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Viajeros de ayer y de hoy por la Alcarria

Hoy vamos a seguir los pasos de algunos viajeros que han sido. Y que han dejado escritas sus impresiones, sus hallazgos, sus emociones ante el paisaje de la Alcarria. Es un ejercicio al que invito al lector: a caminar, a viajar, a mirar, sin ideas preconcebidas. A asombrarse, -si tiene aún esa capacidad, que es siempre síntoma de juventud y buena salud mental- y a disfrutar con los colores, los cielos, los sonidos, las vicisitudes del camino, los solemnes aparatajes del patrimonio. Cuatro viajeros antes nos han ido poniendo detalles de la Alcarria como en esta bandeja de letras e imágenes.

Hacer una Antología de textos sobre la Alcarria es una buena tentación para un escritor provincianista. Analizar lo que otros han dicho, seleccionar lo mejor, lo más gráfico, lo más contundente, lo más poético, lo más explicativo… pero sería una tarea larga, y en definitiva estéril, porque lo mejor siempre es lo que el propio viajero rumia cuando ve las cosas, los pueblos y los paisajes en directo. Siempre que le quede, eso sí, capacidad para pensar por sí mismo. De hecho, uno de los peligros que nos amenzan, en este tiempo de mensajes continuos por los medios, es el de que nos lo dén todo pensado, masticado, clasificado. Sin posibilidad de pensar por nuestra cuenta. Ejercitemos ese deporte, pero siempre con algunos apoyos. Estos de quienes fueron antes por caminos estrechos, solitarios y asombrosos de la Alcarria.

Tendilla

Llegó Serrano Belinchón un buen día por Tendilla, la villa que siempre asombra por la pulcra disposición del urbanismo de su calle mayor. Y nos dijo estas palabras, que vienen a ser la mejor referencia de aquella belleza simple y rural, tan alcarreña: Tendilla a vista de pájaro es un poco de todo, es un pequeño burgo, es huerta, es chopera, es arroyo y verdor de campo, es vida al fin; todo lo contrario del desolado espectáculo de piedra desprendida y ruina que tengo tras de mí, y que en otros tiempos llegó a ser, por cuanto al arte y a la magnificencia de lo que tuvo, «lo primero y lo mejor del protorrenacimiento mendocino”… Serrano escribe desde los altos donde asientan las ruinas del monasterio jerónimo de Santa Ana. Y sigue: “Abajo, las modernas instalaciones deportivas, los últimos edificios construidos que forman verdaderos barrios, las industrias allí instaladas, nos hablan de que el corazón de Tendilla como pueblo es joven y late a buen ritmo; pues, minutos más tarde, y volviendo a desandar lo andado, de nuevo en la calle Mayor, uno se da cuenta de que la vida del municipio palpita con aires nuevos entre soportales viejos. En la calle Mayor están los bares, la entrada con fuente y jardín de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, los establecimientos de servicio tras la hilera de columnas desiguales donde, en tiempos ya lejanos, extendieron su mercadería los cambistas y los buhoneros cuando sus renombradas ferias de San Matías. En el menor espacio uno puede ver, sin moverse de la esquina de la plaza, una carnicería, una panadería, una tienda de antigüedades, una farmacia, y dos placas conmemorativas pegadas a la pared, en las que se da cuenta de que por allí anduvo C J.Cela cuando su primer viaje a la Alcarria”…

Yebra

Quienes viajan por Yebra, y después del viaje escriben un libro que titulan “Una larga historia” son María Antonia Velasco y Francisco García Marquina. Ellos se fijan fundamentalmente en la gente, en los viejos que cuentan historias, en el alcalde sabio y presuroso que tuvo que vivir aquella dramática riada de un agosto de hace 10 años, en las peñas que hacen las fiestas, en los vendedores ambulantes, en la memoria del tren y las carnestolendas… pero también aportan su genial apreciación del paisaje, que es alcarreño, y con tintes de verismo poco usados: “El paisaje está jalonado por torres y cables de electricidad que es el tributo que se paga por el progreso, dada la proximidad a la central nuclear de Zorita y a la tradicional de Bolarque. Hay líneas de torres gigantes y plateadas y otras antiguas de poste de hierro negro y de aisladores de porcelana marrón. Parece que el pueblo sufre otra presencia debida también al progreso porque está en la línea de aproximación de los aviones para aterrizar en Barajas. Se los ve con frecuencia, pero aún vuelan altos y no molestan a nadie”.

La Alcarria de Villaviciosa

Un andarín inagotable, que tuvo en su pluma la pasión y el acero de quienes sienten la naturaleza y la defienden contra viento y marea, fue Jesús García Perdices. En un libro que hoy ya es un clásico [“Cita en el Ocejón”] y que, ¡parece mentira! se publicó hace 30 años, contaba sus andanzas por la provincia, siempre a pie, con zamarra, txirukas, bastón y gorro de piel, diciendo de los paisajes, de los cerros y los pueblos, de los miradores y puentes lo que sentía su corazón casi infantil y pulcro. Al salir de Brihuega, rumbo a Villaviciosa, ve y escribe lo que sigue: “Una vez pasado el monumento conmemorativo de la batalla de Villaviciosa y el empalme que lleva hasta ese pueblo, torcemos a la derecha y nos adentramos en pleno monte.  Nos detenemos en un calvero en el que se levantan espaciada­mente algunas gigantescas encinas centenarias. El terreno es muy pedregoso. Hay muchos majanos de piedra gris con vetas rojizas. Abundan las piedras agujereadas.

Estamos en el Cerro Lobero, muy cerca del Chaparral de Yela. Enfrente de nosotros el monte se quiebra en un profundo desnivel conocido con el nombre de Barranco del Pozón en el que crecen profusamente los robles. Al fondo, en el horizonte, se recortan las crestas de los Montecillos de Brihuega.

Mi curiosidad se ha despertado ante el nombre de Cerro Lobero y pregunto a unos leñadores que por allí andan si se debe a que en otros tiempos abundaron los lobos en el mismo. Me contestan que sí, y añaden que, en cierta ocasión, algunos hombres sorprendidos por una jauría tuvieron que defenderse encendiendo una hoguera y emprendiendo el camino de regreso hacia el pueblo llevando en las manos tizones ardiendo.

Aunque estos leñadores traen consigo hachas de diversos tamaños y podones sólo las utilizan para cortar las ramas más pequeñas. Para serrar los gruesos troncos emplean moto‑sierras cuyos motores runrunean atronadoramente dándonos la sensación de que estamos asistiendo a un moto‑cross. Pregunto cuál es la causa de esta tala cruel. Me dicen que el propietario del terreno ‑que es uno de los leñadores‑ dispone de un plazo de tiempo para cortar los árboles antes de que esta finca sea adjudicada a otro con motivo de la Concentración Parcelaria. No le queda más que este camino para recuperar lo que es suyo”…

Se nota el deje triste de García Perdices cuando describe el paisaje, gris y aparentemente sencillo de la Alcarria, pero cuajado de vibraciones y dolores ante la tala.

Trillo

A principios del siglo pasado, y llevado de la indignación por saber que un vetusto edificio alcarreño (nada menos que el monasterio cisterciense de Ovila) lo había comprado un magnate norteamericano para usar su iglesia como comedor de una mansión que se estaba construyendo en California, el entonces médico y cronista en ciernes Francisco Layna Serrano se dió a viajar por los alrededores del pueblo donde veraneaba (Ruguilla) y a estudiar la historia del monasterio, y a describir cuanto veía, sabiendo que un tiempo después, como resultó ser cierto, no quedaría casi nada de ello.

Entonces Layna describe el paisaje de los valles alcarreños de la orilla derecha del Tajo, la solana de Ovila, y el abrupto y montaraz costado izquierdo del gran río. Y así nos dice en su librote sobre el Monasterio: “La orilla izquierda del Tajo es pintoresca y brava por demás; sobre un recuesto y encima del montículo peñascoso que constituye una fortaleza con su foso natural, se yergue el vetusto poblado de Azañón, con el airón de su cuadrada torre parroquial de blancos sillares, sirviéndole de fondo los altos montes de Solana; siguen los del propio Azañón, siempre verdes, hasta cerrar el valle en la estrechez peñascosa que a Trillo conduce, rasgando el cielo y adornando el paisaje con su característica silueta, las famosas «Peñas de Alkalaten». Actualmente se las conoce con el nombre de las «Tetas de Viana» (muchos las ven y pocos las maman, dicen en el país) y no son sino dos «cerros testigos» de análoga altura a la de la altiplanicie alcarreña (1.069 metros sobre el nivel del mar); montañas gemelas de líneas impecables coronadas por una lastra de quince metros de espesor cortada a pico, que parecen mucho más altas de lo que son en realidad, por estar asomadas al profundo barranco fraguado por el Tajo en una labor de millares de siglos”. Hoy hubiera tenido que añadir el cronista la presencia de otras dos altas torres panopliadas de humo perenne, las de la Central Eléctrica de Trillo. Cosas que van y vienen, en menos de un siglo: se fue el monasterio de Ovila a U.S.A. y nos pusieron una central nuclear allí mismo.

El Infantado de Guadalajara

A finales del siglo XIX anduvo pateándose España entera el erudito don José María Quadrado, que recaló en Guadalajara y describió, con especial énfasis, el palacio ducal del Infantado. Allí dentro, aunque abandonado de sus dueños, todavía entero de maravillas, anotó lo que veía en sus salones cuajados de artesonados que también él consideró los más ricos de España. Y decía así, para nuestro asombro y envidia: “En las salas es de admirar principalmente la riqueza de la techumbre, que unas veces presenta una grata confusión de colgantes y estalactitas imitando la erizada bóveda de las grutas, otras veces una octógona cúpula con estrellas lindamente entrelazadas, y repartidas por el ancho friso figuras de velludos salvajes armados de rudas mazas. La del prolongado salón de cazadores o guardamuebles, sembrada de estrellas y florones suspendidos y arqueada notablemente, descansa sobre un friso corrido de ramajes con escudos de trecho en trecho: de sus desnudas paredes desaparecieron ya los antiguos trofeos de guerra y caza; pero llena todavía el fondo de la estancia una inmensa chimenea sostenida como al aire por sutiles columnitas; sus molduras imitan mimbres entretejidos, en sus cinco compartimientos figuran tres blasones y dos atletas luchando a brazo partido con un león, y sírvele de dosel una gruesa cornisa de arquitos góticos terminada en cinco torrejones. A todas, sin embargo, se aventaja en extensión y magnificencia la sala de linajes, bajo cuyo estalactítico artesonado hecho un ascua de oro, corre una gentil galería cuajada de calados arabescos, ocupando el vacío de sus arcos los numerosos escudos de la casa con sus acostumbrados grifos, águilas y leones, y avanzando a trechos repisas y doseletes para acoger los bustos de los insignes ascendientes distribuidos en sendas parejas, los varones con airosa gorra, las damas con toca revuelta en torno de la cabeza a guisa de turbante…” Una descripción viva, de un viajero que goza y se exalta, porque como quienes hoy queremos viajar, y ver, y asombrarnos, sabe que la emoción es una corriente que pasa de los ojos, del tacto, de los sentidos todos, al corazón de quien siente.

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