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2006:

El torreon de Alvarfáñez, nueva estrella de nuestra historia

Se habla de estrellas en sus muros, nos habla de estrellas un documental, y entre las piedras parecen brillar, finas y cucas, las estrellas de un cielo castellano que se expresa silente y mágico, diciendo: “Yo lo sabía, y así fue, Alvar Fáñez el de Minaya vino a Guadalajara, la reconoció e hizo suya”.

Se acaba de inaugurar la restauración y limpieza del torreón de Alvarfáñez, largas décadas, por no decir largos siglos, abandonado y semihundido. Se ha hecho en estos días de fiesta y se ha adornado con varios paneles que explican, limpios y bien diseñados, la memoria del conquistador de la ciudad y  el sentido de su leyenda.

Un fragmento de la muralla medieval

El pasado día 5 de septiembre, con un corte de cintas, se inauguró la remodelación del antiguo torreón de Alvarfáñez, el que también fue conocido (porque durante más de un siglo hizo de ermita de ese título) como torreón del Cristo de la Feria. Dentro del plan de Dinamización Turística de Guadalajara, se ha recuperado un nuevo espacio patrimonial que siempre anduvo a la cola de todo: en un espacio marginal, rodeado de ruinas, desmontes y cardos, y una vez recuperado espléndidamente el barranco de San Antonio con unos “jardines mudéjares” que hoy huelen a boj y hacen pensar en el Generalife o en Sevilla, la silueta pentagonal del torreón del conquistador se ha limpiado por dentro y por fuera, y se ha adecuado como hito histórico y espacio documental.

Este fuerte edificio, como otros varios que tuvo la ciudad de Guadalajara durante la Edad Media, sirvió de torreón fortificado y cuerpo de guardia para proteger una puerta de entrada al burgo. No eran (como pasa con el del Alamín, y pasaba con el que hubo en Bejanque) puertas en sí mismos. Sino que eran espacios de defensa, almacenaje y sede de la guardia de la puerta. Otro hubo sobre el centro del puente árabe, torreón y paso, sede de guardia y de cobro de pontazgo. Otro debió haber en el inicio de la Calle Mayor, entrando desde Santo Domingo, donde se abría la Puerta del Mercado, y otro aún pegado al Alcázar real, que daba cobijo a su vez a la llamada Puerta de Bradamarte o de Madrid.

De aquella muralla fuerte, con sus torres, almenas y portones, nada quedó desde que a finales del siglo XIX el ensanche de la ciudad hiciera tabla rasa de ella. Sobrevivieron algunos torreones y pequeños fragmentos que hoy se han puesto en valor, y, como este de Alvarfáñez, van a servir para que todos cuantos nos visitan, y los alcarreños que se animen a saber algo de la historia de su ciudad, tengan más claro el concepto de lo que fue este sistema defensivo.

Un héroe medieval

En los paneles del ahora recuperado torreón de Alvarfáñez se describe sucintamente la biografía de este caballero castellano. Primo o familiar allegado del Cid Campeador, Rodrigo Ruiz de Vivar, sería como él de origen burgalés. Con él medró, en la guerrilla privada contra los musulmanes de la frontera, y tan fuerte hicieron su apuesta que llegaron a ser temidos por unos y por otros (cristianos y musulmanes) imponiendo condiciones para apoyar, proteger, servir y mantener estructuras políticas en los años finales del siglo XI.

Súbdito primero del rey Alfonso VI, se subleva contra él y marcha a Valencia, que conquista, haciéndose de paso amigo del rey árabe de Molina. Con el Cid colabora Alvarfáñez en la conquista de Castejón (Jadraque sobre el Henares) y hasta Guadalajara baja en algara. Pasa luego a colaborar con el ejército real, encargándose de la toma de la fuerte posición de Guadalajara. Sería más tarde alcaide de la fortaleza de Zorita, y capitán de la frontera puesta por el castellano ya en el Guadiela, amenazando a Cuenca.

La leyenda, que tintó con poéticas pinceladas la toma de Guadalajara al poder andalusí, dice que Alvarfáñez entró en la ciudad la noche de San Juan, apoyado por su fuerte ejército de castellanos. La leyenda dice que fue todo el fruto de una traición: alguien de los asediados facilitó la entrada de los infantes castellanos, incluso de algún caballero, que se cuidó de poner las herraduras del caballo al revés, para que al día siguiente los asediados habitantes pensaran que las huella eran de quien había salido. Mas no fue así: al amanecer del 25 de junio de 1085, los castellanos ocupaban las principales casas, edificios e instituciones de la ciudad. Y esta quedó ya para siempre en la nómina de las grandes ciudades del reino de Castilla.

Dos espacios en uno

La oferta cultural que el torreón de Alvarfáñez nos ofrece es múltiple. De una parte, el propio edificio, cuidado y firme, limpio en su exterior, consolidado en su interior, tiene planta pentagonal, ofreciendo la puerta principal en su muro oriental, el que da a la calle Alvarfáñez y los jardines del Infantado. En esa parte superior, se admira la gran bóveda sobre la que apoya la terraza. Otra puerta, inferior, a la que se accede desde los jardines mudéjares, permite entrar a la sala baja, que sería mazmorra y almacén, con bóveda frágil que hoy ha sido sustituida por un nivel de madera que hace de suelo de la estancia principal o superior.

En esta se ofrece a lo largo de unos cuantos paneles, la memoria del protagonista, Alvar Fáñez, la descripción del torreón como parte de un recinto amurallado, la leyenda / historia que forjó al personaje conquistador, y la evolución del escudo heráldico de la ciudad. Con un diseño muy moderno y atractivo, se narran en pocas palabras y muchas imágenes las facetas diversas que cimentan estos asuntos. Aunque no lo pone en ninguna parte, colijo que la realización de estos paneles se debe a la empresa catalana que ha montado, con gran profesionalidad y belleza también, el documental que se proyecta en el salón inferior del torreón. En ese salón, más oscuro, y a lo largo de unos ocho minutos, se nos refiere lo que de historia y leyenda sabemos acerca del personaje. Luego, en un ambiente cuidado de erudición y saber, un viejo profesor nos cuenta lo que él sabe de la evolución del escudo guadalajareño. Al final aparece, casi como en un destello, el nombre de la empresa, catalana, que ha elaborado el documental. A ella debo agradecer el singular favor que me ha hecho, al contar con diversos dibujos míos, tanto planos como escudos de armas, tomados de mis obras “Guadalajara, una ciudad que despierta” y “La heráldica mendocina en la ciudad de Guadalajara”. Ha sido toda una sorpresa (agradable, por qué no decirlo) que me ha permitido participar en esta singular y plausible tarea de rescatar de la ruina un interesante monumento de la ciudad.

El escudo de la ciudad

Un aspecto que se apunta, aunque muy someramente, en la documentación que ilustra el interior del torreón, es el de la evolución del escudo heráldico municipal de Guadalajara. Hoy se constituye por un historiado conjunto, -casi una escena operística- en el que se ve a un caballero blandiendo una espada (identificado con Alvar Fáñez de Minaya) al mando de un grueso ejército, ante una ciudad amurallada en la que destacan torres de mezquitas, todo ello bajo el oscuro cielo tachonado de estrellas y una media luna.

Pero el escudo o emblema heráldico de Guadalajara fue siempre mucho más sencillo que eso: tal como lo vemos, entre otros lugares, en los medallones que adornan la escalera principal del Ayuntamiento, (y que fueron rescatados del antiguo edificio concejil) se trataba de un solo caballero portando un estandarte y cuajado el fondo de pequeñas estrellas. La figura del juez de la ciudad, o quizás de su alférez, es la auténtica seña de identidad de la ciudad, hoy rescatada en logotipos de corte más moderno. A ello deberíamos ir, puesto que razones las hay, de peso: a recuperar de forma oficial el escudo municipal tal como fue durante siglos. Más sencillo y elocuente. La semana próxima dedicaré mi trabajo semanal a este tema, porque merece la pena.

Pepe Noja y la escultura progresista

Antesdeayer se inauguró oficialmente, en el espacio de los Cuatro Caminos, una nueva escultura que adorna la ciudad. Esta es de las buenas, de las que tienen caché, por autor, por precio, y por prestancia. Titulada “Homenaje a los Pueblos de Europa”, el diseño de Noja nos ofrece dos grupos idénticos, pero anclados en distintos ángulos, uno junto a otro: son dos eslabones de cadena, hincados en el suelo, y unidos entre sí por otro eslabón abierto. La interpretación de la escultura es libre, y mientras el autor la hace simbólica de los pueblos de Europa (al parecer, de los que han roto hace poco sus cadenas) otros ya la han bautizado como “los nemertinos”, que son unos gusanos que viven en los roquedales de la costa.

El Homenaje a Europa de Pepe Noja. En la rotonda de Cuatro Caminos de Guadalajara.

La escultura que acaba de inaugurarse en Cuatro Caminos tiene algunas hermanas gemelas distribuidas por España. Esto de los eslabones de cadena unidos, incrustados en el suelo, o en edificios, lo ha utilizado el autor con cierta profusión en diversos lugares. El más parecido es el que se levanta en el Parque del Rinconcín, en Gijón, y allí lo tituló “Solidaridad”. Frente al mar Cantábrico luce mucho, y el verde del suelo (que en Gijón es natural, mientras que en Guadalajara es de pega, lo bajaron de un camión hace poco más de una semana, y lo extendieron sobre la parda llanada de nuestro erial) la hace aún más brillante. Como gustó mucho, la autoridad portuaria de Gijón le encargó a Noja otra escultura que él denominó “Tolerancia” y que se ha considerado en el momento de su inauguración, hace unos meses, como “hermana gemela” de la del Rinconcín.

Esta escultura que acaba de inaugurarse en Guadalajara está hecha con acero inoxidable, y pesa más de ocho toneladas. La elaboración técnica, siguiendo las pautas, o modelos, del autor, se ha realizado en Finlandia, y desde allí se ha trasladado al domicilio del autor en Madrid, desde donde finalmente se ha traído a nuestra ciudad. Cada cilindro tiene 80 cms. de diámetro, y el conjunto alcanza los cuatro metros y medio de altura. Según el autor, estos eslabones están anclados en el suelo para significar la fuerza de Europa, y dos de ellos están abiertos significando que en Europa caben aún más pueblos.

El tema de los cilindros de brillante acero, en los que se refleja el paisaje colindante y el azul del cielo, lo ha utilizado Pepe Noja con bastante asiduidad. En Torrejón de Ardoz, una gran escultura de este estilo, firmada por él, luce a la entrada del Polígono de las Monjas. Esa se titula también “Solidaridad” y viene a representar la de la villa campiñera con las tres poblaciones con las que está hermanada (Bir Gandul, en el Sahara Occidental, Boyeros, en Cuba, y Condega, en Nicaragua). En Avilés tiene otras dos muy similares: una al final de la avenida de San Agustín, presidiendo una rotonda, y otra en la calle Jovellanos, en un muro de la antigua cárcel, donde ahí representa el eslabón de una cadena que traspasa el muro del penal y se abre a la calle.

En Santurce tiene otra muy parecida. Esa la titula “Amistad”, y el significado que a los eslabones de acero pulimentado les da Pepe Noja es este: “Los eslabones en acero inoxidable simbolizan la unión, el abrazo por encima de ideologías, discrepancias o credos religiosos, sugiriendo en toda su pureza los valores que dan sentido a la existencia humana, tales como la libertad, la solidaridad, la justicia y el respeto a la diversidad en la pluralidad, todo aquello que hace de la utopía un motor para la esperanza”.

Una vida de artista

José Noja nació en Aracena (Huelva) en 1938. Realizó estudios de arte en Andalucía, y cursó estudios de aeronáutica, ingresando en 1957 en la Escuela del Aire, donde se graduó como piloto, y empezando a trabajar como piloto de aviación civil en 1960, laborando en un principio en la Compañía KLM. Aprovechando su estancia en Holanda jugó como futbolista en el Ajax de Ámsterdam, y en 1962 fue becado por el Estado holandés para estudiar en la Famous Arts School of California, empezando a partir de entonces su producción artística personal y sus exposiciones. Previamente había expuesto en Madrid, en algunas colectivas como El Otoño Juvenil,  en el Paseo del Prado de Madrid, en la Feria del Campo y en la Sala Lealtad, de Madrid, hacia finales de los años 50. Enseguida pasó a participar activamente de la vida artística y cultural de Europa Central, con numerosas exposiciones en ciudades de Bélgica, Holanda, Alemania y Reino Unido.

Aunque siguiendo la escuela de Pablo Serrano, a base de materiales firmes y consistentes, como la madera, la piedra y el bronce, inicia obras de expresionismo claro, luego pasa con nitidez al formalismo abstracto que Noja desarrolla desde una forma primaria en su concepto y casi exclusiva en su obra: el cilindro. Con ella se expresa en sus obras de interior y en sus esculturas públicas de espacios abiertos, donde utiliza el acero y, en los últimos tiempos, el acero inoxidable. Ha destacado además en la idea de crear museos de Arte al aire libre, poniendo inicialmente obra suya, y gestionando despué sla adquisición de otras obras de artistas contemporáneos, en ciudades con capacidad adquisitiva más que suficiente para este empeño. Ocurrió así en su pueblo natal, Aracena (1985), siguió en Huelva con el Museo de Arte Contemporáneo V Centenario, (1991), y se desarrolló posteriormente en Alcalá de Henares (1993), en Cáceres (1997) y, más recientemente, ha desarrollado otro Museo de este tipo en Santurce (2003). Recientemente, en Laviana (Asturias), donde Pepe Noja es presidente honorario de la Agrupación Socialista local,  ha dejado algunas esculturas, y ha propuesto (y ha sido aceptado) la creación de otro Museo de Escultura al Aire Libre, esta vez en el Parque de la Vega, entre Pola de Laviana y Barredos, donde bajo su dirección y con su proyecto se pondrán 25 esculturas, una por cada país de la Unión Europea.

Escultor de ideas

A partir de 1975, Noja regresa a España, y comienza a diseñar y producir obras que engalanan espacios públicos de ciudades y pueblos. En este sentido, podemos destacar sus diversos Monumentos a los Derechos Humanos, a la Constitución, y a los símbolos de la Amistad y la Solidaridad. Es precioso su grupo titulado “Estrellas” en el vestíbulo de la Estación principal de Metro en la Puerta del Sol de Madrid, y ha hecho monumentos a personajes genéricos e instituciones, como el del Minero en Puertollano, el del Zapatero en Almansa, el del V Centenario del Descubrimiento en Huelva, el de la Industria del Mueble en Yecla, al Abuelo en Alcobendas, y a la Libertad en Laguna de Duero, a las Tres Culturas, en Alcalá de Henares, al Milenio, en Leganés, y a la Música en el Auditorio Nacional de Madrid.

Escultor de personas

En el aspecto más figurativo cabe reseñar las esculturas que ha creado en homenaje a personajes españoles. Recordar así que en Alcalá se le debe el monumento a Manuel Azaña y el grupo de la rotonda de los  Aguadores. En Madrid ha colocado su enorme escultura dedicada a Largo Caballero, de grandes proporciones, en el Paseo de la Castellana, ante los Nuevos ministerios. Es el autor del busto que la Agrupación Socialista de Vitoria dedicó a Fernando Buesa, asesinado por ETA. A Ramón Rubial, presidente del PSOE desde 1976 hasta 1999, ha dedicado Noja dos esculturas. Una en Santurce, y otra en el edificio del Congreso de los Diputados, esta última por encargo expreso de la Fundación “Ramón Rubial”. También ha puesto recientemente un busto del político alemán Wilhelm (Willy) Brandt, en Huesca, dado que este personaje fue brigadista internacional por tierras del Alto Aragón. Y otro dedicado a Pablo Iglesias en Madrid, justo en el lugar donde estuvo otra estatua del fundador del PSOE, destruida en 1936, entre la avenida Reina Victoria y la Avenida Pablo Iglesias. Tiene además numerosas interpretaciones retratísticas de personajes como Enrique Tierno Galván (Ciudad Real, 1986), Pablo Neruda (Madrid, 1981), Pablo Picasso (Tudela de Duero, 1983), Julián Besteiro (Madrid, 1985), Don Juan de Borbón, en Cáceres, etc. Tiene, entre otros, los Premios Pablo Iglesias de Escultura (1978) y el Isaac Viñals, en Salamanca, en 1993.

Argecilla, oteando el Badiel

Desde la altura de Argecilla, se ve el Badiel, perdiéndose hacia poniente, silencioso y lleno de vida. Es este un valle corto pero intenso, un valle que define, por sí solo, la estructura geográfica de la Alcarria. La planicie alcarreña se hunde aquí abruptamente, dejando unas laderas pronunciadas y con las rocas calizas a la vista, apenas cubiertas de derrumbes y olivos. En el fondo, un arroyuelo al que pomposamente llamamos río, ahora seco, y arboledas densas de chopos y álamos. Cerca de los pueblos, algún huerto. Muchos girasoles y bastantes pedazos de abandono. ¿Para qué esforzarse tanto y pelear con una naturaleza hostil, si se saca más, mucho más, aparcando coches a la puerta de una discoteca?

La calle que sube a la iglesia, en Argecilla, tal como se veía en 1972.

Valle abajo

Desde Argecilla se ve primero, colgando en la cuesta, Ledanca, con su silueta eterna presidida por la espadaña de la iglesia. Luego surge, entre densas cortinas verdes de árboles, el monasterio benedictino de Valfermoso, un sueño de historias que se quedaron a medias. Después Utande, en el altillo seco, a la salida del Iregua. Y más abajo Muduex, ya en ancho, lleno de risas. Hacia abajo aún se pasa por Valdearenas, con su desmochado templo en lo alto, y finalmente Sopetrán, el otro monasterio, -este de hombres- benedictino, que no se entrega al fatalismo y hoy quiere resurgir de nuevo, aunque sea rodeado de urbanizaciones cuajadas de parejitas en chándal. Ya en Heras de Ayuso, el río mezcla sus aguas, o sus esperanzas, a las del Henares. Que son pocas, a pesar de que se alimenta, como de milagro, por el agua que echan esas fuentes de los pueblos del Badiel (Ledanca, Utande, Valdearenas) que son orondas y anchas, maternales, que no se agotan nunca. A mí me parece que en el Badiel las fuentes son más grandes y generosas que en cualquier otra parte. La fuerza del agua.

Argecilla, un poco de historia

Sobre la empinada ladera septentrional que escolta al ya por aquí profundo valle del río Badiel, asienta el pueblo de Argecilla. Oteando el Badiel, que es vía de antiguas civilizaciones y de transmisión de cultura, poblado desde antiguas épocas prehistóricas. Ya en el siglo dicinueve, excavaciones de aficionados pusieron al descubierto curiosos objetos del Neolítico, entre ellos una cuña transformada en amuleto, de jadeíta verde‑azulada, translúcida en su borde afilado, así como restos de poblado de esa época. Muy posiblemente ocupada por los árabes durante su larga estancia en Iberia, ellos debieron asignarla nombre.

Tras la reconquista por parte de los cristianos del norte, en los finales del siglo XI, quedó esta aldea en la Tierra de Atienza, rigiéndose por su Fuero y dentro de la directa autoridad real, de la que se transmitió por donación a comienzos del siglo XIV, a don Ruy Pérez de Atienza, Canciller de Castilla, a quien puede considerarse como primer señor feudal de Argecilla. Pasó después al poderoso magnate alcarreño don Iñigo López de Orozco, y de éste, en 1375, a su hija doña Teresa López, que estuvo casada, en segundas nupcias, con don Pero González de Mendoza, quien en 1380 fundó mayorazgo, en el que incluyó Argecilla, dejándoselo todo a su hijo don Diego Hurtado de Mendoza, almirante de Castilla. En 1404 pasó a la hija de éste, doña Aldonza de Mendoza y al fin vino a dar a su hermanastro don Iñigo López de Mendoza, primer marqués de Santillana, quien se lo dejó a su hijo Pedro González, el que fue gran cardenal de España y casi Papa. En su segundo hijo, don Diego de Mendoza, conde de Mélito y duque de Francavila, quedó Argecilla. Casó éste con doña Ana de la Cerda, señora de Pastrana. Les heredó su hija doña Ana de Mendoza y de la Cerda, princesa de Éboli, que casó con Ruy Gómez de Silva, gran privado y primer ministro del rey Felipe II, quien le otorgó el título de duques de Pastrana.

En esta rama mendocina ‑los Silva y Mendoza‑ quedó Argecilla. Don Rodrigo de Silva y Mendoza, segundo duque de Pastrana, fue nombrado primer marqués de Argecilla. Muy encariñado con la villa, su descendiente don Diego de Mendoza y Silva, cuarto duque de Pastrana y tercer marqués de Argecilla, en el siglo XVII se encargó de levantar la iglesia parroquial y adornarla con sus escudos y nombre, añadiendo un palacio en la villa. En el marquesado de Argecilla que fue creado a comienzos del siglo XVII, y aún estando unido a los estados del duque de Pastrana, se incluyeron estos pueblos y lugares: Argecilla, Palazuelos y Carabias, Tamajón y Sacedoncillo, Castejón, Almadrones, Ledanca, Cogollor, Hontanares, Villanueva de Argecilla, Cutamilla, Henarejos, Retuerta y Sarracines. En el señorío de los Silva y Mendoza, luego ya emparentados con los duques del Infantado y, finalmente, con los de Osuna, quedó Argecilla hasta la abolición de los señoríos en el siglo XIX.

De paseo por Argecilla

El caserío de Argecilla sorprende al visitante por su curioso urbanismo y la originalidad de la disposición de sus casas, que andan como colgadas de la violenta cuesta, en perpetuo equilibrio. Son la mayoría de sillarejo en su planta baja, y de entramados de madera con rellenos de adobe en la superior, teniendo cubierta de teja a dos o a una vertiente. Por debajo de algunas de ellas pasan canalizados los arroyos que descienden impetuosos del monte, y por las calles se ven canales, puentecillos y conducciones para dar paso a este agua, que es muy abundante por todas partes.

En los últimos años se han ido cambiando los edificios: por el suelo, de viejos, los antiguos, han ido sustituyéndose por otros de ladrillo visto y balconadas capitalinas. Hasta la cuesta de entrada luce ahora una iluminación con farolas estilo “Madrid de los Austrias”.

Subimos, trepamos casi, hasta la iglesia parroquial, dedicada a San Miguel Arcángel. Se trata de un bello ejemplar de comienzos del siglo XVII, homogéneamente construido en un estilo sobriamente clásico. La portada, a mediodía, es de sencillo estilo jónico, con arco semicircular, mientras el ábside, imponente, se refuerza con contrafuertes, y en él aparecen algunos ventanales de elegante sencillez. El interior es de tres naves, con planta cruciforme, separadas por pilares que rematan en sencillas molduras y arcos apuntados de separación. Sobre los pilares del crucero, aparecen grandes escudos tallados en piedra, correspondientes a los magnates constructores. En uno de ellos se ve el león rampante bajo corona ducal, y esta frase: “Catherina de Silva Dux Francavile”, y enfrente el blasón de los Mendoza y esta leyenda: “Didacvs Dux Fracavile”. Como frontal del altar mayor, aparece una gran lápida tallada en piedra con múltiples labores de grutescos y en el centro un historiado emblema heráldico correspondiente a un cura benefactor del templo. Sólo quedan mínimos restos del púlpito renacentista, que en alabastro tallado hizo en 1545 un tal Rojas por encargo del cura y canónigo Juan Fernández del Castillo, de quien, en un costado de la nave de la Epístola, queda su lápida funeraria. De los altares con pinturas y esculturas que los señores de Argecilla mandaron poner en los muros de este templo, ya nada queda.

Destacan también en el pueblo algunas casonas nobles. Así, en la plaza mayor preside el recio caserón que fue de los marqueses de Argecilla y duques de Pastrana, obra del siglo XVII o algo posterior, con portada de piedra adornada de algunos elementos de almohadillado y cenefas vegetales. Ahora debe ser un bar o Centro Cultural a la moderna, porque las escaleras de acceso están cuajadas de jóvenes que beben, sentados en ellas, las cervezas que cumplen al rito del calor veraniego.

Existen otros ejemplos de casonas nobiliarias, algunas con escudo en sus muros. Una de ellas muestra en sus cuarteles una cruz, un castillo, una flor de lis y una banda entre bocas de dragones, rodeado todo de retorcido pergamino y rematado en celada con lambrequines, al que acompaña esta frase “Quien se umilla es ensalzado” y la fecha 1596, correspondiendo a algún hidalgo de los varios que habitaron el pueblo a partir de esa época. Sin duda fue de los Fernández del Castillo, uno de los cuales fue cura de su templo y puso ese mismo escudo por doquier.

Un personaje de leyenda

Hijo ilustre de Argecilla fue José Antonio Ubierna y Eusa (1876-1964) ilustre abogado que fue de la asesoría jurídica del Ministerio de Instrucción Pública, académico profesor de la Real Academia de Jurisprudencia, fiscal del Tribunal Provincial de Guadalajara y un gran profesional. A él se debe un interesante trabajo, dos veces editado, el Estudio Jurídico de los Fueros Municipales de la provincia de Guadalajara y otras muchas obras referidas a la jurisprudencia del Estado.

En el muro de la plaza de Argecilla, hay una placa de mármol con estas palabras talladas en afán de eternidades: “José Antonio Ubierna Eusa, jurisconsulto, abogado, fiscal del Tribunal Supremo, académico, consejero de Educación Nacional, senador del Reino, gobernador civil de Vizcaya, caballero Gran Cruz del Mérito Civil“. En el pueblo se dice, medio en serio medio en broma, que después de Dios, el ser más importante del Universo fue don José Antonio, que dio lustre para siempre a este pueblo. La verdad es que el viajero, siempre que viene por estos pagos, se acuerda de él, y en secreto le envidia. Porque eso de pasar a la historia, y que tus paisanos se sientan orgullos de ti, es lo que más mola a un muerto.

La iglesia de Jadraque: museo y monumento

Tiene Jadraque una buena colección de cosas que ver: Desde las mesas repletas de buenas carnes serranas, hasta la artesanía del alabastro, pero todo ello pasando por su acervo patrimonial, que ahora se muestra en visita guiada, los días de fiesta, mañanas y tardes, desde la Oficina Municipal de Turismo, que es un edificio de madera que hay delante del parque que se ve al entrar a la población, a la derecha.

De tantas maravillas (un castillo roquero, con leyendas cidianas incluidas, hasta un palacio de los Perlado Verdugo con la memoria de su estancia en él de Goya y Jovellanos) nos quedamos hoy con una: con su iglesia parroquial dedicada a San Juan, que hemos visitado y palpado en sus mil detalles, todos de interés, y bien dispuestos a la contemplación.

Jadraque, una historia densa

El Cid Campeador fue uno de los primeros visitantes de Jadraque, porque fue quien conquistó la villa y su castillo a los musulmanes de Al-Andalus. El castillo, luego reforzado, y hasta crecido a dimensiones de palacio, es hoy uno de sus recuerdos y de los símbolos del lugar. Sobre el cerro se yergue orgulloso y desafiante atisbando las distancias de valles y sierras. Trae los recuerdos del Cid, del gran Cardenal Mendoza, y de su hijo el valiente guerrero Marqués de Cenete.

Pero antes de él, hubo otros muchos. En la atalaya de su cerro vigía del anchuroso valle de Henares, tuvieron los iberos su castro seguro. Romanos vigilantes y árabes dominantes se apoyaron en su altura para mantener el control, político y económico (impuestos, pontazgos y algaras) de todo el valle. Tras la reconquista, en la que el Cid le puso en bandeja a su señor Alfonso VI el dominio de la fortaleza, se hicieron señores de la villa y territorio circundante los Carrillo, que se lo vendieron luego a los Mendoza, únicos propietarios de vidas y haciendas hasta el siglo XIX. El paso del ferrocarril, a mediados de ese siglo, fue un motor seguro para su desarrollo.

Construcción de la iglesia

La iglesia parroquial fue construida, en su edificio actual, durante el siglo XVII, y fue su tracista y constructor el arqui­tecto montañés Domingo de Villa Moncalián. Aunque desde el medievo tendría su templo parroquial, este se declaró tan viejo que ya en ese siglo se propuso el concejo y la diócesis levantar nuevo edificio.

En un documento que rescata de la memoria el investigador Marco Martinez, se dice que las campanas de la iglesia estaban sonando desde una espadaña “poco decente y de poca autoridad, pues no se distinguía de la de unos pobres religiosos descalzos o de una pobre aldea… de poco adorno y lucimiento así para la iglesia como para la autoridad del lugar, porque parecía espadaña y campanario de aldea pobre y que corrían los vecinos de esta villa porque en otros lugares les decían que eran de lugar de campanario, siendo así que otros muchos lugares de menor estofa y autoridad tienen torre y en ella las campanas…” En el año 1678 amenazaban ruina la portada, la espadaña y la iglesia entera. De empezar por algo se empezó por la torre. En 1681 se ajustó con el maestro de obras y arquitecto montañés afincado en Sigüenza Domingo de Villa Moncalián la obra a hacer en 67.550 marevedises, puestos a medias por el Concejo y los fieles. En 1696 se acabó, pues, la obra de la torre, tal como hoy la vemos.Y de inmediato se empezaron las obras de la iglesia, muros, techumbres, portadas…. acabándose en los primeros años del siglo XVIII. La conclusión definitiva del templo llegó a mediados de esa centuria, con la construcción de la admirable bóveda hemiesférica sobre el crucero. En ella se lee, en el anillo inferior: “Anno Domini 1759 adno. factum est istud solicitudine, zelo et amore illius magnanimi viri ylmº D.D. Francisci Diaz Santos Bullon, epi. (episcopus) olim Barchinonis castellae senatus gubernatoris, nunc vero epi. ac domini seguntini dignissimi. Anno Domini 1759”.

Asombros de arte

La portada del templo, orien­tada a poniente, es obra de estructura manierista, con ele­mentos ornamentales y estructurales que rompen totalmente la serenidad del clasicismo, y sorprenden por su arrebatada imaginación de equilibrios imposibles: es barroca en sus ornamentos, sin duda.

El interior es de gran­des proporciones, de tres naves paralelas y coro alto a los pies. Gruesos pilares sutentan las bóvedas, de las que destaca la semiesférica sobre el presbiterio, con las imágenes de los evangelistas pintadas sobre sus pechinas. El altar mayor es de estilo barroco, está dedicado a San Juan, y procede de una iglesia de Frómista, en Palencia. Destacan en las capillas late­rales una serie de lápidas y estatuas yacentes de caballeros y personajes jadraqueños (Juan de Zamora, su mujer María Niño, y el cura de la parroquia Pedro Blas, todos ellos del siglo XVI); una hermosa talla de Cristo crucificado, atribuída a Pedro de Mena; y un óleo de Zurbarán, el *Cristo recogiendo sus vestiduras después de la flagelación+, pintado en 1661, y que es una obra genial de la época tenebrista y final del maestro extremeño. Esta pieza artística, que de siempre ha sido tenida por la más importante del templo jadraqueño, está hoy perfectamente restaurada, recuperados sus colores originales, y puesta en valor para muchos años en adelante, pudiéndose admirar en el recinto de la sacrsitía, donde hay otros cuadros y tallas de interés, además de la gran fuente tallada en piedra que allí se puso procedente del convento de frailes capuchinos que hubo en Jadraque.

El cuadro de Zurbarán, uno de los últimos que pinto en su vida, y que pertenece a la etapa plenamente tenebrista del pintor extremeño, está bien identificado gracias a una cartela baja en la que el autor dejó escrito su nombre y fecha de ejecución. Ha estado en numerosas exposiciones artísticas, levantando la admiración que merece. Ahora ofrece una iluminación, patrocinada por Ibedrola, de auténtico lujo, reavivándose sus formas, colores y naturalismo. Decía José Antonio Ochaita (al menos a mí me lo dijo, una vez que lo contemplé con él) que más que un Cristo es una llama. Es cierto: parece que del hondón de la tiniebla surge un fulgor de luz  mágica. Es el Cristo, semidesnudo, que se agacha a coger unos paños morados, y nos mira desde su juventud cansada.

El párroco actual, ha ido preparando un pequeño Museo en el templo y sus dependencias, llevando a la práctica la norma de la Iglesia Católica, de exponer a la admiración de los fieles, con un fin catequístico y al mismo tiempo de oferta cultural, las riquezas patrimoniales de sus templos. Así, en la capilla del Cristo de los Milagros, que es una talla impresionante en madera, del siglo XVII, atribuida al malagueño Pedro de Mena, se ve también el restaurado lienzo, de características populares, con la efigie del fraile mercedario Pedro de Urraca, nacido en Jadraque en el siglo XVI y misionero y casi santo ya en el Perú virreinal. Además, en una sala alta, se han ido reuniendo numerosas piezas de orfebrería salidas de los talleres de Sigüenza y Atienza, así como relojes, sagrarios y cuadros. Un conjunto en definitiva, que merece ser visitado, cosa que se puede hacer, de forma guiada, los sábados y festivos, contactando antes con la Oficina de Turismo municipal.

Apunte

El Castillo

El castillo de Jadraque está construido en la cima de un cerro de proporciones perfectas. Su alargada meseta, que corre de norte a sur estrecha y prominente, se cubre con las construcciones pétreas de este. El acceso lo tiene por el sur, al final del estrecho y empinado camino que entre olivos asciende desde la basamenta del cerro. Hoy pavimentado este camino, permite un acceso cómodo, aunque empinado, hasta la entrada del castillo.

El interior, completamente vacío, nos ofrece el ancho receptáculo de lo que fue castillo-palacio levantado por el Cardenal Mendoza, y mejorado por su hijo don Rodrigo Díaz de Vivar, marqués de Cenete. A través de una escalera incrustada en el muro del norte, se asciende al adarve que puede recorrerse en toda su longitud. En el seno de la torre mayor, de planta rectangular, que ocupa el comedio del muro del mediodía, se ha puesto hoy una pequeña capilla en honor de Nuestra Señora de Castejón, patrona del pueblo. La amplitud del interior, la homogeneidad de su silueta, y una serie de detalles en la distribución de los ámbitos destinados a lo castrense y a lo residencial, nos muestran al castillo de Jadraque como una pieza netamente renacentista y ya moderna. En todo caso, un lugar a visitar y saborear en su dimensión de monumento y atalaya.

Novedades en el románico de Guadalajara

Viajando por el territorio provincial, de vez en cuando se encuentra el viajero con sorpresas que aún le proporcionan los viejos conjuntos monumentales de nuestros más recónditos pueblos. Hablando del románico, parece estar ya dicho todo. Los libros de Layna, los estudios de investigadores, las crónicas de viajeros, los relatos de quienes una y otra vez van a asombrarse de su lozanía arcaica, de su riente color pardo: todo parece estar dicho del románico de Guadalajara. Pero, afortunadamente, de vez en cuando salta la emoción y el dato nuevo, la perspectiva inédita, el hallazgo conquistado. Y eso ha ocurrido en algunos de nuestros edificios que, para que los aficionados a este arte exquisito lo apunten en su agenda y se programen una visita cuanto antes, aquí anotamos.

Iglesia románica de Romanillos de Atienza, con parte de su galería desvelada.

Un capitel silense en Romanillos de Atienza

Se tuvo siempre al libro de Layna Serrano “La Arquitectura Románica en la provincia de Guadalajara” como la pauta informativa más seria y fiable de todo cuanto se ha hablado de este tema. En la tercera edición de ese libro (Aache, 2001) se han añadido varias docenas de ejemplares y templos, portadas y espadañas, ábsides y galerías, que no llegó Layna a estudiar, muchas veces por imposibilidad física de acceder a lugares tan recónditos en la primera mitad del siglo XX.

Entre ellos estaba el templo parroquial de Romanillos de Atienza, un pequeño lugar situado en la falda meridional de la Sierra Ministra, que separa Guadalajara de Soria. Pues aún ha habido novedad en ese templo. En un reciente viaje al lugar lo hemos podido constatar y aquí damos noticia de ello: Además de la espadaña, grandiosa y de sentido monumental sobre el hastial de poniente, la murada sur del templo añade ahora el valor de su hemigalería oriental con los arcos descubiertos. Lo que hasta hace poco eran solo insinuaciones de arcos y capiteles, tras un cuidada restauración en los pasados meses se han descubierto sus arcos, y un capitel que sin resultar especialmente  hermoso, tiene la calidad de lo nuevo, de lo recién descubierto: un capitel de reminiscencias silentes, que viene a confirmar nuestra afirmación, antigua y apoyada en otros ejemplos de la zona, de que la influencia estilística de las iglesias románicas de la sierra de Pela es directamente copiada del claustro de Santo Domingo de Silos.

El capitel, muy elemental en su factura, con figuras muy simples, pero de formas y significados evidentes, ofrece a la vista dos de sus caras. Se supone que las otras fueron picadas en su día, cuando se cerró la galería. Al abrirla ahora, han surgido nítidas sus caras meridional y oriental, en las que se aprecian sendas parejas de animales, que, siguiendo los morfemas de Silos, son parejas de águilas enfrentadas, de largos cuellos, y picudas cabezas que miran al suelo. Sus grandes cuerpos, con alas explícitas, chocan entre sí, dando lugar a una doble y armoniosa curvatura gracias al acodamiento de los cuellos y al enfrentamiento de las cabezas. En las fotografías anejas se ve muy claramente, por lo que no hay que insistir en mayores descripciones.

Sí conviene decir que la factura es netamente popular, muy basta, hecha por canteros ambulantes que se habían pasado antes por Silos (que no está tan lejos, solo unas pocas leguas al otro lado de recién cruzado Duero). Cuando se han puesto a tallar el capitel de Romanillos, todavía llevan en la retina los modelos del claustro de Santo Domingo de Silos: dos días antes lo han estado viendo.

El autor de la iglesia de Villaescusa

Hace un par de meses, una numerosa concurrencia protagonizó una marcha reivindicativa sobre la iglesia románica de Villaescusa de Palositos, en las parameras alcarreñas de entre Escamilla y Peralveche. El motivo era la solicitud de que se tomen medias para evitar su progresiva ruina, su deterioro continuo por abandono, llamando la atención sobre la situación extraña en que se encuentra ese edificio, dentro de una finca particular a la que se prohíbe el acceso de visitantes, aunque el edificio sigue siendo propiedad del Obispado seguntino.

En esa marcha, en la que todos cuantos quisieron admirar el viejo templo medieval pudieron hacerlo, a pesar de las medidas disuasorias que puso en marcha la Guardia Civil, que finalmente vio que los andarines iban realmente en son de paz, y su objetivo era mirar piedras antiguas, fotografiar ruinas ancestrales, hubo quien fotografió piedra a piedra el templo, y al final se encontró con la sorpresa. Detalle que aquí se publica por primera vez, y que quiero agradecer a Carlos Otero Reiz, alma de este movimiento, que me la ha proporcionado y permitido comentarla.

La inscripción que aparece tallada en una piedra del muro del templo, y que se ve en fotografía, y se desarrolla en dibujo junto a estas líneas, ofrece nada menos que la “firma” del arquitecto constructor del templo. Un tal Selim, en el siglo XIII (época a la que adjudico la construcción de esta iglesia) fue quien dirigió las obras de la iglesia parroquial de Villaescusa de Palositos. En muy pocos lugares más ha quedado así de nítida la firma del autor: en San Bartolomé de Atienza y, más modernamente, en Nuestra Señora de los Huertos de Sigüenza.

Aquí en Villaescusa de Palositos se lee con toda nitidez: GILEM FECIT HAEC ECCLESSIAE, que debe traducirse, en frase sencillísima y definitoria, como “Gilem [Guillermo] hizo [o edificó] esta iglesia”.

La portada, de arco semicircular y adornos de bolas; la espadaña sobre el muro meridional; el ábside contundente, esbelto y adornado de sencillas ventanas aspilleradas, son elementos suficientes  para considerar a este templo como una de las interesantes piezas de ese románico, olvidado y lejanísimo, que sin embargo debe recibir también el cuidado de las autoridades culturales. Y para ello, nada mejor que restaurarlo, contener su ruina, y dejar que pueda ser visitado.

Arpías desdibujadas en Hijes

También de Hijes proceden algunas imágenes que el buscador del románico guadalajareño no debe echar en olvido. No mencionaba Layna en su obra clásica esta iglesia, que siempre anduvo bastardeada por reformas modernas. Pero la restauración recibida hace pocos años, ha permitido sacar a luz y poner en valor su portada, extraordinaria de formas y adornos, su ábside semicircular y pulcro, y el edificio completo que se ve magnificado por una espadaña triangular sobre el muro de poniente.

La portada de Hijes, de la que acompaño una fotografía a estas líneas, es de arco semicircular exornado por arquivoltas múltiples en las que se ven talladas molduras, volutas, ajedrezados, rosetas y un sin fin de adornos que le confieren cierto “cultismo” con respecto a lo que ofrecen las iglesias minúsculas de los pueblos del contorno. Además, esos arcos apoyan, a través de una imposta, sobre capiteles en los que también muy simples y rudos, aparecen seres remotos y actitudes medievales. Entre ellos hay unas figuras, posiblemente femeninas, posiblemente arpías o sirenas, que son trasunto rural e imperito de los modelos silenses. Otra vez la influencia del gran cenobio benedictino burgalés, que como un faro irradió su influencia por toda Castilla, especialmente por las lindes inferiores del territorio cercano al reino de Toledo.

Sin duda que los escultores, devotos, peregrinos, viajeros y recueros que andaba pateando Castilla entera cuando no estaban sus suelos cubiertos de nieve, una y otra vez se llegaban a Santo Domingo de Silos, y en el claustro quedaban maravillados de tanta prolijidad de mensajes, de tan bellas imágenes como allí se mostraban. Como aún se muestran, por suerte para todos.

Apunte

Los capiteles de Silos

No debe dejar de visitar Silos quien busque la emoción que surge de la piedra tallada del románico. Abre a diario, mañana y tarde, de 10 a 13:30 y de 16:30 a 19, especialmente el claustro, que se admira en visita guiada. Los dos pisos del claustro, las cuatro pandas de cada piso, muestran sus columnas rematadas en capiteles dobles en los que aparecen infinidad de figuras mitológicas, mágicas, todas heredadas de la simbología y la plástica del mundo oriental. Hay que ir preparado a la sorpresa, pero mejor es llevarse leído algo sobre el monasterio y claustro, porque las explicaciones de los guías son algo superficiales y bastante pesadas. Se llega desde Guadalajara subiendo por Atienza, Miedes, Burgo de Osma, San Leonardo y antes de llegar por la carretera Soria-Burgos a Salas de los Infantes, doblar a la izquierda, para llegar de inmediato a Silos. Merece la pena.