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Andrés Pérez Arribas, un autor que nos deja

Fallecido el pasado día 8 de Noviembre, de forma inesperada, quiero dejar aquí un muestra mínima de mi gran admiración y respeto por este escritor, investigador, y siempre animoso cura de pueblo, que pasó por la vida “leyendo mucho, analizándolo todo, caminando y mirando”. Desde su Valdepeñas natal, allá en lo alto de la Sierra, hasta la Guadalajara de junto al Henares en que, ochenta y cinco años después, se ha ido definitivamente, Andrés Pérez Arribas recorrió en su misión eclesiástica muchos pueblos de nuestra geografía provincial, y en todos se apasionó por la historia y el arte de lo que veía en su torno. No sólo pasó jornadas enteras protegiendo y clasificando archivos parroquiales a su cargo, y estudiando el arte de sus iglesias y ermitas, de retablos y piezas de orfebrería, sino que en muchos casos, como me consta ocurrió en la iglesia de Alcocer, donde estuvo quince años, fue personalmente el iniciador de su restauración, trabajando en la colocación de andamios, arreglando grietas, poniendo tejas y limpiando muros.

Una sucinta biografía

Nacido en el pueblecito serrano de Valdepeñas de la Sierra, en noviembre de 1921, fue enviado al Seminario Mayor de Toledo, que era la cabeza de la diócesis, alcanzando a completar dos años de estudios antes de la Guerra Civil, y a completarlos después de acabada esta. Ya sacerdote, fue destinado por la diócesis en los pueblecillos de Muriel (1949) y luego a Jócar y Arroyo de Fraguas. Tras unos meses en Campillo y la zona de la «Arquitectura Negra» pasó a Cogolludo, en 1951. Allí estuvo 10 años, llegando a Alcocer en 1961, y a Jadraque en 1976. Finalmente intervino en la concatedral de Santa María la Mayor de Guadalajara, y en la parroquia de Santiago, como vicario parroquial, jubilándose en 1991. A través de una ancianidad productiva y lúcida, siguió investigando, escribiendo, dando charlas y gozando con cuanto veía y aprendía.

Conocí a don Andrés Pérez Arribas en Alcocer, un domingo que llegué allí, montado en el seiscientos de mi padre, a visitar el templo y hacer fotografías. Me recibió don Andrés, con su pequeña talla, y la sotana completamente blanca de yesos y pinturas. Estaba entonces (era el año 1968) restaurando poco a poco el gran templo de junto al Guadiela. Todos saben, y de vez en cuando lo recuerda la prensa, que la iglesia de Alcocer, en la Hoya del Infantado, en el extremo meridional de nuestra provincia, es un templo de proporciones y estructuras casi catedralicias. Cuando él llegó a ser párroco de aquella villa, le sorprendió la brillantez artística de la iglesia, que entre otras cosas espléndidas tiene una girola tras el altar mayor, igual que las catedrales. Además de diversas portadas en estilos románico y gótico, con capiteles y canecillos por todas partes. Don Andrés se puso, con ayuda de algunos de sus feligreses, a limpiar de yeso los muros, apareciendo la primitiva piedra sillar, tanto en los pilares, como en los nervios de las bóvedas. Descubrió, -y ello le llevó posteriormente a escribir ampliamente del tema- las innumerables y curiosas “marcas de cantero” que aquel templo presenta talladas en sus piedras.

Fruto de tanta labor, de tanto estudio y trabajo manual, en contacto día a día con las formas, los volúmenes y los duros vestigios del abandono secular, nació en Pérez Arribas el amor hacia aquel templo y hacia aquella villa, escribiendo durante su estancia un libro titulado “Alcocer, historia y arte”, que editó a costa de su propio patrimonio, y que vendió muy bien, porque en el pueblo todos quisieron tener aquella historia entrañable de su pasado, de sus personajes, de sus edificios y sus protagonistas. En abril de 1974 me dedicó un ejemplar, nada más salido de la imprenta, agradeciéndome que hubiera accedido yo, todavía un crío, a ponerle prólogo a tanta erudición y hondura de análisis. Desde entonces hemos sido muy amigos, y por eso es tamaño el sentir que me ha dado su fallecimiento.

Vinieron luego muchos otros estudios, largas jornadas, años y decenios de consultar archivos, bibliotecas, de hacer fotografías y recorrer caminos. Luego diré los libros que escribió y vió publicados. Pero aquí solamente quiero, en su recuerdo, manifestar la admiración que profesé a su persona y, sobre todo, al talante que puso en el paso de la vida. Un talante que se lleva muy poco hoy día: el del trabajo silencioso, tenaz, el de las largas horas tomando notas, analizando coincidencias, sacando conclusiones, escribiendo libros, capítulo a capítulo, como el artesano que va madurando su complicada obra de repujados cueros, o como el maestro de obras o el cantero que va sumando piedras a un muro, cerrando bóvedas, alzando catedrales.

Una generosa bibliografía

Escribió don Andrés muchos libros, sobre muchos temas. La mayoría relacionados con la historia y el arte de la provincia de Guadalajara. Lo más llamativo, quizás, ha sido la composición de historias de numerosos pueblos, documentándose a fondo en sus archivos y amplias bibliografías. Así le debemos las historias completas de villas como Alcocer (la primera de todas, publicada en 1974), la de Jadraque luego, de 1999. Y posteriormente, y en una ancianidad que fue productiva y atenta, las historias de Torija, de Villanueva de Argecilla y de Valdepeñas de la Sierra, las tres publicadas en el año 2000, quizás el más productivo de su vida

Por la proximidad al edificio, de cuando estuvo en Alcocer, don Andrés Pérez escribió un monumental estudio sobre el Monasterio de Monsalud, editado por Diputación en 1978, y luego rehecho y aumentado con datos y fotos nuevas veinte años después, en 1998. De su paso por Cogolludo quedó un interesante aporte documental, cual fue el “Catálogo General de los Archivos Parroquiales de Cogolludo” que le editó Diputación en 1990. Y de sus viajes de juventud, repasados una y otra vez por su trabajo pastoral, y por su afición a la Naturaleza, fue el libro “Viaje por la Serranía de Guadalajara” que agotó con facilidad sus dos sucesivas ediciones (de 1976 y  2002), habiendo servido de guía turística y literaria para mucha gente que ha descubierto esa sierra “negra”, olvidada y misteriosa, a través de la pluma de este escritor serrano. Se le notaba la pasión por la tierra, que es una de los vicios más nobles que puede tener el ser humano.

Además ha publicado numerosos artículos monográficos, estudios de detalles, aspectos del arte románico, de las costumbres rurales, de las Relaciones Topográficas y muchas otras materias en artículos aparecidos en las Revistas de Diputación (Wad-al-Hayara y Cuadernos de Etnología…) además de en los periódicos locales, especialmente en este  NUEVA ALCARRIA que siempre ha acogido lo que gentes animosas como él han escrito de sus pueblos.

En los últimos años aún sacó fuerzas para investigar datos nuevos, y publicarlos en un libro espléndido, sobre el palacio de la Condesa de la Vega del Pozo en Guadalajara (actual Colegio de Hermanos Maristas), aparecido en 2003. Y finalmente dos textos de tema estrictamente religioso, que él regaló entre la numerosa “parroquia” de amigos y admiradores que siempre tuvo, y que le fue creciendo con los años: “La Iglesia, barquilla de Pedro” (2005) y “La Pirámide Sagrada” de este mismo verano (2006) pocos meses antes de su inesperada muerte.

Apunte

Reunió en su vida una gran cantidad de fotografías, muchas de ellas testimoniales de tiempos idos, de actividades agrícolas y ganaderas, de retratos de personas conocidas, de edificios y caminos, de plazas y pueblos de la posguerra. Además de su acopio enorme de libros escritos y publicados, Andrés Pérez Arribas llegó a formar un gran archivo fotográfico que ahora podría ser analizado con la ecuanimidad y el desapasionamiento que proporciona haber hecho el cambio de hoja de siglo.

En sus libros aparecen espigadas esas imágenes que él consiguió, por sí mismo, o donadas por amigos y feligreses, relatando visualmente cómo se hacía la hacendera, se luchaba contra la taladrilla del olivo, o se montaban las procesiones del Cristo en Valdepeñas.

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