de claros significados vitales. 

Algo más sobre el libro de Vázquez Aybar 

La obra es novedosa en nuestros lares, porque ofrece un listado, enorme y muy sustancioso, de los nombres que en Tendilla le dan, o le han dado, a los sitios de que se compone el término. Hay tantos (no los he contado, pero son miles) que por poner un ejemplo encuentra y explica 40 fuentes, o 10 puentes… de cada sitio explica su historia, su aspecto, el por qué de su nombre, los usos dados al elemento, etc. 

Vázquez Aybar, que ya tiene escritas y publicadas otras cosas sumamente interesantes sobre Tendilla, nos viene a decir que esta suma de nombres evocados y analizados forma parte de las raíces culturales comunes, y que vienen a ser, cada topónimo o su variante, como “ventanas mínimas abiertas a un pasado un tanto hermético y desconocido”. En realidad, siempre tuvieron un claro significado para quienes (cada vez menos) iban al campo a pie, o en animales, y encontraban cada lugar, recuente a otros, como si fueran parte de su propia casa, de su existencia vital. Vázquez lo que intenta es que esos nombres perduren, aunque sea así: recogidos en un gran librote de obligada consulta, al menos para los tendilleros. 

Las palabras que nos ofrece y explica Vázquez Aybar están convenientemente agrupadas en temas, tomada esa clasificación de la que Adela Alcázar propuso en su comunicación al IV Congreso Internacional de “Caminería Hispánica”.  

Y así nos dice primero los topónimos de la Naturaleza, y luego los de los seres humanos. En los primeros, pone delante los orónimos (relacionados con el relieve) seguidos de los hidrónimos (con el agua) los fitónimos (con las plantas) y finalmente los zoónimos, relacionados con los animales. Pero luego sigue con los relativos a la gente, y así nos da todos los topónimos tendilleros hagionómicos (relacionados con los santos y santas), antropónimos y patronímicos (del nombre de las gentes), históricos, de actividades económicas, y relativos a caminos (los famosos “carras” de los que hay docenas) y vías de comunicación.  

Me ha interesado muy especialmente el tratamiento del topónimo “El castillo” pues hace una revisión histórica del tema como no se había hecho hasta ahora. Recuerda el término del Cerro de Barabañez que en alusión al conquistador medieval de la Alcarria aún se le da a un lugar en el que viejas crónicas dicen que hubo otro castillo. 

Termina su libro Vázquez Aybar con un análisis metódico del topónimo “Tendilla”, que es tarea difícil y comprometida, pues tiene que hacer crítica de lo que otros especialistas han dicho antes, y de lo que él piensa que significa, para finalmente dejar todas las teorías sobre el tapete y al lector ofrecerle la libertad de que escoja. Al hilo del topónimo, vuelve a lanzar su idea del desarrollo del pueblo, a partir de unos humildes caseríos en el Barranquillo. Una larga bibliografía avalora el estudio de Vázquez que ya desde aquí calificamos, con la seguridad de no equivocarnos, de libro serio, erudito, sabio y entretenido. Una suerte haberlo tenido, tan pronto, y gracias a la amabilidad del autor, en nuestras manos.  

Nombres y lugares de Tendilla 

Cuantas y cuan variadas son las palabras que se incluyen en esta nómina. Miles son, y algunas sorprendentes. Aunque el autor no lo menciona, uno de los lugares más clásicos es el Valle del Infierno, por el que desde el pueblo de Tendilla se subía “al Alto”, que eran las alcarrias, las zonas llanas, y por donde se iba primitivamente al lugar donde se posaron los franciscanos y fundaron la Salceda. Esas denominaciones geográficas son a veces tan claras como la llamada “la Angostura” donde el valle se estrecha, o tan misteriosas como “el cerro de Barafáñez” que alude posiblemente a algún Emplazamiento relacionado legendariamente con el héroe del Cantar cidiano, Alvar Fáñez de Minaya. 

Es muy conocido el lugar de Valdevacas, “la boca de…” o con otros apelativos genéricos, pero sitio donde al parecer se dejaban los animales muertos para que se pudieran o fueran comidos de los buitres.  

Por Valdevacas también pasaría la Galiana, que ha dejado en la toponimia tendillera otros apelativos, como la Galiana de las Merinas, la cañada, las cañadas y esa “cañada de Valdevacas” por la que cruzarían, en primavera y verano, los rebaños trashumantes que circulaban entre la tierra sotiana y los pastos andaluces. 

Muchas curiosidades se aportan en esta relación, como el topónimo “Anguita” que pudiera ser bien un lugar de dehesa del Común, muy antiguo, o un fragmento de una mayorazgo de alguien así apellidado. El caso es que aún se usa, y la gente sabe donde está: la Anguita. 

Son muy sonoros lugares como el Cerro de Capazorras, o el Cerro de la Veleta, aludiendo cada uno a lo que allí se hacía o se veía. Más gracioso es aún el lugar denominado “Cuatro Mil Reales” porque al parecer es lo que alguien, en su día, cobró por él. 

Hay puentes de muchos tipos y nombres, entre ellos el de la Machina, uno de los primeros que se hicieron en plan moderno, y el de la Salceda. Pero hay más: los Lagares, el Apuntalao, el de las Tres Cruces, etc. Y fuentes, un buen puñado de fuentes: la del Gusarapo, que es fácil colegir por qué tiene ese nombre, y que fue construido a principios del siglo XX, cuando se hizo la repoblación del pinar. Está entre otras la Fuente de San Diego, que dicen surgió por un milagro del santo alcalaíno, habitante en remoto siglo en el convento franciscano de La Salceda. Por cierto que aún existe, y el autor estudia, el topónimo y lugar señalado de La Cerca del Convento, en la parte más alta del cerro donde asentó este importante monasterio al que en tiempos denominaron también “Monte Celia”. De monumentos antiguos, ya hundidos y casi olvidados, Vázquez recupera sus nombres y aporta noticias de primera mano: así la iglesia vieja, en lo más alto del pueblo, lo que podrían ser restos de un primitivo templo dedicado a Santa María de la Zarza (como en Peñalver) que aludiría sin duda a una primera aparición de una imagen entre zarzas… O el convento de Santa Ana, que hoy sumido en el pinar estaba en el camino hacia el cerro del castillo, del que también queda el recuerdo toponímico, y aún alguno gráfico, como el que mostramos en estas páginas, y que le ha servido a Vázquez para ilustrar la cubierta de su libro. 

Escribe largamente acerca del Hospital de San Juan, lugar curiosos con su pequeña historia hoy casi olvidada. Igual que aquel Valperdido (entre los caminos que van de Fuentelviejo a Fuentelencina) al así llamaron por considerarlo muy lejano, en el extremo del término. Hay referencias varias a Los Diques y todo lo relacionado con las obras que se hicieron en la vertiente frontera del pueblo, para que con repoblación y presas, más canalizaciones y allanamientos, se evitaran las temidas riadas catastróficas que tanto daño causaron en Tendilla en siglos pasados.  

Si el lector sigue pasando páginas, siguen apareciendo nombres curiosos, extraños para los de fuera, íntimos para los del pueblo: así la cueva y el corral del tío Chapú, o el tallar de Judas, como lugar de tallos y frondosidades prometidas. Está el zumacal, que fue lugar donde se cultivó el zumaque en tiempos en que arrancarlo y llevarlo a Madrid daba dinero, pues con ello se obtenían sustancias químicas para el tratado y curtido de las pieles. Y siguen los molinos, y los caminos, y las juntas, y los olivares, y valles, y cerros…. 

Un magnífico trabajo, en suma, que aporta a los de Tendilla un patrimonio oral, aquí salvado, y al mismo tiempo un magnífico ejemplo a seguir en otros pueblos, en todos los pueblos. Porque esa toponimia menor, esa forma de llamar a los sitios, con nombres antiguos, castellanos, propios, antañones, definitorios, es un valor que debe ser reconocido, salvado. Si no lo hacemos, iremos perdiendo poco a poco nuestras señas de identidad, y quedaremos como un pueblo inconsciente, despistado, incapaz de seguir adelante (porque al final se pierde la referencia de qué es lo de delante y qué es lo de atrás). 

El libro de Vázquez Aybar 

Victor Vazquez Aybar nos regala un libro que ha escrito y editado por su cuenta, pulcro y sabroso, cuajado de información sobre su pueblo, lleno de sabiduría y meticulosidad. Se lo agradecemos y se lo aplaudimos- Y lo recomendamos a cuantos coleccionan libros sobre la Alcarria y les encanta saber más de nombres, de historias, de viva humanidad antigua. El libro se titula “La toponimia menor de Tendilla”, es de tamaño 17 x 24 cms. y consta de 352 páginas. Lleva muchísimas fotografías en monocromo, y, sobre todo, mucha información de primera mano: cosas que ha sabido el autor preguntando, anotando, subiendo y bajando cuestas, fotografiando, verificando sobre el terreno. Declara al final que está muy agradecido a Angel Nuevo, Cipriano Catalán y Antonio Peña, porque con sus saberes de “hombres de campo de los de antes” le han completado la información que él, más urbanita, ha tenido que sudarse a base de erudición y caminatas.

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