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abril 12th, 2002:

El Olivar: un mundo perfecto

Cuando los viajeros llegan a El Olivar, en la provincia de Guadalajara, cerca del gran embalse de Entrepeñas, y deambulan por sus calles, admiran sus edificios, gozan de la serenidad de su ámbito, piensan que han llegado a un mundo perfecto. No se meten ni quieren meterse en los más allás de esos visillos que adornan las ventanucas, tan pulcros, tan populares. A saber qué hay tras ellos, seguro que historias de amor y desamor tan rutinarias. Les interera más el aspecto urbano, la metamorfosis que de unos años a esta parte ha disfrutado este pueblecillo que, como tantos otros, no hace más de tres décadas estaba santiguado y en el camino del cierre definitivo. Hoy El Olivar se ha salvado, como todos, o aún más que todos. Está enteramente remozado, y da gusto pasear por él.

Un paseo por El Olivar

Debe este pueblo su nombre a la abundancia de olivares en las ver­tientes que desde la meseta alarreña van cayendo hacia el hondo valle del Tajo. El pueblo se sitúa sobre el borde mismo de dicha meseta, dando vistas a ese valle, hoy transformado en inmenso lago artificial (embalse de Entrepeñas) siendo magníficas las panorámicas que desde su altura se contem­plan. Hay al final del pueblo, en su extremo norte, un mirador con una cruz delante, que es especialmente recomendable asomarse a él, para ver las distancias de la Alcarria más pura.

Pues llegó en un principio hasta la orilla del Tajo, El Oli­var perteneció desde el siglo XI a la Comunidad de Villa y Tierra de Atienza, rigiéndose por su Fuero y estando some­tida a su jurisdicción. Formó luego en la tierra de Jadraque, en el sesmo de Durón, pasando con toda ella, en el siglo XV, al señorío de don Gómez Carrillo y sus herederos, y luego a los Mendoza, perteneciendo hasta el siglo XIX al duque del Infantado. Tuvo vida próspera este pueblo durante los siglos XV y XVI, en los que sus habitantes vivían principal­mente del comercio de arriería y de huevos. Posteriormente ha ido decreciendo su vitalidad socio‑económica, sólo reacti­vada últimamente en función del turismo que atrae el embalse o lago de Entrepeñas, en cuyas orillas posee término. Pero como decía al principio se ha estirado, y ha recompuesto su figura, con la recuperación de sus casas, de sus calles, de sus parquecillos.

Para el curioso visitante, quizás el edificio que más le sorprende (y el mayor en tamaño, por supuesto) es la  iglesia parroquial, dedicada a la Asunción de la Virgen: una obra magnífica de la arquitectura del Renaci­miento. Está orientada, con ábside a levante, entrada y atrio a mediodía, y torre sobre el muro de poniente, según nos deja ver la fotografía adjunta. Se precede de un amplio atrio descubierto en su costado sur, el que da a la plaza mayor, rodeado de barbacana de sillar. El templo está construido con recia piedra gris de la zona, y es de planta rec­tangular, alargada de poniente a levante, mostrando la torre cuadrada sobre el primero de estos lados, y el ábside poligo­nal sobre el segundo. La portada se forma por un arco de medio punto con columnas adosadas laterales sobre pedesta­les, friso y hornacina vacía dentro de un frontón triangular. Los muros se refuerzan al exterior con contrafuertes. Es tan manierista la portada de esta iglesia, que sirvió de portada al famoso libro de Muñoz Jiménez “Arquitectura Manierista de la provincia de Guadalajara”, hoy un clásico de los estudios patrimoniales de nuestra tierra.

El interior es de cuatro tramos (el primero de ellos ocu­pado por el coro alto) y rematando en presbiterio y ábside, todo ello cubierto por apuntadas bóvedas cuajadas de compli­cada tracería de nervaturas gotizantes. La esbeltez y elegancia de este templo tiene muy pocos competidores en toda la comarca de la Alcarria.

Fue construida hacia 1570‑1580, y a principios del siglo XVII se le colocó un magnífico altar mayor, renacentista ya manierista, del que no queda sino una pequeña tabla tallada con la Ultima Cena. El altar actual está pintado al fresco sobre los muros de la capilla mayor, y no es que podamos calificarlo de bonito. En el suelo del presbiterio están las lápidas mortuorias de diversos per­sonajes del pueblo, que estuvieron vivos durante el siglo XVI. Entre ellos, que aparecen retratados y esculpidos sobre el blanco mármol de la losa, se encuentra el cura del lugar Juan Martínez del Puey, los espo­sos don Juan Manuel y doña Elena, fundadores del antiguo hospital del pueblo, y aún el caballero don Miguel Díaz de Espinosa con sus sucesivas esposas, ambas llamadas Mari Sánchez. También existen varios ornamentos y vasos sagra­dos, regalados por la reina Isabel II, en 1856, cuando pasó en dos ocasiones por El Olivar, y un interesante archivo. El autor de los planos, traza y construcción de la iglesia fue el maestro de cantería Pedro de Bocerraiz. Tuvo un retablo construido por Juan de Litago a comienzos del siglo XVII, y pintado y dorado por Francisco del Rey. Estos últimos datos encontrados personalmente en ocasión de haber consultado el archivo parroquial.

A la entrada del pueblo, puede y debe admirarse la ermita de la Soledad, una obra del siglo XVI, construida de piedra sillar, con fachada que muestra dos vanos gemelos orlados de adosadas pilastras que rematan en clásico friso, hornacina y frontón triangular. Su interior presenta una nave cuadrangu­lar y un presbiterio reducido, con cúpulas de piedra, todo ello tallado con buena piedra y fábrica. Por el pueblo se muestran numerosos y bien conservados ejemplos de arquitectura popular de raíz alcarreña, que como dije al principio le dan hoy realce y aspecto de estar cuidado al máximo. Algunos de esos edificios están ocupados por conocidos personajes de la política y la literatura, que han hecho de El Olivar su lugar de retiro y descanso. Incluso a la entrada se levanta, rodeada de un jardín minúsculo, la picota que en tiempos antiguos sirvió para demostrar a quienes llegaban que el lugar tenía categoría de villa, y capacidad de administrarse, por sí misma, justicia.

Así es que para estas jornadas de primavera en las que apetece salir al campo, mirar paisajes, conocer pueblos, este de El Olivar se ofrece como consistente alternativa, si no pasmo de naciones, sí alegría de los ojos y los pies que le miran y le caminan. Un espacio de sencilla y pura alcarreñía, que nos deja el buen sabor de haber degustado un plato consistente, de haber hecho una foto sin mácula, de haberle dado a la nostalgia una nueva herida para que siga alegre, y viva.

Pregonando la Alcarria

El valle del Badiel ofrece un ámbito plenamente alcarreño

 Intervención en la Feria Regional de Turismo en Pastrana, abril de 2002

 La tierra de Cuenca, que posee entre sus límites tantas bellezas paisajísticas y tantos elementos estimulantes del turismo, tiene en su haber una comarca que merece ser traída, de vez en cuando, a la memoria y la atención de todos. Es la Alcarria.

Es este un lugar de permanente atracción turística. Lo fue siempre, porque tuvo (el nombre mismo lo dice, que viene del euskera o ibero primitivo «la carria», el camino: recordar «el carril» como apelativo popular al camino sencillo, y «el carro» como elemento que va por los caminos) repito que tuvo una función caminera: La Alcarria fue lugar de paso entre ambas mesetas, entre la España mediterránea y la interior y aún céltica.

La Alcarria se hizo famosa, hace ya más de cincuenta años, con el universal escrito de don Camilo. Y aunque el universal escritor sólo corre por los caminos de la Alcarria de Guadalajara, qué duda cabe que la parte de esta comarca que corresponde a Cuenca ha podido esponjarse algo más, y saltar a la fama y al deseo de ser conocida.

* * *

La Alcarria es un espacio común a tres provincias: una comarca uniforme con características propias, con peculiaridades definidas. Se extiende por la mitad sur de la provincia de Guadalajara. Abarca zonas del sureste de la de Madrid, y se extiende por buena parte del noroeste de la de Cuenca. Sus horizontes nítidos y rectos en la altura mesetaria (en las alcarrias de nombre propio) son iguales siempre: tierras de pan llevar, viñedos, algunos bosquecillos de pinos o encinas. Caminos, caminos siempre.

Y en las cuestas que desde el alto van a los estrechos valles, el olivo, el matorral de carrasco, la salvia y el tomillo perfumando los ambientes. Al fondo siempre, los arroyos mínimos, los ríos definitorios: el Henares por su extremo norte; el Tajuña, corazón con el Tajo y el Guadiela de la comarca toda. Y el Escabas aún con el Júcar formando frontera por oriente, más acá de la sierra de Bascuñana, último murallón hasta el que llega la Alcarria.

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Con estas líneas quiero abrir una puerta a favor del turismo en la Alcarria. La autoridad regional encargada de promocionar el turismo por toda la Comunidad Autónoma, sabe que hay muchas cosas que declarar a los cuatro vientos, y que Toledo, los molinos de la Mancha, las altas sierras negras y los Cabañeros derroteros son elementos esenciales y primeros. Pero olvidarse de comarcas al parecer humildes sería un grave error. En Castilla-La Mancha existen bellezas recónditas que sólo esperan que se las contemos a la gente, sobre todo a ese gran reservorio de turistas que viven en la gran capital cercana, en Madrid y su Comunidad. La Alcarria es una de ellas.

Por su paisaje, por su monumentalidad, por su gastronomía. Eso para empezar. Y luego contar una por una las altas valías de sus límites y sus contenidos. Doy aquí cuatro pinceladas de lo que personalmente creo es capital en esta comarca.

Libros (siempre insisto en que por ellos ha de empezar la promoción de una tierra, buenas guías que estimulen la visita y dén información veraz y de calidad) libros, digo, existen pocos. Quizás uno de los primeros fue el que escribió José Serrano Belinchón, publicado por Editorial Everest en su popular colección de pastas duras. Y otros, decenas de otros, los que Raúl Torres ha puesto en el mundo con su bello decir y su sonoridad (sus razones hondas también) que aúpan a esta Alcarria conquense.

Pero no es tarea bibliográfica la que aquí pretendo. Es tarea de decir cómo en Madrid, en Guadalajara y en Cuenca tiene la Alcarria preciosos gestos.

Por Madrid, ribera del Tajuña, el propio valle es una verdadera joya de tibiezas y calma: los pueblos de Tielmes, Orusco, Carabaña y Perales van escoltando al río que baja solemne. Y en los altos, el Nuevo Baztán, con su maravillosa traza de Churriguera en edificios y urbanismo, resume historia, paisaje y objetivos: miles de personas pasan cada domingo por aquella planicie en la que, en definitiva, una escueta entidad artística se sustenta.

Por Guadalajara son más abundantes las ofertas. En la provincia alcarreña por excelencia, la capital se extiende en su límite, junto al Henares. Pero en su interior se alzan poblaciones de un carácter histórico y monumental impresionante. Las villas de Brihuega, de Cifuentes, de Pastrana, por citar sólo tres sonoras y de todos conocidas, son elementos que justifican una acción contundente de promoción. A Brihuega llaman «el jardín de la Alcarria», porque además de estar regadas (calles, plazas y jardines) por el agua que surge de las altas rocas hacia el Tajuña, en ella aparecen los impresionantes jardines versallescos de la antigua Fábrica de Paños. Y allí se encuentra el castillo medieval que fue sede de los arzobispos toledanos. O las iglesias de Santa María, San Felipe y San Miguel, joyas inigualables del románico de transición. En Cifuentes se mezcla castillo de don Juan Manuel (que tantos tuvo por toda la región en que vivimos) con arquitectura románica de altos vuelos (la puerta de Santiago) y murallas con joyas del Renacimiento. Y finalmente en Pastrana, hoy más noticia que nunca, al protagonizar su Palacio Ducal la venta que ha hecho el obispado de Sigüenza a la Universidad de Alcalá. Buen porvenir, en todos los sentidos, tiene Pastrana. Pero el turístico es el primero. Ojalá que recibiera de las instancias administrativas regionales el apoyo que merece: el Museo de su Colegiata, con la colección de tapices más impresionante que se guarda en España (después de las de Zaragoza y La Granja) debería recibir una atención inmediata y definitiva. En cualquier pueblo de la Comunidad europea en que tuvieran esos seis tapices, haría ya tiempo que habrían construido, exprofeso, un museo para albergarlos. El embrujo de sus calles, la evocación de sus historias celestinescas, teresianas y ebolescas (por denominar de alguna forma esa mezcla indefinible de aventuras místicas y amorosas que Ana de Mendoza y Teresa de Cepeda protagonizan por sus retorcidas callejas) hacen de Pastrana el lugar ideal para un viaje, para muchos viajes. El paisaje que la rodea, impresionante, es pura Alcarria. Si alguien no sabe definirlo, que se vaya y lo vea.

Tajo arriba, el viajero se encontrará lugares como Zorita de los Canes, con su castillo calatravo; Sacedón, la capital de los pantanos (antiguos pantanos, hoy simplemente charcos embarrados); Pareja, con su evocación de los obispos conquenses en cada calle y en cada palacio; y Trillo, con la promesa de sus Baños siempre en la mano, que nunca cuajan y sin embargo podrían centrar un nuevo valor del turismo alcarreño, el de los balnearios serranos.

Balnearios que, sin embargo, en este lado de la Alcarria sí están cumplidos y gozan de saludable latido: los de Solán de Cabras.

Y ahora en Cuenca. Pero en Cuenca… la Alcarria tiene notables cimas y banderas muy claras: Priego, a la puerta ya de la Sierra, es una de ellas. Con su artesanía del barro tan maravillosa; con su monumentalidad aplaudida y los paisajes que el Escabas le forma tan espectaculares. Por los bajos campos de en torno al Guadiela están Valdeolivas, con ese templo fantástico todavía poco conocido. Y Ercávica, las mejores ruinas romanas de toda la comarca, en las que aún palpita el espíritu de los artistas del Lacio.

Huete es, quizás, el mejor exponente monumental de la comarca en Cuenca. Huete ha sido bien tratado en cuanto a urbanismo, y espléndida suerte la ha cabido en cuando a lo monumental. Sus iglesias, sus monasterios, sus portadas platerescas, su copia innúmera de blasones y frontispicios se miran, como en un espejo, en la restauración hecha al convento de la Merced, en el que ese alcarreño de pro que es Florencio de la Fuente ha puesto el Museo más increíble que ningún turista imaginara encontrar.

Pero basta ya de elogios, basta de palabras solemnes. Aquí lo que pretendo es decir simplemente que La Alcarria existe, que la Alcarria, cabalgando entre tres provincias de nuestra España, es un espacio lleno de maravillas, un territorio que merece ser mejor conocido, con una intencionalidad de globalización, y que debe ser estimulada por quien puede y debe a convertirse en nueva meca de viajeros ansiosos de ver esas maravillas que, escondidas y remotas, aún le quedan a España.