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Don Quijote cabalga de nuevo

 

Comienza el año del Centenario. Tras muchos preparativos, reuniones, ruedas de prensa, presentaciones, logos y discursos, pasamos como sin enterarnos al año 2005, que aquí en nuestra región, y a fuerza de tanto prolegómeno, es distinto, como mejor, como que los sonidos son más nítidos y la atmósfera más pura. Todo ello porque hace cuatrocientos años (y los hace ahora exactamente, en el mes de enero) empezó a venderse el libro-novela que durante varios años antes había escrito Miguel de Cervantes, y durante los 3 últimos meses de 1604 había estado imprimiéndose y encuadernándose en la casa de Juan de la Cuesta, en la de Atocha, de Madrid.

Es lógico rememorar el cuarto centenario de la primera edición de “Las aventuras del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha”, la gran novela satírica de Miguel de Cervantes Saavedra. Porque ese libro se ha venido manifestando, desde el mismo día que se puso a la venta, como una novela apasionante, divertida, profunda, maestra, bien escrita, llena de frases y cavilaciones, de tipos y actitudes, que han demostrado ser humanos en profundidad, universales, eternos.

Las figuras de sus dos principales protagonistas, Don Quijote de la Mancha, y Sancho Panza, han alcanzado la condición, tras cuatro siglos, de arquetipos. Cualquier ser humano con un mínimo de formación cultural, sabe identificar sus imágenes, decir sus nombres, el del autor de la novela, el guión somero de la obra literaria en la que viven.

Se han hecho desde entonces paladines del bien, de la justicia, del esfuerzo, del amor. El idioma castellano ha alcanzado en las páginas de su historia la más alta condición de herramienta humana: útil y hermosa.

Y por lo tanto es su país de origen, España, y su región (ahora con autonomía cultural) Castilla-La Mancha, la que se alboroza de este aniversario, y los proclama como sus ídolos, imágenes que aun siendo de ficción parecen nacidos y vivos entre nosotros, con la ventaja de ser, por intemporales, paisanos y coetáneos de todos. Su figura, su nombre, su carácter, sus costumbres, sus caminos andados, sus fetiches, todo lo que en la novela aparece, alcanza grado de realidad, de tanta fuerza como tienen.

Don Quijote y Sancho, dos seres que no existieron, pero que son amigos hondos, y fieles, de cada uno de nosotros.

El libro y su avatar

Dichas estas palabras, sentidas, y obligadas en su dimensión genérica, yo quisiera hoy decir algo sobre el libro que se conmemora. Por poner algo de claridad en el fasto, que de tan pluriforme ha llegado un momento en que la gente no sabe exactamente qué se conmemora. Se trata del centenario de la edición de un libro. Que como ha sido cosa en la que han opinado los políticos, los alcaldes, los futbolistas y los cocineros, por nombrar solo a los más relevantes entre los opinantes, pues conviene volver a recordarlo. Y decir, porque hay que decirlo, que uno de los grupos que no han opinado, hasta ahora, porque nadie les ha pedido opinión, ni participación alguna, ha sido el de los editores de libros de esta región, mancomunados en una Asociación a la que no se le ha dado vela en este fasto.

También es verdad que Miguel de Cervantes tuvo difícil sacar adelante y ver editado el libro que había ido escribiendo los años anteriores. Su permanente inestabilidad económica le forzaba a ponerse de vez en cuando a escribir, teniendo temporadas en que no podía hacerlo. Quizás inició su escritura en la Cueva de Argamasilla de Alba donde una temporada estuvo recluido. Siguiendo luego en Madrid, y acabándolo, con toda seguridad, en Valladolid, en 1604. Habló con unos y con otros, por ver si alguien le quería editar una novela en la que trataba de ridiculizar lo que por entonces “se llevaba”, como eran los libros de caballerías. Al final, y casi por hacerle un favor, encontró un editor en Valladolid, Francisco de Robles se llamaba, que le pagó 1.500 reales por el manuscrito. Era el verano de 1604, y el editor lo llevó enseguida a una imprenta, la de Juan de la Cuesta en Madrid, para que se pusiera en la tarea de imprimirlo y encuadernarlo. Encargó  hacer 500 ejemplares, y entre otros pagos, tuvo que hacer el del corrector de pruebas, de lo que se encargó Murcia de la Llana, pasando a continuación por los requisitos legales de supervisión del libro por parte de las autoridades municipales y estatales. Estas fueron el Privilegio de Impresión, firmado por el propio Rey Felipe II en Valladolid a 26 de septiembre de 1604, y en diciembre del mismo año la primera Tasa o precio que la autoridad autorizaba para la obra impresa.

Al final, quedó el libro formado de 664 páginas, constituyendo en cuatro “libros” la primera parte de las aventuras del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, en la que se narran las aventuras de sus dos salidas por el mundo.

El libro se puso a la venta en 290,5 maravedises. Y gustó tanto (se contó con la ventaja de no haber, por entonces, radio ni televisión, ni fiestas de barrios, con lo cual la gente se dedicaba con mayor gozo a la lectura) que a los 2 meses se había agotado esa “edición príncipe” por uno de cuyos ejemplares se ha pagado, hace unos días, 200 millones de pesetas. A los 3 meses, había conseguido vender tantos libros, que se había convertido en la novela más vendida de todos los tiempos. Fue editada en Lisboa, Valencia y Zaragoza. Llevada en grandes cajas al Nuevo Mundo sobre los galeones que partían de Sevilla. Y traducida al inglés de inmediato. Desde entonces, mantiene su récord. Y justo por ello, comenzaron a salir ediciones clandestinas y copias piratas.

La obra era, fundamentalmente, un libro de humor. No tanto se veía a un arquetipo del ser humano bondadoso, sino a un tipo cualquiera de un pueblo más de La Mancha, haciendo el ridículo por los caminos, confundiendo la realidad con sus sueños.

Aunque se supone que entre los vecinos de Miguel de Cervantes, allá en Valladolid donde vivía, se felicitaron el año, y al ver que en Enero a él le publicaban su novela más querida, debió pensar que iba a iniciar el mejor momento de su vida. Y no fue así, porque en junio de 1605, el asesinato de Gaspar de Ezpeleta a la puerta de su casa, le supuso el encarcelamiento por parte de un juez iracundo y cegato, que llevó a Cervantes y miembros de su familia al calabozo, donde los mantuvo 20 días.

Cervantes se vió desde entonces mal mirado entre la vecindad, aunque nada tuvo que ver con el asesinato, y decidió emigrar a Madrid, pasando antes por Salamanca y Esquivias, donde años antes había casado con Catalina de Salazar, su mujer con la que tuvo diferencias de por vida.

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