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Piedras de Cogolludo, resplandor renacentista

 

Para quien llegue a Cogolludo, -y lo mejor es que lo haga este próximo fin de semana- será prioritaria misión visitar el palacio ducal, comer en cualquiera de los restaurantes que pululan por su entorno, y disfrutar con el tranquilo andar por su múltiples y cuestudas callejas: un ejercicio de saludable turismo interior que puede dejar muy hermosa huella en la memoria de quien lo practique. Esto es hacer Turismo Rural, conocer nuestra tierra, llevarse en las retinas estampas netas de un país que supera cualquier adjetivo encomiástico.

Un palacio con 500 años encima

Hablaremos hoy, para quienes quieran sacar el mayor provecho de esa propuesta visita a Cogolludo en unas pocas horas rápidas, del palacio que los duques de Medinaceli mandaron levantar hace ahora poco más de cinco siglos. Porque fue en el año de 1495 cuando con toda seguridad, se concluyó de edificar y pasaron los duques a residir en esta grande y maravillosa casona. Un edificio que solemniza con su silueta y su apariencia pétrea la gran plaza que tiene delante. Si no fuera por el páramo reseco y gélido que le presta entorno, se diría que estamos en un plazal de la Toscaza, cuajado de púrpuras viñedos los costados del monte, y de umbrosas abadías los hondos de los vallejos.

Aunque este artículo breve no me permite entrar en descripciones meticulosas (ya lo hicieron, hace pocos años, en su maravilloso libro sobre el edificio Juan Luís Pérez Arribas y Javier Pérez Fernández) sí que quiero resaltar el gran valor que tiene dentro de la arquitectura española, pues sin duda es el más antiguo de los edificios renacentistas europeos fuera de Italia.

Para Martínez Tercero, un arquitecto y estudioso de la arquitectura clásica, cuyo libro sobre este palacio glosamos al final de estas líneas, el palacio de Cogolludo no pierde un ápice de su importancia aunque de él se diga que es menos airoso que los palacios renacientes de la Toscana, pues *mientras éstos se levantaban sobre solares ciudadanos limitados por la apretada trama urbana y consiguiente dificultad de expansión, en Cogolludo el Duque no tenía ningún problema para extenderse sobre todo el territorio que le fuese necesario+. A pesar del indudable clasicismo de sus formas, de sus detalles ornamentales, de su concepto palaciego simétrico (esa puerta centrada es realmente novedosa, inédita en el arte de la construcción castellana medieval), el palacio de Cogolludo presenta una serie de hispanismos muy característicos, tanto en el alzado como en la planta.

En el alzado es de resaltar que el muro de la planta baja es ciego, sin una sola ventana, algo inusual en Florencia, donde los edificios de este estilo siempre ofrecen huecos que iluminan desde la calle las de­pendencias inferiores. La obsesión hispánica, heredada de los árabes, de reservar en la más absoluta privacidad los interiores, se expresa en este detalle, así como en el que ofrece la planta de que el eje de la puerta principal hacia el interior del edificio coincide con un muro ciego que impide la visión del patio desde el exterior, siendo el acceso a este en zigzag, en clara herencia medieval y defensiva. Esa asimetría se observa también en la colocación de la puerta de entrada al patio desde el zaguán, que queda frente a una columna de este, así como el hecho de que la escalera principal del palacio se encuentre descentrada respecto al eje transversal del mismo, hecho que se ve en el palacio del Infantado y en el más moderno de don Antonio de Mendoza en Guadalajara.

La fachada del palacio de Cogolludo, no hace falta repetirlo, es magnífica. Toda su superficie está tratada con un almohadi­llado continuo como ocurre en el Palacio Strozzi de Florencia, aunque la imposta que señala la división de las plantas no corre por los alféizares de los huecos, sino más abajo, marcando el nivel del forjado. Tanto la portada como la cornisa de la fachada son soluciones muy renacentistas, aún simplificadas de las que Vázquez había proyectado en Valladolid. Sin embargo, en el frente de Cogolludo aparecen una serie de elementos que no se encontrarían bajo ningún concepto en una fa­chada boloñesa o florentina, y que son los que marcan el valor novedoso y personal del palacio ducal de los La Cerda.

Sería el primero la serie de escudos del linaje de La Cerda que campan en esta fachada: uno, mezquino y agobiado entre la cornisa del arquitrabe y el tímpano semicircular de la portada, le debió parecer pobre al orgulloso duque, por lo que se añadió otro mayor, rodeado de una corona re­nacentista de laureles, en el eje central y elevado de la fachada.

Y ya para terminar, porque el espacio se nos acaba, dejar constancia del hecho sorprendente de la aparición de unas ventanas netamente gotizantes, de unos elementos decorativos verdaderamente raros, modernos y casi misteriosos, como son las panochas de maíz que rodean el arco de la portada, sin olvidar el arcaísmo gótico de la crestería, a la que Martínez Tercero califica, creo que con toda razón, capricho hispánico del duque, o, más bien, de la duquesa. Sea como fuere, un edificio asombroso, un edificio cinco veces centenario, una joya más de nuestra tierra que hay que correr a verla. Porque no se sabe bien cómo es la tierra de Guadalajara si nunca se ha estado delante de este monumental edificio.

El autor del palacio, Lorenzo Vázquez de Segovia

Nacido en Segovia en torno a 1450, el arquitecto Lorenzo Vázquez se formaría en la profesión trabajando en las obras del castillo de Pioz, que hacia 1470 estaba levantándose por orden de su dueño, el Cardenal Mendoza, pasando luego a laborar en las reformas del castillo de Jadraque, patrocinadas también por el purpurado alcarreño. Vázquez, al que Tercero califica de *joven brillante y receptivo+, alcanzó la consideración de *maestro de obras* de Don Pedro González de Mendoza, quien en 1486 le envió con su sobrino, el segundo conde de Tendilla don Iñigo López de Mendoza, en la embajada de este aristócrata a Italia, para que allí se empapara de las nuevas técnicas y estilos, interviniendo al dictado del Cardenal en su proyecto de la Basílica romana de la Santa Cruz. La estancia de Vázquez en Roma y Toscana sería de un año y seis meses, aprendiendo tantas cosas que a su regreso, todo lo que hizo adquirió un evidente tono italiano y puramente renacentista, algo nunca visto en Castilla. Tras su regreso en 1487 comenzó a trabajar en otra obra de su patrón que ya estaba comenzada, el Cole­gio de la Santa Cruz de Valladolid, que fue concluido en 1491, y en el que quizás por su influjo se incorporan una serie de elementos renacientes, de los que no es el menor el almohadillado prominente y geométrico de su fachada. Poco después, Vázquez es requerido por don Luís de la Cerda, gran Duque de Medi­naceli, casado con la sobrina del Cardenal Mendoza, y plenamente adscrito al grupo de poder encabezado por este linaje. Para él construye, entre 1492 y 1495, su palacio de Cogo­lludo, primer edificio completo del Renacimiento fuera de Italia.

No para ahí Vázquez su actividad. En plena madurez creadora, intervino después en el Convento de San Antonio de Mondéjar, patrocinado por su compañero de viaje a Italia, y gran protector de las artes, el conde de Tendilla don Iñigo. Poco después se pone a trabajar en el diseño y construcción del palacio de Don Antonio de Mendoza en Guadalajara, que debió acabar hacia 1507, pasando inmediatamente, llamado por el Mar­qués de Cenete (hijo mayor del Cardenal Mendoza) a las obras del Castillo de La Calahorra en Granada, joya preciosísima del Renacimiento hispano. Y aquí, en 1509, es donde perdemos su pista. Probablemente poco después moriría, o, en cualquier caso, inició el mutis definitivo de su vida.

Con palabras de Martínez Tercero, podemos concluir que “fue Vázquez un personaje excepcional por su receptividad, brillantez y capa­cidad de organización, dada la cantidad de obras en que intervino… gozó de la confianza plena del gran Cardenal y sin la muerte de éste en 1495 es proba­ble que hubiese proyectado y dirigido el Hospital de Santa Cruz de Toledo. Intervi­no en cuatro obras bajo su patronazgo: castillos de Pioz y Jadraque, Sopetrán y Santa Cruz de Valladolid. El resto de su actividad la desarrolló para sus sobrinos: Medinaceli en Cogolludo, Tendilla en Mondéjar, Don Antonio de Mendoza en Gua­dalajara y para Cenete, el hijo del Cardenal, en La Calahorra”.

Un libro poco conocido

El arquitecto Enrique Martínez Tercero escribió, y vio publicado por Diputación Provincial, un librito que bajo el título de La primera arquitectura renacentista fuera de Italia. Lorenzo Vázquez en Guadalajara, nos ofrece sucintamente la visión cumplida y meticulosa de lo que en punto a mecenazgo artístico y empuje de ideas nuevas supuso la saga de los Mendoza en nuestras tierras. De la mano del Cardenal don Pedro González de Mendoza, surge el castellano Lorenzo Vázquez, que aporta sus conocimientos técnicos y su genialidad compositiva a una serie de edificios a los que hoy todavía podemos acercarnos con la boca abierta y la máquina de fotos preparada, porque cinco siglos después continúan haciéndonos vibrar y emocionarnos.

Martínez Tercero elogia en esta obra, sobre todas las demás, la mole arquitectónica del palacio de Cogolludo. De tal manera, que la pone en su portada representada en un exquisito dibujo en el que, acentuando aún más su línea clasicista, le adorna con ventanas similares al palacio Strozzi de Florencia, y le quita la escocia superior, quedando un auténtico y soberano palacio toscano, milagrosamente puesto sobre los secarrales de la Alcarria.

Libro: La primera arquitectura renacentista fuera de Italia. Lorenzo Vázquez en Guadalajara. Coedición de Diputación Provincial, y Colegio Oficial de Arquitectos. Guadalajara, 1995. 48 páginas. Fotografías y planos.

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