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Gregorio Marañón estuvo enamorado de la Alcarria

La tierra de la Alcarria, a pesar de su aspecto adusto y, en un principio, despegado, reúne elementos que la hacen enseguida muy entrañable y añorada. No ya para cuantos en ella hemos nacido y vivido siempre, sino también para aquellos que, sin conocerla previa­mente, un día llegaron hasta su médula. Tuvieron que volver. Le val­dría a La Alcarria ese slogan publicitario que usaban hasta hace poco los sevilla­nos. «Visite la Alcarria. Volverá». Eso hizo Cela, y hasta se quedó a vivir en ella.

Uno de los más ilustres enamorados que ha tenido la Alcarria fue D. Gregorio Marañón y Posadillo, el doctor Marañón como le conocemos todos. Aquel hombre que, de una manera que aún asombra a quien se acerca a su colosal figura, trabajó la ciencia en todas sus dimensiones, y adoptó con rigor y efectividad el encargo de ser humano en la tierra, fue un admirador ferviente de nuestra provincia. No solo de sus paisajes, sino muy especialmente, y lo demostró en algunos escritos, de su historia, de sus monumentos, de sus gentes… en definitiva, de todo aquello que conforma el ser íntimo, la esencia trascendente de Guadalajara.

Marañón, como todo español con un mínimo de lecturas (y él tenia un máximo de ellas), y con una pizca de sensibilidad, conocía desde siempre la existencia de Guadalajara, el papel de estas tierras del Henares y las Alcarrias en el devenir de la historia de España, y sabia también de los Mendoza, de los Silva, de los Lara y de los Vázquez de Arce.

En cierta ocasión, era el año 1931, había pasado una temporada en los Baños de Sacedón, en aquellos solemnes edificios del gran parque umbrío de La Isabela, fundado por la realeza de Fernando VII para que fueran a pasar el verano sus familiares y séquito. Marañón resumió sus impresiones, alabando el lugar, su paisaje, sus aguas y lo saludable de su estancia en aquel lugar, en un pequeño folleto hoy muy raro de encontrar. Al maestro le pareció aquello el summum del encanto, y ya desde entonces añoró la Alcarria, que identificaba con La Isabela.

Pero fue hacia el año 1944 cuando se despertó de un modo impetuoso su interés hacia nuestra tierra. Y esto ocurrió gracias a la capacidad de otro hombre que hizo que esto mismo ocurriera a muchos. Fue D. Francisco Layna Serrano quien provoco en Marañón el amor a Guadalajara y sus cosas.

Ocurría esto en junio de 1944, con motivo de la Exposi­ción de Fotografías sobre Guadalajara, realizadas por D. Tomas Camari­llo, y que se presentó en los salones del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Aparte de la belleza de las imágenes captadas por Camarillo,  y mostradas en grandes tamaños al «todo Madrid» que quedó maravillado de aquel trabajo, la Diputación promovió una serie de charlas de su Cronista Provincial, el Dr. Layna Serrano, en los salones de dicho Círculo de Bellas Artes, a las que acudieron destacadas figuras del mundo cultural de la capital de España. Y entre ellas fue D. Gregorio Marañón, quien quedó deslumbrado ante el saber y la erudición de D. Fran­cisco.

Contaba Layna, años después, que a raíz de aquellas charlas, el profesor de Endocrinología no cesó de llamarle pidiéndole datos, preguntando por la aparición de su próximo libro, (pues los iba adqui­riendo todos según salían, habiendo sido Marañón el comprador del primer libro puesto a la venta de la «Historia de Guadalajara y sus Mendozas» en Madrid), e incluso visitándole en su casa de la calle Hortaleza, tratando de que le orientara sobre algunas figuras mendoci­nas que le preocupaban para el libro sobre Antonio Pérez que a la sazón preparaba. En esa ocasión, Marañón buscaba en algún punto de la ascendencia familiar, la razón última del extraño carácter de doña Ana de la Cerda, la princesa de Éboli. Y le decía a Layna que buscara dónde podía estar esa razón, puesto que él conocía a la familia Mendo­za tan bien o mejor que a la suya propia.

También solicitó de nuestro Cronista información sobre pueblos, y así realizó Marañón, hacia la segunda parte de los años cuarenta, diversas excursiones por la provincia de Guadalajara. Estuvo concretamente en Pastrana (donde él mismo hizo fotografías para su primera edición del “Antonio Pérez”), y captó el ambiente y las evoca­ciones de la villa ducal para plasmarlas en su obra; también viajó a Molina, a Cogolludo, a Sigüenza y a Atienza. Antes de ir a Brihuega y a Cifuentes, como hizo, le volvió a pedir a Layna que le enviara los folletos que por entonces había publicado la Casa de Guadalajara sobre esos dos pueblos.

La admiración de Marañón hacia la tierra y la historia de la Alcarria, que finalmente se trocó en fervor por ellas, la debía en gran medida a Layna Serrano. Y D. Gregorio, que además de sabio era honrado y agradecido, estuvo empeñado en que Layna debía ser Académico numerario de la Real de Historia, pues le sobraban motivos y capacidad para ello. El historiador alcarreño siempre se resistió, y no quiso presentar su candidatura al puesto, cuantas veces hubo oportunidad al producirse una vacante en la ilustre corporación. Aducía para ello que no era un “profesional” de la historia, sino un simple aficionado…

Otro vislumbre del aprecio de Marañón por la Alcarria lo tenemos al leer (nunca se pasa uno por leer de nuevo este libro) el “Viaje a la Alcarria” de Camilo José Cela. De todos es sabido que Marañón prologó a Cela con el entusiasmo de quien admira al escritor y a lo que este escribe. Cela se declaró siempre “deudor insolvente de su generosidad y amistad” confesándose devoto del maestro de la Medicina.

Cela admiraba a Marañón de siempre (como hicieron todos los españoles que le conocían y/o sabían quien era) y empezó a tratarle en 1943, cuando el médico escritor regresó a España desde París, donde pasó la Guerra. Marañón apadrinó a Camilo en su llegada al sillón de la Real Academia, y fue el encargado de contestarle en su ceremonia de recepción. En 1957. Recuerda García Marquina, en su revelador libro “Guía del Viaje a la Alcarria” en el que cuenta los entresijos del libro, que Don Gregorio Marañón fue también un gran caminante, según había confesado en Montevideo diez años atrás: «No ha habido para mí descanso comparable ni premio que superase al de recorrer cualquiera de las tierras de España (…) no hay camino de España que yo no haya recorrido». Esa intención, nacida de la curiosidad y del patriotismo más sano, la adquirió también Cela, y en general la han ejecutado la mayoría de los grandes escritores e intelectuales españoles. Lo de ir a Cancún antes que a Astorga es una costumbre moderna, muy en consonancia con el país de pizzas, discotecas y facebooks que se ha ido creando en los últimos tiempos.

No está mal, en fin, que de vez en cuando nos venga a la memoria este tipo de gentes, que han protagonizado en buena medida la historia de España y del pensamiento en nuestro país, como fue D. Gregorio Marañón, y así podamos recordar de nuevo este cariño que el polígrafo madrileño tuvo por nuestra tierra, por las pardas y resecas llanuras de las alca­rrias, por los jugosos y umbríos vallejos de sus costados. Y seguire­mos en la creencia de que, en esta tierra nuestra, está la razón de tantas y tantas cosas que hicieron, para bien o para mal, a España.

Apunte

Quien fue Marañón

Gregorio Marañón y Posadillo. Madrid, 19.V.1887 – Madrid, 27.III.1960. Médico, científico, historiador y humanista. Perteneció a las Reales Academias de la Española, Medicina, Historia, Ciencias Exactas Físicas y Naturales y de Bellas Artes de San Fernando. Fue el cuarto de siete hermanos –uno de ellos, gemelo suyo, murió al nacer–. Durante su infancia y juventud trató a relevantes amigos de su padre que influyeron en su trayectoria vital. Entre ellos destacan José María de Pereda, Marcelino Menéndez Pelayo –que le acompañó en su examen de ingreso escolar–, y Benito Pérez Galdós –de cuya mano conoció la ciudad de Toledo, que fue tan importante en su vida–. En el curso 1902-1903, inició sus estudios de Medicina en la Facultad madrileña de San Carlos, y a partir de entonces se desarrolló una increíble carrera de éxitos, investigaciones y magisterios que le pusieron en la punta de la ciencia médica mundial durante la primera mitad del siglo XX. Además fue escritor de éxito, e investigador de la historia a través de sus personajes y sus patologías. De la Alcarria se ocupó de gentes preclaras, sobre todo de la Éboli, a través de la biografía de Antonio Pérez, “la pasión por el poder”.

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