Los Escritos de Herrera Casado Rotating Header Image

Paisajes de Sacedón, Guadiela abajo

 

El entorno de Sacedón, en el límite sureño de la Alcarria, es uno de los más bellos y espectaculares de toda la provincia. Un manantial de posibilidades turísticas, hasta ahora no suficientemente explotadas, hacen del término sacedonense uno de los espacios más hermosos de nuestra región. Se juntan en él las provincias de Cuenca y Guadalajara, de tal modo que se pasa de una a otra casi sin darse cuenta. Porque además poco importa en cual de ellas se está en cada momento: la espectacularidad de la Naturaleza es de tal magnitud, que el viajero solo se fija en los riscos, los bosques, las verdeantes aguas, los altos nidos de los buitres.

Desde Sacedón, y en compañía de mis buenos amigos María Jesús Moya y Jesús Mercado, he bajado por la hoz del Guadiela hasta la ermita de Nuestra Señora de los Desamparados. Es un recorrido que, a pesar de la tarde tormentosa, ha tenido instantes de sol y de gloria: momentos en los que el paisaje nos envolvía como un sueño. Es sencillo de hacer este trayecto, y fácil para los que como nosotros, escasos siempre de tiempo, vamos en coche. Desde la plaza mayor de Sacedón, y subiendo por su Calle Mayor que pasa ante los palacios del rey Fernando VII, el primer veraneante ilustre de la provincia, tomamos en derechura la carretera que conduce a Buendía. A la derecha, pequeñas alturas boscosas de la peña del Reloj y otras cumbres del término sacedonense, que ya empiezan a sorprendernos por su limpieza de líneas y su contundencia de perfiles. Se deja a un lado el “rollo Trujillo” y la ermita de San Andrés, último resto de la población de Santa María de Poyos, que quedó sumida por las aguas del embalse, lo mismo que le pasó al balneario de La Isabela.

Enseguida se llega a la presa de Buendía, y sin cruzarla se toma un camino de tierra que, saliendo hacia la derecha, baja fuerte hasta el nivel del río. Es el Guadiela, un río que viene de la serranía de Cuenca, y que allí es remansado para formar un gigantesco embalse, un verdadero mar interior que ahora, en los últimos coletazos de la primavera, está pletórico, radiante, azul magnífico. El río se ensancha enseguida, se remansa a su vez, porque empiezan a ser retenidas sus aguas por otra presa inferior, aunque todavía lejana: la de Bolarque. Primero es un valle ancho y verdeante. Pero enseguida comienza a estrecharse y sus murallas laterales se alzan a lo alto, creando cantiles vertiginosos que en sus alturas de más de 200 metros dejan anidar sin problemas a los buitres.

El camino de tierra ha permitido llegar y aparcar en sus orillas a algunos pescadores de lucios. En un momento determinado, ya con el camino muy estrecho y a tramos creado artificialmente entre la roca cortada y añadidos de tierra y cemento para sujetarle, se llega a un espacio en el que se prohíbe seguir rodando, y hay que echar pie a tierra, subir el empinado camino de firme de cemento, y asombrarse paso a paso de la espectacularidad del paisaje.

Estamos en provincia de Cuenca, sí, aunque los altos de la derecha son Guadalajara. A nuestra izquierda, profundo y verde, el río Guadiela. Todo es pinar denso, oloroso tras haber caído unas gotas y haber sentido el retumbar del trueno entre los roquedales rojizos. Tras coronar una cota aguda, se ve otra gran curva del río y allí abajo, casi hundida en la roca oscura y acantilada, aparece la ermita de Nuestra Señora de los Desamparados, que tiene su origen en la aparición de una imagen de la Virgen entre las brañas y roquedales espesos del entorno. Se construyó hace siglos un humilde edificio, que aún perdura, muy simple. Los vecinos de Buendía, y muchos del entorno, entre los que se incluyen a los de Sacedón, vienen a hacer romería en este paraje dos veces al año. Una en mayo, y otra a mediados de septiembre, esta última en plan nocturno, quedando mucho allí a pasar la noche, junto a las aguas, en un entorno se me antoja mágico y espectacular.

El río sigue bajando y enseguida dará un giro de 180 grados, para desembocar ya en el Tajo, junto en el vaso principal de la presa de Bolarque, a la que llegan y dan altura las aguas de estos dos ríos. En esa curva pronunciada del Guadiela desemboca también, en un espectacular entorno de rocas y arboledas, el río Jabalera, que baja desde los llanos que circundan al pueblo del mismo nombre. En la orilla izquierda de este impresionante paisaje, se ven colgantes muchas viviendas y chalets, que forman la gran urbanización de “Nueva Sierra de Madrid”, perteneciente al término de Albalate de Zorita. Hay muchos de sus vecinos que tienen barcas, a motor y remos, y se entretienen en pasearse por estas aguas solemnes, lentas y amables. En un paisaje que tiene mucho de familiar y doméstico, pues sus altos muros laterales parecen recrear un hogar. Pero a quien llega allí por primera vez, como me pasó a mí hace unos días, impresiona de forma mayúscula. Es un lugar que merece ser visitado, gozado, y recordado siempre. Yo hago eso, y lo recomiendo a mis lectores, porque no todo van a ser iglesias románicas y catedrales seguntinas. Hay verdaderos monumentos de la Naturaleza a los que conviene ir a mirar/se, y aprender de ellos (o recordarla) nuestra pequeñez e insignificancia.

Paredes cortadas a pico, cristalinas anchuras del río, y un cielo que despeja: eso es lo que nos ofrece el viaje de vuelta, mirando desde la altura de la presa de Buendía el mar inacabable de la Alcarria, que ahora tiene más de 50 kilómetros de longitud, y que hubiera resultado un sueño para los romanos de Ercávica (ciudad que estos levantaron en la orilla izquierda del río, y que hoy puede admirarse yendo desde el municipio conquense de Cañaveruelas).

Sacedón tiene otras estupendas ofertas paisajísticas, sin contar las orillas de mil escorzos de su embalse de Entrepeñas: tiene el camino y la altura de la ermita del Socorro, desde la que se divisan también espectaculares panoramas del Tajo, especialmente adornados con el penacho pétreo del castillo de Anguix. Tiene un paseo sin parangón yendo por el alto de San Julián hasta el “Estrecho” o antigua Boca del Infierno, ya cubierto por las aguas, pero con la impresionante belleza de la naturaleza rota en cortes jurásicos. O tiene la amable condición humana de sus olivares, sus viñedos y sus olmedas, que ahora mantienen el verdor múltiple de esta primavera lluviosa. Un lujo de naturaleza que muchos sentirán nuevo y sorprendente. El término de Sacedón y sus contornos, es, por todo ello, una obligada visita en estos días del verano en ciernes

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.