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Segorbe y la Cartuja del Vall de Crist

 

Este pasado verano, con otros amigos de la tierra levantina, fuimos a visitar las ruinas de la Cartuja de Vall de Crist, en término de Altura, un pueblo grande que está junto a otro más grande, Segorbe, en la provincia de Castellón. Cantaba la chicharra para aliviar el calor profundo, y entre los pinos y los algarrobos surgía la inmensa ruina de lo que parecía ser una construcción inacabable, hoy solamente centrada en los altos muros y la destartalada portada gótica de su principal templo. Leím en una guía que la Cartuja había sido fundada por el rey aragonés Martín el Humano, en 1385, y preguntando a un grupo de jubilados que circulaban por un camino entre huertas, pudimos llegar y admirar el legado dormido de tanta grandeza.

Lo que no nos podíamos imaginar es la cantidad inmensa, increíble, de obras de arte, de historia, de personajes y de sucesos que se fueron acumulando en aquella Cartuja, durante los siglos siguientes, hasta llegar al XIX en que la Desamortización la vació de monjes y dispersó su rico patrimonio. Lo pudimos comprobar visitando poco después el Museo Provincial de Castellón de la Plana, ubicado en un moderno edificio que ofrece, entre otras sorpresas a tener en cuenta, una colección total de la cerámica castellonense, y sobre todo, restos de altares, de pinturas, de esculturas, de orfebrería y de telas procedentes de la Cartuja de Vall de Crist. Por todas partes San Bruno, sus albos compañeros, las series de cuadros narrando historias, las mejores firmas del País Valenciano… y fue un consuelo comprobar que aquella riqueza histórica, hoy casi oculta entre la frondosidad campestre de las sierras del Alto Palancia, se ha salvado en buena medida. Para eso están los Museos, y uno como el de Castellón es capaz, con amplitud y gusto, de ofrecernos aquellas supervivencias.

La luz de las imágenes

Pero la sorpresa se ha ensanchado cuando, poco después, este mismo otoño, hemos vuelto por la tierra castellonense y hemos visitado en Segorbe la exposición “La luz de las imágenes” que ha conseguido reunir, con un mancomunado esfuerzo de gentes, instituciones y empresas, toda la riqueza artística de esa poco conocida diócesis oriental.

Segorbe es un pueblo grande, como lo son los valencianos, encaramado en un risco al que ya ocuparon los hombres primitivos, y luego los romanos, que por allí asentaron la conocida Segóbriga de los itinerarios latinos. Moros y cristianos la disputaron, y en el siglo XIII, a poco de su reconquista por Jaime I, se consolidó la diócesis que estaba funcionando desde algo antes, desde 1176. La idea que ha tenido conjuntamente el gobierno regional de la Comunidad Valenciana y su grupo de sedes episcopales, de hacer como en Castilla-León unas periódicas y amplias muestras del patrimonio religioso, ha cuajado este año allí, en la altura castellonense. Lo hizo el año pasado en la misma Valencia, en su catedral, y lo hará al año próximo en Orihuela (Alicante). La idea, feliz como pocas, ha dado el máximo de sus posibilidades en lugares de la Castilla eterna como Salamanca, León, Ávila, Zamora, El Burgo de Osma…. pero en el país valenciano lo han sabido hacer también con todo rigor y elegancia.

De este modo, “La Luz de las imágenes” que ahora se expone en Segorbe es todo un reclamo para ir hasta esa población, que será una sorpresa para muchos, y para admirar lo mejor del patrimonio artístico de su diócesis, hasta ahora difícil de contemplar en su conjunto, pues se halla habitualmente disperso por museos, parroquias apartadas, incluso en colecciones particulares.

La colección se articula de acuerdo a la arquitectura del edificio catedralicio. En la parte más alta de la ciudad, habiendo crecido a empujones, primero como parte de la misma muralla, y luego ampliándose en el difícil equilibrio de la cuesta, la catedral de Segorbe está basada en un núcleo inicial de estilo gótico, sobre el que se han ido añadiendo edificaciones del Renacimiento, del barroco y del neoclasicismo, de tal modo que, como le ocurre a la mayor parte de las catedrales hispanas, es en sí misma un museo de estilos y detalles.

Esta exposición se ha hecho al compás del crecimiento de la catedral. Y así vemos que en la zona del claustro que es eminentemente gótica, se han expuesto los grandes retablos de esa época, los enterramientos, las rejas y cruces plateadas de la Edad Media. No cabe aquí detallar elementos, porque todo es una sorpresa que se reserva al viajero: decir que, (como una impresión muy personal de esta visita) solo con admirar los suelos pintados imitando la azulejería medieval que aparecen en la mayoría de estos cuadros y retablos, podrá el viajero disfrutar un buen rato.

Después aparecen piezas del Renacimiento en la parte del claustro que fue construida en el siglo XVI. Y finalmente, en el interior del templo, que es de nace única con pequeñas capillas laterales, el espectador se sentirá (porque así lo han preparado los organizadores) en un espacio mixto que comulga del diseño museístico pleno, y de la abierta espacialidad del templo catedralicio. En el primero de esos espacios se exponen muchas piezas de orfebrería, relieves alabastrinos de origen italiano, casullas y cuadros, y en el segundo se alza, a una altura jamás imaginada, el retablo de Masip al completo. Un retablo que el pintor valenciano realizó entre 1525-1531, y que ofrece tantas pinturas (sus temas son los clásicos de la vida de Cristo y María) tan hermosas, tan perfectas, que dejan boquiabierto al espectador. Que se alegra doblemente al verlo todo junto, pues este retablo, por ser tan grande, enseguida hubo de desmontarse, y desde hacía muchos años estaba disperso en museos y otras iglesias. Un gran entablamento lo sostiene hoy con todos los cuadros puestos en sus sitios. Un monumento auténtico.

Y entre todas estas joyas, que al viajero y curioso entretiene su visita casi tres horas, siempre con guías perfectas preparadas al efecto, surgen aquí y allí los recuerdos de la Cartuja de Vall de Crist: una casulla con su escudo, unos azulejos de una sala capitular, un cuadro del refectorio…. el poder de los obispos (aquellos magnates del Renacimiento que fueron Gilabert Martí y Gaspar Jofre de Borja) equilibrado con el de los abades cartujos. Una memoria perdida en el aire, que esta exposición recupera, y como su propio título indica, toma la luz de los objetos y los devuelve al mismo aire. Una sensación –no exagero, la sentí realmente- de que la exposición no está agarrada a las paredes o al suelo: está flotando en el aire.

La ciudad, además, ha recuperado en buen modo su aire valenciano de dentro, su sentido de ciudad antigua, rural y señorial. Segorbe ha recuperado calles, fachadas y hasta algunas viejas iglesias, como las de San Martín o de San Joaquín y Santa Ana, a las que se acude tras ver la catedral, sin pérdida, gracias a que por el suelo de las empinadas callejas se ha dibujado un festón o puntilla que nos guía.

Una experiencia única que recomiendo a tantos viajeros y paisanos que gustan de echarse al mundo a ver imágenes perdidas u olvidadas. En Segorbe, hasta la próxima primavera de 2002, va a estar abierta la piedra antigua, iluminada por la luz de sus imágenes. Pero, si estas palabras que son relativas a una tierra que no es la nuestra, las traigo aquí, y aquí refiero uno de mis viajes por España (es ese, sin duda, el mejor ejercicio que puede hacerse cuando se tiene tiempo libre) es porque las horas que me llevó visitar esa exposición, como antes las que se me fueron viendo las “Edades del hombre” en Zamora, en El Burgo de Osma, en Avila… me trajeron a la cabeza las posibilidades que nuestra tierra de Guadalajara y de la región castellano-manchega tiene para poder montar exposiciones similares: llámenla como quiera, el hábito no hace al monje, pero póngase al general conocimiento los tesoros que la Iglesia Católica acumula en sus templos, en sus museos, en sus sacristías y reconditeces. ¿Alguien se imagina cómo luciría la catedral de Sigüenza ofreciendo entre naves y claustro, añadida de capillas como la del Doncel, o espacios como la cerería, toda la riqueza patrimonial de la diócesis? No toda, porque no cabría en ella: lo más granado.

Pues curiosamente esto ya se pensó hace años. Yo estuve en el grupo que inició los trabajos para poner en marcha semejante propósito, y todo se paró desde Toledo, la Nínive del siglo XXI, el castillo de las hadas: la mano que nos gobierna lo paró. Sería una buena idea (que se pueda apuntar quien quiera, desde lo alto) montar en las tres grandes catedrales castellano-manchegas, a exposición por año, otras tantas muestras de la riqueza artística que el pueblo del que somos herederos fabricó a lo largo de los siglos. Eso sí que es reconocer enraizamiento: Toledo, Cuenca y Sigüenza, siguiendo la estela de Castilla más León, de Valencia… en cualquier caso, y a falta de cuajar los sueños, bueno será acercarse este invierno por Segorbe. Se aprende mucho, y se disfruta más.

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