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El Museo de esculturas de Anquela del Ducado

 Un pequeño pueblo de la Serranía del Ducado, que se encuentra al borde de la carretera N-211 que nos lleva desde Alcolea del Pinar a Molina de Aragón, es ejemplo de amor a la escultura y, sobre todo, de justo homenaje a las gentes que durante siglos dieron vida al pueblo: los hombres y las mujeres trabajadores/as de aquelos pinares y sabinares profundos.

Una alcaldesa de la villa, María Isabel Galán, tuvo hace unos años el feliz arranque de encargar sendas esculturas que representaran a un hombre, y a una mujer, en la esencia de su labor diaria, y con unas frases que luego comentamos, los levantó sobre pedestal y hoy se ven a la orilla de la carretera, en lugares abiertos del pueblo.

Son, no cabe duda, elementos que hacen justicia, y que la hacen bellamente, con ese grito de firmeza que tiene el bronce alzado sobre la piedra caliza. Ojalá se siguiera el ejemplo de Anquela del Ducado en otros pueblos, y aún ciudades, de nuestro entorno, y se memorizaran así, con contundencia, gentes comunes o personajes egregios. Todo con tal no perder la memoria de nuestra entraña, que es suicidio que hoy nos amenaza.

Homenaje escultórico al labrador, en Anquela del Ducado.

Escultura homenaje al trabajador

En el paraje de la Hoz, ámbito arbolado y fresco, a medias pueblo a medias bosque, se levanta una escultura, “Al hombre Trabajador: con su frente regó la tierra, con sus manos la modeló, hasta enterrar en ella su corazón, semilla de este pueblo”. Esa es la frase que se inscribió en la basamenta del monumento, cuando, en 1998, siendo alcaldesa María Isabel Galán Villa, se inauguró solemnemente la escultura que previamente había amasado y luego fundido en bronce, el conocido escultor Joaquín Esquer Bec. La inauguración fue toda una fiesta, con la asistencia de autoridades de la comarca, alcaldes de los pueblos cercanos y la práctica totalidad de los vecinos del pueblo. Representa a un hombre joven, calzado de abarcas, apoyada su pierna izquierda sobre una piedra, acompañado de un perrilo, y con una azada en la mano izquierda que, ataviado con pantalón y chaqueta de pana, mira con serenidad al horizonte.

Escultura homenaje a la mujer trabajadora

Años después, en 2002, y con certero criterio de justicia e igualdad, se erigió la escultura a la mujer trabajadora, en reconocimiento a los penosos trabajos que las mujeres del lugar realizaban y que en definitiva eran los cimientos sobre los que se apoyaba toda la estructura familiar.

Esta se puso en otro paraje amplio, a la derecha de la carretera N-211 según se camina hacia Molina, entre casonas tradicionales y un nutrido arbolado. También sobre un alto podio, en cuya basamenta se lee una frase de Alejandra Pizarnik: “Soy mujer, y un entrañable calor me abriga cuando el mundo me golpea. Es el calor de las otras mujeres, de aquellas que no conocí pero forjaron un suelo común”, se puso esta hermosa estatua cuyo autor es el mismo que el del hombre trabajador. Representa a una mujer talluda, que calzada de alpargatas, con madil sobre el vestido sencillo, carga en su mano derecha un cubo se supone que lleno de agua, y sobre l cabeza apoya un barreño cumbrado de ropa. Anda y se dirige al río, a lavar, sin duda.

Razones de unas esculturas

Cuando se inauguró, la alcaldesa Galán Villa se dirigió a los presentes con estas palabras: “Como cada año en Anquela celebramos hoy las fiestas del Patrón San Martín, un santo al que todos los vecinos tenemos gran devoción, pero además, es un día especial porque vamos a rendir un homenaje al trabajador. Un homenaje a los agricultores, a los ganaderos, a los resineros; en definitiva, a los hombres y mujeres de nuestro pueblo que con su trabajo han escrito la historia de Anquela.

Todos los que estáis aquí sabéis perfectamente lo duro que es el trabajo del agricultor; siempre con la preocupación por lo que pueda traer el tiempo. Todos habéis arado la tierra, habéis segado el trigo bajo un sol de justicia, pero hoy, por suerte, las máquinas han llegado también a Anquela, y atrás quedan ya los trabajos con mulas y carros.

Pero si dura es la vida del agricultor, no menos dura es también la del ganadero. Todos los hombres y mujeres de Anquela la conocéis perfectamente. Algunos desde muy jóvenes tuvisteis que ir a esos montes a guardar el ganado y si duro, imaginamos, que era pasar las noches a la intemperie, la consecuencia más grave fue que ni siquiera pudisteis ir a la escuela.

Al ofrecer un homenaje al hombre trabajador en Anquela no podemos olvidar al resinero al que, de una forma especial, me siento profundamente unida. Esos hombres, que con la herramienta al hombro, salían al amanecer para recorrer el largo camino hasta el pinar, hacer el duro trabajo y regresar al anochecer. Esos pinares, en los que os estabais dejando la piel y un día os visteis obligados a abandonar porque vuestro trabajo ya no era valorado. Hoy, por suerte, podemos decir que el pinar es de nuestro pueblo, vuestro, de los resineros de Anquela que lo trabajaron.

Al principio de mi intervención decía que hoy es un día de fiesta en Anquela. Es cierto que se ha trabajado duro en las tierras molinesas, pero vosotros siempre habéis tenido tiempo para celebrar cualquiera de las fiestas tradicionales, todos recordaréis las Candelas, los Mayos o las famosas rondas.

En esta estatua, dedicada al hombre trabajador de Anquela, obra de Joaquín Esquer Bec, quedará para siempre nuestro agradecimiento y reconocimiento a todos los trabajadores de Anquela que, de una forma u otra, han escrito una página de la historia del pueblo”.

La historia de Anquela, que en otras ocasiones he comentado en estas páginas, nos habla de los tiempos en que el señorío de los duques de Medinaceli condenaba a todos sus habitantes a trabajar sin descanso todos los días del año menos los de esas fiestas que la alcaldesa mencionaba. Y además a entregar del fruto de su trabajo un buen porcentaje en forma de impuestos al señor duque, y otro tanto, no menor, al delegado del obispo, que en forma de diezmos y primicias recogía otra pequeña parte de los beneficios.

Para el viajero que acuda, como le recomiendo a mis lectores, a pasar un rato por Anquela, ver estas preciosas esculturas, y deambular por el pueblo, recomiendo además no perderse la visita a su fuente pública, que está en el mismo borde de la carretera, por lo que es difícil no verla. Es una obra de comienzos del siglo XX, y se trata de un elemento construido completamente en fuerte piedra sillar, con adornos varios. Además subirá hasta la parte alta del pueblo, donde asienta la iglesia parroquial, que muestra la gran espadaña orientada a poniente, de remate triangular, en tradición medieval, y la puerta de entrada al sur, con portón adovelado semicircular sin adornos artísticos de ningún tipo.

Además tiene Anquela unos parajes sumamente atractivos en su término, por lo que no estará de más aprovechar para darse una vuelta, que será breve pero inolvidable, por la Hoz donde arranca su caminar mediterráneo el río Mesa, que allí mismo nace y se encañona entre altos muros rocosos.

El día que este cronista paró en Anquela, y anduvo mirando las estatuas y apuntando lo que de ver tiene el pueblo, había muy pocos habitantes en el mismo. Uno de ellos, con el que trabó conversación, -Miguel Ruilópez se llamaba-, le dijo que no quedaban más de quince casas “abiertas de contino”.

–  En verano no, mire Ud. que en verano se pone esto de bote en bote, todos los hijos, y nietos, de los de aquí se han arreglado las casas, o se han hecho chalets…  Pero da gusto. Ahora, ya ve, empieza el otoño, todos arreando a sus trabajos, y aquí nos quedamos los viejos, desamparaos y a ver qué pasa. Sí, las estatuas muy bonitas, todo el que viene se va encantao, pero eso: que vienen y se van, como Ud. ¿Cuál es su gracia, se se pué saber? Pero luego aquí nos quedamos solos, más aburríos que unas ostras.

La conversación con el señor Miguel, como se puede suponer, gira monográficamente en torno al tema –eterno, al menos desde que yo vengo por tierras molinesas, y hace ya de estos varios decenios- de la despoblación, del abandono, del solo fijarse en las carreteras, en las fiestas, o en las estatuas… Pero estábamos hablando del hombre y la mujer trabajadores, fraguados en la oscura carne del bronce eterno, y cómo al menos en Anquela tuvieron quien se arrancara por estos homenajes, que en otros lugares ni siquiera lo han pensado. Un ejemplo a seguir, un sonoro aplauso para Anquela. Del Ducado.

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