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Ruta de las Casas Grandes molinesas

Empeñado en que nuestros lectores viajen a Molina, a conocer aquel territorio singular y hermoso, y disponiéndoles en forma de Rutas los mil caminos que tiene el Señorío, hoy me voy a centrar en un elemento patrimonial que hace de aquella tierra un algo especial, único, diferente a todo lo demás que hay en Guadalajara o en Castilla-La Mancha.

Me refiero a las “Casas Grandes”, a las casonas molinesas que es como también se llaman, y que son unos edificios especiales, aislados en medio de los pueblos, presidiendo plazas o distinguiendo cuestas, en los que ha siglos vivieron los miembros de ilustres familias, que se distinguieron por su riqueza, por la propiedad de enormes rebaños de ovejas merinas, o por lo estudios cursados y los puestos ocupados por sus miembros, en lejanas tierras.

 

Hay casas grandes molinesas en las cuatro sesmas en que se divide ahora el Señorío. Más quizás que en ninguna otra, en la sesma del Campo. Menos en la del Sabinar. Pero en todas las encontramos. Con densidad ilustre en los pueblos del occidente del Campo (Milmarcos, Tartanedo, Hinojosa, Tortuera…) pero con tenacidad en cualquier rincón del territorio.

Por eso es difícil trazar una escueta Ruta que nos lleve por todas ellas. O por las mejores. Y no sería un tiempo perdido consultar el magnífico mapa que con todas ellas ha trazado José Antonio Tolosa en su página web de InfoMolina, donde da información exhaustiva de todo el Señorío. En la dirección exacta de http://www.infomolina.com/CAT_GENERAL/casona.htm se pueden ver y entrar en detalles de todas ellas.

Casas Grandes en la sesma del Campo

Pero puestos a elegir, yo le ofrecería al viajero darse una vuelta por los mejores palacios de la sesma del Campo. Empezando por Anchuela del Campo,  a la que se llega desde Alcolea-Maranchón, y antes de Anquela, tomando la carretera que asciende hacia el norte. En Anchuela está la casa del mayorazgo de los Cubillas, formado en el siglo XVI, pero el escudo que hoy luce y la propia casa no va más allá del siglo XVIII. Es una forma de empezar a reconocer estos sencillos y solemnes edificios de recia construcción.

Llegamos a Labros, y seguimos adelante, cruzando el sabinar de Santa Catalina, para arribar a Milmarcos, donde son varios los caserones que se nos ofrecen a la admiración. El más importante de todos, sin duda, el palacio de los García Herrero, en la ancha calle que va de la plaza a la ermita de Jesús Nazareno. Esta casona tiene una fachada monumental, dividida en tres cuerpos horizontales, y en su centro la portalada, el balcón representativo, cumado en su dintel del gran escudo hidalgo de la familia. También en esta localidad podemos admirar el caserón de los López Montenegro, frente al Ayuntamiento y la iglesia, muy bien restaurado, y con otro escudo imponente en su fachada. Aunque muy cambiada desde su origen, la Casa de los Angulo (o posada vieja que allí llaman) es otro elemento de estas “Casonas molinesas” con escudo en piedra. En la alta placeta de la Muela, frente a la ermita del mismo nombre, está la casona de los López-Celada-Badiola con escudo tallado que recuerda el de la tierra de Guipúzcoa. Además es de admirar la casa de la Inquisición, hoy muy bien arreglada.

Tras este andar de casa en casa por Milmarcos, nos dirigimos a la vecina localidad de Fuentelsaz, donde algunos notables ejemplares de esta arquitectura nos esperan. Así el más importante de todos, vivo aún, la Casa Grande de los “Galvez de Galia”, con un curioso escudo que es una cabeza cortada y sangrante. Del gran palacio del obispo (don Francisco Angulo Celada, que lo fue de Murcia, y lo construyó en la primera mitad del siglo XVIII) solo quedan las cuatro solemnes paredes, y el escudo episcopal tallado en lo alto, muy finamente. Aún nos queda aquí por ver el caserón de los Ruiz de Mencía,  en la plaza de la Fuente, con su escudo y sus portones y ventanas arquitrabadas, con grandes sillares de piedra rodena.

Nos volvemos, por la misma carretera que trajimos desde Labros, a Hinojosa, donde otros ejemplares estupendos de casas grandes nos saldrán al paso. Una de ellas, la de los Malo de Hinojosa, se ha recuperado en forma de “Casa de Turismo Rural”, respetando su cerrado y fuerte aspecto, y dejando en lo alto, bajo la excelente cornisa, el escudo tallado en piedra, con las armas puras de los molineses Malo: un cordero místico escoltado de dos leones, sobre la rueda de molino que heredan de los primitivos pobladores del territorio. Se admira también la casona de los Ramírez, con su escudo antiguo de múltiples temas, y luego el palacio de los Moreno, que ofrece su fachada barroca con el escudo cobijado por una hornacina semicircular moldurada. Sigue semiabandonada, a la salida de la villa, la casa grande de los García Herrero, ejemplar elegante y blasonado que esta familia puso en Hinojosa.

Proseguimos nuestra ruta y llegamos a Tartanedo, donde son de admirar varias casonas. La más singular, y mejor cuidada, es la que perteneció a los Utrera, uno de cuyos miembros, el obispo don Juan Francisco Utrera, que lo fue de Cádiz, la habitó a mediados del siglo XVIII, aunque había sido construida por su abuelo don Pedro. Otras casonas muestran escudos, tal que la de los Badiola, frente a la iglesia. Si el viajero quiere llegarse a Concha, por carretera local atravesando un denso sabinar desde Tartanedo, allí podrá ver [lo que queda de] la Casona del Mayorazgo, un verdadero monumento de la historia molinesa que se ha dejado arruinar. En ese edificio, hoy en mal estado, vivió durante el siglo XVIII el abogado de los Reales Consejos e historiador de Molina don Gregorio de la Torre y López Malo, y en esa casa recibió a numerosas personalidades españolas y europeas, que hacían su viaje por el “Camino Real” que pasaba por delante de ella.

En Rueda de la Sierra llegaremos a la plaza, y frente a la iglesia veremos la casa de los Vallejo, sencilla pero emotiva, porque en ella nació el que fuera primer obispo de Madrid, muerto en atentado en las escaleras de la catedral de San Isidro. Sobre la puerta, un rudimentario escudo de armas del linaje. Y encima de la fachada una gran placa de mármol y bronce que recuerda que allí nació el personaje, don Narciso Martínez-Vallejo Izquierdo. Hace muchos años, sus habitantes me enseñaron, guardada en estuche de plata y fieltros, la retorcida bala con que asesinaron al clérigo.

Y llegamos a Molina, en el ancho valle del Gallo, puesta la ciudad a los pies del cerro en que se levanta su gran alcázar. La ciudad de Molina de Aragón es una de las más antiguas y con solera de toda España. Capital de un territorio aforado que durante doscientos años vivió independiente de Castilla y de Aragón, gobernado por la dinastía de los Lara, aquí fueron asentándose familias de ganaderos y comerciantes, además de militares, que generaron linajes de amplia prosapia, y cuyos escudos de armas han ido quedando prendidos por los muros de sus templos, de sus palacios, de sus casas grandes. Tantas hay en la ciudad molinesa, que es imposible citarlos todos en esta breve relación, que quiere ser guía breve y apresurada del viajero que por estos pagos se ha decidido a viajar.

En Molina, eso sí, conviene ver sin falta al menos tres grandes edificios que pueden encajar en este capítulo de las Casas Grandes molinesas, y que sin ser una maravilla en su conservación y cuidado, al menos nos dan idea de cómo fueron en sus buenos tiempos (siglos XVII al XVIII) y nos dejan soñar en cómo serían si se cuidaran bien y se restauraran y acondicionaran como es debido.

Uno de ellos es el palacio del Virrey de Manila, en la calle de Tejedores, sumida su fachada y portada en un estrecho paso que apenas si nos deja admirar su grandiosidad. La “casa pintada” como también la llaman los molineses, tiene una portada de molduraje barroco y en su centro alto el escudo de armas de don Fernando de Valdés y Tamón, un asturiano que se casó con una molinesa, y que cuando volvió retirado de su virreinato en las islas Filipinas, mandó construir  aquí este palacio, monumental, con su fachada pintada de escenas, plantas, milagros y sucesos de aquella región asiática. Sufrió remodelación el palacio para ocuparlo con apartamentos y pisos en su interior, y al menos se consiguió salvarle del derribo y de alteraciones externas.

Otro de ellos es el palacio de los Funes, señores de Villel, en la plazuela de San Miguel. Con una portada solemne rematada de su escudo, que aún conserva, por milagro, restos de su primitiva policromía, y la galería alta bajo el alero, de arcos semicirculares estrechos, al estilo de los palacetes de Aragón.

Un tercer ejemplo para no perderse pondría yo en la Casa del Obispo Díaz de la Guerra, en la costanilla del Hospital, frente a San Francisco. Fue originariamente residencia del Abad Mitrado de ese convento, pero luego pasó a propiedad de los obispos seguntinos, que la usaron como residencia de sus delegados y recaudadores en el señorío de Molina. En lo alto de su esbelta fachada (todo el edificio está aislado, imponente) aparece tallado el escudo del “obispo albañil” Juan Díaz de la Guerra, quien mandó hacer así esta casona a finales del siglo XVIII. Vacía y sin utilidad hoy en día, sería una lástima que se perdiese, porque también por dentro es perfecta y magnífica.

Además en Molina ciudad puede el viajero ver muchas otras cosas interesantes: el palacio de los Arias, en la calle del capitán Arenas, y el grandioso y con aire muy aragonés de los Gaspar Díez, en la misma calle, frente a la iglesia parroquial de San Gil. En ese palacio se alojó el Conde duque de Olivares en el siglo XVII. También destacan el palacio de los marqueses de Embid, con gran escudo, en la plaza mayor, y el mejor de todos los palacios, en la calle Cuatro Esquinas, el de los Rivas y Montesoro, bien conservado en su interior solemne.

A las afueras de la ciudad merece un paseo y visita la Casona llamada “el Esquileo” que hoy magníficamente restaurada por sus propietarios, los de Juana, fue alzada y usada durante siglos por los Muñoz de Pamplona, y sede de esta familia, que alcanzó entre otros los títulos de marqueses de Villaverde y Morata de Jalón, entroncando con los Garcés de Marcilla. Además fue dedicada a tareas ganaderas como el esquileo, a hospital de coléricos y a cuartel. Muchas otras merecen ser vistas. En todo caso, el paseo tranquilo, por las calles y rincones de Molina, dará oportunidad al viajero a descubrir por su cuenta otras construcciones de este tipo.

Más casas y más rutas

Todos estos elementos de una arquitectura autóctona muestran la reciedumbre de sus muros, la belleza de sus portones y ventanales, cuajados muchas veces de hierros artesanalmente trabajados, rematadas sus fachadas con orondos escudos de armas, y bien distribuidos sus interiores con zaguanes amplios, en ocasiones bellamente empedrados, escaleras sorprendentes, corra­les resguardados de altas tapias y, en definitiva, el aire en torno de la hidalguía antigua y reciamente hispana. 

Para otra excursión y quizás otra ruta, quedan los palacios espléndidos que podemos ver en la sesma de la Sierra: en Valhermoso está la casa grande de los canónigos, con su patio anterior, sus rejas, sus enormes sillares en puertas, ventanas y esquinas. En Setiles, la casa fortificada de los Malo, y el precioso caserón del tío Pedro y la tía Braulia, modélicos, y en El Pobo de Dueñas, todos muy alterados, aún pueden verse portadas, escudos y cinturas de palacios como el de los Manrique de Lara. A los pies de la sierra de Caldereros, en Hombrados, el viajero se detendrá a admirar en su plaza mayor la Casa Grande de los González Chantos y Ollauri que preside el entorno con su color rojizo y la fachada luciendo el escudo de armas de este linaje.

En fin, un periplo que no debe dejar de hacerse, porque Molina tiene mil cosas a ver, pero estas “Casas Grandes” no tienen desperdicio.

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