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Heráldica Medieval en Guadalajara

En el contexto de la conmemoración centenaria del Cantar de Mío Cid, Guadalajara está realizando un conjunto de actos que tienen por protagonistas a las Bibliotecas Públicas de los lugares por donde pasó Rodrigo Díaz de Vivar, y –aunque por aquí no está demostrado que pasara- más concretamente las Bibliotecas del Valle del Henares han sido las que se han dedicado con mayor ahínco a esta tarea, logrando juntar en actos culturales, mezcla de evocación, de estudio y de diversión, la memoria del personaje y de su época.

Precisamente esta tarde, en la Biblioteca Municipal de Alovera, sita en la Casa de la Cultura de esta localidad campiñera, tendrá lugar ese encuentro de caballeros, bufones, trovadores y ciegos, en el transcurso del cual me tocará a mí hablar de la Heráldica Medieval en nuestra tierra, como una forma de evocar los siglos en los que discurrió la gesta cidiana. Y, aunque la heráldica es algo más moderno, aún siéndolo muchas veces centenario, servirá para centrar a los asistentes en aquellos signos.

Esencia de la Heráldica

Nace la heráldica como un sistema de señalética personal, como una forma de identificación de personas. Eso de entrada. Y más tarde pasó a ser una formulación representativa de personas concretas. En toda Europa ocurrió ese fenómeno, a partir del siglo XII, declarándose válido para esta tarea de representación personal de caballeros y guerreros, en el siglo XIII, época del comienzo de su verdadero auge.

El comienzo de la heráldica (de las armerías, como dirían los puristas) en esa época, surge con el objeto de identificar a un individuo que va a una batalla recubierto de su armadura, con la celada bajada, sobre un caballo, y que inmerso en el complejo desastre de la lid guerrera debe ser identificado, especialmente por sus partidarios o compañeros. De ahí que los inicios fueran tomar unos una banda roja pintada sobre su escudo; otros un redondel azul, otros un león dorado, etc. Era una simple marca de identificación. Y así los demás sabían quien era el caballero que andaba debajo de su parafernalia guerrera, bien para ser protegido y ayudado, bien para ser atacado, por sus enemigos.

La siguiente etapa de la heráldica es la que supone que alguien trata de darle un significado a esas simples señales. Ocurre así, por poner un ejemplo, con los Mendoza, que de inicio utilizaron una banda roja sobre un fondo verde, como elemento muy claro de identificación, o los Guzmán, que utilizaron un caldero en su escudo, o los mismos reyes de Aragón, que pusieron sobre un escudo de oro cuatro barras rojas.

A esa etapa siguió otra de interpretación, y de identificación de todo un linaje con esos emblemas y armerías. Así los Mendoza dirían luego que su banda roja sobre campo verde era la memoria de la sangre derramada por su líder inicial, don Zuria, “el Blanco” en la batalla de Arrigorriaga, manchando de rojo la verde hierba del campo de batalla.

Elementos de la heráldica

En los casi diez siglos que tiene de vida la heráldica, esta se ha complicado mucho, aunque la esencia sigue siendo (o debería seguir siendo) la misma. El blasonado, que es la estructuración y descripción de los escudos, sigue teniendo unas leyes fijas, inmutables, científicas, que aunque no son reconocidas por el Código Civil, que parece ser, junto con la Constitución, el único referente de la vida de las personas y de las cosas, sí que es todavía admitida por tal. En este sentido, la Real Academia de la Historia de España es depositaria de ese saber y de esas normas, y las hace cumplir en todas las nuevas definiciones o creaciones de escudos heráldicos, especialmente de los Ayuntamientos, que son los que ahora siguen vivos, y continuamente naciendo.

Es necesario recordar cómo un escudo se basa en su soporte (el campo) que puede ser de tipo español, cuadro con una forma redondeada semicircular en su base, o alemán, italiano, eclesiásticos, etc. Hay muchos modos, algunos de tipo estrictamente artístico, de servir de base a unas armerías.

También los esmaltes son fijos, y así nos encontramos con los cuatro colores y los dos metales que son los únicos tintes que puede llevar un escudo: rojo (gules), verde (sinople), azul (azur) y negro (sable), más el oro y la plata. Además se componen con figuras, que son los elementos que dan vida y consistencia real a la armería. Esas figuras pueden ser exclusivamente geométricas, y a las cuales se les llama “piezas” o pueden ser y de hecho son la base de la “alegría” y variedad infinita de la heráldica, reales o inventadas, quiméricas o prosaicas. Entre las primeras están las bandas y las barras, los palos y las fajas, que además pueden ser rectas o ir onduladas, quebradas, etc. Entre las figuras reales, aparecen desde las cruces a los animales como leones, águilas, lobos… y entre los elementos vívidos, vemos los castillos, las llaves, los calderos, las escalas, las espadas y picas… es tan inmenso el mundo de las figuras heráldicas que podríamos llenar la página con las más usadas, y aún pedirían más sitio.

La heráldica en los templos y palacios

En nuestra provincia es enorme el caudal de emblemas heráldicos que han sobrevivido a guerras y revoluciones. Toda Europa los tuvo, y sin embargo han disminuido mucho y, en Francia concretamente, casi han desaparecido: la saña sistemática que la Revolución Francesa desplegó contra esos elementos, representativos de la nobleza y del Antiguo Régimen, casi “limpió” el vecino país de escudos. En España hubo de todo, pero a su disminución ha contribuido, casi a partes iguales, el mercantilismo de los cosavejeros y la pasión iconoclasta de las gentes.

Por ofrecer una breve introducción a mis lectores para que puedan ir preparando sus visitas y admiraciones por los lugares donde surgen los escudos de armas, medievales o renacentistas, tallados o pintados, enteros o troceados, doy estas pistas:

En las iglesias es donde los cardenales dejaron, junto con los obispos, los curas y hasta algunos sacristanes, sus elementos identificatorios. En los palacios también, desde los reyes hasta los familiares del Santo Oficio, vigilantes de la ortodoxia como único mérito para mandar tallar en piedra sus emblemas. Y en otros muchos lugares se han visto y aún se ven, y que por no ser muy pesado aquí reseño: en fuentes, como la de Albalate de Zorita, que ofrece tallado desde el siglo XVI el escudo municipal en su gran fuente comunitaria; o como la de Valdeavellano, donde las armas del emperador Carlos saludan al viajero que camina hacia Atanzón por entre carrascales. En molinos se pusieron, y el ejemplo más señalado podría ser el del molino municipal  de Cifuentes, junto a la balsa donde tiene nacimiento el río de ese nombre. En puentes como los de Molina (el puente de los Baños) y en Mohernando, en un apartado valle. En el hospital de Mondéjar se puso su escudo municipal, también de largos siglos de antigüedad. En la Universidad [de Sigüenza] como generoso emblema de tantos que contribuyeron a su realidad. Y en los castillos, finalmente, con gran abundancia, pues eran, junto con los palacios, los sitios donde los escudos tallados de linajes poderosos tenían su razón primera y más clara, la de señalar en esos dibujos el poderío de quien mandaba tallarlos y colocarlos. Así los vemos en Guijosa (los de Orozco) en Palazuelos (los de Mendoza) en Galve (los de Estúñiga) o en Cifuentes (el de don Juan Manuel).

En todo caso, un tema que da para ver, cavilar y aprender siempre, porque esos elementos tan puntuales, que a veces cuesta identificar, y muchas más explicar y comprender, son como notas a pie de página de ese libro inmenso de historia que es la provincia. No en balde a la Heráldica se la ha considerado y sigue considerando como una materia “auxiliar de la historia” y así se sigue estudiando en las Universidades.

Apunte

La heráldica municipal

Una importante sección de esta heráldica, medieval o contemporánea, a la que invito a admirar, es la municipal. Los escudos que representan a los municipios de nuestra tierra, y que hoy son ya más de 150 los aprobados oficialmente. Algunos, como los de Sigüenza, Cifuentes, Guadalajara o Mondéjar, tienen muchos siglos de antigüedad, avalada por imágenes pretéritas o descripciones documentales. Y la mayoría han ido naciendo, y aún creciendo, considerados por todos, en nuestros días.

Esa heráldica municipal, que se debe y se quiere hacer conforme a los cánones tradicionales, es una fuente de explicaciones y simbolismos, que en la mayoría de los pueblos que ya la tienen, son conocidas de todos sus habitantes. Desde los clásicos como Jadraque o Cogolludo, donde se lucen las armas de sus antiguos señores (Mendozas y Medinacelis) hasta los más modernos como el de Azuqueca, donde se alzan la torre de su fábrica con las espigas de trigo de sus campos, hay una variedad enorme que conviene conocer, porque es motivo de curiosidad y entretenimiento.

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