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La Golosa, una leyenda hecha realidad

 

Desde hacía muchos años, tenía noticias de la existencia de un lugar perdido en la Alcarria, llamado la Golosa, en el que existían unas ruinas que ofrecían recuerdos de un pueblo, y presencias todavía vivas de una iglesia románica. Muchos antes que yo viajaron hasta allí, e incluso el año 1991 la Asociación Cultural “Villa de Berninches” se lanzó a la edición de un libro titulado “Tres estudios sobre La Golosa” que ofrecía un estudio muy amplio de la historia del lugar. Pero aún me quedaba el prurito de ir personalmente allí, de ver con mis propios ojos aquel reducto de leyenda, aquella parada piedramenta en lo alto del páramo.

Pudo ser hace unas fechas, y ahora me dedico a anotar lo que vi, lo que sentí en aquel reducto de soledad y viento. En aquel paradisíaco espacio que ha dejado de ser remoto para quedar a tiro de piedra de la nueva carretera de los pantanos, la que desde Tendilla sube a la meseta y baja al Tajo por Auñón. Se cometió, en esta reforma carreteril, el atentado de rellenar con una carretera el estrecho valle de la Golosa, y así lo que antes era objetivo remoto, queda hoy muy cerca del ruido de los motores. La única pega que se encuentra el viajero que quiera acceder a este lugar, es que la carretera está protegida de alambrada en todo su trayecto. Hay que salir en dirección a Budia, y a poco de tomar esta carretera penetrar por caminos de tierra buscando un bloque de antenas de telefonía móvil que le añaden nuevo aire de paganidad al paisaje. Detrás de ella, entre montones de piedras ya desmenuzadas por los siglos, se alza la vieja iglesia románica.

Una historia de pestes y huidas

La historia, que no la leyenda, dice que La Golosa era hasta mediado el siglo XIV un pueblo alegre y pleno de vecinos, de agricultores y ganaderos que tenían fe en la vida y en el más allá, a partes iguales. La gran “peste negra” que asoló toda Europa en 1348 dejó diezmado el lugar, y los escasos vecinos que quedaron optaron en 1391         por unirse a los de Berninches. De este modo, encontramos (en el archivo municipal de Berninches aún se conserva) un documento en el que don Gil, don Juan Martínez Guerrero, don Martín Díaz y don Diego Díaz, los únicos habitantes de la Golosa, son aceptados como vecinos de Berninches, a cambio de que el término de La Golosa pasara a ser parte del de Berninches. Así se acordó, aunque sabemos que al año siguiente se habían roto las buenas relaciones, y estos hombres vivían, en 1392, en Alhóndiga.

La gran “peste negra” de 1348 inició o acentuó la “fractura demográfica” que Castilla venía sufriendo desde algún tiempo antes. La desaparición de un pueblo por muerte de todos sus habitantes, en el transcurso de unas semanas, puede hoy sonar a catástrofe bíblica, y más aún si esto ocurrió al mismo tiempo en todo el Continente Europeo. Pero ahí está la historia que dice que eso fue así: las Relaciones de Berninches, escritas por sus más ancianos vecinos en 1580, dicen que “La golosa se despobló por peste…”

Los vecinos de los lugares limítrofes acudían a la iglesia de La Golosa, ya transformada en ermita, y con el nombre de “Ermita de Santa María de La Golosa”. Así es como la “Relación Topográfica” enviada a Felipe II en 1580 describía el lugar que ahora hemos visitado: “Que el sitio en donde estaba el pueblo de la golosa quando se despobló, está en alto llano, que le combate el solano; quando se despobló se anexó a esta Villa con licencia del maestre de Calatrava que era suyo, y se despobló por peste, que no quedaron si quatro vecinos. Despoblóse el año de mil y trescientos y noventa y un años, como paresce por las escrituras de la anexación a que se refirieron, que están en el archivo del Concejo de esta dicha Villa”.  Y más modernamente, hace ahora un siglo, cuando el cronista provincial don Juan Catalina García López escribió su obra sobre “La Alcarria en los primeros siglos de su Reconquista”, decía de este lugar “…así en La Golosa, cerca de Berninches, permanecen, como testigos que declaran en el gran proceso de las investigaciones arqueológicas, las ruinas de una iglesia parroquial, obra del arte románico”.

Cuatro piedras bien plantadas

El caso es que del pueblo de La Golosa hoy no queda nada, si no son montones de piedras combatidas por el viento [solano] que las desmenuza cada invierno un poco más. Solo queda, alzada sobre un montículo como una bandera gris, la iglesia parroquial, que fue construida sin duda en el siglo XII, y que se hizo en el estilo románico más simple y popular que cabe. Quedan de este edificio sus cuatro paredes, recias y bien plantadas, aunque el costado de levante, lo que fuera ábside, y espacio cobijador del presbiterio, se ha hundido completamente, apareciendo montaña de sillar y sillarejo en su primitivo lugar. La portada del templo, sin embargo, se conserva bastante entera, y sorprende su airosa silueta a base de arcos semicirculares en degradación, que apoyan sobre capiteles muy sencillos y desgastados, que originariamente debieron tener tallados elementos vegetales, en cualquier caso rudos y simples.

Poco más puede decirse, en descripción apresurada, de este edificio que, sin embargo, entra a formar parte del catálogo de la arquitectura románica en Guadalajara. Los planos que hace 10 años elaboró “in situ” el arquitecto Nieto Taberné, y la descripción y valoración del monumento publicada en el libro al principio mencionado, me relevan de hacer cualquier añadido o precisión. Lo que sí quiero es dejar claro el sentimiento de admiración, de ternura y velada pasión por esta primera visión de un edificio que fue historia, hace más de seis siglos, y que hoy se presenta como un grano de vida incrustado en el ámbar cuajado de la atmósfera de la Alcarria.

Una mejor comprensión hacia estos testimonios silenciosos, alejados, perdidos, sería conveniente. Pero tampoco es cuestión de rasgarse las vestiduras por algo que nunca podrá ser patrimonio de la vida en curso, sino testimonio mudo de la historia ida. Así es que cualquiera que tenga ilusión de ver cosas nuevas, de respirar aires de una leyenda prendidos sobre la tierra, de palpar piedras románicas talladas hace ocho siglos, y un todo-terreno mínimamente útil, no debe dudarlo: hacia la Golosa, hacia sus ruinas sempiternas clavadas en el páramo alcarreño, y –eso sí, fundamental- a respetar lo que allí hay, dejarlo como está, y no manchar  el espacio con otra cosa que no sean las palabras de admiración que nos susciten.

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