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Cinco paradas en Castilla-La Mancha

En el día en que los alcarreños podemos estar satisfechos al ver cómo dos de nuestros nombres más queridos, han sido nombrados castellano-manchegos de honor (don Manuel Criado de Val, investigador, y don Carlos Santiesteban, artista pintor), la celebración de este Día de la Región debe servir para darla a conocer entre todos sus habitantes, especialmente entre esos que, por circunstancias de su trabajo, o de su imposibilidad de desplazamiento por su ancha geografía, no han podido aún disfrutarla en toda su dimensión.

Tiene Castilla en esta su geografía nueva y plana que desde la Sierra de Ocejón baja hasta la Sierra Morena descubriendo en su mitad la anchísima llanura manchega, una serie de espacios que todos sus habitantes deberían conocer. Por eso me dedico ahora, en este momento de víspera de la celebración regional, a dar una pincelada, una por cada provincia, de lo que me gustaría poder visitar, de nuevo, en los próximos días o meses. Y es lo que le propongo también al lector: que en un futuro inmediato se lance a los caminos de su región y vea, disfrute, se admire, al menos con estos cinco espacios de maravilla.

Albacete

Aquí me detengo en su plaza de la Catedral, en el mismo centro: allí se alza el Museo de la Cuchillería, que es algo que una vez visto, siempre se quiere repetir, por el montón de cosas curiosas que encierra. El edificio es la llamada “Casa de Hortelano” encargada al arquitecto Daniel Rubio en 1912 por el acaudalado industrial Joaquín  Hortelano, que le pidió construyera un edificio en arrebatado estilo ecléctico. Muchos años desocupado, ha sido finalmente destinado a acoger el gran Museo de la Cuchillería de Albacete, inaugurado en 2004, y que contiene, en sus dos plantas, diversas colecciones de armas, cuchillos, navajas, y piezas hechas en acero por los artesanos de la provincia. Este museo tiene dos ámbitos bien diferenciados: uno ofrece la colección histórica y muestra la evolución del arte cuchillero a través de los siglos, y otro ofrece las mejores piezas que la industria albacetense del último siglo ha producido, en el marco de la Asociación de Cuchillería y Afines de Albacete.

Además se puede admirar la llamada “Colección Caja Castilla La Mancha”, adquirida por esta entidad, en junio de 2002, a Rafael Martínez del Peral y Fortón, Marqués de Valdeguerrero, que fue iniciada y formada por este señor a lo largo de 33 años recorriendo almonedas, chamarileros, rastros y mercados de ciudades, pueblos y caseríos españoles y extranjeros: una actividad que él mismo calificó de pequeña locura a la que dedicó tiempo y hacienda. Más de 500 piezas la forman. Y recientemente Jesús Vico Monteoliva ha hecho lo propio con su fabulosa colección. Resultado: un conjunto impresionante de piezas de arte. Que merece una visita segura.

Ciudad Real

La plaza mayor de Almagro es el lugar al que nos acogemos en esta provincia.

Tiene Almagro el título de ciudad desde 1796, pero desde mucho antes es un lugar importante en La Mancha, por cuanto fue, durante muchos años, capital de la Orden de Calatrava, y espacio de residencia de sus maestres primero, y luego de los delegados regios de la misma.

Esta plaza fue a lo largo de la historia testigo de la celebra­ción de justas y torneos, además de tener su clásica función de servir de celebración de las corridas de toros. La llegada a la población, en el siglo XVI, de los empresarios alemanes Fugger, concesionarios de la explotación de las minas de mercurio de Almadén, hizo que se levantaran nuevos edificios en la plaza, y en las calles aledañas, así como palacios, conventos y oficinas administrativas reales y concejiles. Nació así esta plaza, que es sin duda la más hermosa la Región, y una de las más hermosas de toda España. Sus grandes dimensiones se concretan en los 105 metros de largo y 37 de ancho que tiene, y su maravillosa consistencia deriva del armónico conjunto de viviendas que se disponen sobre soportales en dos alturas, sostenidas por ochenta y cinco columnas de piedra de orden toscano, sobre las que des­cansan las gruesas zapatas y vigas de madera pintadas de almagre. Estas edificaciones están construidas con materiales modestos, como el yeso, el adobe y el ladrillo y ofrecen su mayor originalidad en el doble piso de galería acristalada, que proporciona un característico sabor y la originalidad consistente en que evoca con nitidez las construcciones populares de los países del Norte de Europa, especialmente Alemania y Países Bajos. Actualmente todo este conjunto de arquitectónico maderamen está pintado de verde.

Demás de ello, en la plaza se para el viajero y sin mover los pies contempla, al frente, el viejo Ayuntamiento renacentista. A su derecha, un palacio, el Corral de comedias, luego los jardines donde está la estatua del conquistador de Chile, el palacio de los Rosal, el antiguo palacio de los Maestres Calatravos, ya restaurado y destinado a Museo Nacional de Teatro, más el museo de los encajes en el callejón del Villar. Por encima de los tejados, se empinan las cúpulas de los conventos de jesuitas, y de agustinos, y por el aire se palpa la densa memoria de tantos nobles, caballeros y gentes varias que dieron vida a esta ciudad impresionante, Almagro.

Cuenca

En Cuenca escojo el castillo de Belmonte, sobre el cerro de San Cristóbal, dominando la población y los amplios paisajes del entorno ya manchego. Construido en el siglo XV en sus finales, por orden de don Juan Pacheco, marqués de Villena, su arquitecto fue Juan Guas, el autor de otros emblemáticos edificios de la Región como el palacio del Infantado de Guadalajara o el monasterio de San Juan de los Reyes de Toledo. Consta el edificio de un recinto exterior, y otro interior o castillo propiamente dicho. Del exterior, arranca la muralla que rodea por completo al pueblo.  Al castillo se entra por una sola puerta orienta a Levante, de estilo gótico, que nada más traspasar nos presenta un patio de irregular trazado con un gran pozo en su centro, dando paso a las escaleras que permiten subir a sus estancias varias.

De una parte, conviene subirse por escaleras de piedra a las defensas exteriores, con sus almenas y garitones defensivos. De otra, hay que visitar las estancias interiores, que en su mayoría fueron restauradas para en ellas vivir mucho tiempo Eugenia de Montijo, mujer que fue del emperador francés Napoleón III. En ellas se admiran algunas chimeneas de arte gótico, espectaculares, ventanas profundas y, sobre todo, artesonados sin cuento, de mil formas y colores, que le prestan al lugar una sensación de castillo de leyenda, sintiendo el visitante que está a caballo entre la historia real y la fantasía más absoluta.

Por escalerillas de caracol alojadas en el grosor de las grandes torres esquineras, que miden, por cierto, 18 metros de altura, puede subirse al adarve y a las terrazas de las torres, que conservan sus almenas de forma escalonada, y que, en cualquier caso, es el complemento ideal de la visita a esta fortaleza, dado que puede apreciarse desde ella la estructura interna del castillo, sus sistemas primitivos de defensa, lo macizo de su construcción con sillarejo firmísimo, los escudetes que adornan los remates arqueados de las torres, etc. Todo ello sin olvidar las vistas magníficas que de la villa de Belmonte y de sus campos colindantes se divisa desde la altura.

Guadalajara

El panteón de la duquesa de Sevillano es el sitio elegido. Cada fin de semana lo hacen cientos de turistas. Para muchos viajeros de la ciudad, este es el sitio que más les ha impresionado. Es curioso que son siempre de fuera los visitantes: los alcarreños apenas si pasan por su interior.

Pero sin duda es una joya del arte de nuestra ciudad, un sitio al que hay que ir, al que hay que volver siempre. De una parte, por contemplar al exterior su impresionante mole de piedra blanca mediterránea, cubierta de esa cúpula de tejas de cerámica esmaltada y corona dorada. Las formas son tipicamente románicas en estilo lombardo, aunque la fecha de su construcción fue en los primeros años del siglo XX. Debe cumplirse ahora, más o menos, su centenario. Lo diseñó y dirigió el arquitecto castellano Ricardo Velázquez Bosco, y lo encargó y pagó la duquesa de Sevillano, doña Diega Desmiassiéres, que lo mandó construir para enterrar en su cripta a sus padres y familiares. Acabó siendo ella, sin quererlo, la protagonista del lugar. Porque después de subir las escaleras, y contemplar atónitos el interior del templo, en forma de cruz griega, y alta bóveda semiesférica en la que luce un complejo programa iconográfico todo él formado de pequeñas teselas conformando un mosaico al más puro estilo bizantino, se bajan las escaleras que están tras el altar y se contempla la cripta en cuyo centro aparece el enterramiento de la duquesa, tallado en mármoles y piedra basáltica, con un medallón que la representa, y cuatro ángeles que portan la caja que la contiene más otro que canta, extendidas las alas, su buen comportamiento. Un lujo de arte y un asombro verlo.

Toledo

Aquí lo mejor, para el viajero, es el monasterio franciscano de San Juan de los Reyes. Todo es fabuloso, pero yo le diría a quien hasta aquí se venga, que se tire un buen rato, media mañana si puede, en el claustro. En días de visita está, quizás, demasiado animado. Muchos lo consideran el más bello claustro de España. Tiene 24 bóvedas de crucería que se abren al jardín central por ventanas ojivales de profusa decoración vegetal. Los pilares se enriquecen con imágenes de santos y finísima labor de pequeños motivos ornamentales, en las que se aprecia la labor de cestería característica de quien diseñó el edificio todo, Juan Guas (arquitecto también del palacio del Infantado en Guadalajara) pero sobre todo destaca la variadísima flora y fauna, real o fantástica, que cubre como un sueño profuso sus muros, pilastras, capiteles, arcos, bóvedas… Hay que admirar también la escalera de subida al claustro alto, que es obra atribuida a Alonso de Covarrubias, y ofrece bóveda de media naranja, con máscaras, veneras y casetones. Y luego arriba, en el claustro alto, con sus ventanales de arcos conopiales, balaustrada de piedra y decoración de emblemas de los Reyes Católicos, ofreciendo el techo cubierto por un artesonado de madera, pintada con los símbolos y escudos de Isabel y Fernando, mientras que cada vez que el viajero se asoma a las balconadas, se asombra de ver esas gárgolas de curiosas y atrevidas formas. Una maravilla de espacio que obligadamente hay que visitar, al menos una vez, en la vida.

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