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Hay vida en el convento de Belén de Cifuentes

Curiosa anécdota, para empezar esta historia, es la de saber que a principios del siglo XVI, hubo en España un caso en el que un convento de monjas se instituyó en un castillo medieval. Y esto ocurrió en el corazón de la Alcarria, en Cifuentes concretamente. Allí su señor y conde, Fernando de Silva, a ruegos de su hermana y otras mujeres de la familia, fundó un convento para religiosas capuchinas. Y fue tanta la aceptación de la idea, que antes de construir el convento ya tenía medio pueblo vestido con tocas…. Las puso casa en su castillo, el vetusto castillo de don Juan Manuel, en lo alto de la colina cifontina.

El Convento de Belén, de monjas franciscanas, en Cifuentes.

Una historia de silencios

Todavía hoy se alza viva, en la alcarreña villa de Cifuentes, la comunidad sencilla de las monjas capuchinas de Nuestra Señora de Belén, próxima ya a cumplir el quinto centenario de su fundación, y después de haber pasado no pocos avatares desgraciados en todos los años de su historia, muy especialmente en el pasado siglo.

A comienzos del siglo XVI, el linaje de Silva era quien regía los destinos y marcaba las rutas de Cifuentes. Con su palabra se movían las tierras, con su dinero se levantaban los edificios. A estos señores todopoderosos, verdaderos príncipes del Renacimiento alcarreño, deben las monjas cifontinas su fundación y establecimiento.

La anécdota inicial está inmersa en el espíritu de religiosidad que surge a inicios del siglo XVI. Quedó viudo don Fernando de Silva, conde de Cifuentes, y decidieron las doncellas y servidoras de su fallecida esposa, con un recio espíritu implacable, muy de la época, dedicarse a la oración y, el recogimiento. Ante las continuas súplicas de tantas mujeres, el conde no pudo resistirse y terminó por fundar un monasterio para ellas. Pidió las correspondientes Bulas a Roma, donde tras los obligados pagos y cánones firmó los papeles el Sumo Pontífice, que a la sazón lo era Clemente séptimo. Por no haber tenido tiempo material de levantarlas casa de oración, y ante el empuje espiritual de las féminas (“¡esto es para hoy, queremos un convento ya!” –dijeron las buenas señoras), se habilitó el viejo y ya por entonces decrépito castillo de don Juan Manuel para que allí vivieran y rezaran. Vaya sitio para un convento. Los fríos que debieron pasar entre aquellos altos e inhóspitos muros.  Pero tan contentas ellas allí se dedicaron a la vida contemplativa. Iba al frente de todas la hermana del Conde, doña Isabel de Silva, que debía ser muy animosa, muy impaciente, y que escogió para sí y sus seguidoras la regla de San Francisco, habiendo recibido previamente el permiso eclesiástico para titularse Beatas de la Orden Tercera franciscana.

Impresionado don Fernando con tan repentina y firme decisión, no dudó en hacer esa fundación,  y decidir construir a sus expensas un monasterio para ellas. Tras la llegada de las Bulas, edificó en las afueras de Cifuentes, junto a la ermita que llamaban «Nuestra Señora de la Fuente» o de Belén, un edificio conteniendo el claustro, las celdas, la sala capitular, el refectorio y el locutorio, habilitando como iglesia de la Comunidad dicha ermita. Catorce meses después de acometer las obras, bajaron del castillo las beatas y quedaron sometidas a la autoridad, que suponemos suave y llevadera, de sor Mencía Alvarez como abadesa, sor Francisca de San Juan, y otras monjas franciscanas traídas del Convento de San Juan de la Penitencia, de Toledo. Era el año 1527. Y don Fernando no cesó nunca, hasta su muerte, de ayudar y hacer regalos sacros a las monjitas. Igual que harían más tarde sus sucesores, nombrados por él patrones de la fundación. Tomó posesión de la casa, en ese año, fray Alonso de Ocaña, guardián del Convento de franciscanos de Cifuentes, por delegación del provincial de la Orden, fray Diego de Cisneros, recibiendo a la comunidad en su obediencia.

A ruegos de doña Isabel, la hermanísima, el Conde fundó también un “Colegio de Doncellas”. Institución muy de moda en los años iniciales del reinado de Carlos I. Por todas partes, en España, se fundaron y empezaron a fundar estos “Colegios de Doncellas” que en el caso de Cifuentes fueron a medias nobles a medias plebeyas. La idea era admitir en él, para su residencia en internado y educación sumarísima, a doce jovencitas cifontinas, más o menos relacionadas, por cues­tión de linaje o servidumbre, con la familia Silva. En la casa colegio (construida junto al convento de Belen), harían una vida comunitaria distinta a la de las monjas, aunque cada chi­ca tenía asignada una monja tutora («Madre, maestra o por­tera») con la que pasaba unos años de oración y educación especial. Tiempo después, la joven tenía opción a elegir entre la boda o la profesión religiosa.

Teniendo en cuenta que estas chicas pasaban los mejores años de su adolescencia y juventud enclaustradas entre aquellos muros y reza que te reza para probarse la vocación ¿Cómo es posible que así y todo a alguna la salieran pretendientes? ¿Y aún surgiera el amor, o la pasión, o lo que al caso viniera, y la elección final fuera “irse al mundo” renunciando al claustro?

El caso es que, según atestiguan los documentos que aún quedan legibles de este convento, algunas se casaban. Y en­tonces era el patrón del Colegio, el conde Silva de turno, quien dotaba a la doncella «conforme a la calidad de su persona, que a todo esto se tiene mucha atención», según nos dice el padre Salazar en su Crónica del franciscanismo en Castilla.

El convento de Cifuentes fue habitado, durante el siglo XVII, de algunas monjas de extraordinarias dotes; crecidas, sin duda, al aire enrarecido que ese siglo respiró, sin que aparentemente nadie tuviera la culpa de ello. Las mayores exaltaciones místicas, prodigios sin cuento y admoniciones proféticas, fueron dictadas de la boca de sor María‑Inés Martínez de la Cruz y Santa Rosa, la monja de Trillo que hizo llenar, en su época, montones de cuartillas y horas de conversación y chismorreo. Más normal fue sor Francisca Inés, abadesa del Convento, pero también de grandes dotes místicas. Tanto el tema inicial, el de las jovencitas doncellas que al final tienen que elegir entre la clausura o el casorio, como el final, de las monjas que ven ángeles discurriendo por el claustro y se notan levitar a la caida de la tarde, daría para un novelón de los que hoy se llevan. No sé si truculento, pero sí, al menos, inquietante.

De los documentos se extrae, sin embargo, la clara idea de que la vida de la Comunidad fue sencilla en extremo, sin sufrir grandes anomalías o estremeci­mientos, hasta la consabida llegada de la horda francesa, hace ahora dos siglos, que des­barató un tanto su tran­quilo devenir, y la pos­terior ley de Desamortizacíón de Bienes Eclesiásticos y Manos Muertas, de 1835, que, aun no pudiendo expul­sarlas de su casa, por ser más de doce las pro­fesas en esos días, sí que les dejó huérfanas de todo sostenimiento económico, comenzando allí una pobreza extre­ma de la que aún no han salido.

El 22 de julio de 1936 tuvieron que dis­persarse y vivir ocultas en las casas del pueblo

o sus alrededores, con­templando impotentes cómo unos quemaban y destrozaban su archivo

y pobres enseres, y otros derrumbaban, me­diante un absurdo bombardeo, el edificio

entero. Acabada la Guerra Civil, se reunieron nuevamente las monjas franciscanas, decididas a continuar, a costa de cualquier sacri­ficío, en su Convento de Cifuentes. Por intercesión del obispo seguntino, doctor Muñoyerro, vinieron en 1941, procedentes de Plasencia, cuatro monjas capuchinas bajo la dirección de la madre Corazón de Jesús Ponce de León. Y en diciembre de 1945 autorizaba el Papa la instalación de comunidad capuchina en el remozado edificio.

La historia de este convento, aparte de lo que se encuentra en los libros escritos por cronistas franciscanos de los siglos XVII y XVIII, y de las obras históricas del Cronista Layna Serrano, se fundamenta en los documentos que todavía existen, salvados entonces, en la Desamortización, en el Archivo Histórico Nacional, sección Clero, legajos 78 a 94 donde quedan papeles sin cuento referidos  a censos, juros, apeos y otras cuestiones económicas.

Un clamor de piedras

Para el viajero de hoy, andarín por la Alcarria en días soleados como estos del final de febrero, llama la atención la presencia externa del convento de Belén. Todo es nuevo en él, menos la portada. Los bombardeos franquistas de 1936 terminaron por echar al suelo lo poco que quedaba desde que unos meses antes le pegaran fuego los progresistas del momento. En los años cuarenta se rehizo, como antes he referido, el convento entero. Ocupa una céntrica manzana de Cifuentes, frente a la casa donde arden verdes los sequoyas que algún indiano trajo de la occidental América. La fachada del convento es sencilla, enfoscada, y en ella tan solo destaca hoy una señal de prohibido el paso puesta en la esquina, y un enorme contenedor de basura que el Ayuntamiento ha decidido colocar allí para uso y disfrute de vecinos, paseantes y turistas.

La portada, sin embargo, es elegante y procede del primitivo convento. Toda en piedra sillar tallada, aparece el acceso a la iglesia, de arco semicircular, surmontado de un escudo con las armas del cuarto conde de Cifuentes, don Fernando de Silva, bajo corona y cuajado de cuarteles en los que resuenan sus emblemas blasonados. Encima, dentro de una hornacina, una imagen de la Virgen con el Niño Jesús, bien tallada imitando cosa antigua, de estilo románico, pero sabemos que es bastante más moderna. En la peana se lee “Santa María de Belén”. Esa talla u otra similar y más antigua procedía de la primitiva ermita de esa advocación. Aún encima se ve una bola del mundo, emblema ducal, y todavía en lo alto, la espadaña, de una sola campana, clásica donde las haya, muy monjil.

Por la calle donde tenía “El Rata” su albardería, se abre la puerta del convento propiamente dicho. Entonado con los tiempos que corren, tiene en su solemne arcada de sillares incrustada una señal de vado en que se advierte que también sirve para paso de carruajes, y por tanto está prohibido aparcar delante. Eso es lo que me ha permitido fotografiarla tal cual es. Encima hay una placa de cerámica en la que junto al escudo del linaje de Silva, se lee limpiamente escrito Monasterio “Ntra. Sra. De Belén” Siglo XVI, hecha por las artesanas cistercienses de Brihuega. Queda claro, pues, donde estamos.

Al final, el viajero, con suerte, podrá entrar en la iglesia. Recoger un instante el hálito limpio del silencio y la bondad que rezuman sus paredes. No hay nada de arte en su interior. Quizás en la parroquia de San Salvador, arriba de la plaza, aún pueda con suerte mirar a través de la reja de una capilla y ver los cuatro grupos escultóricos que proceden de aquella primitiva ermita de Nuestra Señora de Belén. Son cuatro grupos de estilo renacentista primitivo, tallados en madera, con escenas de la infancia de Jesús.

Una ocasión más para andar las callejas empinadas, o llanas, que de todo hay, por Cifuentes, y empaparse de ese aire sencillo y antiguo, evocador y recio de sus edificios de vivienda, sus caserones nobles, sus templos y conventos… siempre tiene la Alcarria su palabra que decir, su pálpito transmisor de vida.

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