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Por los montes de Mantiel

A la orilla izquierda del Tajo se alzan corpulentas montañas que escoltan como murallones al río que allá se hunde, hoy remansado en el escueto acuario de Entrepeñas. Hemos viajado, en la tarde fría de la incipiente primavera, por algunas trochas que nos llevan a ver los pueblos de este costado de la cuenca del Tajo: Chillarón primero, y luego Mantiel. Ambos renovados, sorprendentes, con ese aire de pueblo revivido, salvado de una remota agonía, renovados sus templos, sus casas, sus fuentes, sus cuestas violentas… para conocer mejor la Alcarria, el próximo viaje que plantees puede pasar por estos dos lugares, en el corazón más hondo de la Alcarria olorosa.

 

Primero Chillarón

Llegamos a Chillarón del Rey torciendo a la derecha en la carretera N-204 que junto al Tajo sube desde Sacedón a Cifuentes, poco después de haber pasado junto al azud de Pareja. Es una carretera que tiene por número CM-2053 y que a un kilómetro de llevarla recorrida da paso a la local GU-996 que permite el acceso en directo a la plaza mayor de Chillarón.

Asienta este pueblo junto a la margen izquierda del Tajo, entre dos pequeños arroyos que bajan desde la cercana meseta alcarreña, que entre barrancadas y fuertes pendientes se deshace en este valle del Tajo, hoy ocupado ampliamente por las aguas azules del embalse de Entrepeñas. Sobre el pueblo, destaca un poderoso cerro al que llaman el Cimajón de yeso y roca caliza, que parece un guardián fiero y permanente de la villa. Por el entorno inmediato, campos de viñas, olivares, cereal y huertos, ocupaciones agrícolas en las que de siempre se ocuparon sus moradores.

Hasta el siglo XVI fue aldea de Pareja. Por tanto, perteneció a la jurisdicción de Huete, siendo luego, en el siglo XII, entregada en señorío a los obispos de Cuenca, que detentaron la propiedad de estos pueblos durante largos siglos, hasta el XIX. Pero en tiempos del obispo fray Bernardo de Fresnada, y con su consentimiento, Chillarón solicitó ser declarado villa independiente de Pareja, con facultad de justicia propia.

Así lo concedió Felipe II en 1569, y desde entonces pasó a denominarse Chillarón del Rey, aunque el señorío siguiéronlo ostentando los obispos conquenses, quienes cobraban impuestos y ponían alcaldes y regidores a su voluntad.

Aparte de esta historia, mínima e inconsistente, al viajero de hoy le llama la atención lo que de interesante pueda encontrar por las cuestudas calles del pueblo.

Nada más llegar, y de aparcar el coche si fue sobre ruedas, se admira la plaza mayor. Antiguamente presidida por una vieja olma, hoy destaca en su centro la vieja fuente de comienzos del siglo XIX. Frente a ella, se admira una poderosa casona de hidalgos, bien restaurada, con arco lateral semicircular, y un estupendo escudo de armas, tallado en blanco alabastro, de casta hidalga. Vemos en la misma plaza un antiguo caserón que fue propiedad del Cabildo de la Catedral de Cuenca, del que muestra el escudo en la fachada. Por el pueblo, de larga calle mayor, y empinadas callejuelas que llevan hasta la iglesia, sobresalen varias casas de tradicional arquitectura popular, con enormes aleros tallados, y portones adovelados. Asimismo, se ven buen número de rejas y obras de forja popular, de los siglos XVI al XVIII. No se debe perder el viajero el paso por los pasadizos que median entre casas, por los que las perspectivas urbanas y del entorno parecen realzarse en marcos de yeso.

Después de callejear zigzagueando por cuestas y escalinatas, se llega a lo más alto de la villa, donde asienta la iglesia parroquial, con el título de Nuestra Señora de los Huertos. Se trata de un colosal edificio levantado a mediados del siglo XVI, en recia sillería con contrafuertes y el inicio de una torre a poniente que no llegó a terminarse. En el muro sur aparece la portada, en severo y elegante trazo renacentista, y el interior presenta magníficas bóvedas de complicada crucería. Pero lo que destaca de este templo es su gran retablo mayor, obra de estilo barroco, y sin duda, de lo más importante que en este estilo posee la provincia de Guadalajara. Está construido hacia 1730, y posee el estilo que Churriguera y Ribera imprimían a sus obras. Pertenece, desde luego, a la escuela madrileña de retablistas de la primera mitad del siglo XVIII. Presenta esta grandiosa obra de arte tres cuerpos: el inferior, de apoyos; el medio, de enormes columnas salomónicas, mostrando entre ellas dos repisas con las estatuas de San Pedro y San Pablo, y en el centro una hornacina donde se muestra la gran talla románico‑gótica de la Virgen de los Huertos, obra policromada de fines del siglo XIII o comienzos del XIV. Sobre ella, una cenefa cobija talla del Espíritu Santo; el cuerpo superior recubre a modo de cascarón el cuarto de esfera que hace de cúpula de presbiterio. La imagen central de este cuerpo es una movida talla del arcángel San Miguel, armado de escudo y llameante espada, vestido de guerrero, aplastando bajo sí a un gracioso demonio de cola dracontea. El grupo se enmarca de ovalada cenefa vegetal. A sus lados aparecen dos ángeles músicos (uno con guitarra y otro con vihuela) y aún más hacia el exterior, y a cada lado, sendas tallas de San Basilio y San Blas. Otros dos ángeles completan este alto conjunto iconográfico. Todo el retablo se muestra, aun sin policromar, cuajado de la febril ornamentación barroca en que proliferan las molduras, los racimos, las hojarascas y los medallones. En la nave y crucero del templo aún se ven otros pequeños altares, también de estilo barroco, popular, con una imagen de San Antonio, buena, del XVIII, y un cuadro representando el Triunfo de la Eucaristía, estimable, del mismo siglo. Es una pena que permanezca la mayor parte del tiempo cerrada a las visitas de los viajeros. La inseguridad de los tiempos lleva a esto: que la mayor parte de los templos con obras de interés, pero muy aislados y con pocos habitantes, tengan que ser cerradas fuera de la hora del culto.

En las afueras del pueblo aún surgen las ermitas de San Sebastián ‑donde está el cementerio‑ y de San Roque. Entre ambas levantaron, en el siglo XVI, al hacerse villa, la picota simbólica, de sencilla traza, pero indudable prosapia de memorias villanas.

Y después Mantiel

Seguimos por el valle del arroyo de La Puerta, que desde el Tajo se va adentrando en la Alcarria. Continuamos por la carretera CM-2053, hasta que encontramos, (ya pasada la Urbanización de Calas Verdes) la carretera local que zigzagueando entre olivares y aliagas sube hasta Mantiel. En esa elevada posición, sobre la ladera de la meseta alcarreña que desciende hacia el profundo foso del río Tajo, y con magníficas vistas hacia el norte en que merodea el valle, asienta este pueblecillo de hoy escasa población, rodeado de olivares en abundancia, tomillares y monte bajo. Da buena miel su término, y aceite. Con la construcción del embalse de Entrepeñas, el río Tajo a su paso por el término de Mantiel ofrece, remansado, magníficas perspectivas y oportunidades para realizar todo tipo de deportes acuáticos. Desde la altura de la villa se contemplan hermosos paisajes de la Alcarria, y muy en especial la unión de los valles del arroyo de La Solana (o de La Puerta) y del Tajo, rodeados de altas montuosidades cubiertas de oscura vegetación de pinos y carrasca­les.

Si alguien quiere saber cuatro datos de su historia, podemos decir que perteneció el lugar, tras la reconquista de la zona, al Común de la Tierra de Cuenca, usando su Fuero, y marcando su frontera occidental, que corría a lo largo del arroyo de la Solana, en la actual provincia de Guadalajara. Pasó luego a la familia de los Carrillo y Acuña, dueños de parte de la Alcarria en la margen izquierda del Tajo, y fué en 1485 que don Lope de Acuña vendió este lugar a don Iñigo López de Mendoza, primer conde de Tendi­lla, en cuyos sucesores, los marqueses de Mondéjar, permaneció hasta tiempos recientes. Pero siempre en la jurisdicción y régi­men foral de Cuenca.

Al viajero que llega le recomiendo aparcar su automóvil en la entrada del pueblo, y no meterse sobre ruedas por las intrincadas y estrechas callejas del mismo. Así podrá, además, gustar despacio los edificios, calles y plazas de la villa. De lo más interesante es la iglesia, construida con sillar oscuro, y portada orientada al norte, formada por gran vano adintelado rodeado de varias molduras. Sobre el mismo muro se alza una espadaña con dos vanos para las campanas. El interior, de una sola nave dividida en cinco tramos, es de sencillez suma, y todo ello se alza en la parte más elevada del pueblo. Es de destacar el órgano de la iglesia, compuesto por caja de tres cuerpos, a la que faltan los tubos, el teclado y los fuelles. Fue construido en 1803, y fue su hacedor el maestro don José Berdalonga, maestro organero del valle del Henares y la Alcarria. Otro edificio de interés religioso es la ermita de San Roque, que fue erigida como promesa por ser salvado el vecindario de la peste, en el siglo XVII, y hoy la vemos, a la entrada del pueblo, totalmente restaurada y limpia.

Por la calle del Olmo se llega a la plaza mayor, amplia y ornamentada en su centro con una fuente de moderna traza, rodeada de edificios clásicos, sencillos, hechos como de cuatro pinceladas por remoto pintor impresionista, con sillarejo, yeserías, balconadas, grandes aleros y pintas de añil. Siguiendo la calle ancha se llega a la plaza de la fuente, en la que sorprende su buena disposición, como abierta en gran balconada sobre el valle, luciendo un moderno edificio de Ayuntamiento con trazado clásico, un simpático kiosko de la música en su centro, y el antiguo lavadero, remozado, en un extremo, junto a la ancha y generosa fuente “de toda la vida”. Más allá, el viajero continúa y ve el viejo edificio de “los baños”, un antiguo balneario que tuvo Mantiel, llegando finalmente hasta la plaza de toros, que como tentadero se exhibe (colorines y burladeros bajo el “tendido de las autoridades”) asomándose al gran valle umbroso que corre en lo hondo. Por todas partes nuevos edificios de residencia veraniega, algún jardín para tomar refrescos en verano, y toda la paz del mundo en Mantiel. Cuenta (y esto es un detalle no menor) con un alcalde emprendedor como el que más, Julián Rebollo, que además ha montado un observatorio astronómico al que llevan los colegios e institutos de la provincia a los estudiantes a que admiren la esfera o esferas celestes desde este aire limpio de la montaña alcarreña.

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