Los Escritos de Herrera Casado Rotating Header Image

La memoria gráfica de Mohernando a lo largo de un siglo

Hay autores en esta provincia que poquito a poco, de forma callada y constante, van construyendo un corpus de conocimientos, de aportaciones y ofertas sobre algún tema, que al final es monumento lo que hacen, y queda su tarea eternizada y firme. Uno de esos casos es el de Francisco Lozano Gamo, compañero en estas páginas de “Nueva Alcarria” desde hace muchos años, y dedicado en cuerpo y alma a investigar, escribir y publicar sobre Humanes, Mohernando y todo el entorno de la Campiña en que esos lugares se ubican.

 

Hace escasas fechas, vino directamente a mi despacho el buen Paco Lozano a entregarme, en mano, su última producción editorial. Su última por ahora, porque seguro que de su fecundidad y entrega han de salir todavía muchos otros libros y cientos, por no decir miles, de artículos sobre los pueblos en los que late su interés y su dedicación.

Es este un libro todo él compuesto en una tinta, con sobriedad y elegancia, y que titula “Espejos fotográficos de tiempos pasados en la villa de Mohernando”. Aparece con un prólogo del alcalde de esta villa, Luis Fernández Cabellos, otro de la poetisa campiñera Julie Sopetrán, otras palabras de bienvenida por parte de los cronistas locales de Humanes y sus Agregados, Antonio Marchamalo Sánchez y Miguel Marchamalo Maín. Unas palabras más del escritor campiñero Inocente Pastor del Valle, que se nota es muy amigo del autor, y finalmente las palabras obligadas de Introducción a la obra, por parte de Francisco Lozano Gamo.

Tras estos preliminares literarios, aparecen clasificadas por temas, y con breves pies descriptivos, algo más de 200 fotografías de Mohernando, tanto aéreas, como antiguas y actuales. Es curioso contemplar cómo era hace 50 años el Ayuntamiento de la villa, que por longevo cayó derribado y en su lugar alzado otro de moderna planta y acrisolada sosez en los resultados arquitectónicos. Siempre la picota en el centro de la plaza, siempre las ruinas de su iglesia en el otro extremo, y siempre la presencia del grupo escultórico de don Francisco de Eraso y su esposa, que como señores de la villa fueron tallados orantes y protegidos por San Francisco, y colocados en el presbiterio de su templo.

Muchas otras fotos, que atañen directamente a los habitantes de Mohernando, completan el conjunto: fiestas, botargas, toros, inauguraciones, imágenes aéreas y terrestres del noviciado salesiano de Maluque, etc. Todas las fotografías han sido hechas por el autor de la obra, y esto limita un tanto su abanico de temas, puesto que Lozano es aún joven, y no tiene imágenes en su archivo personal de aspectos o temas más antiguas, de la primera mitad del siglo, por ejemplo, de la Guerra y años posteriores, etc. Tampoco hay fotografías familiares de grupos, festividades personales, etc. La obra de Lozano Gamo se centra en las imágenes que personalmente ha captado durante el último tercio del siglo XX, y los primeros años de este en el que ahora estamos. De todos modos, se trata de un interesante libro de fotografías, que ha sido posible gracias a la financiación del Ayuntamiento de Mohernando y la Excmª Diputación Provincial.

Recuerdo de Mohernando

En el borde de una meseta que la Campiña del Henares tiene en su margen derecha, asomada a un breve vallecillo que baja agua desde la Puebla de Beleña, asienta Mohernando en un punto que, en la geopolítica de la Edad Media tuvo cierta impor­tancia estratégica, dominando un camino natural desde el Henares hacia las Serranías de Ocejón y Ayllón.

De su nombre, que viene a ser definidor de un monte Hernando, se concluye importancia vigilante. Así, ya desde el siglo XII, la Orden militar de Santiago obtuvo este lugar para su cuido y dominio, creando incluso una encomienda que abarcaba los lugares de Robledillo, Razbona, Humanes, Peñahora y Cerezo. En Mohernando estaba la casa y cabeza de la institución, y la resi­dencia del comendador santiaguista.

En 1350 el arzobispo toledano don Gil Carrillo de Albornoz usurpó este lugar, donándoselo a su hermano Alvar García, pero el rey Pedro I le ordenó resti­tuirlo a la Orden de Santiago, como así lo hizo. En su poder continuó hasta 1564, en que Felipe II obtuvo de la Santa Sede permiso para enajenar gran cantidad de  propiedades de las or­denes militares, entre ellas la encomienda santiaguista de Moher­nando. Pero ese mismo año, el rey se la vendió, junto con los lugares de su jurisdicción arriba señalados, así como la casa fortaleza de Mohernando, y el impor­tante puesto de portazgo que allí se cobraba, a don Francisco de Eraso, su secretario y miem­bro del Consejo de Castilla. El precio que pagó por todo ello fue superior a los cuarenta y siete mi­llones de maravedís.

Este primer señor, que gozaba de gran favor en la corte real, pues primeramente había sido secretario del Emperador Car­los, quien se lo recomendó muy particularmente a su hijo, y este le mantuvo siempre, fue casado con doña Mariana de Peralta. En 1567, fundó un mayorazgo con todos sus dominios, y estos fueron pasados a sus herederos directos. Murió en 1570 y fue enterrado junto a su esposa en la iglesia de Mohernando, en un enterramien­to tallado por Juan Bautista Monegro en el que aparecen el matri­monio, arrodillados y orantes, protegidos por San Francisco de Asís. Esta joya escultórica, ya recuperada después de años de estar en el Museo de Sigüenza, se puede admirar hoy, si se contacta antes con el párroco de Mohernando, en el presbiterio de su iglesia antigua.

La importancia que desde ese siglo fue adquiriendo el lugar de Humanes frente a la villa de Mohernando, hizo que cuando en 1625 el rey Felipe IV elevara a la nobleza a esta familia, creara el título de conde de Humanes para el heredero del funda­dor del mayorazgo y señorío, como él también llamado Francisco de Eraso. En esa familia se mantuvo Mohernando, ocupando a tempora­das el palacio y bosque de caza existente en su término, hasta el pasado siglo.

Guarda este pueblo de interesante, una ancha plaza mayor, en cuyo centro luce el rollo o picota que simbolizó, durante muchos siglos, su calidad de villa y cabeza de encomien­da. Un edificio popular, que sirve de portada en su versión primitiva, al libro que hoy comento, es el Ayuntamiento, hoy reedificado en ladrillo y estructura funcional, pero fea, aunque al menos ha mantenido su coronación con un compli­cado armazón férreo, de principios de siglo, para albergar el reloj. Tras el Ayuntamiento, podía verse hasta hace poco tiempo la que fue casona de los condes de Humanes, cons­truido en el mismo solar en que estuvo el que había mandado levantar doña Mariana de Peralta. De ese edificio, que en sí mismo no tenía un gran valor, pues todo él era de mampuesto y adobes, con un revoco moderno de almohadillados, aún se ve la portada con un escudo del condado humanense.  En la misma plaza de la picota y el Ayuntamiento aparece la mole, a medias derruida, a medias sin acabar, de la iglesia parroquial obra del siglo XVI, construida a instancias de su señor, que colocó su enterramiento a un lado del altar mayor. Es de mampuesto de ladrillo y canto rodado, y destaca en ella una serie de escudos, bien tallados, del siglo XVI, sobre los muros de la cabecera, con los emblemas heráldicos de los Eraso y Peralta. Hace bastantes años se hundió la techumbre del templo, habilitando para parro­quia todo lo que iba a ser nave pero que finalmente quedó como un edificio simple de una nave. La cabecera ha sido reconstruida, con esfuerzo, tiempo y dinero de vecinos y Ayuntamiento, y en ella se ha colocado, por fin, el grupo escultórico de Francisco de Eraso, fantástica escultura del manierismo español.

En término de Mohernando, y con apeadero propio en la línea del ferrocarril Madrid‑Barcelona, se encuentra el lugar de MALU­QUE, formado en el valle del Henares a partir de dos grandes fincas de monte bajo, destinadas a caza y agricultura, denomina­das «Monte Alaja» y «El Encinar». El marqués de Mochales, don Miguel López de Carrizosa y Giles, levantó en este lugar un bonito palacete neomudéjar, y tras su muerte, la viuda del mar­qués se lo cedió a los Salesianos, que en 1929 crearon en este lugar un Colegio‑Seminario, titulado de «Nuestra Señora de los Dolores y San Miguel», en el que aún permanecen dedicados a la enseñanza.

Las fotos más sobresalientes

Entre los dos centenares largos de fotografías que amenizan el libro de Lozano Gamo, me gustaría comentar y poner de relieve algunas de ellas. No sé muy bien por qué. Quizás porque representan el tiempo antiguo, porque están bien encuadradas, o porque ofrecen vistas de cosas que ya no existen. Lo bello aumenta su valor cuando desaparece…

La más representativa en este sentido es la del Ayuntamiento viejo. En todo el libro, las fotografías que aparecen son hechas por Lozano Gamo, y por tanto esta del Ayuntamiento, de abril de 1974, fue de las primeras que realizó el autor. Ahí está, plantado, un edificio con personalidad, que en vez de ser restaurado, se hizo con él lo más fácil: echarlo al suelo y levantar uno nuevo. Que además no guardaba con el anterior otra relación que el solar donde se lavantaba y su objetivo institucional. Esta crítica, que parece fácil, está más que justificada: en cualquier lugar de Europa hubieran reconstruido el Ayuntamiento tal como era, lo habrían restaurado o, si eso se suponía mucho más caro, se hubiera rehecho con los antiguos patrones constructivos. Pues no, aquí se hizo nuevo, y más feo, como diciendo: los nuevos tiempos son así, iconoclastas.

Hay otra imagen que rememora el tiempo quieto y sencillo del pueblo: la plazuela del cuartelillo, en la que se ve una casa de planta baja con su portalón y ventanas mínimas, y a lo lejos la masa del templo a medio terminar.

De ese templo hay otra imagen espectacular y sobrecogedora: el interior de la cabecera del templo parroquial, que fue mandado construir por los primeros condes de Humanes, don Francisco de Eraso y doña Mariana de Peralta, a mediados del siglo XVI, y que albergó en su interior retablo, mausoleo y diversas piezas artísticas de las que nada quedó, tras hundirse el edificio por el mal cuidado de su cubierta. De esas ruinas, mantenidas durante decenios, se salvó el conjunto escultórico que Eraso había encargado tallar a Juan Bautista Monegro y que durante sus años de exilio lo pudimos ver en el Museo de Arte Antiguo de Sigüenza. Rehecha y cubierta la cabecera, hoy se puede admirar en su sitio.

La fotografía del que fuera caserón de los Condes de Humanes, y que ha sido recientemente derribado en parte, es otro de los elementos que quiero destacar de este libro. Han quedado imágenes, y esta es una de ellas, que conservan para el futuro la estampa de un edificio clásico. Bien es verdad que el inmueble no tenía mayor valor arquitectónico que su planta noble, altiva, porque su construcción era de lo más endeble, y su almohadillado solemne era de pega. Pero tenía su gracia. Fue casa de los condes pero no residencial, sino de almacenes y guardas.  En todo caso, a mí no me hubiera importado que siguiera ahí, donde estuvo durante muchos años.

Y la última es un ejemplo de la fiesta y el sentir bullicioso de los habitantes de Mohernando. Cuando llega su fiesta en el verano, lo más importante es montar una buena corrida de toros, o una novillada. Tan importante es eso, que hoy cuenta con una plaza de toros, en un pueblo al que le quedan poco más de 100 habitantes. En la imagen de Lozano Gamo, se ve a las cuadrillas de toreros con sus trajes de luces y sus parafernalias taurinas, posando felices ante el rollo o picota de la villa. Un resumen genial, estático pero vivo, de las tradiciones españolas. Felipe II y Cúchares tal que hermanos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.