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Viaje a pie por el Henares

Un homenaje a Cela viajero

Estos días se revive el Viaje que retrató a nuestra tierra de Alcarria. Desde el martes 6, y hasta el jueves 15, diversos actos, caminares, exposiciones y lecturas rendirán memoria a un libro, el “Viaje a la Alcarria” que en 1946 inició Camilo José Cela, primero haciéndose él mismo el camino, y luego escribiéndolo.

En nuestra ciudad y en los pueblos por donde discurrió aquel periplo, que ha llegado a definirse como el retrato de una época con un paisaje de verdad al fondo, se abrirá de nuevo el libro viajero, se leerán sus páginas más sabrosas, y algunos caminantes reharán los pasos del escritor, marcando con sus pisadas, de nuevo, una senda que se ha hecho ya famosa, y eterna. Un carril que es carra y que discurre por la Alcarria. Una autopista de emociones.

De Sigüenza a Moratilla por el Henares

La mañana está fresca, como todas en el mes de junio. Hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo, dicen por la Alcarria, y el viajero se ha puesto un jersey ligero sobre la camisa de manga corta. Va a hacer el trayecto de Sigüenza a Moratilla de Henares, que es poco menor de una legua, unos cinco kilómetros, pegado al río, entre árboles. Solo lleva encima su máquina de fotos, sin mapa, porque no se necesita.

Al salir de Sigüenza, y tras pasar un polígono de medio pelo, de industria liviana, centro de salud y polideportivo, entre una densa arboleda cruza un puentecillo y pasa con él la página del paisaje. Aparece un camino, ahora asfaltado, escoltado de altos álamos que suenan al embate del viento sobre sus hojas. Parece una castañuela gigante, y como el aire le da en la espalda, porque es del norte, coge fuerzas y se anima al paseo.

Durante el trayecto, solo dos coches le adelantan. Los dos, muy finos, han disminuido la velocidad. Supone el viajero que será para evitarle daños, aunque también pudiera darse el caso de que lo hayan hecho para examinarle y colegir de sus facciones y formas de andar quien pueda ser. 

La carretera va recta casi todo el trayecto. A poco de salir de Sigüenza, a la derecha quedan las ruinas de un molino, que antaño aprovechó las aguas del Henares. Solo quedan los paredones, y al viajero, como siempre que ve ruinas sobre los campos de su tierra, le da por pensar que es un espejismo, que no es verdad lo que ve, que son ensueños. Porque en su tierra, Castilla-La Mancha ahora, solo hay crecimiento, caras alegres y un proyecto de futuro que nada tiene que ver con estas ruinas, que machaconas se ofrecen por todas partes en la provincia de Guadalajara.

El camino discurre entre altos cerros, de empinadas laderas, que lo escoltan por la izquierda. A su derecha, va el río Henares, delgadito y poca cosa, y al otra lado la vía del tren, por donde ve pasar, tirado por una máquina azul y cuadrilonga, que se le antoja una enorme lavadora industrial sin echar humo, un tren corto, de solo contenedores. Un tren de carga. Cavila el viajero que esto debe ser ya lo único que pasa por estas vías férreas (aparte de algún convoy de cercanías que sube hasta Sigüenza), pues los trenes de viajeros, los de alta velocidad, los que van a Zaragoza, Barcelona y Pamplona, discurren por el nuevo trazado del AVE, que va por la meseta alcarreña.

El paisaje es ameno, hay muchos pájaros, que el viajero no reconoce porque no es hombre de campo propiamente. Los que están más altos, deben ser buitres. Vuelan lentos, como aviones planeadores sin conductor, avizorando carroña. Otros negros y nerviosos, deben ser los cuervos, van de roca en roca, pasan por detrás de los árboles, caen en picado sobre los cañizares. Y luego un sinfín de avecillas, que cantan, pían, se expresan de mil formas, sin poder entender nada de lo que dicen, pero que seguro lleva su mensaje. Todo en la naturaleza tiene un mensaje.

El viajero, el que firma estas líneas, que se ha montado él solo este paseo como homenaje al sesenta aniversario del libro “Viaje a la Alcarria” de Cela, piensa que se pueden hacer muchas cosas, y disfrutarlas, sin necesidad de subvención. No puede evitar recordar a otro escritor bien famoso, de los buenos, aún vivo, que es un especialista en esto de viajar, él solito, por la orilla de los ríos, y de lo que este escritor dijo de este mismo paseo que el viajero está ahora haciendo: decía Francisco García Marquina, en su obra “Los pasos del Henares”, que Bajar de Sigüenza a Moratilla es sólo media legua larga de un camino lleno de curvas y sobresaltos, pero esenciamente recomendado para amantes de la belleza. Esto lo ha leído después de hacer su caminata, luego en casa, sacando de la estantería ese libro que el autor le dedicó poniendo con su letra pequeña y nerviosa “Para Antonio, mi hermano en las letras, en la tierra y en el trabajo como arte y deporte”. Y es que realmente hay que tener una visión especial de la vida para emplear una mañana de sábado en irse, uno sólo, a pie por la orilla del Henares, para llegar a Moratilla y darse una vuelta por tan solitario lugar. Y disfrutar encima.

El silencio de Moratilla

Moratilla de Henares es un lugar silencioso de voces humanas. Pero muy sonoro, muy bullicioso, de los sonidos del mundo. Debe hacer poco que han hecho una variante a la tradicional carretera, y cortando un trozo de monte, han alzado el camino sobre un puente de colores blancos y azules que recuerdan, porque son los colores institucionales, a la administración de Castilla-La Mancha. Y sin querer, el viajero lanza para sus adentros un “¡Castilla-La Mancha, comprometidos con nuestro futuro!”, y se queda tan ancho, seguro de haberse aprendido el mensaje.

Nada más entrar al caserío, junto a la primera de las semiderruidas viviendas, está José Sanz López descansando. Sentado, mejor dicho, vestido de paño negro, camisa blanca abrochada hasta el cuello, boina oscura, y un cayado, o bastón de empuñadura curva. Está pálido, como si un tumor malo le estuviera comiendo la sangre. Aunque ya hace calor, él tiene frío, y por eso se pone al sol.

-Qué, a ver pasar los trenes, eh? –se le ocurre decir al viajero.

-No, qué va, yo sólo vengo a ver crecer los campos… –le contesta el paisano.

Ni el viajero es hombre de largas parrafadas, ni el moratillero (supongo que será ese el gentilicio de quienes aquí habitan) es tampoco parlanchín. Después de informarse que en el pueblo solo quedan, “de contino”, cinco familias, y que los demás edificios se ocupan en fines de semana y vacaciones… después de alabarle el viajero la paz y hermosura del lugar, se despiden.

Por el pueblo solo aparecen tres perros, que ladran con fuerza, coraje y decisión al viajero, y un gato, que pasa rápido de un poyo a una gatera. Se ve un coche grande y nuevo aparcado en la plaza. Y otro, arriba, una furgonetilla, abierta por atrás, como si alguien estuviera metiendo materiales de construcción en ella. Pero no se oye una voz, nadie sale. Todo es sonar de vencejos, murmullo de abejas (detrás de la iglesia el viajero se sorprende al ver un colmenar enorme, desbaratado y perdido, bajo una roca valiente que parece el decorado de una ópera alemana) y silbar del viento entre las hojas. Da la sensación de estar en una fiesta, en la que solo cabe la música de las cosas que han nacido del suelo, que cuelgan del aire, que van corriendo sobre el lecho del río. Un sueño.

La vuelta la hace el viajero en automóvil. Le ha venido a buscar su hijo, tal como habían convenido. También Cela se volvió a Madrid, desde Pastrana, en el coche de línea. Y García Marquina acabó su viaje por el Henares en Humanes, volviendo a su casa montado en tren. Esto no le quita mérito alguno a la tarea.

Después, ya descansando, el viajero mira un libro que él mismo escribiera, hace muchos años, en el que dedica unas cuantas, breves líneas, a este lugar paradisiaco. Dice que Moratilla reconoce la misma historia que Sigüenza, a la que siempre estuvo unida. Realmente Moratilla no tuvo historia alguna, fue aldea del señorío episcopal seguntino, y tras la Constitución de 1812 alcanzó el rango de Ayuntamiento que ahora, casi dos siglos después, ha perdido para pasar a ser una simple pedanía. La iglesia parroquial, puesta en lo alto del caserío, es sencilla a más no poder. Tiene una torre que es de piedra por el frente y de ladrillo por la espalda. Tiene un atrio de tres arcos que resguardan la entrada, donde hay una placa en homenaje a un cura párroco que se desvivió por arreglarla. Y muestra un ábside, al oriente, de planta semicircular e innegable estilo románico, sencillo como un monje dormido.

Apunte

Los libros del viaje

El motivo de esta semana de andares, lecturas y exposiciones es el 60 cumpleaños de un libro, el “Viaje a la Alcarria”, de Camilo José Cela. Obra literaria que yo califico entre las cinco mejores escritas en España a lo largo del siglo XX. Las cosas de Salinas, Machado, García Lorca y Ortega se pondrían a su lado. Nada más. Ha visto cientos de ediciones. Quizás una de las más hermosas sea la de Alfaguara de 1966, que cuidó al mínimo detalle el propio Camilo, adornada de sus poemas alcarreños y las fotografías de Wlasak.

También recuerdo el libro “Los pasos del Henares”, que junto a otros de viajes por ríos, como el “Nacimiento y mocedad del río Ungría”, y “El río de las cienfuentes”, ha escrito más recientemente García Marquina, ese pedazo de escritor al que va a haber que empezar a hacer los homenajes que le corresponden. Al menos, para que disfrute de ellos en vida, porque ya muerto, a nadie le saben las cosas como cuando te entra el gusanillo por el pecho.

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