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Una Ruta por el río Mesa

El río Mesa nace en el término de Selas, muy cerca del margen de la carretera N-211 que lleva de Alcolea del Pinar a Molina de Aragón. A partir de su nacimiento el río, que en su casi imperceptible tramo alto y apenas merece la calificación de arroyuelo,  transcurre paralelo a la carretera hasta alcanzar Anquela del Ducado, donde gira hacia el noroeste para atravesar la Sierra de Aragoncillo y abrirse paso hasta Turmiel.  Desde aquí, el río adquiere un notable caudal que le ha permitido formar una serie de impresionantes cañones excavados en rocas calizas y tobáceas.

Uno de los barrancos que le llegan al Mesa por la derecha. Foto de Luis Monje Arenas.

 Pueblos y paisajes

 Es en el estrecho valle del río Mesa, lejano de todas partes, pero intensamente sugerente, y bello desde la perspectiva del paisaje y los pueblos que encierra, donde nos vamos a dirigir para hacer piernas. Bien es verdad que a bordo de automóvil, porque dado el tiempo que tenemos, metido en fríos, y las distancias largas frente a los días cortos, lo mejor es observar sobre las cuatro ruedas.

En el libro que Monje Arenas y yo mismo escribimos el pasado año y publicamos, ofrecíamos diversas rutas de naturaleza, historia y monumentos. Una de ellas, quizás la más espectacular, después de la del Alto Tajo, es esta que discurre junto al río Mesa, por sus orillas abruptas, entre pelados montes y densos enebrales.

Desde Turmiel a Jaraba, son muchos kilómetros de sorpresas. La primera, cuando se baja desde Maranchón hacia el valle, y atravesando durante unos kilómetros cerca de Iruecha la provincia de Soria, es encontrarnos en Codes con su cerro piramidal, un lugar de polémica en los últimos años, y que aquí no nos va a entretenar más que el citarla.

Llegando a Mochales, el viajero se encuentra con un pueblo muy modificado en lo arquitectónico, pero enclavado entre rocas junto al río. Con una iglesia grandiosa y los restos de un castillo que solo muestran piedras sueltas, cerca de la hendidura de la roca donde habitó don Eugenio el Tararí, aquel médico alemán que vivía en una paridera que él mismo se había construido, y había que avisarle tirando del terminal de una cuerda que se había puesto en la plaza, para que bajara a atender a los enfermos. Esta historia, hilarante y misteriosa, la refiere Monje Ciruelo en su libro “Historias de un Niño de la Guerra”.

Entre verdes prados, altos roquedales y algún pairón que otro, se llega a Villel [de Mesa] donde el viajero podrá beber algún refresco, trepar hasta su castillo, relajarse en su parque y hasta comer, que ahora tiene Restaurante. A partir de aquí, camino y valle se estrecha. Y se alcanza enseguida Algar [de Mesa] donde la única calle ancha y empinada, que es carretera también, discurre zigzagueante entre vetustas mansiones.

Poco después se abandona Guadalajara y se entra ya en Zaragoza, quedando el viajero no asombrado, sino sobrecogido por el aspecto que el cañón del Mesa va adquiriendo poco a poco. Hondo, acantilado, con numerosas colonias de buitres en las cumbres, y el arrullo de las aguas del río siempre cerca. Kilómetros así, atravesando Calmarza, y por carretera más que aceptable, se llegará a Jaraba, límite de esta ruta, y lugar para anotar y preparar algunas vacaciones. La mitad de los que vayan así, de excursión solamente, acabarán pasando un fin de semana en sus balnearios.

Seguimos mejor la ruta que nos propone Monje en su libro, que es medida y estudiada para no perderse nada. Con él les dejo.

La ruta de Monje

Luis Monje Arenas, suficientemente conocido como biólogo director del Servicio de Fotografía Científica de la Universidad de Alcalá, y reciente autor, entre otros, de un libro titulado “El Señorío de Molina, paso a paso”, nos propone en las páginas de este una ruta en automóvil por el río Mesa. Por su trayecto más fácil y espléndido.

Y así nos sugiere que primero de todo salgamos desde Turmiel, lleguemos al puentecillo sobre el río, y antes de desviarnos a Establés hagamos andando el recorrido hacia abajo, que es de 17 kilómetros y solo apto para caminantes avezados. En su transcurso, cuajado de sorpresas y hermosos rincones, nos sorprenderá sobre todo la presencia de un gran risco, el Tormo, de piedra rojiza y puesto como una torre en medio del valle.

Pero como la mayoría querrá hacerlo en coche, nuestro cicerone nos propone salir de Maranchón, un pueblo de aire señorial y distinguido que, a pesar de su imagen decadente, cuenta aún con varios bares, plaza de toros y una estación de servicio automática, último lugar donde poder repostar durante los siguientes 45 kilómetros del viaje.

Poco después de salir de Maranchón, ya en dirección a Molina, debemos tomar a nuestra izquierda la carretera GU-406 que lleva al Valle del Mesa. El camino comienza pronto a ascender entre parameras con bosques abiertos de sabinas que conviven, desde hace unos años, con los molinos de los parques eólicos que invaden el Señorío. A los cinco kilómetros podemos ver a nuestra derecha una charca casi circular, el Navajo de Torremocha, que en primavera aparece orlado por un verde prado florido en el que se recalienta al sol una multitud de ruidosas ranas.

Continuamos por la misma carretera hasta llegar al primer empalme, en el que dejamos la ruta para desviarnos hacia Codes tomando una empinada y sinuosa carretera que finaliza en la aldea. Su caserío corona un otero que emerge en el centro de un amplio valle cuyas laderas están tapizadas con un sabinar muy bien conservado. Al llegar al pueblo sorprende su amplia plaza principal, la Plaza del Navajo ocupada, haciendo honor a su nombre, por un misterioso navajo que mantiene el agua todo el año y cuya cara oeste, que es la más profunda, está cerrada por un viejo muro. Decimos misterioso, porque geológicamente, la existencia de una laguna con surgencia de agua en la cumbre de un cerro puede parecer a primera vista inexplicable y lo sería si el viajero no fuera lo suficientemente curioso como para dejar de leer la interpretación hidrogeológica del fenómeno que, con todo detalle, ofrece un panel explicativo situado a su lado.

Tras visitar el lugar se vuelve al empalme de Codes para tomar un tramo de dos kilómetros de una carretera que discurre en dirección norte hacia Iruecha, uniendo la GU-406, con la SO-P-30008 y que, por uno de esos caprichos autonómicos, no figura ni en mapa, ni en navegador alguno. A partir de ese punto atravesamos tierras sorianas durante unos cinco kilómetros para penetrar de nuevo en Guadalajara poco antes del empalme a Mochales, en donde la vía, llamada ahora GU-427, se empareja con el río Mesa, para continuar a su lado durante el resto del recorrido.

Un kilómetro antes del llegar a Villel de Mesa, justo donde la carretera cruza el río, conviene aparcar en su margen ya que, paralelo a nuestro puente se encuentran las ruinas de otro más antiguo conocido como el puente romano. Si miramos por la otra barandilla del puente, veremos a nuestros pies despeñarse un torrente que procede del caz que alimenta el molino anejo. Finalmente, si volvemos la mirada hacia el sureste, veremos la cúbica Peña de la Cabezuela que, en equilibrio inestable, se recorta bellamente contra el cielo.

Por aquí la vega del Mesa es fértil y está muy bien cuidada ya que es prácticamente el único terreno cultivable de la zona, debido a que la aridez del clima en las alturas y las descarnadas rocas de estos parajes impiden cualquier tipo de agricultura.

A la salida de Villel, por esos insondables misterios de las obras públicas a las que empezamos a estar acostumbrados, la carretera GU-427 aumenta un dígito y pasa a llamarse GU-428, cifra que para lo que aquí nos interesa es la clave que nos permite el acceso a los auténticos cañones, que irán aumentando en altura y espectacularidad conforme nos acercamos a Jaraba.

A menos de dos kilómetros de Villel cruzamos Algar de Mesa, último pueblo de Guadalajara antes de alcanzar las lindes zaragozanas y llegar a la aragonesa villa de Calmarza, en cuyo cruce tomamos la dirección hacia Jaraba. Obligada por la abrupta topografía cuyas sinuosidades aprovecharon los ingenieros, la carretera se retuerce junto al río encajonada en el fondo de un espectacular cañón, cada vez más profundo, en cuyas paredes habita una nutrida colonia de buitres, aves que nos acompañarán sobrevolando el desfiladero durante todo el recorrido.

El sitio más bello y seguro para detenerse a contemplar el cañón, se encuentra a cuatro  kilómetros y medio de Calmarza, justo en el empalme de una pista sin asfaltar que nace a la derecha de la carretera que lleva al Santuario de Nuestra Señora de Jaraba. Esta sorprendente edificación, se encuentra alojada en una elevada oquedad natural en las paredes de un cañón lateral del Mesa y se divisa perfectamente desde la carretera. Para estirar las piernas aconsejamos pasear unos kilómetros por este desfiladero cuyas paredes rojizas, totalmente verticales, se van haciendo cada vez más angostas hasta hacernos creer que van a cerrarse sobre nuestras cabezas. Para los amigos de las alturas, se puede ascender también al santuario por una empinada rampa de cemento en aceptable estado de conservación.

Quinientos metros más allá se encuentra una planta envasadora de agua y a su lado el antiguo balneario de La Virgen y el Puente del Diablo. Si el balneario está abierto, resulta muy interesante pasear por sus jardines hasta una piscina natural de aguas cristalinas alimentada por una cascada de aguas termales que en invierno se despeña formando una nube de vapor. Un centenar de metros aguas abajo del Mesa se encuentra el nuevo balneario de Sicilia (cerrado en enero), que bajo una  preciosa cúpula de cristal, pegada a la roca, alberga una moderna piscina de aguas termales. A escasos metros se encuentran también el romántico manantial de las Lilas y otro antiguo balneario, el de Serón, que además envasa unas aguas de gran calidad. El viaje puede terminar dando un paseo por las aragonesas calles de Jaraba.

La vuelta hasta Guadalajara se debe hacer ya por la Autovía A-2 que nos llevaba desde estas tierras aragonesas hasta la capital, 150 kilómetros más al sur.

En todo caso, un recorrido inolvidable que nos hará tomar ganas de volver, y por eso es conveniente que la segunda vez se haga ya con conocimiento de lugares, pueblos y parajes en detalle. Para disfrutar mejor de esta naturaleza pura, brava y tan desconocida.

Otro libro que nos lleva al Mesa

 Hay otro libro de gran interés, y muy bien editado, con muchas fotos, gran tamaño, y frases justas que nos enseñan el entorno, que recomiendo aquí muy claramente. Es el titulado “El valle del Mesa” y está escrito por Teodoro Alonso Concha. Editado por Editorial Mediterráneo, cuesta 16 Euros y ofrece en tamaño grande estupendas fotografías a todo color, y un texto en que Alonso analiza pueblo por pueblo, el área del río atravesando Molina: se detiene en la parte más difícil de acceder al valle, que es el espacio del Tormo, entre Establés y Mochales. Con esta otra publicación se puede planear previamente la ruta a hacer luego andando, ocupando las manos con los necesarios bastones y la máquina de fotos.

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