Viaje a los pueblos que ya no lo son

viernes, 22 mayo 2009 0 Por Herrera Casado

Se va a presentar la semana próxima, concretamente el lunes que viene, 25 de mayo, por la tarde, y en el salón de actos de la Caja de Guadalajara, un libro que lleva mucha sangre y mucha historia, tras su portada: mucha vida, en definitiva. Una vida que pasó, que se fue y se olvidó, pero que ahora es recogida en el contexto de un estudio preferentemente toponímico, pero esencialmente volcado a la memoria de los pueblos que fueron y ya no son: los que llaman “despoblados” y aún mantienen nombre, presencia mínima y memoria en la cabeza de algunos, muy pocos ya, y aun viejos.

La torre de Morenglos es el resto de la espadaña triangular de su iglesia románica. Está en un despoblado junto a Alcolea de las Peñas.

Por una vez dejamos las carreteras señaladas en los mapas, renunciamos a visitar los pueblos, sus plazas, sus templos y sus hontanares sonoros, y nos vamos a visitar esa otra Guadalajara inmensa, atónita, y silenciosa, que yace perdida entre los recovecos de la geografía provincial: nos vamos a ver despoblados, lugares donde hubo alguna vez un pueblo, y que tras el ataque de una peste, de una plaga o de una contingencia atmosférica ó social, quedó vacío de habitantes, y empezó a hundirse.

Desde la Edad Media hasta hoy, se cuentan en nuestra provincia más de 500 lugares con esas características. El viajero se ha decidido a poner aquí, en brevedad mayúscula, cinco de ellos. Hay más, muchos más, por descubrir y visitar.

Morenglos

En los páramos de la tierra atencina, cerca de la villa de Alcolea de las Peñas, se pueden visitar los restos de un antiguo poblado al que hoy todavía se conoce con su primitivo nombre. Es Morenglos. Un lugar impresionante y misterioso, que ofrece en cada ángulo de su breve extensión la oferta de un origen remoto y el misterio de su estructura permite elucubrar sobre sus funciones.

El centro del lugar es una roca contundente, caliza, muy firme, que surge aislada sobre un valle alto de erosión. En lo alto de la roca hubo un templo, de construcción medieval sin duda, de estilo románico, del que solo queda en pie la espadaña, pero en la que se adivina el arranque de su triangular remate con los huecos para las campanas. En las piedras de su muro occidental se ven numerosas marcas de cantería.

Repartidas sobre la superficie de la roca, aparecen numerosas tumbas talladas en ella, todas de origen medieval, unas grandes, y otras muy pequeñas, de niños, sin duda. Están orientadas, dentro de un indudable rito cristiano. Y lo más curioso aún del despoblado de Morenglos, al que aún nadie ha dado la importancia que el lugar merece, es la suma de cuevas y cavidades artificiales que hay excavadas en la roca que sustenta el conjunto. Esas cuevas, profundas algunas, altas y espaciosas, talladas hace muchos siglos, tuvieron la misión de resguardar de las inclemencias del tiempo a los habitantes iniciales del lugar ¿Fue eremitorio? ¿Lugar de prácticas religiosas, o sagradas? ¿Resguardos de caza, o de pastores? En todo caso, Morenglos es hoy uno de los espacios que más llaman la atención en este conjunto de más de 500 despoblados que López de los Mozos y Ranz Yubero han estudiado en la provincia.

La Golosa

Caminando por la Alcarria pura de Fuenelencina y Berninches, sobre el páramo que se asoma a los hondos y pacíficos valles de la tierra alcarreña, ahora verdes a rabiar en esta primavera espléndida, se encuentran los viajeros con el despoblado de La Golosa, un lugar que, como tantos otros, dicen que se comieron las termitas, pero que en realidad (y está documentado) se despobló tras la Peste Negra de mediado el siglo XIV. Sus habitantes, los que quedaran tras la epidemia, decidieron fundir su término con el de Berninches. Hoy queda, aislada entre los pedazos de tierra en barbecho y cereal granando, la silueta espléndida de su iglesia románica, en la que aún se ven sus altos muros (le falta la techumbre) y la planta alargada con semicircular ábside, además de la portada de arcos de medio punto sostenida sobre capiteles de decoración vegetal. Muy leves son los restos que en el entorno quedan de casas y edificios, pero aún se columbran, y más en vista desde satélite. La Golosa es ejemplo magnífico de despoblado medieval con huellas fehacientes e historia documentada.

La Torre de los Moros de Luzón

Otro de los lugares despoblados a los que merece la pena ir es a la “Torre de los Moros” en término de Luzón. Desde la villa, donde se puede aparcar el coche, se baja andando por camino cómodo, y junto al río Tajuña que acaba de nacer, hasta llegar a un estrechamiento del valle, que se abriga de alzados rocosos en sus laterales. A la derecha, en el costado norte, surge una torre antigua, de piedras bastas y color rojizo, a la que llaman “Torre de los Moros”. Es de planta cuadrada y no tiene vanos de ningún tipo: debía ser simplemente de vigilancia. En su torno se ven restos de antiguas construcciones, constitutivas del poblado que mencionan Ranz y López de los Mozos en su obra.

Frente a la torre, en el costado sur del valle, otras ruinas se alzan, pero estas son de castro celtibérico, uno de los mejores que pueden verse en la provincia. Ya estudiado por Valiente Malla en su obra sobre la Arqueología provincial, el castro de La Cerca impone por la monumentalidad de sus muros. El lugar, hermoso y bucólico, debió ser siempre muy poblado, desde antiquísimos tiempos.

San Marcos

Al despoblado de San Marcos, o de la Santa Fe, en término de Aldeanuela de Guadalajara, se llega con vehículo todoterreno por caminos cómodos desde la carretera que va de Centenera a Atanzón. Desde la distancia se distingue la masa arquitectónica de su antigua iglesia. Un gran ábside, de piedras y ladrillos, poligonal, se conjugaba con la torre, de la que quedan las basamentas. Hay quien lo llama “Centenera la Vieja” o “Centeneruela”. El caso es que desde su altura, en el borde de la meseta, se divisa un breve valle por el que discurre el arroyo Matayeguas. Este despoblado, mencionado en 1752 y en el Diccionario Geográfico de Madoz (1849) del que dicen Ranz, López y Remartínez que aquí venían los monjes jerónimos de Lupiana a decir misa es también muy llamativo y claro exponente de lo que son este grupo (medio millar, nada menos) de despoblados de nuestra provincia.

Por los páramos trigueños de la sesma del Campo, se encuentran muchos despoblados, breve muestra de la abundante secuencia de pueblos que tuvo el Señorío de Molina en tiempos medievales. El de Chilluentes está hoy, cómodo de alcanzar, entre Tartanedo y Concha. Sobre una leve costanilla alzada como un altar antiguo sobre los trigos aún verdes, se ve la gran torre vigía del lugar, enorme (más de 14 metros tiene) y con una disposición de sus piedras basales que recuerda lo islámico. Sus muros interiores aún muestran las huellas de vigas y construcciones habitadas. Cerca de ella, se alza entera la iglesia de origen románico. Hace ya muchos años que pasé por allí y pude fotografiar y dibujar esta iglesia y sus detalles. Hoy ha sido expoliada, y de su ventanal central del ábside, ilustrado con dibujos tallados en el siglo XII, nada queda. En el entorno se ven muchos restos de edificios, mínima expresión de aquel pueblo que fue, y ya es vaho.

En el término de Villaverde del Ducado, aunque la mejor forma de llegar a él es desde Luzaga, quedan los restos de un despoblado al que los antiguos denominaron “Portiella”. Estaba subido en alta roca vigilante de un estrecho valle que discurre desde los altos de Alcolea hacia el Tajuña, y de él quedan pocos montones de piedra aquí y allá diseminados, y su vieja iglesia románica, que se mantuvo siempre dedicada a la memoria de San Bartolomé y hoy ha sido incluso restaurada y da gusto verla.

De este antiguo despoblado, uno más de los 500 que estudian Ranz, López de los Mozos y Remartínez dicen los autores en su libro que ya estaba documentado en el siglo XII y luego en 1353. Asienta la ermita en un alto rocoso, el llamado “Cerro de la Fuente” y el origen de esa palabra hace alusión al sistema de cierre de fincas o ser lugar de paso.

Apunte bibliográfico

La obra que se presenta el lunes 25 de mayo, a las 7 de la tarde, en el salón de actos de Caja Guadalajara, se titula “Despoblados de la provincia de Guadalajara“. Son sus autores José Antonio Ranz Yubero, José Ramón López de los Mozos y María Jesús Remartínez Maestro. Tiene 294 páginas y ha sido editada por la Obra Social de Caja Guadalajara. Con pocas fotografías, y con unos estudios iniciales y finales acerca de lo que son los despoblados y la forma en que han sido estudiados y presentados, ofrece en esencia el catálogo de los exactamente 532 despoblados que los autores han localizado en Guadalajara. Un trabajo meticuloso, expuesto con científica sencillez y eficacia. De cada despoblado aparecen cuatro datos: 1) El término municipal en que se ubica (no se ponen las coordenadas por razones legales). 2) Las referencias históricas y documentales con las que cuenta. 3) La descripción somera del lugar. 4) La etimología del nombre, desde un punto de vista toponímico. El libro está prologado por el Cronista de Toledo, y afamado filólogo, Fernando Jiménez de Gregorio.