Los Escritos de Herrera Casado Rotating Header Image

Anécdotas varias de la Princesa de Éboli

 

Estos días celebra Pastrana su anuales fiestas en honor de la Asunción de la Virgen. Se congregan en la villa alcarreña miles de personas que por querencias de mil tipo se encuentran tan a gusto por sus empinadas calles y, sobre todo, en su ancho plazal de renacimiento y fastos. A ellos y a cuantos, ahora o en cualquier momento del año, se acercan por Pastrana al calor de las memorias de doña Ana, la princesa que dejó media vida prendida de sus viejos edificios, van estas páginas dedicadas. A la memoria de la Éboli, que hilvanó leyendas de seda sobre el basto paño de la historia.

El sablazo en el ojo

¿Era realmente tuerta doña Ana de Mendoza? Esta pregunta se la han hecho siempre los historiadores, y nos la seguimos planteando hoy, aunque será muy difícil que tenga conclusión definitiva. Quien se dedicó a fondo a investigar el tema, porque estaba en la línea de lo que más le gustaba hacer, fue don Gregorio Marañón, el sabio médico e historiador que afirma, tras analizar documentos y evaluar actitudes, que doña Ana de Mendoza tenía una grave lesión en el ojo derecho, y que esta lesión se la produjo en la adolescencia, hacia los 15 años de edad, un traumatismo con objeto agudo que rasgaría piel y posiblemente destruyó el globo ocular.

La noticia de que la Princesa perdió el ojo haciendo juego de florete con algún paje o caballero, en Cifuentes, o Alcalá de Henares, la da por primera vez Muro en su biografía. Aunque Mignet desde mediados del XIX lo había repetido en su libro. Pero la publicación de los hasta entonces desconocidos retratos guardados en el palacio de los Infantado en Madrid, lo confirmaron enseguida. Fue una sorpresa para los historiadores y los lectores comunes. Añadía un elemento más de «morbo» a la historia ya de por sí excitante de doña Ana.

En varias cartas, crónicas y comunicados de la época, sus coetáneos (quienes la han visto en directo y hablado con ella) dicen de diversas formas la existencia del defecto de su ojo derecho, y las formas en que se lo tapaba. Don Juan de Austria escribió A mi tuerta beso las manos… Y en una carta que el prior don Hernando de Toledo, hijo del duque de Alba, escribe a Juan de Albornoz, secretario de su padre, el día en que agonizaba Ruy Gómez, le decía textualmente: “Anoche a la una, estaban unas damas en una ventana tratando que de qué traería el ojo la Princesa de Éboli: la una decía que de bayeta; otra que, de verano, lo traería de anascote que era más fresco”. Hasta sus parches eran entonces objeto de cotilleo. Después de muerta, un anónimo fraile que comentó una historia de la Casa de Guzmán, manuscrita, en 1602, cuando se mencionaba a la Éboli escribía al margen: «la tuerta» y «fue muy gallarda mujer, aunque fue tuerta».

De todos modos, estos testimonios no terminan por concluir el origen de su tuertez, o la causa real de llevar el parche tapando el ojo. ¿Perdió el ojo por enfermedad, por accidente? ¿O simplemente era bizca, y prefería añadir admiración y atención por su persona acentuando su belleza con la colocación del parche? Llevarlo, desde luego, lo llevaba.

La Princesa monja

A la muerte de su esposo don Rui Gómez de Silva, es tanta la pena que siente doña Ana que no duda un momento en meterse monja. Lo hace en el convento fundado por ella (y por Teresa de Jesús) en 1559. En el de monjas carmelitas de la Concepción, en la parte baja de su villa de Pastrana. La mañana del 30 de julio de 1573, un par de días después de enterrar a don Rui, Ana se presenta a las puertas de «su» convento pastranero, y sin esperar a recibir licencias de la autoridad eclesiástica, que ni siquiera había pedido, se vistió el hábito. En una nota que Antonio Pérez le deja al Rey ese día acerca de la muerte súbita (una hemorragia cerebral?) de Rui Gómez, dice que su mujer ha tomado, en expirando su marido, el hábito de monja de las carmelitas descalzas y se parte esta noche a su monasterio de Pastrana con un valor y una resolución extraños. Llegó con hábito de monje, porque al no tener uno hecho para sí misma, se lo pidió prestado al padre fray Ambrosio Mariano, el fundador del convento de San Pedro de Pastrana.

La superiora de las Carmelitas de la Concepción, Isabel de Santo Domingo, abrió la puerta del convento, y escuchó las razones de la princesa al entrar: porque la muerte de su marido le ha quitado la vida del siglo. Eso dijo, y adoptó de inmediato el nombre de Sor Ana de la Madre de Dios. Algo le hizo sospechar a la priora que aquello no iba a ir muy conforme a las reglas de la Orden, y se dijo (dicen) a sí misma: ¿La Princesa monja…? Ya doy la casa por perdida.

Las excepciones monjiles de doña Ana se empezaron a ver ese mismo día. Dispuso que se le habilitara otra habitación para su madre, que vendría al día siguiente: la iba a acompañar en el convento, y se iba también a hacer monja (su madre estaba todavía casada, aunque separada, con don Diego Hurtado de Mendoza). Además vendrían algunas sirvientas, (doncellas, eso sí) a las que se les daría el hábito carmelita. Algo debió protestar la priora ante estas iniciales disposiciones, porque se atrevió a decir a doña Ana que para todo eso se requerían los permisos de la jerarquía eclesiástica, especialmente del fraile carmelita superior provincial. La contestación de la princesa define su sentido de la vida y el derrotero que su repentina vocación iba a tener: «¿Y para qué quiero esperar a estos permisos? ¿Qué tienen qué ver en mi convento los frailes?». Enseguida dispuso que dejaran entrar a verla otras amigas, con sus sirvientas. Incluso cuando acudió a Pastrana el Obispo de Segorbe, y otros nobles castellanos, a darle el pésame, los recibió en el interior del convento, mostrándose -eso sí- con el riguroso hábito monjil. Todos salían espantados. Aunque más espantada estaba la superiora, que le dijo que de seguir así, tendría que pedir a Teresa de Cepeda, la fundadora, que las sacase de allí y las enviase a otro convento donde pudieran cumplir las normas de la Orden con toda seriedad. La Princesa se molestó sumamente, y decidió irse a vivir, con su madre y sus sirvientas, a una ermita que existía en la huerta del Convento. Y retirarle toda ayuda económica a la comunidad. ¡Así sabrían quien era ella!

Santa Teresa de Jesús, enterada de estos problemas, exclamó He gran lástima a las de Pastrana, que están como cautivas. El propio Rey, a través del prior de Atocha, le hizo llegar su voluntad de que dejara aquella aventura mística y se dedicara a cuidar de sus hijos y de su patrimonio. Esto la molestó bastante, y la situación se hizo tan insostenible, que poco después, en el invierno de 1574, Santa Teresa las enviaba unas órdenes secretas con las que la priora llamó al corregidor, a un escribano y al padre fray Gabriel de la Asunción, y con políticos pretextos entregó todo lo que había recibido de la Princesa y recogió recibo. Poco después, también doña Ana se cansó, y salió con su madre y sus sirvientas rumbo al palacio de la gran plaza pastranera. De allí a Madrid, donde pronto murió su madre, quedando a vivir con sus hijos pequeños en su caserón de la parroquia de Santa María.

El amor con Antonio Pérez

De ese amor no hay duda. Un amor difícil y dramático, como todos los amores grandes y verdaderos. Conocía Ana a Antonio desde que ambos (que tenían casi la misma edad) eran muy jóvenes. Él fue secretario real, porque su padre lo había sido, y porque le apoyó Rui Gómez para que siguiera siéndolo. Las primeras visitas que se hicieron, en Madrid, tras la muerte de la madre de la Princesa, en 1576, no dejaron muy buena impresión en el ánimo de doña Ana: comentó a sus íntimas que aquel hombre parecía un tanto afeminado, así en el porte y trajes que gastaba, como sobre todo en el excesivo perfume que siempre llevaba encima.

El interés de Ana por Antonio se centró inicialmente en los asuntos de Portugal, en la posibilidad de poner a alguno de sus hijos o hijas en el trono vacante de la vecina nación. Pero su relación continua en Madrid, en el palacio real, y en los salones de unos y otros aristócratas, hizo que intimaran la princesa y el secretario. Este llegó a escribir de ella que era joya engastada en los esmaltes de la naturaleza y la fortuna. Un piropo muy de siglo XVI pero que manifestaba claramente el entusiasmo que por Ana tenía Antonio.

La tragedia de la muerte (preparada) de Juan de Escobedo, se fraguó sobre este amor. Ese es, al menos, el corazón de la leyenda: las frecuentes visitas que Antonio hace a Ana en su palacio, las que ella le devuelve al suyo, los comentarios cada vez más extendidos por la Corte, proclaman ese amor entre Antonio (casado y con hijos) y la princesa doña Ana, viuda del ministro más querido del Rey, y por sí misma una de las damas más ricas y cargadas de títulos de todo el reino. Esa intimidad llegó, que se sepa, a que Antonio le fuera entregando a Ana todos los despachos que llegaban, secretos, desde Portugal, en orden a la posible toma del trono por Felipe II. Y ella fue aprovechando esa información «privilegiada» para ir disponiendo los matrimonios de sus hijos mayores con posibles herederos a la corona portuguesa. Escobedo descubrió estos trámites (hay quien dice que además les descubrió, a la pareja, en relación íntima) y eso labró su desgracia, que sería poco después sustanciada en su violenta muerte a manos de cuatro matones en una callejuela del viejo Madrid.

La separación que desde julio de 1579 se impuso, férrea, a Antonio y a Ana, prisioneros ambos del Rey, pero en distintos calabozos, hace más dramático ese corto amor. Dicen que él la enviaba «billetes» con mensajes de amor y cariño. Dicen que Antonio se atrevió, ya huido de la justicia filipina, camino de Aragón, en 1590, a pasar por el palacio de Pastrana, y ver por última vez a la princesa. Es muy improbable. Como todo gran amor, la dificultad y la distancia lo hizo legendario. El hecho cierto es que, tras una temporada de adoración mutua, de felicidad sin límites, que debió mediar entre 1576 y 1579, los amantes no volvieron nunca más a verse. Cuando Ana murió en Pastrana, Antonio estaba ya en Francia, y allí solo, sin su familia auténtica, moriría exiliado, en París, en 1611.

La ventana de la Hora

Desde 1590, Ana es recluida por mandato del Rey en unas habitaciones del palacio pastranero. Se le pusieron dobles rejas a las puertas y a las ventanas. Quedaba realmente secuestrada, emparedada, con solo vistas hacia la capilla, para poder oir misa, y recibiendo las comidas a través de un torno. La acompañaban en este exilio interior sus fieles y ancianas criadas, Gregoria de Morales y María la Cava, así como su hija más pequeña, Ana de Silva. Las criadas se pusieron tan enfermas que tuvieron que darles la Extremaunción y ella fue paulatinamente perdiendo fuerzas, como progresivamente aniquilada, sin apetito. La comunicación con el exterior se hacía a través de un escribano, que debía pasar copia de todo cuanto le dijera la Princesa y enviarla a la Corte, en Madrid. Un día, al llegar el escribano se encuentra la puerta y trampillas cerradas, nadie contesta y tienen que arrancar el torno para ver qué sucede dentro. Todo en oscuridad, solo se oyen llantos en el interior, tras las cortinas. Entre sollozos, la princesa empieza a hablar, con voz muy débil: «Qué informaciones tan falsas han sido estas que me ponen en cárcel de muerte a mí y a mi hija… Nunca ofendí a mi rey y señor… Dios del cielo, remédianos, pues véis todo. Hija, pídelo tú a Dios. Dadnos por testimonio, señor escribano, que nos ponen en cárcel oscura, que nos falta el aire y el aliento para poder vivir. Que no es posible que Su Majestad tal quiera ni permita siendo que es tan cristianísimo. Estos aposentos, donde no se podía vivir sin rejas, cuanto más ahora hechos cárcel de muerte, oscuros y tristes…»

Algo dramática parece la perorata que apuntó con exactitud el escribano. Porque Ana y sus acompañantes tenían la posibilidad de asomarse, tan sólo una hora al día, por las tardes, a la ventana grande de los aposentos, a mirar desde ella. Y se veía algo, mucho. Se veía el gran plazal de Pastrana, el amplio espacio de armas que su marido quiso poner delante de su palacio covarrubiesco, alcazarino. Se veía el valle que baja entre olivares y huertas hacia el Arlés, y el Tajo en la lejanía. Se veían las golondrinas y los vencejos en el verano, las nubes correr en el invierno. La gente de Pastrana, que curiosa (venía incluso gente de fuera a mirar) se apostaba ante la ventana que llamaban popularmente «de la Hora» porque allí aparecía la faz pálida de doña Ana, una sola hora cada día. Veía la luz, que ya sólo le faltó en el momento de su muerte, el 2 de febrero de 1592, en que se le apagó para siempre.

Apunte

La generosidad de doña Ana

Una de las causas, al menos formales, por las que el rey Felipe II sometió a juicio y proceso a doña Ana, fue la incapacidad evidente de administrar su patrimonio, defendiendo así el derecho de sus hijos a que este permaneciera en sus manos y garantizara su futuro. Es proverbial, y puede cimentarse en numerosas anécdotas, la generosidad o manirrotez de doña Ana.

Su hijo, el 2º duque de Pastrana, se quejaba a fray Pablo de Mendoza de que a una mujer a la que apenas conocía, la regaló 9.000 ducados para que se casase. A su criado Luzuriaga le entregó nada menos que 6.000 ducados, que era cifra astronómica para la época, sólo porque se los pidió. Pagó sin rechistar las deudas que había dejado su consuegro, el heroico y botarate don Bernardino de Cárdenas. Y no llevaba nunca cuentas de lo que la debían, por lo que al conocerse el hecho, muchos que estaban obligados dejaron de pagar. A muchas personas que la visitaban, y la caían bien les regalaba joyas de su ajuar, incluso desajustando sortijas y collares recibidos de su marido, «que eran inestimables y de gran precio». Luego no sabía a quien se lo había dado. Una de ellas fue la mujer del doctor Muñoz, de Pinto, a la que abrumó a regalos una vez que la visitó en Pastrana. Este era uno de los problemas, que habían degenerado en la idea común de que la Princesa «se había vuelto loca», que suscitaron el continuo deseo del rey de que permaneciera presa, y aislada.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.