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Viejos usos de la Alcarria

La llegada de la primavera, y con ella de la Feria del Libro, ha dado paso a la aparición de una obra que nos cuenta con todo detalle la forma de ser de nuestros pasados, especialmente la forma de hacer cosas para poder vivir con ellas: la artesanía, que tiene varias definiciones, encaja en nuestra tierra con una de ellas: la tarea de hacer instrumentos con los que sobrevivir, trabajar, divertirse y adornarse. Esa es la artesanía tradicional de Guadalajara, que en sus mil vertientes ha estudiado, y recogido en su libro, la profesora Eulalia Castellote Herrero.

En estos días resurge, en la Concordia, la Feria Provincial de la Artesanía. Y allí se van nuestros pasos y nuestros ojos a ver maravillas salidas de la paciencia de unas manos, del ingenio de una cabeza. Pero en el Jardinillo se alza de nuevo el telón de la Feria del Libro, y también allí, quizás con más profusión, surgen las maravillas y las propuestas. Una de ellas, en forma de memoria y repaso a los fundamentos históricos de esa Artesanía que, afortunadamente, y aunque en Feria, sigue viva.

Empedrados y juguetes

El arte popular tuvo en nuestra tierra muchas manifestaciones. A mí especialmente me ha gustado la belleza que los empedradores de Molina pusieron, sobre todo en el siglo XIX, para lustrar los suelos de casas, iglesias, y aún de calles enteras. No se me olvidará nunca, y eso que pasé por allí hace muchos años, y supongo que ya habrá desaparecido por completo, el empedrado valiente, titánico y tan hermoso que usaba la calle mayor, empinada, de Adobes, en el Señorío molinés.

También recuerdo, y hasta pongo junto a estas líneas una foto que hice en 1964, el empedrado vibrante, multicolor, del atrio de la iglesia de Codes, hecho con lajas de piedras brillantes, duro y solemne. Y muchos otros, como el que había en el zaguán del caserón del Esquileo, en la capital molinesa, supongo que también desaparecido. Es curioso cómo los nuevos tiempos, que en teoría van a favor del pueblo, y de la gente común, arremeten contra todo lo que esta gente hizo con mimo siglos antes. Y así es muy difícil encontrar ya estos empedrados, como los que Eulalia Castellote recoge en su libro en forma de dibujo, de una casona de Maranchón.

Los empedradores llevaban todo su taller a cuestas: el martillo, el mazo, varias cuerdas (para usarlas como compás)… trazaban sobre el suelo un dibujo e iban colocando las piedras, rellenando los huecos con arena fina y luego todo se compactaba con las pisadas de humanos y animales. En los dibujos solían aparecer las iniciales del dueño de la casa, motivos florales o geométricos, y cruces y anagramas sacros en los atrios. Se aunaba, como dice la profesora Castellote, “lo bello y lo útil”, dando como resultado algo que era práctico (una casa a la que se entraba sobre un pavimento de piedra brillante, era una casa siempre limpia) y al mismo tiempo personal, bello y único. Un orgullo. Eso nos da señal de la dimensión de lo humano, del valor que el tiempo y el trabajo tenía antiguamente, del goce que estaba en un radio pequeño en torno a la casa, a la tarea, a los amigos.

La artesanía del juguete es especialmente curiosa. Los padres eran quienes hacían los juguetes a los hijos. Con pequeños saquitos de tela, se hacían muñecas. Se les estrangulaba con un cordón y arriba quedaba la cabeza. Se le pintaban los ojos, la nariz y la boca. Se le cosían a los lados unas manos, se añadía una cofia, se plantaban unos piececillos…. y las niñas soñaban que eso eran seres vivos, sus hijos, y jugaban, y cantaban. Los padres hacían también pirindolas y piribuses, más diábolos y yo-yos, para las chicas, o trompos para los chicos, que a su vez afinaban las puntas, los pintaban de colores, y pasaban la tarde entera haciéndolos girar sobre las losas de la plaza. Otros juguetes, hechos todos en la comunidad rural, eran los bolos, las tabas limpias, la imaginación siempre.

Cuando hoy veo que las niñas llevan muñecos que hablan, orinan y hacen mil cosas más…. o los chicos, los niños muy niños, llevan ametralladoras de plástico, mueven a monstruos que tratan de destruir a los que lleva su amigo, se montan en coches eléctricos que les llevan cien metros más allá sin necesidad de mover las piernas…. estoy viendo la evolución del ser humano en poco más de otro siglo: la atrofia de los músculos y, sobre todo, del cerebro, está cantada.

Porque la imaginación no se estimula. Al menos nos quedan los cuentos, y los cuentistas, y el Maratón de Guadalajara, que junto a la plaza de la Jemáa el Fna, de Marrakech, declarada “patrimonio oral de la Humanidad”, son los lugares donde existe la artesanía de la palabra, donde se usa para evocar, para ayudar a soñar, para animar a pensar… hoy estamos acostumbrados a la noticia (la realidad masticada), a la descripción precisa, a la clase, todo muy formativo, muy fraguado. Pero nadie te da dos palabras y te dice “piensa ahora, tú, por tu cuenta”. A los que mandan les asusta que la gente piense por su cuenta: prefieren dárselo todo pensado. Y a la gente, al final, esto es lo que más le gusta. Por eso creo que la artesanía de la palabra existe y debería ser, también, como la otra, la del barro y los mimbres, estimulada. 

Chocolateros y boteros

La obra de Eulalia Castellote, que fue en su día una Tesis Doctoral calificada con la nota máxima, nos habla de esa artesanía “para la vida” que se hacía en la Guadalajara de hace medio siglo. Los caramelos y dulces, los cacharros de hojalata, la profesión albardera (hace unas semanas ha caído la última albardería que nos quedaba en Guada, la de Montes, en la Cruz Verde) el cultivo de la miel, la producción de carbón, la extracción de resina en los pinares y de la miera en los fríos páramos donde sólo la sabina y el enebro crecían, y de sus raíces los de Huertapelayo sacaban la miera  y la vendían por el mundo adelante… algunos se hicieron millonarios, pero la mayoría se quedaron viendo cómo lo único que movía, y cada día mueve más el mundo, es la gasolina, el “crudo” que nos va a poner la vida “muy cruda”.

Los chocolateros marcaron también una suculenta etapa de nuestras vidas. El cacao que primero venía de América (Caracas, Guayaquil…) y luego de Guinea, tenía en nuestra tierra grandes artesanos que lo ponían suculento en las bocas de sus afectos. Las últimas chocolateras fueron las de Brihuega, Maranchón, Guadalajara, Molina, Sigüenza y Sacedón. En Molina de Aragón llegó a haber tres fábricas, que regentaban, en plan familiar, los Iturbe, los Martínez y los Juana. Que pusieron a sus chocolates respectivamente los nombres de “La Cadena”, “Igual” y “Juana”, y que los vendían en tabletas y en polvo para hacer, a la francesa (con agua) o a la española (con leche)… en Brihuega hubo también afamada productora, la de los Ballesteros, que usaban el gran molino de rueda hidráulica que aún se ve en las afueras del pueblo.

Y de los boteros, ¿decimos algo? De los curtidores, que en Budia llegaron a ser legión, con una industria que dominó el mercado de Madrid durante el siglo XVIII, y que hasta después de la guerra siguió viva, como las de Mondéjar y Cogolludo. Los cordobanes que de allí salían, las pieles curtidas, los grandes botos para el vino…. todo se hacía en tenerías que ocupaban los alrededores de los pueblos, usando aquellos instrumentos de sonoras voces: el fuelle, las guadañas, las mordazas, los palillos de costuras, las tijeras y los bancos… la botana, los piezgos, el escarnado con dalla, la recogida de los pellejos, los golpes de sobón, el baile sobre los cueros…

Me perdonará el lector, pero termino emocionándome con esa cascada de memorias, de sonidos, de actividades. El mundo era, hace tiempo, más complejo y variado, más dinámico, estaban nuestros pueblos llenos de gentes sabias y honestas, de artesanos únicos, de herencias en saber y misterios. Eso es lo que he querido recordar, tan deprisa como un artículo breve, tan adentro como un verso trabajado.

Apunte

El libro de las Artesanías

La profesora alcarreña Eulalia Castellote Herrero ha escrito el libro “Artesanías Tradicionales de Guadalajara”, que ofrece en sus 576 páginas, el estudio de 16 artesanías, algunas tan variopintas como lo que caben en “Arte Popular” y otras tan profusas y antiguas como los “Tejidos”. Lo ha editado AACHE que lo ha puesto como número 59 en su Colección de libros “Tierra de Guadalajara”, permitiendo así a cuantos estén interesados en recordar, o aprender, cómo se hacían las cosas que usaban nuestros abuelos, que sepan técnicas, palabras y detalles de este venero de tradición e historia viva y popular.

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