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Palabras en Zorita

La semana pasada se celebró en Zorita de los Canes una Jornada Literaria que bajo el título “Zorita y la Alcarria” organizó la Asociación de Escritores de Castilla-La Mancha, con el patrocinio del Ayuntamiento alcarreño, presidido por don Dionisio Muñoz, quien en toda la jornada actuó de anfitrión de un numeroso grupo de escritores y periodistas. Se homenajeó a León Felipe, considerado por muchos como uno de los grandes poetas alcarreños; se habló del castillo de Zorita y de los Calatravos; se recitaron poemas alusivos a la historia y las costumbres de la Alcarria, y se leyeron fragmentos del nuevo libro de Alfredo Villaverde y Raúl Torres: “Viaje a las Alcarrias”, un nuevo clásico que nace.

Centro de Interpretación del Parque Arqueológico de Zorita. Un verdadero Museo del mundo visigodo.

La jornada literaria

Se realizó de inicio una visita al Centro de Visitantes de Recópolis, hoy Parque Arqueológico montado y administrado por la Junta de Comunidades. Los escritores pudieron contemplar la presentación visual con que se inicia la visita, y luego hicieron el recorrido por las instalaciones de lo que sin duda puede considerarse como un auténtico Museo Monográfico sobre la ciudad de Recópolis, la cultura visigoda, y el desarrollo de las excavaciones. Se nota en todo momento, los largos años de trabajo y la pericia de los arqueólogos que, dirigidos por el profesor Lauro Olmo Enciso, han conseguido poner ante los ojos de los visitantes y viajeros una equilibrada muestra de historia y arte.

Posteriormente, y a lo largo de toda la jornada, se sucedieron las intervenciones literarias en el gran salón de actos del Centro Cultural de Zorita de los Canes. Intervinieron, entre otros, Alfredo Villaverde, presidente de la Asociación, que ofreció la lectura de uno de los capítulos de su último libro “Viaje a las Alcarrias”, y que comentaremos próximamente con todo el detenimiento que el texto merece. También habló el veterano escritor Enrique Domínguez Millán, de la Real Academia de Buenas Letras de Cuenca; el crítico literario Florencio Martínez Ruiz; el médico y escritor Manuel Ambite; y el historiador Alfredo Pastor Ugena. Más quien esto escribe, que presentó una propuesta visual de memoria de Zorita y de iniciación a su necesaria proyección turística futura. Todos los intervinientes fueron muy aplaudidos y s estableció posteriormente un coloquio entre los asistentes y los escritores castellano-manchegos.

El castillo de Zorita

La esencia de Zorita de los Canes es su castillo. En esa altura rocosa está cifrada su clave histórica. De ella emana su silueta más nítida, y junto al heredado pasado está prendido su obligado futuro. Muchos son los viajeros que llegan, semana tras semana, a visitarlo, a maravillarse de su altura y sus formas valientes. Buscan la magia del pasado medieval, la seguridad de los siglos prensados, de la brillantes de sus aristas fieles.

Para quien se anime a visitar, quizás por primera vez, esta fortaleza de junto al Tajo, conviene recordar que su historia corre parejas con la de la villa en su torno, que desde la distancia se mimetiza por completo con la fortaleza y aún con el terreno calizo sobre el que asienta.

Es de suponer la existencia de población prehistórica en este lugar, dadas las favorables condiciones de defensa y utilidad del territorio en torno. Ciudad romana y luego visigoda existió en el cercano cerro de Rocafrida (el antiguo Racupel, la Recópolis de los godos), en similar estrategia orohidrográfica que Zorita. En la época árabe la población se traslada a la villa actual, y el castillo se construye (según antiguos cronistas árabes) con las piedras traídas de la cercana ciudad de Racupel.

La reconquista de este lugar por los cristianos, llegó en 1085 cuando el rey Alfonso VI alcanzó con sus ejércitos a recuperar Atienza, Uceda, Guadalajara, Alcalá y Toledo. El capitán de la hueste cidiana, Alvar Fáñez de Minaya, quedó por alcaide de Zorita, así como de Santaver, y en ambos lugares tuvo que sufrir la invasión almorávide de finales del siglo XI, que dejó al castillo de Zorita casi por completo arruinado. Años después, Alfonso VII, que había repoblado este enclave con mozárabes aragoneses, entregó el lugar a la familia de los Castros, quienes en vez de guardarla para el poder real, se hicieron por la fuerza sus señores feudales, amenazando en ocasiones incluso a la monarquía.

En 1169, el joven Alfonso VIII, apoyado por los Laras y los ejércitos concejiles de Alcalá, Guadalajara, Atienza, Toledo, Soria y Avila, mas el apoyo de los caballeros calatravos, consiguió recuperar Zorita para la corona castellana. En 1174 la entregó a la naciente Orden militar de Calatrava, que lo recibió en la persona de su maestre don Martín Pérez de Siones, quien se dedicó inmediatamente a fortificar el castillo, a ponerlo en uso completo, a convertirlo en cabeza de una Encomienda y hacerlo un firmísimo bastión pleno de tropas, caballeros y armamentos. Fue entonces cuando, por tener distribuidos grandes perros alanos por las torres y patios, como mejor defensa del castro, éste recibió el nombre de Zorita de los Canes.

Tras la batalla de Alarcos y la retirada de Calatrava y Salvatierra, al impulso de la invasión almohade, la Orden calatraveña hubo de refugiarse en el castillo y lugar de Zorita, donde quedó la sede del maestre y su plana mayor durante algunos años de finales del siglo XII y comienzos del XIII. El maestre Ruy Díaz se dedicó en esa época a fortalecer y mejorar el castillo, dejándole como uno de los más fuertes y eficaces de todo el reino de Toledo, al tiempo que preparaba a la Orden para lanzarla a la lucha, junto a otras fuerzas cristianas, contra el árabe, culminando la operación con el éxito de las Navas de Tolosa en 1212. Tras ella, volvió la Orden a Calatrava, quedando Zorita como Encomienda mayor.

Carlos I y Felipe II, monarcas absolutos y maestres de todas las órdenes militares, decidieron en el siglo XVI enajenar sus bienes y posesiones, poniéndolos a la venta para obtener rentas suficientes con que acudir por Europa a sus guerras de religión y dominio político. fue entonces que la villa y fortaleza de Zorita de los Canes fue puesta en venta, y adquirida en 1565 por su ministro don Ruy Gómez de Silva, luego premiado con el título de duque de Pastrana, de donde también era señor. En 1572, este magnate fundó un mayorazgo en el que incluyó la villa de Zorita y su castillo.

Pasó a su hijo don Rodrigo de Silva y Mendoza, y luego a sus descendientes los duques de Pastrana, hasta que en 1732, los duques del Infantado, a quienes por sucesión había correspon­dido la casa pastranera, vendieron este enclave a don Juan Antonio Pérez de la Torre, antecesor de los condes de San Rafael. Los Becerril, titulares de este condado, lo han vendido recientemente al Ayuntamiento de Zorita, en el simbólico precio de una peseta. Hoy es, por lo tanto, propiedad pública. Municipal.

Es una inolvidable experiencia ver el Castillo de Zorita, desde lejos, y luego subir a su altura, y deambular por sus ruinas esparcidas y gloriosas. Se eleva sobre un roquedal de agrias pendientes a la orilla izquierda del Tajo, amparando con su mole parda el breve caserío del pueblo. Es su estructura un complicado sistema de murallas y puertas, de torreones y ventanales amalgamados a lo largo de los siglos. Su planta es alargada, de norte a sur, estando rodeado todo el recinto de fuerte mura­lla, que en muchos lugares lo único que hace es reforzar la corta­da roca caliza, obteniendo de este modo, visto a distancia, el efecto de ser todo, roquedal y castillo, una misma cosa. Estos muros, dotados antaño de almenas, ya se encuentran desmochados. Y el acceso a este bastión militar se hacía y aún hoy se hace, por dos caminos, penetrando al mismo por dos puertas.

La más señalada era la forma de llegar a través de un cómodo camino de ronda, que partiendo desde el fondo mismo del valle del arroyo Bodujo, ascendía lentamente bajo los muros del lado oriental. Protegido a su vez por poderosa barbacana, atrave­saba la torre albarrana, una de las piezas mejor conservadas, más atractivas y originales de este edificio, y llegaba hasta el extremo norte de la meseta, entrando a la parte del albácar o patio de armas del castillo. Desde él, se entraba a la fortaleza a través de una puerta abierta en la muralla y de un puente levadizo de madera, ahora inexistente, que saltaba el hondo foso tallado sobre la roca. La otra forma de entrar se hacía por un camino zigzagueante, estrecho, y sometido al control directo de las murallas y torreones, por la cara poniente del castro, arribando hasta la puerta principal, abierta en el comedio del referido muro de poniente, de cara a la villa, en el piso bajo de la llamada torre de armas. Esta puerta es sumamente interesante, por cuanto muestra superpuestas un primer arco apuntado de tipo gótico, y otro arco interior, más antiguo, netamente árabe, en forma de herradura poco acentuada. Entre ambos, el hueco necesario para hacer pasar el rastrillo típico de las entradas seguras a los castillos medievales.

Sobre la meseta de la roca, todo es ruina y dispersion de piedras. Pero sí que merece ser visitada con atención la iglesia románica que los caballeros calatravos construyeron: es de una sola nave, de planta rectangular sin crucero, rematada a oriente con un ábside de planta semicircular. Ofrece al exterior muros de sillarejo, y antiguamente tuvo una alta espadaña que se hundió y no se ha vuelto a poner. En el interior, la nave se cubre de bóveda de medio cañón reforzada con arcos fajones que se apoyan en capiteles muy hermosos de tradi­ción visigoda aunque evidentemente románicos. En el ábside, bóveda de cuarto de esfera, embellecida por cuatro arcos de refuerzo en disposición radiada apoyados en capiteles similares a los de la nave, y en el presbiterio, bóveda nervada de crucería muy primitiva. Una ventana de notorio derrame ilumina el conjun­to, que al exterior se revela inserto en antiguo torreón de planta irregular pero tendiendo al semicírculo. Es destacable que desde el presbiterio, parten unas escalerillas estrechas que bajan a una pequeña cripta construida debajo del pavimento del ábside. Es curiosa su pequeña portadita de entrada, formada por un arco de medio punto enmarcado por un alfiz moldurado, y en su interior encontramos minúscula nave y correspondiente ábside semicircular con bóveda de cuarto de esfera labrada, como el resto de la cripta, en la roca viva. A este espacio le cupo la custodia, durante la Edad Media, de la imagen románica tallada en madera de Nuestra Señora la Virgen de la Soterraña, hoy conserva­ da en el convento de monjas concepcionistas de Pastrana.

Recópolis y su centro de visitantes

Una de las cosas que no debe perderse el viajero es la visita a Recópolis, dos kilómetros río abajo desde Zorita. Por asfaltado camino se llega y se visita (precio, 4 Euros) el centro de visitantes o Museo muy bien montado, pudiendo luego subir a pie hasta la meseta donde asientan las ruinas de la ciudad visigoda.Allí pueden verse, en modélico “Parque Arqueológico” con paneles explicativos, indicaciones precisas y defenses para evitar percances, los mejores edificios excavados, entre los que sobresalen la basilica mayor, y el palacio real, además de la indicación de otros edificios de habitación, almacenes, guerra, etc. En todo caso, una excursion fácil, rápida e inolvidable. Zorita de los Canes, un sitio seguro donde empezar a admirar esta Alcarria cuajada de sorpresas.

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